Recuerdos de juventud | W. B. Yeats

W. B. Yeats

Recuerdos de juventud

XV

La influencia de mi padre en mis creencias estaba en su apogeo. Todas las mañanas íbamos a Dublín y desayunábamos en su estudio. Había alquilado un cuarto grande, con una hermosa chimenea del siglo XVIII, en una casa de vecindad de York Street, y durante el desayuno me leía pasajes de poetas seleccionados siempre por sus momentos más emotivos. Nunca me leyó nada por puro interés especulativo, y en verdad no se interesaba en absoluto en la poesía que expresaba abstracción o generalización, por emotiva que fuese. Me leía los primeros discursos de Prometeo Liberado, pero jamás el lirismo estático del famoso cuarto acto; otro día era la escena en que Coriolano va a casa de Aufidio e informa a los atrevidos sirvientes que su morada se halla bajo el dosel1. Después he visto diversos montajes de Coriolano, y lo he releído en muchas ocasiones, pero siempre hallo esta escena más intensa que el resto, y antes que la voz de Irving o Benson, es la voz de mi padre la que escucho. No se detenía incluso en un pasaje lírico hermoso, a menos que sintiese algún hombre real detrás de su elaborada belleza, pues siempre buscaba rasgos de una vida deseable, familiar. Cuando los espíritus cantaban su desprecio por Manfredo y éste respondía: -«oigo vuestras voces de suaves acentos melancólicos», me decía que ellos ni siquiera encolerizados podían despojarse de su espiritual dulzura. Tenía a Keats mucho más en alto que a Shelley, como poeta, por ser menos abstracto, pero no lo leía, sin interesarse, creo yo, en toda esa poesía que en tiempos modernos procedía de la influencia de la pintura. Todo debía ser idealización del discurso y proceder de un momento de acción apasionada o ensueño sonambúlico. Recuerdo oírle decir que todos los hombres contemplativos conspiraban para menospreciar su condición vital, que así eran todos los escritores, salvo los grandes poetas. Al volver atrás me parece que percibía su espíritu en fragmentos, los cuales encubrían conexiones que sólo ahora se me hacen evidentes. Detestaba la poesía victoriana de las ideas, así como a Wordsworth, salvo ciertos fragmentos o poemas. Una mañana después del desayuno comentaba que había descubierto en la forma de cabeza de un alumno wordsworthiano, un clérigo viejo y respetado cuyo retrato estaba pintado, todo el instinto animal de un boxeador. Detestaba la belleza formal de Rafael, esa calma que más que pasión ordenada es hipocresía, y criticaba la vida de Rafael por su amor al placer y su desidia. En literatura siempre fue pre-rafaelista, y aportaba a la literatura principios que, en la época en que la Academia era respetada, implicaban el primer ataque a la forma académica.

No me leyó nunca nada más por su moraleja, y todas nuestras discusiones versaban sobre el estilo.

XXIV

Desde nuestra llegada a Dublín mi padre me llevaba una que otra vez a ver a Edward Dowden2. Ambos habían sido compañeros en la Universidad, y quizás trataban de reavivar su antigua amistad. Algunas veces nos invitaba a desayunar, y mi padre entonces me pedía le leyera alguno de mis poemas. Dowden era prudente en sus estímulos, no exageraba el elogio ni le faltaba la simpatía, y me prestaba libros ciertas veces. La casa arreglada y próspera, donde todo acusaba buen gusto, donde se estimaba cabalmente la poesía, hacía a Dublín tolerable por un tiempo, y quizás durante dos años fue Dowden para mí una figura novelesca. Mi padre no compartía mi entusiasmo, así que pronto advertí que estas reuniones le molestaban. A veces decía que en su juventud había querido que Dowden se consagrara al arte creador, y hablaba de lo que consideraba el fracaso de Dowden en la vida. Me doy cuenta ahora que encontraba en su amigo todo aquello de lo que se había salvado por su conversión a los pre-rafaelistas. «No confía en su manera de ser», decía, o «está demasiado influenciado por sus inferiores», o bien elogiaba uno de sus poemas, Renunciants, para demostrar lo que pudo llegar a escribir. Yo no me convencía, pues había imaginado un pasado digno de aquel rostro sombrío y romántico. Interpretaba literalmente sus versos, tocados por algunos matices de retórica swinburniana, creyendo que él había amado desdichada e ilícitamente; y cuando descubrí, por mi propia práctica de la poesía, que ciertas imágenes sobre el amor de las mujeres son propias de una escuela, sólo cambié de ilusión y lo consideré muy sabio.

