Variaciones del Cuzco | Ming Di

Ming Di es una poeta china contemporánea y traductora; nació en China y emigró a EE.UU. para estudios de postgrado en la Universidad de Boston antes de mudarse a California. Ella escribe desde los márgenes de las lenguas y las identidades culturales, y desde esos márgenes, experimenta con formas y temas. Recibió premios literarios para escritores de la diáspora en EE.UU.  Su trabajo también ha sido publicado en las principales antologías en China, mientras que en EE.UU., ha recibido becas y premios de parte del Laurie Okuma Memorial Fund, de la Fundación Luce y de la Fundación de Poesía. Autora de seís libros de poesía en China, ha traducida cinco libros de poesía al chino y co-traducida cuatro libros del chino al inglés. Actualmente divide su tiempo entre California y Beijing. Editora nacional de China para Poetry International Rotterdam. Es editora y co-traductora de New Cathay: Contemporary Chinese Poetry (Tupelo Press, 2013) y New Poetry from china 1917-2017 (Black Squre Editions, 2019).


Aeropuerto de Lima

Observo a una mujer que viste una bufanda.
Buen clima mal clima, buen humor mal humor,
buena suerte mala suerte – todo está entretejido,
hecho uno en las imágenes que ella ha pensado.
El cielo es alto, las nubes incoloras. ¿Acaso los hilos
eran incoloros también antes del tejido? ¿Naturales, o teñidos?
Ella sabe. Su lenguaje está en los tonos. Sólo el viento
puede escuchar lo que dice entre hilos coloridos.

Volando hacia el Cuzco

El avión es un pájaro grande que vuela bajo
mientras su cuerpo y alas emanan luz roja,
alumbran el amanecer, como si estuviera herido.
El cielo es rojo. Las nubes rojas. Incluso el viento
es rojo. El pájaro herido vuela muy bajo. Se mueven manos
extrañas por su vientre. Ventanas. Ojos.
Cinco de la tarde. Parece que las montañas están más cerca.
Los rayos de sol fluyen en ellas, como agua. Algunas cosas
están hechas para fluir hacia afuera, y alejarse. Una vez que vuelan
hacia arriba, los pájaros saben cómo descender. Allá, lejos,
está el pacífico; el viento que pasa a través de nosotros,
tan cerca, puede sanar cualquier herida.

En el Cuzco

Aquí es donde nace el sol. La tierra es roja.
Las casas rojas. El camino es rojo. Nada más
el cielo es azul; la chaqueta de Alí es azul.
Se dice que esta es la ciudad más alta: el suelo,
incluso, está a tres mil doscientos metros de altura. Es un poco
más arriba, altura de cuatro mil metros. Un poeta local, marxista,
con tres esposas, que habla inglés, es nuestro guía y conductor.
Me regala hojas de coca. Sigo sus órdenes y poso
una hoja, luego otra, en mi boca. Son amargas.
Preferiría sentirme mareada, sentir el veneno del Sol.
Kuafu persiguió al Sol hacia acá, desde el río Yangtzé hasta el Cuzco.
Quiero sentir que el sol está cerca, aunque me queme.

Dentro de las montañas profundas

Tres horas de camino. Llegamos con la última tribu Inca,
donde mujeres y niños visten como las personas
en el sudoeste de China. Hay gente vendiendo masa frita en la calle,
como la que solía comer en la infancia. Entramos
a comer a un restaurante local. Arroz, papas, maíz,
tomates. La gente local platica que antes solían tener
sólo papas y maíz; los inmigrantes chinos llevaron arroz
y les enseñaron a cultivar arroz y vegetales.
Alí dice que en verdad parecen chinos.
Busco un quipu, en vano. Pero sé que sus historias
se entrecruzaron con el patrón de los hilos.

Pastora

Veo mujeres a lo largo del camino
que visten bellas faldas en el sitio de construcción
mientras trabajan duro junto a los hombres. Algunas
viejas caminan por la carretera, llevando chales de algodón colorido.
En las laderas del monte y en la cima, hay pastoras
que cuidan sus rebaños de ovejas. Se ven tan jóvenes.
Es difícil descifrar quién está guiando el camino. Las ovejas caminan
hacia adelante. Las mujeres ven montañas a través de las ovejas.
A través de las montañas, ven el mar. Cada mujer encontrará
la infelicidad en su vida, al menos una vez; pero un pedazo
de pastura, pequeño, es suficiente para curar la herida.

