Sobre la poesía de Cristián Warnken: Premio Neruda a la trayectoria poética 2019 | Rodrigo Arriagada Zubieta

Cristián Warnken nació en 1961 y desde su temprana aparición en el periódico Noreste, en la creación de programas de Televisión como Una Belleza Nueva y en su ejercicio como docente ha desarrollado una trayectoria respecto de la cual si se puede señalar un rasgo integrador, aquél sería el de una fe inquebrantable en la palabra y en las relaciones entre poesía y vida. Se ha interesado por las diferentes tradiciones literarias y del pensamiento occidental y ha perdurado en la idea de que el pensamiento poético debe estar regido por un modelo y un propósito ético. La propuesta de Warnken, ha sido refrendada en cuanto a interés, por su popularidad a nivel nacional más allá de la recepción académica y en confrontación con escuelas propias de la teoría literaria como el formalismo crítico, la deconstrucción y la teoría marxista, y se ha convertido en un ejemplo de abordaje de la literatura y del pensamiento con rasgos éticos, personales, cultos e ingeniosamente polémicos. Al mismo tiempo, Warnken nos ha legado dos libros excepcionales de poesía: las palabras del chamán en el fin del mundo de 2012 y Un hombre extraviado de 2017, libro al cual quisiera referirme a continuación como una de las cumbres literarias de la poesía chilena del siglo en curso y que justifica, sin lugar a dudas, la entrega del Premio a la Trayectoria poética Pablo Neruda 2019.

Un Hombre extraviado nos sitúa desde su comienzo en una esfera poética precisa: Hijo mío, hijo mío/ ¿Por qué me has abandonado?

Un comienzo atronador que introduce a la búsqueda de que será objeto el poema. Los poemas de Warnken constituyen una bitácora de un viaje interior, de diez años de duración, motivado por la muerte de un hijo y donde se ve impelido a preguntar a dios por el sufrimiento de un inocente, en un viaje que nadie querría hacer. A menudo suspiramos y dejamos escapar la frase “que dolor”, de forma mecánica, y en la mayoría de los casos, ese dicho no responde a una situación anímica verdaderamente dramática ni irremediable. C. S. Lewis, ante la muerte de su esposa, ha realizado un ejercicio similar al de Warnken para concluir que la pena se vive con miedo, porque ha descubierto que cuando el dolor es profundo, no nos une con la muerte, nos separa. ¿Pero, por qué el dolor nos separa de los muertos? Simplemente porque no hay recetas y el Dios en que hemos creído parece alejarse insubsanablemente en su indiferencia. Por otra parte, las palabras con que otros nos consuelan carecen de significado ante la experiencia del abismo, y el trabajo del poeta es viajar para volver a escuchar aquellas que sí dicen el espacio sagrado que es el duelo.

Al igual que Lewis, el poeta Warnken tiene claro, desde un comienzo, la sentenciosa frase de Enrique Lihn: nada tiene que ver el dolor con el dolor. Sabe al mismo tiempo que se enfrenta al problema de toda Teodicea y al que se ha enfrentado toda la gran poesía: desde Homero y el juego caprichoso de los dioses, pasando por el rechazo de Caín a realizar la oración en Caín de Lord Byron, hasta Rimbaud y su intento de igualarse a la divinidad. Ese problema es la dificultad de hacer compatibles las siguientes 3 proposiciones: “Dios es omnipotente, Dios es absolutamente bueno”, “el mal-sin embargo- existe”. Chesterton nos da una clave para entender el poemario de Warnken a través de la intertextualidad planteada con el Libro de Job. Dice el autor inglés: “la protesta de Job contra dios no es una negación atea. Si fustiga a las estrellas no es para silenciarlas, es para obligarlas a hablar”. Pero en el libro de Job, Jahvé en vez de responder a sus demandas le lanza preguntas sin fin, en vez de mostrar la justicia de su actuación, formula interminables misterios que recuerdan su grandeza, su complacencia en la exposición de un mundo impenetrable qué el mismo ha creado.

