Cinco poetas del grupo surrealista de Tenerife, España (1931-1940) | V: José María de la Rosa

José María de la Rosa nace en Madrid, en 1908, pero a los ocho años se traslada a Tenerife. En esta isla realiza sus estudios de bachillerato y, más tarde, de Comercio. Su hermano Julio Antonio de la Rosa, poeta, actor, dibujante y escenógrafo, le anima a escribir desde temprana edad. Sus primeros textos, de filiación romántica, datan de 1926. Tres años después decide presentarse a unas oposiciones al Ministerio de Hacienda, en Madrid, pero no consigue aprobarlas. Seguirá insistiendo y al siguiente, en 1930, será cuando lo logre. En ese año se produce un trágico acontecimiento: las muertes de su hermano Julio Antonio y de José Antonio Rojas. En el mismo accidente de barca, en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife, solo sobrevive Domingo López Torres. En 1934 se casa con Ana Rodríguez López y tendrá tres hijos: Julio, en 1936, José, en 1938, y Diego, en 1943.

Es testigo del nacimiento, desarrollo y fin del grupo Pajaritas de Papel, así como de las revistas Hespérides, La Rosa de los Vientos, Cartones, Índice y Gaceta de Arte, en esta última forma parte del equipo de redacción. Participa también muy activamente en la fundación del Ateneo de Santa Cruz de Tenerife y acaba siendo secretario general durante las presidencias de Agustín Espinosa, Pedro Pinto de la Rosa y Fulgencio Egea. En 1935 es uno de los principales coordinadores de las actividades surrealistas realizadas en dicho espacio, durante la II Exposición Internacional del Surrealismo. Igualmente forma parte de las Juventudes de Tenerife de Acción Republicana, es uno de los fundadores del semanario Izquierdas y participa en el grupo Izquierda Republicana.

En 1936 aparece su célebre poema surrealista (en realidad, su primer poema publicado) «Ante la “Anatomía” de Picasso», en el n.º 37 de Gaceta de Arte. De ese año también es su poemario Íntimo ser, en él es posible observar «la huella de los poetas del 27» y unos «primeros destellos de surrealismo», tal y como ha señalado José Manuel Martín Fumero. Aunque es en Vértice de sombra, donde José María de la Rosa se vincula más al surrealismo. Este último libro iba a ser publicado en Ediciones de Gaceta de Arte ese año, con una portada de Óscar Domínguez, pero Pedro García Cabrera extravía el ejemplar. No obstante, entre 1936 y 1940, el autor trata de reconstruirlo y, finalmente, es incluido en el volumen Desierta espera, en 1966, que compila toda su obra poética hasta ese momento.

El investigador José Manuel Martín Fumero, en su artículo «Asedios a la poesía surrealista de José María de la Rosa. El caso de Vértice de sombra», ha señalado lo siguiente: «En ese discurso onírico que es Vértice de sombra, la diseminación referencial como modo de que el objeto asalte el campo conquistado por el hombre –la sombra, la angustia, la soledad se hacen objetos analizables para el poeta– asienta el peso del impulso interior. Esta influencia, que se hace extensible a la ruptura cronotópica, ineludiblemente se relaciona con la primacía de lo irreal. Esta peculiar combinación es la que, en nuestra opinión, hace que la particular práctica surrealista de José María de la Rosa en este poemario albergue, a la par que un profundo y abigarrado vigor en una dicción lírica dura y hermética, también una frescura y un entusiasmo derivados de la peculiarísima plasticidad de su imaginario creador que, opinamos, no tiene parangón en la lírica insular, salvo los casos de Agustín Espinosa en literatura y Óscar Domínguez en pintura. El valor del subconsciente da como fruto […] que el torrencial íntimo se riegue por la página en poemas que trascienden y rompen cualquier vislumbre racional de la realidad y del mundo. Luz o claridad, sombra o noche son los límites del vértigo creativo de José de la Rosa; en medio, el vacío, las sombras, espacio para enfrentar(se a) la vida. Solo desde la sombra, como espacio ontológico, la labor artística del espíritu cobra pleno sentido; la inmersión existencial de su verbo encuentra […] en el surrealismo su continuo –e impredecible– cauce de expresión».