Quechua

Llegamos a Challabamba, la villa más pobre del Perú,
nos cuentan, pero estamos felices de estar ahí
para ser los jueces del concurso de arte estudiantil.
Sus obras imprimen lo que he visto en los últimos días:
valles, cañones y caminos tenebrosos, nubes
surrealistas en la cima. Después comienza el festival.
Cantan con voces muy fuertes y gestos dramáticos; bailan, casi.
Se inclinan ante la tierra con su dios en el corazón. De noche,
sus voces decoran el aire. Mientras bebo el té de azúcar con jengibre,
vuelvo a recordar mi niñez.
Luego, pasamos la noche en un edificio entre azul y blanco.
El Alcalde dice que es lo mejor que pueden ofrecer. Salimos a la calle
para comprar jabón, toallas y papel de baño. Luego duermo, profundamente,
hasta que los pájaros me despiertan.

Machu Picchu

Son 4:30 de la mañana en el Cuzco. Faltan cuatro horas en tren y autobús
para que lleguemos al bosque. Observo cactáceas en la vía
que aguantan el frío, la sequía, el tiempo. Flores inmortales crecen de ellas.
Cuando llegaron los españoles de mirada enrojecida, no pudieron creer
la existencia del Imperio Inca. Destruyeron los reinos, casi de un día a otro.
Pero nada que ha existido puede ser destruido totalmente. Como el amor.
Algo quedará en forma de monumento. Como el amor.
Ahora vemos el palacio del Sol, la piedra-brújula, numerosas reliquias.
Y hallamos la vida: en los descendientes que se desperdigan entre cabañas de piedra,
caminando treinta millas para llegar a cualquier pueblo, la vida sobrevive. Como el amor.
Observa esos profundos túneles de agua que salen de las montañas.
Observa esos pozos tan profundos. Mira esas estructuras de sabiduría.
No nos legaron un lenguaje que permitiera decodificar su cultura,
pero dejaron este sitio enorme y misterioso, secreto y sagrado.

De vuelta al Cuzco

Estoy en el asiento equivocado, con mi espalda al frente
como si el tren se moviera hacia atrás. Los árboles
fuera de las ventanas se mueven hacia enfrente,
dejándome atrás, muy atrás, como si el tiempo regresara.
Hacia atrás.
Había confiado en alguna cosa. Pero mi confianza
fue destruida de una noche a otra, como el ataque al Cuzco.
Vuelo hacia aquí para evitar que me lastimen más. Me he sumergido
en un mundo imaginario, olvidado mi patria
del otro lado del pacífico.
Hacia atrás. Cuatro horas después. Hacia atrás. He vuelto
al siglo quince; hay restaurantes de Chifá en la carretera,
hay una figura de bronce en el centro del imperio…
¿Hace tanto que nos hemos conocido?
¿Cómo puede ser que no recuerde una sola palabra de Quechua?

Muy arriba

Al abandonar las alturas peruanas, sin darme cuenta, me llevo
los secretos de los Andes: la construcción y la destrucción,
la supervivencia y a los supervivientes, los fundamentos de una creencia. Es junio.
Muy pronto, el Sol se cerrará sobre la ventana del veintidós de junio.
Será cada año este día. Hace siglos. Hace siglos por venir.
La soledad es eterna, desde el viejo pasado hasta el anciano futuro.
Tan preciso. La precisión del dolor.
Vuelo más allá del Cusco como si volviera una y otra vez
en las infinitas montañas de los Andes. A veces, me encuentro
con las puntas de las montañas que emergen de las nubes
como crisis que de repente se ocultan, se revelan.

Traducciones de Sergio Eduardo Cruz¹


¹ (Sergio Eduardo) Cruz Flores es escritor. Estudió Literatura Inglesa en la UNAM y se dedica a la investigación en teoría crítica. Su última publicación es “La esperanza destituida”, sobre la influencia del pensamiento maoísta  tanto en el mayo francés como en el arte contemporáneo chino, en el libro Memoria y reverberaciones de los 68 (UNAM, 2019). Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2019) y ahora lo es del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (2019-2020), en el área de poesía. Tradujo el libro Promesas: poesía escogida, de Duo Duo (Valparaíso, 2017), por el cual ganó el Poetry East-West Translation Prize el mismo año.