Violeta Parra: Cantora anónima del alma nacional

NO TAN HORROROSO CHILEColumna de Rodrigo Arriagada Zubieta

«En sus Décimas (autobiografía en verso publicadas póstumamente) se encuentra todo un saber poético. La décima, como género lírico, responde a una experiencia híbrida que deriva de la poesía culta del siglo de Oro y del zéjel moro y judío del sur de España, y que Violeta supo dotar de acentos propios al entrar en contacto íntimo con el mundo mapuche y campesino de manera sistemática e intencionada en la década de 1950-1960. El género en que escribió es de carácter reflexivo, pero se caracteriza por su verosimilitud y espontaneidad. Lo que se narra sale del corazón, sin censuras ni elaboraciones y debe mostrar la vida en sus sobresaltos: opiniones, sentimientos, bajo la consigna de cantar “la vida pa´ dar el grito de alarma”, tal como ella se autoimpuso. Violeta vive rodeada de poetas: De Rokha, Gonzalo Rojas, Neruda y su hermano Nicanor. Admira a Enrique Lihn, de quien dice “es el mayor de nuestros cantores”».

Violeta Parra (1917), conocida como poeta, compositora, cantante, escultora y artista múltiple es un personaje que Chile no termina de comprender a cabalidad. Nacida en los lluviosos corredores de San Carlos, su familia emigró tempranamente a Santiago. Se crio en barrios pobres, con gente pobre y murió pobre. Comenzó a cantar en restaurantes de Estación Central, donde servía mesas en un ambiente de hombres que pelean a cuchillos, de niñas violadas y, luego, en Llay Llay, en bares repletos de marineros tristes. Su vida estuvo atravesada por trágicos incidentes. En 1953, luego de viajar a Polonia invitada a cantar por el Partido Comunista, de vuelta en Chile, encuentra a su hija de nueve meses muerta: Rosita Clara. Más tarde tiene un matrimonio hostil con Luis Arce y unos cuantos amoríos friccionados que forman parte de su mitología personal. Como ocurre con casi todos los genios chilenos no obtuvo el reconocimiento en vida. Peor aún, mientras realizaba su solitaria labor artística fue hostigada, desdeñada, menospreciada y sin embargo pudo llegar a recovecos del mundo impensables para un artista nacional de la época. En 1964 expuso en el Louvre. En Santiago no daban cabida. Es una tarde de agosto y Violeta viste un traje austero, lleva el pelo suelto y su cara lavada como cualquier campesina chilena. El lugar está lleno de coleccionistas y se exhiben sus tapices, sus estatuas de alambre, sus pinturas en el Pabellón Marsan, mientras resuenan sus discos en otra sala. En medio del tumulto dice en francés: Je suis bien una chilienne qui jamais es aleé a l’ecole; au contraire, aux jardins j’ ai atrappé des papillons (Soy una chilena que nunca fue a la escuela. Al contrario, en los jardines atrapé mariposas).

Violeta es una verdadera poeta al modo de los cantores anónimos y esta dimensión es la que debe comenzar a preponderar. Recorre los campos para recoger una tradición de cantos que se transmite de generación en generación y que se remonta a la Conquista. Con su guitarra en mano hurga, hostiga, entra a las casas y logra reunir alrededor de 3000 canciones. En sus Décimas (autobiografía en verso publicadas póstumamente) se encuentra todo un saber poético. La décima, como género lírico, responde a una experiencia híbrida que deriva de la poesía culta del siglo de Oro y del zéjel moro y judío del sur de España, y que Violeta supo dotar de acentos propios al entrar en contacto íntimo con el mundo mapuche y campesino de manera sistemática e intencionada en la década de 1950-1960. El género en que escribió es de carácter reflexivo, pero se caracteriza por su verosimilitud y espontaneidad. Lo que se narra sale del corazón, sin censuras ni elaboraciones y debe mostrar la vida en sus sobresaltos: opiniones, sentimientos, bajo la consigna de cantar “la vida pa´ dar el grito de alarma”, tal como ella se autoimpuso. Violeta vive rodeada de poetas: De Rokha, Gonzalo Rojas, Neruda y su hermano Nicanor. Admira a Enrique Lihn, de quien dice “es el mayor de nuestros cantores”. Una admiración que puede resultar curiosa por el alto grado de sofisticación y teoría estructuralista francesa que influyó en un escritor así, pero si pensamos que Violeta sólo alcanzó a leer la producción inicial del poeta de La Pieza oscura, entendemos que pudo apreciar en esos textos la gestualidad, la improvisación ante una situación determinada y la conexión con una comunidad. Si en algo coinciden es en concebir la poesía como pesquisa. Porque es el registro y la escucha lo que hacen de V¡oleta una poeta singular, más que un saber libresco. El suyo es un acto de atender y luego registrar un saber a partir de una investigación directa que tiene como eje desenterrar lo sumergido. Asume, de esa forma, papel en mano y luego una pequeña grabadora, la labor de juglar medieval que recorre predios con su falda al viento en la búsqueda de una notación anónima del pueblo, pero que se convierte por su puño, letra y voz en la expresión de una nación.