Entre 1945 y 1964 es destinado como funcionario a Teruel, Alicante y Madrid. En ese período concluye algunos libros: Ausencia (1945) y Viento o muerte (1950). También colabora con artículos, reseñas, relatos y poemas, en los diarios Lucha, de Teruel, Información, de Alicante, El Universal, de Caracas, y en el suplemento «Gaceta Semanal de las Artes», en el periódico La Tarde de Santa Cruz de Tenerife. En 1952 es uno de los poetas elegidos por Domingo Pérez Minik para su Antología de la poesía canaria: I. Tenerife. A finales de 1964 regresa a Santa Cruz de Tenerife y trabaja como Secretario General de la Delegación de Hacienda.

En 1966 decide compilar toda su obra poética hasta el momento, bajo el título general Desierta espera. El volumen es publicado por sus amigos de «Gaceta Semanal de las Artes», con una «Introducción» de Domingo Pérez Minik e ilustraciones de Cristino de Vera, Enrique Lite, Francisco Armengot, Ángel F. Moreno y J. A. de la Rosa. Comprende, por este orden, las series poéticas Vértice de sombra, Íntimo ser, Ausencia, Viento o muerte, Amor en el tiempo, Mundo y gentes y Paisaje. En su «Introducción», Minik destacaba lo siguiente: «José María de la Rosa no ha dejado de ser el mismo poeta de siempre, muy fiel a sus principios, muy ajustado a la inspiración inicial».

A partir de 1968, comienza a colaborar, primero de manera esporádica y, luego, a partir de 1970, con más frecuencia, en el periódico El Día (Santa Cruz de Tenerife). Es antologado por Domingo Pérez Minik en su célebre Facción española surrealista de Tenerife (Barcelona, Tusquets, 1975), obra que recupera la historia del grupo de Gaceta de Arte.

Ya, en Democracia, publica artículos rememorando los años de la II República y la actividad cultural en Tenerife de Pajaritas de Papel o Gaceta de Arte. Se casa en segundas nupcias con Socorro Hernández Colón, en 1984. En los años 80 recibe la atención investigadora de algunos jóvenes. Es antologado por Andrés Sánchez Robaya en Museo Atlántico (1983), aparece en la Antología de la poesía surrealista, de Ángel Pariente (1985), en Modernismo y vanguardia en la literatura canaria, de Lázaro Santana (1987), en el volumen 174-5-6 de la revista Litoral, titulado «Surrealismo: El ojo soluble» (1987), entre otros lugares. Fallece en Santa Cruz de Tenerife, en 1989.

Algunos años después, Sabas Martín publica el libro titulado José María de la Rosa, como un rayo de sombra(Gobierno de Canarias, 1993), donde compila una valiosísima información sobre este autor, así como algunos trabajos dispersos. Finalmente, en 2009, José Manuel Martín Fumero lleva a cabo una edición, con un estudio, de Íntimo ser y Vértice de sombra, además de algunos poemas dispersos, bajo el título genérico Eclipse de círculo (Santa Cruz de Tenerife-Madrid, Ediciones Idea-La Página, 2009).

Selección de textos

 

Ante la «Anatomía» de Picasso (1935)

El huevo fecundado, en la curva de una matriz estética
es como loco grito de la distancia gris, o
cisne que dormido extravió sus huesos:
y la sonrisa de la graciosa fuente,
con sus desperezados brazos, con ojos,
en el tórax, vientre o rostro,
con los desnudos pies, sin dedos, ni uñas,
guardando el equilibrio en la goma de una sombra a rayas
es como río escondido, en sus propias orillas,
de dientes regulares y estratégicos.

