“After Blenheim” – Roberth Southey

Robert Southey escribió y publicó “After Blenheim”, también conocido por el nombre de “The battle of Blenheim”, en 1798. En el poema el anciano granjero Kaspar está a la puerta de su cabaña viendo cómo juegan sus dos nietos, Wilhelmine y Peterkin. El niño, jugando junto al arroyo, encuentra una calavera y el abuelo explica que es de una víctima de la famosa batalla de Blenheim. Él mismo encuentra muchas cuando labra su tierra. Ante su curiosidad, él les explica que los ingleses derrotaron a los franceses en esa “batalla famosa” y que los que dirigieron al ejército vencedor obtuvieron fama y renombre. Sin embargo, a las preguntas de por qué se llevó a cabo la batalla y qué beneficio trajo no puede ofrecerles ninguna respuesta. Sólo sabe que hubo miles de víctimas, soldados y civiles, incluso madres y niños. La niña exclama que es algo perverso y él la corrige: “No, fue una victoria famosa”. Al preguntar el niño qué beneficio conllevó, no sabe qué responder, sólo puede repetir que fue “una victoria famosa”. El poema retrata a unos campesinos que se ven obligados a huir de sus casas devastadas por el fuego y un campo de batalla cubierto de cuerpos sin vida (“many thousand bodies here lay rotting in the sun” / “land was wasted far and wide”,). ¿El motivo? Como el de tantas batallas y guerras ocurridas en Europa durante siglos, el ansia de poder y de gloria de los monarcas. El poema, por medio de unas palabras simples pero certeras, ofrece una verdadera idea de lo que, en realidad, suponían estas batallas para el pueblo. Lamentablemente, este anciano, al que de joven le repugnó la guerra por lo que le tocó vivir en su propia familia y sus propias carnes, parece personificarse años más tarde en el propio Southey, quien veintidós años después de haber escrito este poema antibélico hizo alusión a la batalla como “the greatest victory which had ever done honour to British arms”.

TRAS LA BATALLA DE BLENHEIM

Al caer el sol un día de verano
el viejo Kaspar, su labor cumplida,
delante del portal de su cabaña
hallábase tomando el sol sentado.
En torno suyo jugaba en la hierba
su nieta, la pequeña Wilhelmine.

Vio ésta cómo su hermano Peterkin
rodando iba algo grande y redondo
que junto al pequeño arroyuelo él mismo,
mientras allí jugaba, había encontrado.
Acercóse a inquirir qué era tal cosa,
que tan grande, redonda y lisa era.

Tomóla Kaspar de manos del niño,
que anhelante esperaba una respuesta.
El anciano, moviendo la cabeza,
exclamó con un profundo suspiro:
“Es la calavera de un pobre hombre
que perdió la vida en la gran victoria”.

“A veces las encuentro en el jardín,
por doquier abundan esparcidas.
Y, a menudo, cuando labro la tierra,
el arado las saca a relucir;
porque miles fueron”, dijo él, “los hombres,
que perecieron en la gran victoria.”

“Cuéntenos, sí, cuéntenos qué pasó”,
pedía a gritos el joven Peterkin,
y la pequeña Wilhelmine miraba
con los ojos atentos y expectantes.
“Háblenos de la guerra, vamos, díganos,
y por qué se enzarzaron en la lucha.”

“Fueron los ingleses”, relató Kaspar,
“los que huir hicieron a los franceses;
mas cuál fuera el motivo de su lid
lo cierto es que no recuerdo muy bien.
Pero”, dijo, “todo el mundo contó
que aquélla fue una célebre victoria.”

“Mi padre vivía a la sazón en Blenheim,
que no lejos se alza de aquel río.
Su hogar incendiaron de arriba abajo
y no tuvo más remedio que huir:
así pues, con esposa e hijo huyó
sin encontrar cobijo ni refugio”.

“A fuego y armas el país entero
fue arrasado por los cuatro costados,
y muchas madres preñadas entonces
y hasta recién nacidos perecieron;
pero tales cosas, sabéis, existen
en toda victoria que es afamada”.

“Dicen que fue un horrible espectáculo
después de que se ganara el terreno;
porque aquí muchos miles de cadáveres
yacían expuestos al sol pudriéndose;
pero tales cosas, sabéis, existen
tras toda victoria que es afamada”.

“Grandes loas ganó el Duque de Marlbro‟
y nuestro alabado príncipe Eugenio.”
“¡Pero, todo eso fue algo muy malvado!”,
replicó la pequeña Wilhelmine.
“Ni hablar…ni hablar, niñita,” dijo él,
“aquélla fue una célebre victoria”.

“Y todos hablaron loas del Duque
que tal victoria consiguió alcanzar.”
“¿Pero qué ventajas al fin reportó?”,
preguntó el pequeño Peterkin.
“No lo puedo decir,” dijo él,
“pero aquélla fue afamada victoria”.

AFTER BLENHEIM

It was a summer evening,
Old Kaspar’s work was done,
And he before his cottage door
Was sitting in the sun;
And by him sported on the green
His little grandchild Wilhelmine.

She saw her brother Peterkin
Roll something large and round
Which he beside the rivulet
In playing there had found;
He came to ask what he had found
That was so large and smooth and round.

Old Kaspar took it from the boy,
Who stood expectant by;
And then the old man shook his head,
And with a natural sigh,
“‘Tis some poor fellow’s skull,” said he,
“Who fell in the great victory.”

“I find them in the garden,
For there’s many here about;
And often, when I go to plough,
The ploughshare turns them out;
For many thousand men,” said he,
“Were slain in that great victory.”

“Now tell us what ‘twas all about,”
Young Peterkin he cries;
And little Wilhelmine looks up
With wonder-waiting eyes;
“Now tell us all about the war,
And what they fought each other for.”

“It was the English,” Kaspar cried,
“Who put the French to rout;
But what they fought each other for
I could not well make out.
But everybody said,” quoth he,
“That ‘twas a famous victory.

“My father lived at Blenheim then,
Yon little stream hard by;
They burnt his dwelling to the ground,
And he was forced to fly:
So with his wife and child he fled,
Nor had he where to rest his head.

“With fire and sword the country round
Was wasted far and wide,
And many a childing mother then
And newborn baby died;
But things like that, you know, must be
At every famous victory.

“They say it was a shocking sight
After the field was won;
For many thousand bodies here
Lay rotting in the sun;
But things like that, you know, must be
After a famous victory.

“Great praise the Duke of Marlbro’ won,
And our good Prince Eugene.”
“Why, ‘twas a very wicked thing!”
Said little Wilhelmine.
“Nay…nay… my little girl,” quoth he,
“It was a famous victory.

“And everybody praised the Duke
Who this great fight did win.”
“But what good came of it at last?”
Quoth little Peterkin.
“Why that I cannot tell,” said he,
“But ‘twas a famous victory.”

∇ Traducción de ©María del Mar Rivas Carmona.