Zurita: Homenaje a Enrique Lihn | por Rodrigo Arriagada-Zubieta

RODRIGO ARRIAGADA–ZUBIETA (VIÑADELMAR,CHILE,1982), ES UN POETA, CRÍTICO LITERARIO Y ACADÉMICO CHILENO. HA CURSADO ESTUDIOS DE HUMANIDADES, LITERATURA UNIVERSAL, TEORÍA LITERARIA Y LITERATURA COMPARADA EN LAS UNIVERSIDADES ADOLFO IBÁÑEZ (CL), DEL DESARROLLO (CL) Y DE BARCELONA (ESP). SU ACTIVIDAD ARTÍSTICA Y ACADÉMICA SE CENTRA EN TEMÁTICAS PROPIAS DE LA MODERNIDAD ESTÉTICA: LA CIUDAD, EL PASEANTE URBANO, LA MIRADA, LA MEMORIA, EL EXTRAÑAMIENTO Y LA CRISIS DE LA EXPERIENCIA, ESPECIALIZÁNDOSE EN AUTORES DE DIVERSAS DISCIPLINAS, COMO WALTER BENJAMIN, MERLEAU PONTY, EDWARD HOPPER, FRANCIS BACON, BAUDELAIRE, PROUST Y ENRIQUE LIHN. ESCRIBE CRÍTICA EN REVISTAS LITERARIAS COMO LATIN AMERICAN LITERATURE REVIEW DE LA UNIVERSIDAD DE OKLAHOMA (USA) Y BUENOS AIRES POETRY (ARG). COMO ACADÉMICO HA IMPARTIDO DIVERSAS CÁTEDRAS EN UNIVERSIDADES CHILENAS, ABARCANDO DIVERSOS TEMAS DE LA MODERNIDAD: TEORÍA LITERARIA, LITERATURA RUSA, LITERATURA NORTEAMERICANA Y LITERATURA EUROPEA CONTEMPORÁNEA. EXTRAÑEZA (BUENOS AIRES POETRY, 2017) FUE SU PRIMERA PUBLICACIÓN COMO POETA.

Zurita: Homenaje a Enrique Lihn

Sigues siendo el Rey Enrique, aún,
al que como al mismo Hamlet
sobrevive un traidor,
se ciñe tu corona
la serpiente que vuelve a emponzoñar tu oído
cada vez que lo amenaza tu sombra
en el jardín de tu muerte inacabable,
tu voz: ese airecillo de ultratumba
que quisiera acallar el aviador,
ese que escribe sin los pies en la tierra
y flota de tanto aire que ha robado,
o de lo que queda de tus manos que le dieron de comer
como las ratas envejecen de otros granos,
poeta incestuoso no se sabe ya
de qué Madre
e inclina su apetito a los pies de cualquier Reina,
llámenle Ante-Paraíso y no Chile –desde ya– a su patria miserable
y llénese el cielo de poemas
sus engañosas dádivas
en el tiempo de sus vacas flacas.
Él, que no pudo como tú, Enrique,
sostenerse sobre las olas sin cegarse
y viaja sobre otros paisajes menos salvajes
gimiendo que el Océano Pacífico se derrumba boca abajo,
mientras suena en su cara el horror de una bofetada
porque queda sin herencia
el viejo Claudio a la vista de su desbarrancado teatro,
mientras el hedor sube hacia el cielo
llorando la muerte de un hermano.
Yo escribo esto para Enrique –aviador–
y no temo nunca al veneno de tu copa.
Ni en Santiago ni en la enrarecida atmósfera de Elsinor
quedaría impune un doble asesinato.