Ved la serenidad del pene, joven, correctamente torcido
y estudioso,
al que ofrece alimento una esposa sin falda,
con importancia de retórico medievo, o
escarabajo que se contonea dignamente con su velocidad
de ancas en pico,
su cuello conserva unas lamentables huellas de chimenea
sin teja o ladrillo difunto,
y
al fondo todo un paisaje de pantalla de cine paralítico.

O aquel jazz-band frenético,
que servidos sus senos en un plato, trata de devorarlos
febrilmente,
de reojo acechando una seta con cuernos,
que desfallece, con distinción de rumba o borrachera.

Los muslos tiernos, partidos por la justa rodilla
como raíz de muela agonizante,
sostiene un ombligo,
que de mirar con amarilla pena
conmueve al triste clavo, zambo, tristísimo con el
cuello suelto.

Junto a ese clásico capitel que es manco,
un casco de limón con alfileres,
como una carabela que vuelve a navegar entre coches
y radios,
con la firme mesana de rosas de polilla,
sondeando el espacio con sus patas deformes,
vigas como barquillos tostados y chasqueantes.

Ante la silla siglo XVIII, como ángel o
enamorado, tísico perdido,
siento la tentación de acomodarme y guardar el paquete
de recuerdos,
y subir y bajar, en rueca deliciosa que mueve el lino
de cabeza blanca,
hospedarme en el feudal castillo o as de copas
y dejar
que la obscena mujer de juegos prohibidos
acuda a la batalla de los sexos,
que ha promovido el águila o paleta de tréboles y
anteojos,
entre los dos amantes, que son melocotones, champán
o cataratas, risa o tierra sin nombre.

De vértices redondos,
con un cráneo suspenso,
la esbelta guillotina,
de rodillas infladas, como senos repletos de existencias
amenaza al esófago –zepelín naufragado–
entre la indiferencia o
el acero –tornillo de redondo hachazo en el cerebro–,
mientras las púas circulares, como huesudos traseros
dejan,
al aire blanco la firmeza de una invisible pantorrilla
escrutando las terrazas vírgenes pobladas de
triángulos,
con solo, una vagina,
desconsuelo de alondras y naranjas, de dedos enguantados
que se hunden en firmes y geográficas esferas.

Con el libro entornado entre los flacos miembros
la dama abanicando una sospecha,
se inicia en la dulzura de un vino de asteroides,
que le ofrece el jinete, en la tarjeta de sus globos
colgantes y gemelos…

Jardines, macetones, pecheras de camisa,
reverencias y culpas –maniquíes de nervios–
Anatomía de Pecados Justos,
llegamos al final de un beso hueco, como nota de yerto
celuloide.

Publicado en Gaceta de Arte
(Tenerife, n.º 37, 1936).

***

I

Me estremece tu aliento que percibo
en esa sangre, vínculo invariable,
que recorre la cinta de mis ojos inquietos;
horizonte absoluto de plomo y de cenizas
que robas panoramas entre tus manos húmedas
de rocíos indecisos.

Contigo, sueño y muerte, amasan sombras
en la agonía de una nebulosa desmayada.

Los colores difuntos, arrastran un llanto de carbón
que lleva a tus dominios la personalidad
de un beso, una ciudad o acaso de una avispa,
cercados por el tono de tu voz.

La confusión avanza en espionaje lento,
su lucha sin candelabro fijo,
es un vals, o una lágrima de limón oscilante,
en el arpegio agudo de un delator de albas.

Suspiro o trueno, cruzan por tu recinto
todas las melodías de amarillo pavor.

Silencio ausente de otros meridianos,
cuando te yergues firme,
cristalizas crepúsculos, enmudeces latidos
en una feliz cópula de calmas y de vientos.

En tus huellas palpita
un temblor tan redondo de girasol ahogado,
que me esclaviza torpe en el vacío,
como una sola gota fatigada.

II

Imagen repetida en el mercurio azul
de una mirada hermética.

