El pescador y el pececito – Alexandr Serguiévich PUSHKIN

Alexandr Serguiévich Pushkin (Moscú, 26 de mayo de 1799 – San Petersburgo, 29 de enero de 1837) es el poeta símbolo de Rusia, el más grande por su dimensión histórica: fundó no sólo la época de oro de esta literatura sino, prácticamente, la lengua rusa.
Adelantó al modernismo casi cien años (Ruslán y Liudmila, La leyenda de la zarina muerta y los siete caballeros, Cuento sobre el zar Saltán, etc.), volvió al idioma semi bárbaro de esclavos (muzhiks), y al extremo cortesano pesadamente litúrgico, una lengua sumamente musical y bella, ligera, versátil, de infinitos destellos significantes: la economía de Pushkin es varias veces mayor a la de Shakespeare.


EL PESCADOR Y EL PECECITO

Vivía el viejo con su esposa
Junto al mismo mar azul
Vivían en choza de barro
Hacía ya treinta y tres.
Con su red pescaba el viejecillo
Y tejía la vieja con su hilado.
Echó el viejo al mar azul la red
Que con lama recogió,
Por segunda vez ya la lanzó
Mas con marina hierba regresó,
La lanza por tercera vez
Y la red llegó ahora con un pez,
No cualquiera, no pez simple, era dorado.
¡Cómo imploraba el pez de oro
Con suplicante voz de humano!:
– ¡Libérame en el mar, anciano
Valiosa recompensa te daré:
Todo lo que me pidas cumpliré!
Asombrado el viejo y espantado
(Pescaba ya hace treinta y tres
Y jamás oyó que un pez hablara)
Liberó al pez dorado
Y  dijo con palabras cariñosas:
– Ve con dios dorado pez
No necesito tu rescate
Márchate al azul del mar
Paséate en la inmensidad.
Regresó el anciano con la vieja
Le contó la increíble maravilla:
–Hoy atrapé un pez
Que hablaba nuestro idioma,
Pez de oro, no cualquiera
Me pidió a casa regresarlo
Al mar azul, ofreciendo valiosa recompensa
Cualquier cosa que quisiera
No me atreví a aceptar su ofrecimiento
Y lo liberé en el mar azul.
La vieja al anciano insultó:
–¡Estúpido, tarado
No supiste tomar su recompensa
Al menos le aceptaras una tina
La nuestra por completo se rompió.
Así salió al mar azul
Vio al mar que alegremente retozaba
Y se puso a llamar al pez dorado
El pez nadó hacia él y preguntó
– ¿Qué se te ofrece anciano?
Inclinándose el viejo le responde:
Apiádese de mí, mi Señor pez,
Me regaña a mí la vieja
No me deja estar en paz
Quiere para ella nueva tina
La nuestra por completo se rompió.
Y contesta el pez dorado:
– No estés triste, ve con  dios
Que tendrán su nueva tina.
Regresó el anciano con su vieja
Que tenía ya la nueva tina
Pero peor rugió la vieja:
–¡Estúpido, tarado,
Pediste una tina solamente!
¿Sacaste gran provecho de la tina?
Regresa tonto, con el pez
Inclínate y pídele una casa.
Y regresa el viejo al mar azul
(Se enturbió el mar azul)
Empezó a llamar al pez dorado
El pez nadó hacía él y preguntó
-¿Qué se te ofrece anciano?
Inclinándose el viejo le responde:
–Apiádese de mí, mi Señor pez
Me insultó peor mi viejecilla
No me deja estar en paz
La gruñona quiere una cabaña.
Le responde el pez dorado:
–No estés triste, ve con dios
Así será: casa tendrán.
Regresó el viejo a su casucha
Ya no estaba su covacha, ni su huella
Frente a él una dacha¹ con buhardilla
De ladrillos, blanco tiro de la chimenea
Y entablado de roble, el portón.
La vieja estaba sentada bajo la ventana,
En todo lo que el mundo se sostuvo²
Lo regaña: –¡estúpido, tarado,
Pediste, imbécil la cabaña!
Regresa e inclínate al pez:
No quiero ser una sucia campesina
Quiero ser aristócrata noble.
Se fue el viejito al mar azul
(El inquieto mar azul)
Se puso a llamar al pez dorado.
El pez nadó hacía él y preguntó:
