La noche | Jaime Sáenz

Jaime Sáenz (La Paz, 1921 – 1986) fue un escritor y poeta boliviano. A la edad de diecisiete años, participó de un viaje de estudios a Alemania, donde fue influenciado por la literatura europea.
Ya en Bolivia, pasó un tiempo trabajando para el gobierno, pero pronto comenzó a dedicarse por completo a las letras. Fue una época de muchas ocupaciones artísticas, entre las que se encuentra su incursión en la docencia de Literatura y la apertura de un taller de poesía. Sin embargo, sufría de alcoholismo, y la bebida no sólo amenazó su carrera repetidas veces, sino que acabó por quitarle la vida.
Entre las obras principales figuran: El escalpelo (1955), Muerte por el tacto (1957), Aniversario de una visión (1960), Visitante profundo (1963), El frío (1967) y Recorrer esta distancia (1973)

IV
La noche

1.

Extrañamente, la noche en la ciudad, la noche doméstica, la
noche oscura:
la noche que se cierne sobre el mundo; la noche que se duerme,
y que se sueña, y que se muere; la noche que se mira,
no tiene nada que ver con la noche.
Pues la noche sólo se da en la realidad verdadera, y no todos
la perciben.
Es un relámpago providencial que te sacude, y que, en el instante
preciso, te señala un espacio en el mundo:
Un espacio, uno solo;
para habitar, para estar, para morir –y tal el espacio de tu
cuerpo.

2.

Pues existe un mandato, que tú deberás cumplir.
en homenaje a la realidad de la noche, que es la tuya propia;
aun a costa de renunciamientos imposibles, y de interminables
tormentos,
deberás decir adiós, y recogerte al espacio de tu cuerpo.
Y deberás hacerlo, sin importar el escarnio y la condena de
un mundo amable y sensato.
Es de advertir que miles y miles de mortales se recogen tranquilamente
al espacio de sus respectivos cuerpos,
día tras día y quieras que no, al toque de rutilantes trompetas,
y en medio de lágrimas y lamentos;
pues en realidad, recogerse al espacio del cuerpo, es morir.
Pero aquí no se trata de morir.
Aquí se trata de cumplir el mandato; y por idéntica razón,
habrá que vivir.
Y tan es así, que no se podrá cumplir el mandato, sino a condición
de recogerse al espacio del cuerpo, con el deliberado propó-
sito de vivir.
Lo cierto es que aquel que comete tan alta aventura, no hace
otra cosa que ocultarse de la muerte.
para vislumbrar así la manera de ser de la muerte,

3.

El espacio que tu cuerpo ocupa en el mundo, es igual al espacio
del cuerpo en el que uno se ha recogido;
y si esto es así, nadie tiene por qué molestarse, ni importunarte;
en el espacio de tu cuerpo, del que tú eres el soberano absoluto.
puedes pararte de cabeza y hacer y deshacer, y transitar tranquilamente,
libre ya de un mundo de pesadilla, poblado de espectros y de esqueletos que pululaban y te
quitaban la vida.
En todo caso, tu morada, tu ciudad, tu noche y tu mundo,
se reducen a tu cuerpo;
y quien lo habita no eres tú, sino el cuerpo de tu cuerpo.
Pues el cuerpo que te habita, en realidad, eres tú;
sólo que tu cuerpo deja de ser tú;
y pasa a ser él.
Imagínate, el cuerpo que eres tú, habitando el cuerpo que
es él.
y que no por eso deja de ser tú.
De ahí el habitante, o sea, el cuerpo de tu cuerpo; y de ahí,
asimismo, el habitado, o sea, tu cuerpo.
¿Y qué decir de la honda soledad, habitando el espacio de
tu cuerpo?
Hay un echar de menos la soledad, cuando hay alguien a tu
lado;
pero, cuando no hay un alma, es la propia soledad quien te
echa de menos
-y es como si tú no estuvieras, o como si te hubieras ido,
en busca de alguien a quien echar de menos.
La soledad en el espacio de tu cuerpo, ha de ser, pues, una
soledad muy larga, muy alta, y muy álgida.
-como esa soledad que uno imaginaba de niño,
con un retrato desaparecido y una rueda inmóvil, en el cuarto
oscuro.

4.

¿Qué es la noche? –uno se pregunta hoy y siempre.
La noche, una revelación no revelada.
Acaso un muerto poderoso y tenaz,
quizá un cuerpo perdido en la propia noche.
En realidad, una hondura, un espacio inimaginable.
Una entidad tenebrosa y sutil, tal vez parecida al cuerpo que
te habita,
y que sin duda oculta muchas claves de la noche.

*

Cuando pienso en el misterio de la noche, imagino el misterio
de tu cuerpo,
que es sólo una manera de ser de la noche;
yo sé de verdad que el cuerpo que te habita no es sino la oscuridad
de tu cuerpo;
y tal oscuridad se difunde bajo el signo de la noche.
En las infinitas concavidades de tu cuerpo, existen infinitos
reinos de la oscuridad;
y esto es algo que llama a la meditación.
Este cuerpo, cerrado, secreto y prohibido; este cuerpo, ajeno
y temible.
y jamás adivinado, ni presentido.
Y es como un resplandor, o como una sombra:
sólo se deja sentir desde lejos, en lo recóndito, y con una soledad
excesiva, que no te pertenece a ti.
Y sólo se deja sentir con un pálpito, con una temperatura,
y con un dolor que no te pertenecen a ti.
Si algo me sobrecoge, es la imagen que me imagina, en la distancia;
se escucha una respiración en mis adentros. El cuerpo respira
en mis adentros.
La oscuridad me preocupa –la noche del cuerpo me preocupa.
El cuerpo de la noche y la muerte del cuerpo, son cosas que me preocupan.

*

Y yo me pregunto:
¿Qué es tu cuerpo? Yo no sé si te has preguntado alguna vez
qué es tu cuerpo.
Es un trance grave y difícil.
Yo me he acercado una vez a mi cuerpo;
y habiendo comprendido que jamás lo había visto, aunque lo
llevaba a cuestas,
le he preguntado quién era;
y una voz, en el silencio, me ha dicho:
Yo soy tu cuerpo que te habita, y estoy aquí, en
las oscuridades, y te duelo, y te vivo, y te muero.
Pero no soy tu cuerpo. Yo soy la noche.


(1984)