“Hey, Jack!” | Jan KEROUAC

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Jan Michelle Kerouac, hija del padre de la generación beat Jack Kerouac y escritora, falleció a los 44 años, en un centro hospitalario de Nuevo México. Nacida el 16 de febrero de 1952, hija de Joan Haverty, la segunda mujer de Kerouac, Jan no fue nunca reconocida por su padre. Sin embargo, los que le conocieron recuerdan que en privado siempre creyó que era su hija. Según cuenta Anne Charters, biógrafa oficial del escritor y realizadora de la edición de sus cartas, en Kerouac: A biography, en enero de 1955, durante el proceso que Joan Haverty había iniciado contra el novelista por no reconocer a su hija, Jack había negado resueltamente ser el padre, pero cuando vio ante el tribunal la foto de Jan, a la que no conocía, no pudo evitar un gesto de sorpresa. “Toda su vida”, indica Charters, “continuó negando que fuera su hija, pero en privado escribió a Allen Ginsberg que la pequeña se le parecía mucho”. El análisis para determinar la paternidad a que se sometió el escritor, cuando la precisión en este campo no era la de hoy, sólo mostró que podía ser su padre.

Por su parte, Jan, aunque sólo le vio dos veces en su vida, siempre estuvo obsesionada por la figura de su padre y, desgraciadamente, heredó de él —muerto a los 47 años alcoholizado, delirante y en la ruina— el mismo afán de autodestrucción. A los 12 años ya había probado el LSD, a los 13, la heroína, incluso se prostituía ocasionalmente y conoció las instituciones penitenciarias de Nueva York. Su vida, como la de los “ángeles de la desesperación” descritos por su padre, se convirtió en una carrera desenfrenada hacia ninguna parte.

En noviembre de 1967, Jan, que tenía 15 años, visitó a su padre, al que encontró con un vaso de whisky viendo la televisión, le presentó a su compañero, un traficante de drogas, con el que se dirigía a México, pero no le contó que estaba embarazada. Kerouac al despedirse le dijo: “Utiliza mi nombre. Y escribe un libro”. El hijo nacería muerto en México. Tras este episodio, Jan viajó por Latinoamérica en una vorágine de alcohol, heroína, prostitución cuando necesita dinero, riesgo y búsqueda de experiencias nuevas. Finalmente, volvió a Estados Unidos y se estableció en Colorado.

Contrajo dos matrimonios, seguidos de divorcio. En 1981 escribió su primera novela, Baby, driver, y en 1988 Trainsong, ambas basadas en su vida. La siguiente, Parrot fever, sobre la muerte de su madre en 1991, aún no se ha publicado. Los últimos años, con la salud deshecha por las drogas y una grave enfermedad renal, intentó recuperar el legado de su padre, que no dejó nada en su testamento para su hija única, frente a la familia de Stella Sampas, su tercera esposa. Al morir Jack Kerouac dejó todos sus bienes a la mujer a la que siempre volvió, su madre Gabrielle¹.

La traducción de este poema, extraído de poetry dispatch & other notes from the underground, fue realizada por Camila Evia para Buenos Aires Poetry.

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Hey, Jack!

¡Hey, Jack! ¡Hey Jack! ¿Sos vos?
Soy Jan Michele, tu hija.

¿Te acordás?
Soy tu hija, ¿te acordás?
Creo que nos cruzamos dos veces en el Stew Pot.
Sí, soy yo.
Me gustaría hablar con el gato que me engendró, ¿entendés?
Escuché tu voz viajando por la línea
Desde el negro universo telefónico
Y me sentí como Víctor, el perro del aviso de RCA.
Sí.

Oh, ser un alegre Chico Loco de vuelta en las brumas de la inocencia
Un Beat que todavía se incuba en el útero inmaculado del Beathood
Donde los únicos espectros de la muerte eran “dos gatos calvos
Que podrían tocar un botón y volarnos a todos ya mismo de acá!”
Y ahora, esas payasadas imaginadas de Jruschov e Ike
Se disolvieron hace tiempo en el suero de la historia.
Inmortalizadas por Mad Magazine
Que yo solía robar en la tienda de dulces de la esquina
Bombas de hidrógeno representadas en tantas caricaturas
Se han convertido en la misma caricatura, o a lo sumo la unidad mínima
De la potencia del fuego nuclear en la Tierra.
Nadie parece darse cuenta, pero te voy a contar un secreto:
La bomba de hidrógeno, me parece, es el secreto éxito de Japón.
Sí.

Si una de esas dulces y Beatíficas Chicas de antes
Se hubiera levantado y profetizado esto hace tres décadas
Un fanático iraní habría retenido a todo el mundo editorial como rehén
Si alguna hubiera dicho
Que habrían bandas de narcotraficantes haitianos agrupados en Kansas City
O condones anunciados en la televisión
Virus de computadoras
Agujas distribuidas en las esquinas
Si se hubiera atrevido a sugerir
Que a finales de los 80

Los soviéticos serían más pacíficos que los estadounidenses
Y que habría un gran agujero en la capa de ozono
Debido a las latas de aerosol
La hubieran metido en una camisa de fuerza
Y encerrado en un manicomio.
Y allá, en el loquero,
Podría haber escrito una monstruosa obra de fantasía y ciencia ficción
Para hacer que “1984” de George Orwell parezca “El Mago de Oz”.