–¿Qué se te ofrece anciano?
Inclinándose el viejo le responde:
–Apiádese de mí, mi Señor pez
Peor que antes la vieja se empecina
No me deja estar en paz
Ahora no quiere ser ya una campesina
Quiere ser una aristócrata.
Le contesta el pez dorado:
–No estés triste, ve con dios.
Regresó el viejo con la vieja
¿Y qué vio? Una alta torre
Y está su vieja en el zaguán
En corpiño de cara marta cebellina
En tocado: coronilla embrocada,
Su cuello de perlas retacado
En las manos sortijas de oro
En los pies rojos botines
Frente a ella diligentes mozos
Ella los golpea, los jala del copete
Le dice el viejo a su vieja:
–¡Buenos días noble señora, alteza-emperatriz
¿Ahora está su almita ya contenta?!
Le gritó la vieja
(Y lo mandó a servir a las caballerizas).
Así pasa otra semana y otra
Y peor la vieja se emperró
Y lo manda al pez de nuevo:
–Regresa e inclínate ante el pez
No quiero ser señora de palacio
Quiero ser una zarina todopoderosa.
Espantado el viejecillo implora:
–¡Qué te pasa vieja, te atascaste de beleño?
Ni caminar, ni hablar tu sabes
Vas a hacer reír a todo el reino.
Se enojó aún peor la vieja
Y le da un bofetón.
–¿Cómo te atreves campesino a discutir conmigo
Una noble aristócrata?
¡Ve al mar, te lo ordeno en buena forma,
Si no vas te mando a  fuerza!
El viejo se dirige al mar,
El mar azul estaba negro,
Empezó a llamar al pez dorado
El pez nadó hacia él y preguntó:
–¿Qué se te ofrece anciano?
Con una reverencia el viejo le contesta
–Otra vez mi vieja se revela
Ya no quiere ser aristócrata
Quiere ser una poderosa zarina.
Le responde el pez dorado:
–No estés triste ve con dios
¡Bueno, será tu vieja una zarina!
El viejecillo regresó con esa vieja
¿Y que pasó? Frente a él: aposento de zar.
En el trono vio a su vieja
A la mesa se sienta cual zarina
La atienden nobles y boyardos³
Le sirven vino ultramarino
Los aflige con melindres
Severa guardia alrededor de ella
En sus hombros las hachas se sostienen.
En cuanto la vio, ¡el viejo se asustó!
A sus pies se inclina y dice:
–¡Buenos días terrible zarina!
¿Ahora su almita está contenta?
La vieja ni lo vio
Sólo ordenó sacarlo de su vista,
Corrieron boyardos y nobles
Tomando y empujándolo del cuello,
A la puerta llegaron vigilantes
Por poco y lo descuartizan con las hachas
Y el pueblo ríe de él:
–¡Ten tu merecido viejo malcriado
Ten para ti, ignorante, esta lección:
No te sientes donde no está tu lugar!
Pasa otra semana
Y peor la  vieja se empecina
A los cortesanos manda por su esposo.
Buscaron al viejo y lo trajeron
Dice la vieja al anciano:
–Regresa y te inclinas con el pez
No quiero ser una gran zarina
Quiero ser la soberana del mar
Para vivir en la mar océano
Para que me sirva el pez dorado
Y esté bajo mis pies.
El viejo no se atrevió a contradecirla
No pronunció palabra alguna
Y se dirige al mar azul.
Ve en el mar negra tormenta
Así se hinchan las olas enojadas
Así andan y aúllan en coro y en manada.
Se puso a llamar al pez dorado
El pez nado hacia él y preguntó:
–¿Que se te ofrece anciano?
Inclinándose el viejo le responde:
– Apiádese de mí mi Señor pez
No sé que hacer con mi maldita bruja
Ya no quiere ser zarina
Quiere ser del mar la soberana
Para vivir en el océano
Para que tú mismo le sirvas
Y estés bajo sus pies.
No dijo nada el pez
Sólo con su cola chapoteó
Y se fue hacia el profundo mar
Largamente esperó el viejo la respuesta
No pudo más y con la vieja regresó.
Y ve: otra vez frente a él la choza,
En la entrada su vieja está sentada
Y a sus pies… la tina rota.


Colaboración enviada por Víctor Toledo (MX) | Buenos Aires Poetry, 2019.