Kavafiana | María Mercedes Carranza

MARÍA MERCEDES CARRANZA Nació en Bogotá en 1945. Licenciada en Filosofía y Letras de la Universidad de Los Andes. Periodista y poeta. Desde 1986 dirigió la Casa de Poesía Silva en Bogotá. Fue miembro de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Libros de poesía publicados: Vainas y otros poemas (1972); Tengo miedo (1983); Hola, soledad (1987); Maneras del desamor (1993); El canto de las moscas (1998). Otros libros publicados: Estravagario (selección de textos 1976); Nueva Poesía Colombiana (antología), 1972; Siete cuentistas jóvenes (antología), 1972; Antología de la Poesía Infantil Colombiana (1982); Carranza por Carranza (antología y texto crítico de la poesía de Eduardo Carranza), 1985. Murió el 11 de julio de 2003, al amanecer.

cuando escribo sentada en el sofá

A la memoria de mi padre, quien
me enseñó las primeras palabras
y también las últimas.

(Arte poética)

Igual que la imagen de mi cara en el espejo
me recuerda cómo me ve la luz,
en mis palabras busco oír el sonido
de las aguas estancadas, turbias
de raíces y fango, que llevo dentro.

No eso, sino quizás un recuerdo:
¿volver a estar en uno de aquellos días
en los que todo brillaba, las frutas en el frutero,
las tardes de domingo y todavía el sol?
El golpe en la escalera de los pasos
que llegaban hasta mi cama en la pieza oscura
como disco rayado quiero oír en mis palabras.
O tal vez no sea eso tampoco:
solo el ruido de nuestros dos cuerpos
girando a tientas para sobrevivir apenas
el instante.

Yo escribo sentada en el sofá
de una casa que ya no existe, veo
por la ventana un paisaje destruido también;
converso con voces
que tienen ahora su boca bajo tierra
y lo hago en compañía
de alguien que se fue para siempre.

Escribo en la oscuridad,
entre cosas sin forma, como el humo que no
vuelve,
como el deseo que comienza apenas,
como un objeto que cae: visiones de vacío.

Palabras que no tienen destino
y que es muy probable que nadie lea
igual que una carta devuelta. Así escribo.

kavafiana

El deseo aparece de repente,
en cualquier parte, a propósito de nada.
En la cocina, caminando por la calle.
Basta una mirada, un ademán, un roce.
Pero dos cuerpos
tienen también su amanecer y su ocaso,
su rutina de amor y de sueños,
de gestos sabidos hasta el cansancio.
Se dispersan las risas, se deforman.
Hay cenizas en las bocas
y el íntimo desdén.
Dos cuerpos tienen su vida
y su muerte el uno frente al otro.
Basta el silencio.

artaud entre palabras

“Haré con la concha
sin la madre un alma oscura,
total, obtusa y absoluta”
A. A.

Antonin Artaud está sentado
frente a su peor enemigo: Antonin Artaud
a quien observa como un espectáculo inútil.
Tiene los nervios drogados con opio
y trata de escribir un poema
que ha de ser la vida misma. Por ello
sólo escribe sollozos, blasfemias, gritos.
Pero nadie oye a Antonin Artaud:
todos están muertos, se sabe,
y él trata de herirlos, para que despierten,
con su desafiante solidaridad.
Lucha a dentelladas contra los invisibles
demonios que envenenan el aire.
En el asilo para locos de Rodez,
cabizbajo, desdentado y baboso
Antonin Artaud ha perdido.
Como un niño de cuatro años, dócil,
aprende de nuevo las primeras palabras.
El feroz resplandor del naufragio
lo ilumina repentinamente y ahora
es Artaud el Resucitado. Ahora
vuelve a la vida, pero parido por él mismo:
“yo soy mi hijo, mi padre, mi madre y yo”.
Un último gesto solitario lo cura por fin
–hospital de Ivry, un 4 de marzo de 1948–
de la desdicha de estar en el mundo.
Antonin Artaud olvida para siempre a Antonin Artaud.


Extraído de María Mercedes Carranza, Antología, Universidad Externado de Colombia Facultad de Comunicación Social-Periodismo, 2004. Selección de Juan Arabia para Buenos Aires Poetry, 2019.