Señora Gabriela Mistral | Matías Rivas

Matías Rivas (1971) estudió literatura en la PUC (Universidad Católica de Chile). Trabajó como editor para distintos sellos y medios. Durante diez años ejerció la crítica literaria en el semanario The Clinic, bajo el pseudónimo de «Mao Tse Tung». Además, fue reseñista de la Revista de Libros del diario El Mercurio por el mismo tiempo. En 1997, publicó Aniversario y Otros Poemas y en 2011 hizo su segunda entrega con Un muerto equivocado. En el 2016 lanzó dos títulos nuevos: el libro de poemas Tragedias oportunas y el libro de ensayos Interrupciones. Un diario de lectura. Actualmente, trabaja como director de Publicaciones de la Universidad Diego Portales, es columnista del diario La Tercera y la revista Capital.


LA ESPERMA SUCIA DE UNA VELA

La esperma sucia de una vela
y la incapacidad tuya
para decirme las cosas
está definiendo de alguna manera
mis días. No creo tener
el alcance que tu reclamas
ni la tranquilidad ni los dolores
calmos que tanto te hacen falta.
Las cosas se delinean en la fineza
de sus contornos, y aquí
la esperma se ha mezclado
con la mecha negra quemada.
Lo único que se me ha ocurrido hacer
ya estaba hecho por otro
y mis libros nunca
salieron de mi casa.
Para tu seca belleza extranjera
mal vistas son las despedidas,
yo por mi parte, no tengo qué hacer
sino poner la vista
en los edificios de enfrente,
recordar el patio de mi colegio
formado para entrar a clases
y de esta manera
encubrir el imposible
olvido de estar arriba
o abajo tuyo. Debí aspirar
una vida común,
seca de rabia y sin
tanta ostensible pasión.
Ninguna tarde más
será regada con tu fría mirada
ni sabré cómo me queda
la ropa. Te fuiste sin haber
llegado y yo con el aire
entre los dedos,
reclamo ceguera
en asuntos de amor.

MI BUDA

Perdona, hijo, mis gritos insufribles,
los portazos,
la cruel injusticia de mis palabras
y el tono infame de mis arrebatos.
Sé que no hay consuelo ni piedad posible
ante mi neurosis desatada. Mi gusto por el orden
y mi fe en la voluntad son inverosímiles.
Carezco de la soltura de la que tú gozas,
de esa elasticidad con la que te estiras por el suelo.
Soy a la luz de cualquier vela un manojo de nervios retorcidos.
Te ruego que no me escuches ni me observes.
Mi paciencia es breve
y me duele la cabeza y el cuello de tanto manejar.
En las noches aprieto las mandíbulas hasta triturar mis muelas.
Disculpa mis malos modos.
Detesto mi escaso entusiasmo, mi cansancio crónico
y ese pesimismo jocoso con que amanezco.
Mi mente parece un panal de abejas con humo
y resisto gracias a las maromas
de tu madre y la piedad de mi familia.
Han tenido entereza y excesiva templanza.
Sólo soy un peón de porcelana.
A tu edad mis padres me daban correazos en las piernas si era necesario;
en cambio, lo que a mí me toca es aprender a escucharte
como si fueras un buda.

RECIÉN CASADOS

La orilla café de la taza no sale con agua caliente.
El borde tiene grabado mis labios, lo que te molesta.
No sé si será posible sacar la mancha con recriminaciones.
Lo cierto, es que gotea bajo el colchón toda la noche.
Las frazadas y el cansancio tienen olor a sospecha.
No avanzamos, pese a las quejas y reconciliaciones.
Pero tampoco queremos dar un paso más.
Te duelen las rodillas y a mí los codos.
A ambos nos cuesta dormir con las mandíbulas férreas.

Me dices que escuchas como uno niño va llorando al baño.
-Yo voy, tú quédate durmiendo, que mañana tienes que salir temprano.

Te veo apagar la luz con el niño en los brazos.
Miro -entre las sombras- mi ropa colgada.
Escucho mi aliento seco y las piernas rendidas.
Quedan pocas horas de sueño y resignación.
Mañana, seguro, ni me sentirás cuando me vaya.