Constantemente me hallaba preocupado con ideas filosóficas. Les decía a mis compañeros de la Escuela de Arte: «La poesía y la escultura existen para guardar vivas nuestras pasiones», a lo cual alguien repuso que «estaríamos mejor sin nuestras pasiones». Anduve una semana angustiado con este problema: ¿nos hace el arte más felices, o sólo más sensibles y por tanto más desdichados? Les decía a Hughes o Sheppard que «si no me convencía de que podía hacernos más felices, no volvería a escribir». Cuando planté el asunto a Dowden, lo eludió con una matizada ironía. Parecía mirar las cosas y las personas con cierta condescendencia, y por entonces era mi sabio. Pronto iba a aprender que si un hombre va a escribir poesía lírica debe ser formado por la naturaleza y el arte de tal modo que adopte alguna de la media docena de actitudes tradicionales, y ser un amante o un santo, un sabio o un sensualista, o un simple detractor de toda vida; y que nada, a salvo era suerte infeliz, pueda abrir ante sus ojos la expresión total del mundo. Esta certeza, antes que llegara a aprenderla, era en mí un instinto.

Me había contrariado que mi padre calificara de timidez la ironía de Dowden, pero después de muchos años su impresión no ha variado, pues hace poco me escribió que «era como hablar con un cura; uno debía cuidarse de no recodarle su sacrificio». Cierta vez después del desayuno, Dowden nos leyó algunos capítulos de su Vida de Shelley, entonces inédita, y yo, que había hecho de Prometeo Liberado mi libro sagrado, estaba complacido con toda su lectura. Me heló sin embargo al explicarnos que ya no se interesaba por Shalley, que lo había escrito sólo por una promesa dada a la familia del poeta. Cuando el libro apareció, Matthew Arnold se burló de ciertas extravagancias y convencionalismos que eran, como mi padre y yo llagamos a advertir, la violencia o la ordinariez de un hombre concienzudo que se escondía a sí mismo una pérdida de simpatía.

Aunque mi fe en él se había quebrantado, fue sólo cuando me instó a que leyera a Geoge Eliot que me molesté y desilusioné y tuve un altercado, o casi, con él. Yo había leído todas las novelas de Víctor Hugo, algunas de Balzac, y no estaba de {animo de apreciar a Geoge Eliot. Ella parecía sentir disgusto y repulsión por todo lo que en la vida nos da algún impulso de alegría. Además, sabía muy bien administrar esta adversión por la autoridad de su ciencia medio victoriana y por ciertos hábitos espirituales de su educación que yo, que no había escapado a la fascinación de lo que rechazaba, mientras el libro permanecía abierto ante mí, dudaba acerca de todo cuanto mi espíritu conocía del esplendor. El asunto me aturdía y preocupaba, pero cuando le hablé de ella a mi padre, la puso a un lado con una sola frase: «ah, esa era una mujer horrible que odiaba a los hombres y mujeres bien parecidos», y comenzó después a hacer el elogio de Cumbres Borrascosas.

Solo en días pasados, al conseguir un volumen de las cartas de Dowden, vine a descubrir que la amistad entre él y mi padre había sido un prolongado antagonismo. Mi padre había escrito desde Fitzroy Road, por la década del sesenta, que la «hermandad» -en la cual incluía al poeta Edwin Ellin, Nettleship y él mismo- aborrecía a Wordsworth; y Dowden, olvidando que una semana traería un ánimo y execración distintos, había escrito una carta pulida y solemne. Mi padre había respondido que Dowden creía demasiado en el intelecto, que toda verdadera educación no era sino un despertar de emociones, sin que ello significara excitabilidad. «En el hombre cabalmente emotivo, escribía, el mínimo despertar del sentimiento es una armonía en la que vibra cada cuerda de cada sentimiento. La excitación es característica de una naturaleza insuficientemente emotiva, la ordinaria vibración de una o dos cuerdas solamente». Viviendo en un medio libre, acostumbrado a la chispeante exageración de las conversaciones entre iguales, de hombres que escriben y hablan para descubrir la verdad y no por la instrucción del pueblo, es evidente que había descubierto, cuando ambos frizaban la veintena, que Dowden era un provincial

Los recuerdos de juventud de W.B. Yeats forman parte de sus Autobiographies (Macmillan, 1961) La versión al castellano es de Eduardo Bosco.


Extraído de POESIA 23 | Marzo / abril 1975 | Colaboración enviada por Víctor Manuel Pinto (Venezuela) | Buenos Aires Poetry, 2019. 

1 Coriolano, IV, 5.

2 Ensayista y poeta irlandés, muerto en 1913.