Historia de las invasiones perdidas | Benjamín Chávez

Benjamín Chávez (Bolivia, 1971) Premio Nacional de Poesía, 2006. Ha publicado 13 libros de poesía. Es director del Festival Internacional de Poesía de Bolivia, co-editor de la revista de literatura La Mariposa Mundial y director del suplemento cultural El Duende.

Nació en Santa Cruz de la Sierra, estudió en Oruro donde publicó sus primeros dos libros, actualmente radica en La Paz. Es autor de una novela, un libro de columnas periodístico-literarias y un libro de artículos sobre el Carnaval de Oruro. Además ha escrito cuentos que se han publicado en revistas.

Ha recibido también el Premio Edmundo Camargo de Poesía, 2013; Premio de Poesía Luis Mendizábal Santa Cruz, 1994; Como parte de un equipo de tres cronistas y tres fotógrafos, recibió el Premio Mundial de Crónica Elizabeth Neuffer de las Naciones Unidas, 2011 por la serie de reportajes Viaje al corazón de Bolivia.

[los puntos suspensivos]

los puntos suspensivos
los vacíos
que te han sobrevivido
qué nos dicen
de qué quieres que nos hablen / nos callen
Safo
mientras ríes
y tu lengua se hace trizas en silencio
porque

… no es posible que exista
… humano
… que desee, en cambio, recibir









… de lo inesperado

[A pesar de todo]

a pesar de todo
el corazón pide placer primero
y esos prados de revelación
que tus inocentes zapatos pisaban
no eran la muerte
Emily Dickinson
al menos no la tuya

hubo una sí
una muerte en la casa de enfrente
y los dos
―poema y muchacha―
preguntan todavía
si la visión fue real

[y en ese sueño Sylvia]

y en ese sueño Sylvia
el eterno,
mientras cabalgabas
―Plath, Plath―
por un mar embravecido e incoherente
buscando el punto de partida
el más próximo
aquella noche que escribías:
quizás nunca llegue a ser feliz

medusa
la ayudante del mago, la que no titubea, la rehabilitada
¿qué conseguiste?
¿por qué ahora tienes frío?
la gran paradoja del sueño
en la reunión de todas las criaturas
la zarpa
la magnolia,
ebria de sus perfumes
y tú
que no pides nada de la vida

[no la casa triste]

no la casa triste
la tierra vacía
no el cuerpo y sus miserias
no la noche
no el consuelo

y esa tenue luz
esa fibrilla temblorosa
que se acerca
se acerca

no Idea Vilariño
NO

Nombres

Pronuncia el sol al alba
¿Tú o yo?
los perdidos nombres del dolor.
El eco espejo
mi espuela
tu inalcanzable antílope.
Dos segundos de verdor
el mismo sol:
atardecer.

Íntima

Llaman otra vez a la puerta
y en la luz azul del televisor
sigo a la deriva.
No, hoy no estoy para nadie
para mí mismo
no estoy.
Como una tallada imagen de culto
atesoro ofrendas a mis costados.
Conmigo quedan selladas las quietudes.
Así, por ejemplo:
¿significa algo esta esfera jugosa
o es sólo otra inútil fruta
en la bandeja del harto?

La débil música de las suaves cosas

En la alta noche
la débil música de las suaves cosas.
Mientras el sueño consuma la quietud
Las torres callan
Los motivos de su altura.
Cada instante se estremece
y lo quedo nos habla con una voz más íntima.
No son las cosas que no tendremos nunca
Son las que están
Las que estuvieron siempre
Y hoy
-complicidad contenida-
nos susurran
una familiaridad irresuelta.

Tortuga

Contemplo el paso de las horas
sin ferocidad ni resignación.
Las vidas de los hombres
-perdidas o no-
me tienen sin cuidado.
El planeta se apoya en mi espalda,
mi lentitud es un premio.

Ceremonial de kiwi

En la certera devastación de la lluvia
lento y rumoroso el tiempo
agonía de la pretensión
canta el impío kiwi.
Solo
en la íntima maraña lobular
-vaivenes de ritmo confuso-
encañonado recuerdo
alas transparentes.
Ascensos truncados, trastocados
maroma oscura
forcejeo constante.
En la intermitencia de la vida
la salvedad
lo inocuo
se estremece el kiwi
el decantado.

Muchacha dormida en la mesa de un bar

Ella es una estatua de hielo caliente
tiene alas de seda petrificada
y es una estatua de hielo caliente.

Su aliento es un abismo elevado
y los puentes tendidos flotan a la deriva
en una danza de cuerpos impalpables.

Polvo de azúcar es lo que respira
y ese aire torrencial de diminutos cristales afilados
sostiene su perfil, las torres infinitas
el caer de las piedras al agua
como corchos de champaña.

Ríos turquesa acicalan los vientos
y las hojas se arremolinan
bajo su vuelo de niña distraída.

En un reino así
una rendija de escarcha
convida
la mirada conmovida de los otros.

La niebla no existe
el frío es un capricho de la niñez
y el cielo
bordado a mano sobre la tierra
se ensucia
se lava
y se seca.

Historia de las invasiones perdidas

Remontando el río
las sigilosas piraguas del séquito real
se escabullen por entre la selva momentáneamente acallada.
Pocos vigías velan los sueños despedazados
y las lanzas semejan arpones derrotados.
Vacío fondo de las embarcaciones
los ansiados tesoros quedaron, por ahora,
en manos del odiado enemigo.
Borrado el canto, las bocas muerden la amarga derrota
y sacian su hambre con raíces secas.
Las promesas se han diluido en la vergüenza
palabras huecas, ademanes truncos
estalla la orfandad en toda la selva
y el chillido de los monos impunes hiere más
que las envenenadas puntas de las flechas.

Pólvora mojada

Un instante a solas y ya garabateo versos.
La respiración agitada,
saltos de mata por palabras enmarañadas
o la visión parcelada del explorador que se desliza sigiloso
a ras del suelo
intentando no ahuyentar.

Pobre aventura de la dicción y el grafito
a menudo olvidamos que
la caligrafía es un arte mayor —y queda la fauna librada a su suerte.

Poesía Bolivia | Buenos Aires Poetry, 2020