Ah, mi pobre padre
Era todo un Bebé Grande cabeza de chorlito
Demasiado colgado para existir en este mundo de miedo geométrico
Demasiado animal con cabeza de santo
Demasiado animal con capucha de santo
Era demasiado santo para arrastrarse entre esos laberintos de ratas de hormigón de pensamiento tortuoso.
Lo sé.
Soy el mismo tipo de Bebé cabeza de chorlito.
Porque puedo sentirlo en mis huesos
Estoy llegando a conocerlo.
Estoy llegando a conocer al Pequeño Bebé Azul desde adentro hacia afuera.

Corriendo hacia abajo, cayendo en la torpe locura
Sobre Madison Avenue hasta Manhattan
Helándome en el frío cruel, me envuelvo como un árabe
Sombrero azul y bufanda cual velo y, en el apuro,
Veo fugazmente las vidrieras de las tiendas.
Me veía como una Tuareg loca o un miembro de la tribu Bereber del Sahara
Yendo a toda velocidad inclinada sobre un caballo
O tal vez incluso un camello
Pero en el viento frío de la ciudad.
Acá al otro lado del Atlántico
Lo que me recordó a la antigua casa, hundida
De madera de deriva continental
Desayuno continental.

Ah, los humanos debemos ser bastante resistentes
para amontonarnos por todo este viejo y pobre globo, una y otra vez
Fuertes, como dinastías de cucarachas
En esos conventillos donde yo solía vivir.
¿Te acordás, Jack?
Viniste a visitarme.

Apuesto a que no viste ninguna cucaracha
No, estabas demasiado borracho.
Bueno, todo bien.
De todos modos,
Decís,
Todos sus padres usaban sombreros de paja como W. C. Fields
Bien,
Desearía poder decir lo mismo
Pero, como ves,
Mi padre era el hombre invisible
Pero no voy a usar eso en tu contra.

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Hey, Jack!

Hey, Jack! Hey, Jack! Is that you?
This is Jan Michele, your daughter.

Remember?
This is your daughter, remember?
I believe we met twice down in the Stew Pot.
Yeah, it’s me.
I’d like to talk to the cat that begat me, you dig?
I heard your voice come over the line
From out there in black telephone universe land
And I felt like the RCA Victor dog.
Yeah.

Oh, to be a gleeful Mad Boy back to the mists of innocence
A Beat still incubating in the unsullied womb of Beathood
Where the only specters of doom were “two bald-headed cats
Who, like, could push a button and blow us all outta here, man!”
And now, those imagined antics of Khrushchev and Ike
Have long since dissolved in the serum of history.
Immortalized by Mad Magazine
Which I used to steal from the corner candy store
H bombs drawn in so many cartoons
It’s become a cartoon, or at most the smallest measurement
Of nuclear firepower on earth.
No one seems to realize it, but I’ll tell you a secret:
The H bomb, I think, is the success secret of Japan.
Yeah.

If one of those sweet Beatitudinous Babes of yore
Had stood up and prophesied that in three decades
An Iranian fanatic would hold the entire publishing world hostage
If he had said
That there’d be Haitian drug gangs called posses in Kansas City
Or condoms advertised on TV
Computer viruses
Hypos handed out on street corners
If he had dared to suggest
That in the late 80s

Soviets would be more peace-minded than the Americans
And that there would be a huge hole in the ozone from spray cans
They would have put him in a straitjacket
And carted him away to an asylum.
And there, in the nuthouse,
He might have written a monstrous work of fantasy science fiction
To make George Orwell’s 1984 look like the Wizard of Oz by comparison.

Ah, my poor father
He was such a Big Baby Noodlebrain
Too noodlebrained to exist in this world of geometric fear
Too animal saintly-headed
Too animal saintly-hooded
He was too saintly to crawl through those concrete rat mazes of tortured thought.
I know.
I’m the same kind of Baby Noodlebrain.
‘Cause I can feel him in my bones
I’m getting to know him.
I’m getting to know Little Boy Blue from the inside out.

Racing down, down madness-awkward
On Madison Avenue to Madhattan today
Freezing in the cruel cold, I wrap myself up like an Arab
Blue hat and scarf like veils and, while rushing,
Caught a glimpse in store windows.
I looked like a mad Tuareg or Berber tribesman of the Sahara
Hurtling at full tilt on a horse
Or maybe even a camel
Turquoise shrouds and veils flapping in the hot desert wind.
Only this was cold city wind
Here on the other side of the Atlantic
Which reminded me of the ancient, sunken home
Of continental driftwood
Continental breakfasthood.

Ah, we humans must be a pretty hardy lot
to swarm all over this poor old globe, time after time
Strong as dynasties of cockroaches
In those tenements I used to live in.
Remember, Jack?
You came to visit me in a tenement.

I bet you didn’t see any cockroaches
No, you were too drunk.
Well, never mind.
Anyway, so
You say,
All your fathers wore straw hats like W. C. Fields
Well,
I wish I could say that
But, you see,
My father was the Invisible Man
But I won’t hold that against you.

¹ Introducción tomada de la edición impresa del Diario El País,  (Jueves, 13 de junio de 1996)

Extraído de poetry dispatch & other notes from the underground | traducción de Camila Evia, Buenos Aires Poetry, 2020.