Marcuse y el surrealismo | Enrique Lihn

«Un hombre como Herbert Marcuse, a quien se le ha atribuido la dirección teórica de la nueva izquierda, podría haber sido un joven surrealista de entreguerras deseoso de integrar a Freud y a Marx en una sola teoría crítica de la sociedad represiva, opulenta, e igualmente vigilante respecto del totalitarismo de izquierda o de derecha.»

El surrealismo se articuló en Francia como movimiento por allá por 1925. No fue, en un comienzo, una escuela literaria sino una negación filosófica, poética y hasta científica o seudocientífica de la realidad establecida por la sociedad burguesa europea, que necesariamente tuvo implicaciones políticas, y una afirmación de lo que se llamó la libertad total del espíritu.

Entre el fracaso del humanismo burgués que significó la primera guerra mundial y la catástrofe de la segunda que se dejaba adivinar en los años 30, el surrealismo fue la expresión más cabal de la rebelión de los jóvenes, y así no es de extrañar la palpable influencia que ejerce sobre la revolución de los jóvenes de hoy o el hecho, más bien, nada extraño, de que una y otra coincidan como respuestas análogas a situaciones históricas semejantes.

Este parentesco es global, de modo que pueden encontrarse correspondencias de todo orden entre ambos movimientos, hasta en los detalles.

Un hombre como Herbert Marcuse, a quien se le ha atribuido la dirección teórica de la nueva izquierda, podría haber sido un joven surrealista de entreguerras deseoso de integrar a Freud y a Marx en una sola teoría crítica de la sociedad represiva, opulenta, e igualmente vigilante respecto del totalitarismo de izquierda o de derecha.

Como los jóvenes de hoy, los de 1925, a cuya cabeza estuvo el poeta André Breton, creyeron necesario transformar el mundo y se acercaron al marxismo. Algunos de entre ellos, y no los menos importantes, se establecieron en el Partido Comunista Francés como militantes permanentes. Pero André Breton y los suyos se alejaron rápidamente del stalinismo triunfante, simpatizaron con Trotski y fueron partidarios de la realización total a través de una revolución permanente, en el sentido en el que abundan hoy los jóvenes tildados peyorativamente de anarquistas.

Como los jóvenes de hoy los de 1925 fueron una esperanza, pero la misma que se puede tener en relación a una fuerza políticamente desorganizada. Su aspiración a una revolución integral, no sólo de orden económico y político, sino también estético y moral, se repite ahora en el Gran Rechazo a la sociedad opulenta, en su simpatía por los movimientos revolucionarios del Tercer Mundo en las que han visto la posibilidad de un socialismo nuevo, y en los usos y costumbres de la sociedad marginal de los beatniks y de los hippies.

Hoy como ayer la revolución integral ha sido pospuesta, existen la amenaza de lo que llamaba Breton “la divinidad insaciable de la guerra”, el peligro de la perpetuación de regímenes injustos, la esperanza en un renacimiento del marxismo, la tentación de las soluciones místicas o del suicidio.


Extraído de Enrique LIHN, Marcuse y el surrealismo, publicado en  Las noticias de ÚLTIMA HORA, Sábado 7 de junio de 1969.