Si Dios es un ser irracional que profundiza en sus enigmas, sólo nos quedan preguntas, y este libro de Warnken está lleno de ellas, preguntas donde sólo se puede rasguñar una respuesta.

¿Quién se extravío, un niño en el aire o su padre en la noche?/ ¿Quién es el perdido? ¿El muerto? ¿De quién es este cuerpo que flota en esa agua insomne?/ ¿De quién es esa voz y de quién la ausencia? ¿Quién partió el día en dos?

Desde el punto de vista estilístico, no son muchos los registros que pulsa Warnken, a pesar de su amplia cultura libresca, rehúye los artificios, prefiere ajustar el tono verbal a la complejidad de la búsqueda, evitando cualquier esfuerzo retórico. A quien ha vivido la indiferencia de un Dios injusto, a quien busca tener palabras exactas para expresar el conflicto entre el enigma del dolor y el ansia de eternidad, no vamos a pedirle una potencia lírica bullente o un esfuerzo complejo de ascensión en el lenguaje. Tampoco le pediremos un examen de actualidad, ni el guiño de época que se ha instalado como moneda corriente en la poesía chilena. El poeta sabe que su esfuerzo es enfrentarse ante el vacío, ante la página en blanco, ante la imposibilidad de racionalizar, y lo que sí encontraremos en esta poesía es el viaje mismo.

La poesía de Warnken se sostiene en una correcta comprensión del mandato rimbaldiano; sabe- como hiciera notar apasionadamente el poeta chileno-argentino Godofredo Iommi en la Carta del errante- que la poesía no sirve para cambiar el mundo, como confundieron Breton y otros movimientos de vanguardia; pero que sí sirve para cambiar la vida. Después de Rimbaud sabemos que la poesía es liberadora, que purifica y que amplía la persona humana: quiero decir – y esto lo sabe de sobra Warnken- que se escribe contra la realidad, no contra la actualidad y que lo importante es el viaje. Un hombre extraviado es de esos libros que ratifica por qué es necesaria la existencia del poeta y ahí estriba su valor literario. Desde el título mismo el extravío sugiere el destierro que nos permite situar el acto de escritura como un exilio ya no político, ni producido por la pretendida soledad del artista.

Blanchot concibe la escritura como un deambular tras las huellas de pasos perdidos. Este exilio hace del poeta el siempre extraviado, aquél que está privado de residencia firme y verdadera. Buscar es el único designio de su escritura y lo que comprenderá el poeta de Un Hombre extraviado es que, al contrario de la muerte, la poesía vive en la intemperie, en la plena desprotección. El poeta de este libro escribe al dictado, sus poemas no se escriben por voluntad o por ejercicio de estilo; sino por un ejercicio de desocultamiento que va de la nada al acto y donde ocurre un develar-se, quizás la mayor de las enseñanzas de Heidegger. El poeta Warnken se convertirá en un viajero en búsqueda de su hijo. En la literatura nos encontramos con una tradición de extraviados: Odiseo, Simbad, Gulliver y los poetas del romanticismo. Todos a su manera viajan para encontrarse con ellos mismos. En general, se trata de la aventura azuzada por la dificultad de la naturaleza indómita, y donde siempre la salvación del héroe parece ser el premio a quien controla sus deseos. Pero Warnken no es un héroe; es un padre extraviado, con la mirada perdida, en conflicto con Dios y en búsqueda de un hijo.

Los románticos visitaban las alturas – donde según nos dice Elíade- la mayor cantidad de culturas ha visto en la montaña, la colina y el monte lugares sagrados donde se dio comienzo a la creación. Pero el viaje de Warnken es uno circular a través de su propio jardín, es decir, el mismo lugar donde se ha producido la pérdida del hijo y es aquí entonces donde el poeta espera encontrar respuestas en un esfuerzo tensionador máximo de los sentidos para volver a escuchar la naturaleza.