SUPERMERCADO

Por influencia tuya empecé a comprar duraznos.
Cuando íbamos al supermercado
tú siempre comprabas un par de kilos de duraznos
para tus hijo mayor.
En cambio, yo partía derecho a la sección pastas y carnes.
Llenaba el carro
con lasañas congeladas, pizzas y salsas de tomates.
Recuerdo que comprabas una docena de huevos con Omega 3,
queso fresco y quinoa.
En unas ocasiones te vi llevar yogurt natural y un kilo de uvas.
Hacíamos de estos encuentros
un enredo fascinante de mensajes en clave
con la ilusión de que pareciera casual
conversar en los pasillos abarrotados de comida
del supermercado más lejano de tu casa y cercano de la mía.
Hablábamos de amor con susurros histéricos,
nos hacíamos promesas calientes.
Incluso rozábamos nuestras piernas
agachados para sacar el azúcar rubia.
Después nos mirábamos unos minutos.
Me decías, cariño, en un tono suave
que súbitamente cambiaba cuando venía alguien.
Te gustaba tener fósforos en cantidad, por superstición.
Y te preocupabas de que nunca faltara en tu refrigerador el brócoli.
Con las compras listas partías a pagar,
mientras te esperaba en mi auto en el estacionamiento.
Lo mío eran solo un par de bolsas que echaba atrás.
Lo tuyo era alimento para tus hijos y tu marido vegetariano.
Le pedías a un joven que te ayudaran a llevar las bolsas a tu auto
y que las descargara en la parte de las maleta.
Luego partías a mi auto.
Abrías la puerta y te lanzabas a mi cuello.
“No quiero que volvamos a pasar por esto.
Quiero que te cuides y te guardes para mí. Entiendes, amor”.
Me tocabas entre las piernas para sentir si lo tenía duro.
Y salías dando un portazo con mi olor en tu pelo.
Caminabas hacia tu auto sacudiendo tus caderas.
Ibas con pantalones apretados y botas negras.
Me quedaba fumando.
Encendías el motor, retrocedías,
y partías directo a tu casa.

******

No recuerdo tu amor sino el deseo.
La transparente luz del mediodía,
la mirada bajo las piedras nítidas del agua
un espacio que fluye y un tiempo
sin presente, opaco y frío.
El día devorado de sonidos quema
y cambia el delirio por cenizas.
La luz de la tarde roza
otro vacío donde su blancura
borra, marcada de arena, tu figura.

*****

Emerjo de un mar en el que me ahogo
cada noche al cerrar los ojos.
Desconozco si es profundo
o si me hundo en la tina sucia.
Ciego bajo las sábanas,
intento diluirme en vano.
La luz que surge al borde de la cortina
es suficiente para alumbrar
un vaso sobre el velador.
Camino sobre mi sombra
ejercitando la templanza que no tengo.
Busco el sueño que olvidaré en las ventanas
encendidas contra la distancia oscura del cemento.

EL FIN DE NUESTRO AMOR

El fin de nuestro amor ha sido leve
la pasión perdida en sótanos como una rata ciega.
Ya no aprecio tu silencio
y sé cuánto detestas mi cinismo.
Me aburren tus miedos y a ti mi intensidad.
El costo ha sido mínimo
respecto de las promesas que nos hicimos
en la cama y en el auto.
Guárdate los recuerdos, si te quedan.
Y evita que vuelva a ti.

SEÑORA GABRIELA MISTRAL

Su piedad piadosa de virgen violada,
de reina de los afligidos y madre de leche roja,
escasa como densa, señora de pocos aspavientos,
nadie le va a negar el lugar suyo en la corte de
los presumidos señores de la lengua.
Aunque se derramaran hordas de ira contra su
gusto a clavo muerto y se encendieran piras
con sus libros, sería sólo por vernos reflejados
en el espejo infeliz de un niño mordiendo
su propia mano.
Nadie se espanta, sin embargo, con las
cascadas de letras que aterran el decir.
Nadie sumerge su cara en el agua quebrada
de su lirismo de veguina del Siglo de Oro.
Señora, usted, que masca la lengua de llanto
y reza en acaloradas iglesias plegarias de viva,
disculpe la torpeza de los alcaldes y del mundo
cultural, usted ya no es una estatua, su gusto
a nada parecido es el sostén de los peñones
más duros de nuestro idioma. Una vieja para Chile,
qué honor.


Poesía Chile | Buenos Aires Poetry, 2019 |                                                                           Imagen © Culto | La tercera