–Lodo y silencio soy,
los nervios y la médula, de un navío del aire,
sin gavias, tonelajes, ni meditado rumbo,
la medida absoluta de tu capacidad,
dentro de coaguladas tinieblas en mí misma;
agito tus entrañas y enluto crisantemos,
tic-tac profundo de las masas vírgenes…

Mar trepidante, inquieto,
guárdame como buque apagado,
como luna seca y estéril,
que evoca el recuerdo perdido de coral y de musgo,
en su sueño perpetuo de cráteres y frío,
que un rayo de cal se estremece en el agua
como gesto de llanto o de olvido absoluto.

–Soledad. –Sombra. –Nube.
En las playas acechan los ecos de tu paso
vagabundas espumas,
manchan una honradez de sobornada arena.

Eres mar, una inerte báscula, cuyo fiel,
descifra el peso exacto, de un destino de noches.

XIV

En el capricho de un lejano busto
como collar o túnel,
una continuidad de lacre adormecida en fuego
despierta al infinito color pálido.
Sordas detonaciones, –látigos seducidos–
crueles, como secas tierras o corazones parados
por la alarma de señales invisibles,
siembran un agujero en el espacio.

Es una sensación del ojo interminable de una curva
es como una actitud de frío cósmico
tan frío, que la nieve entre sus rejos
tirita,
desvistiendo mis lejanos rincones sombríos
en que abrazados buques, silenciosos, deformes,
se abordan en un beso sin rotura o naufragio
en el que los colores no son labios ni rojos,
tal es la mutación y velocísima.

Ya lejos se divisa al desteñido sol
como naranja ahumada o cobre que desciende,
que al guarecerse próximo
deja toda la luz, tan extremadamente pensativa
que no acierta el paisaje
por qué el hielo se extingue tan pausado.

XVII

No vibra el bronce roto.
Un crisantemo es en la soledad araña blanca.
Un anónimo ataúd descansa su rastro de girones.
Secos sarmientos condenados al polvo
siguen en la humedad segura de tormenta,
superficies de pavesas febriles y olvidadas.
Filos de relámpagos roen corazones de ritmos
dormidos.

Los emigrados tristemente vagan
en las llagas de plomo de la sombra
y es tan inútil la luz entre los troncos
que el agua más espesa roba toda su fe de vivo
encanto
con un vaivén de mares excitados o diestros
a la inscripción que señaló el reposo.

Y en su lenta inquietud de ala perdida
como una violeta luminosa
que brota de la tierra sin raíces
el fuego,
que se anuda al eco de los cráneos
al ruido de los huesos o entre cruces astilladas
(voces de piedra ciegan los túneles
con frías y afiladas lenguas inmóviles).

1936-1940.
En la serie poética Vértice de sombra, publicada en el volumen Desierta espera
(Santa Cruz de Tenerife-Las Palmas de Gran Canaria, Gaceta Semanal de las Artes,
Imprenta Pedro Lezcano Montalvo, 1966).

***

Epílogo sobre 1930-1931 para Cinco poetas del grupo surrealista de Tenerife (1931-1940)

Acerca de la cronología de este grupo, merece una especial mención el año 1930 en los autores Agustín Espinosa y Pedro García Cabrera.

En el caso de Espinosa, hay tres momentos que mencionar muy significativos. En primer lugar, el poema surrealista «Oda a María Ana, primer premio de axilas sin depilar de 1930», cuyo manuscrito está fechado en febrero, aunque será publicado al año siguiente en la revista Extremos a que ha llegado la poesía española (Madrid, n.º 1, marzo, 1931). Por otro lado, en La Gaceta Literaria (Madrid), en mayo de 1930, aparecen tres prosas suyas, bajo el título genérico de «Triálogo del muerto», que formarán parte del libro surrealista Crimen, en 1934. Finalmente, el último dato significativo es que el propio Espinosa, en una entrevista publicada el 30 de octubre de 1930, en la sección «Micrófono» del Heraldo de Madrid, decía literalmente lo siguiente: «… terminaré en breve un libro que no es precisamente novela, aunque lo parece, y cuyo título es Elogio del crimen». Sobre la forma utilizada en Crimen, la crítica está algo dividida: hay quien la considera una novela surrealista (lo más habitual), un poema en prosa surrealista, un texto que podría ser incluso representado en teatro o un libro surrealista, a secas.