Algunas imágenes elegíacas de este poemario nos recuerdan a San Juan de la Cruz, a Miguel Hernández y a Rilke, pero sus planteamientos de fondo los comparte con el Wiliam Blake de Los Cantos de Inocencia. En ese poemario la mayoría de los hablantes son niños y los poemas se entrelazan compartiendo símbolos comunes. En el caso de Warnken, y en situación similar a la del poeta visionario, son las aves las que reaparecen permanentemente. Jung considera que las aves son seres que representan a los espíritus y los ángeles, mientras tradiciones como la hindú, relacionan las aves con los estados más elevados del ser. En Un hombre extraviado las aves son anunciadoras de un mañana y se relacionan con el juego, la imaginación y los procesos espirituales. Pero sobre todo, las aves devuelven los niños a la vida, al juego, a la naturaleza que había ocultado la noche. Dice Warnken:

Salimos al jardín /A recoger tu carne alba/ Tu risa detenida/ Y tus brazos rotos/ No es fácil acunar a un pájaro caído.

A diferencia de un turista que colecciona sensaciones, siempre consciente de que regresará a casa, la tonalidad angustiosa del extraviado Warnken nos permite asistir a la imposibilidad de que el poeta regrese al jardín que le vio partir siendo el mismo. Esto porque no tiene itinerarios y ha perdido las señales de ruta, parafraseando a Juan Luis Martínez. El poemario reivindica el extravío y el viaje como la posibilidad cierta de llegar a ser otro, para como dice Píndaro- llegar a ser el que eres. Lo anterior sólo lo puede hacer un yo que no desea confirmarse en su relación con el mundo. Y acaso sea este el mayor logro del poema: asistimos a una especie de hipnotismo, pero no mediado por la ruina física, ni por sustancias alucinógenas como en la poesía de finales del XIX y principios del XX. Aquí el poeta se recobra a sí mismo a fuerza de oír la naturaleza. Quien escribe se limita a pasar en limpio dictados de una obra acaso escrita por otro, y el tono es el eco de lo que no se puede callar. Este eco, en el caso de Un hombre extraviado es la voz del hijo mismo encontrada en la naturaleza, canto que hace desaparecer al padre y que reproduce la concepción del dolor desde su aspecto metafísico, humano y religioso, mediante la potencia imaginativa del lenguaje en que el poeta se traspasa a sí mismo y se desdobla en los versos más bellos del poema:

Tengo un padre muerto/ entre mis brazos/ y lo acuno para que despierte/ le hago respiración boca a boca al ahogado/ pero él quiere seguir muriendo/ No entiendo por qué no abre sus ojos/ ¿Está jugando o está muerto?

Un hombre extraviado ratifica por qué es necesaria la existencia del poeta. Entonces vuelvo con Warnken a uno de los postulados centrales de Godofredo Iommi en la Carta del Errante; a saber: que la misión de la poesía es difícil. “Ella no se mezcla con los acontecimientos de la política, a la manera como se gobierna un pueblo; no hace alusión a los periodos históricos, a los golpes de estado y a los regicidios”. La poesía se contiene en sus márgenes, es el develamiento de la pura posibilidad y con eso basta. La función de la poesía es el acto por el cual el hombre se reconoce originariamente. “La poesía se encuentra, antes que en los contrarios, en la profunda contradicción del espíritu con la nada”. Es el poeta quien consuela a la humanidad y Warnken a través de su extravío y de un poema que representa un punto de llegada y una consumación tardía de formas que parecían perdidas en la poesía chilena, ha logrado definitivamente consolarnos, paradójicamente, respecto de su propio dolor.


Texto leído por Rodrigo Arriagada Zubieta | “Cristián Warnken Premio a la Trayectoria 2019” | Fundación Pablo Neruda | Buenos Aires Poetry, 2019.