No hay voz más chilena que la de Violeta: delgada, aguda, lamentosa, pequeña y precisa, se exterioriza como pequeños guijarros o astillas hasta que no logra alcanzar una nota. Retazos liricos que mezclan el desgarro y la picardía. Dicha y quebranto como polos de su poesía que constituye una verdadera cartografía sentimental. Entre sus temas predilectos hay la diversidad propia de la poesía popular: religión, nacimiento, cortejos, los epitalamios de bodas, la celebración de la vida y el enfrentamiento a la muerte. Cualquiera sea el que aborde, pareciera que su destreza está en que partiendo de la divinidad logra llegar a lo humano, hasta fulano y fulana. Su genialidad como poeta se encuentra en utilizar técnicas tradicionales de versificación castellana y refundirlas en un decir lleno de inexactitud chilena que termina siendo más expresivo que ninguno:

Imposible que la luna

Le quite al sol su carrera

Más imposible será

Quitarme de que te quiera.

Como en los versos anteriores, la belleza está en la “incorrección” de la aliteración del último verso. Personalmente me parece que es en el amor donde logra su mayor profundidad. Expresión de su vivencia personal, pero imprevisiblemente representativa del alma colectiva. ¿Cómo lo logra? Creo que para entenderlo cabalmente hay que leer-escuchar “Run-run se fue p’al norte”, “Maldigo del alto cielo” o “Volver a los diecisiete”. En estas composiciones la poeta es lírica pero sin ser egotista, ni siquiera abandonada por un hombre se entrega a la autocompasión. Más bien es sobria ante el dolor, recatada, íntima, de ahí su universalidad. Lo mismo ocurre en su altura máxima “Gracias a la vida”, donde se expresa la gratitud a la existencia como experiencia comunitaria, más allá de sus tormentos personales:

“Gracias a la vida que me ha dado tanto.

Me ha dado la marcha de mis pies cansados;

Con ellos anduve ciudades y charcos,

Playas y desiertos, montañas y llanos,

Y la casa tuya, tu calle y tu patio.

Gracias a la vida que me ha dado tanto

Me ha dado la risa y me ha dado el llanto.

Así yo distingo dicha de quebranto

Los dos materiales que forman mi canto

Y el canto de ustedes que es mi propio canto”.

Tono recogido, digno, y austero. Violeta sabe que sin objetividad no hay verdadera poesía. La vida con sus cicatrices, como un gran fresco, con sus altos y bajos observados con actitud contradictoria sin disolver los opuestos. Es por este aspecto que Violeta Parra debe contar entre los grandes poetas chilenos. Su poesía es directa, pero no ingenua como se suele decir. Hay una sofisticación transgresora que la coloca fuera de cualquier canon. Además, logra evadir con creces la dificultad que tienen todos los cantantes que escriben canciones populares. Aquellos rara vez alcanzan una compenetración entre fondo, forma, tono y, sobre todo, casi nunca materializan en sus composiciones un saber que diga una comunidad del sentimiento. Violeta Parra es una figura central del mundo popular chileno pero paradójicamente ha tenido que ir siendo recompuesta como si se tratara de una casa devastada. Murió de agobio vital, sobre todo por la incomprensión e ingratitud del medio. El domingo 5 de febrero de 1967, a las seis de la tarde, se quitó la vida en la carpa en que vivió sus últimos años en la Comuna de la Reina. El revólver lo compró días antes en Bolivia para defenderse de los maleantes.

Rodrigo Arriagada Zubieta: http://www.rodrigoarriagadazubieta.com/