En lo que respecta a Pedro García Cabrera me gustaría señalar dos cosas que también suceden en este período. En 2010 publiqué una edición crítica de una serie poética titulada La aurora sumergida, de García Cabrera, inédita hasta aquel momento, que corresponde a 1930 y de la que solo se había editado un poema con variantes en la revista Cartones (Tenerife, n.º 1, 1930). Por supuesto, dicho poema no es surrealista. El paisaje neobarroco, la metáfora sorpresiva creacionista, los neologismos, la imagen dinámica futurista o la abstracción de una «geometría en el espacio» llaman la atención en este pequeño libro. Pero, también, otros elementos más próximos al simbolismo (las sinestesias) y al modernismo de Tomás Morales (los temas marinos con una dimensión universal y mítica). Además de todo ello, algunos de estos poemas contienen una factura psicoanalítica y García Cabrera practica, en ocasiones, un alto grado de automatismo, que lo acerca, por supuesto, al surrealismo. André Breton, en su primer Manifiesto del Surrealismo, señalaba «que la imagen más fuerte es aquella que contiene el más alto grado de arbitrariedad, aquella que más tiempo tardamos en traducir al lenguaje práctico». Aunque no pasara de un breve experimento, Pedro García Cabrera utilizó un cierto automatismo psíquico, al menos en el último poema de La aurora sumergida, tal y como se puede comprobar en el siguiente fragmento: «Como el gas que en la jaula de los globos de lona / anda sueños, colgado de rutas verticales, / ignora en cuantos ojos subió su calva pura / ni en qué cojín de aire dobló sus altas sienes».

Probablemente, por no lograr un resultado óptimo, su autor desechara la citada serie poética. Lo interesante es que desde esta fecha, 1930, se puede decir que comienza la aventura del poeta por escribir un libro de poemas surrealistas, pero armonizado con las ideas del paisaje insular que defiende en su ensayo «El hombre en función del paisaje». El poema que he señalado de La aurora sumergida contiene este tipo de automatismo también en los siguientes versos: «… por todos los rincones movedizos del agua / –ruleta de serpientes, subconciencia con selvas / de vidrios y de escamas–, húmeda de vaivenes, / la sal, vivió su día de innumerables soles».

Además, en la entrevista de Lázaro Santana a García Cabrera, titulada «Un poeta para el hombre y la esperanza», publicada en Aguayro, en 1977, y, luego, reeditada por Miguel Martinón en el volumen Pedro García Cabrera. Todo es azar: entrevistas y otros textos dispersos (La Laguna, Instituto de Estudios Canarios, 2010), admitía lo siguiente: «Realmente, podríamos situar hacia 1930 el comienzo de esas influencias surrealistas, en mí y en los otros compañeros de Hespérides». Por supuesto, empieza a tener frutos importantes en 1934, con Los senos de tinta, y en 1936, con Dársena con despertadores.

La otra consideración recae sobre la obra de teatro Proyecciones, también de García Cabrera. Es muy probable que su redacción se llevara a cabo entre 1930 y 1931. En su cuadro séptimo, entre otras cosas, se habla de la responsabilidad de los actos inconscientes. El pasaje es perfectamente comparable con dos reflexiones que aparecen en dos manifiestos surrealistas, en el siguiente orden: la primera recae sobre el acto más «puro» o «simple» surrealista, que aparece en el de 1929, y la segunda trata sobre la responsabilidad de un acto de este tipo, a ella se alude unos años antes, en el Manifiesto de 1924 publicado por Breton. Es probable también que dicho cuadro haya sido redactado entre junio o julio de 1931, aunque, por supuesto, no se sepa con seguridad. En El teatro de vanguardia en Canarias 1924-1936 (Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2012) explico en profundidad esto último. Así que a dicho volumen me remito.

Roberto García de Mesa

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Bibliografía utilizada en

Cinco poetas del grupo surrealista de Tenerife (1931-1940)

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