Mi único reino es mi corazón cantando | 16 poetas peruanos contemporáneos | Marco Martos

Mi único reino es mi corazón cantando

16 poetas peruanos contemporáneos

Prólogo y selección de Miguel-Ángel Zapata

1)

Entre los poetas memorables del Perú, a partir del siglo XX, sobresalen los nombres de César Vallejo, José María Eguren, Carlos Oquendo de Amat, Martín Adán, César Moro, Emilio Adolfo Westphalen, Jorge Eduardo Eielson, Raúl Deustua, Javier Sologuren, Blanca Varela, Carlos Germán Belli, Cecilia Bustamante, Marco Martos, César Calvo, Rodolfo Hinostroza, y Antonio Cisneros. Disímiles todos ellos, y aunque contengan un lenguaje recargado o llano, según los casos, es un lenguaje vivo y perecedero. Su música guarda una emoción verdadera.

Mi único reino es mi corazón cantando dice un verso de Javier Heraud (1942-1963). ¿Se puede acaso escribir desde el corazón? ¿Si vemos el corazón como un río del que mana la vida y el lenguaje, entonces sí es posible cantar desde el corazón, escribir lo oscuro desde su guarida secreta? Mi único reino es mi corazón cantando no tiene ninguna señal romántica, sino más bien se adhiere a una contundente corriente de transparencia. El verbo cantar -casi siempre- ejemplifica un sonido armonioso. El reino es el territorio del espíritu. En poesía no todo es claro como el agua, lo sabemos. El lenguaje con su torre metálica de filtros se interpone con frecuencia en la sensibilidad y la elocución. Algunos poetas se quedan en la torre metálica echando solo humo, y buscando inútilmente la soledad del yermo. Vallejo, en medio de la dificultad de su discurso, con Trilce (1922) llega directo al corazón. Góngora en Las Soledades, puede bien rozar sin temor el luciente honor del cielo. Sabemos que contra viento y marea el gran poema contiene una belleza que nos paraliza, una emoción que nos hace dudar. Claro está, la belleza y su efecto de estremecimiento la produce el sentido del poema. No es necesario perderse en un bosque sin salida: la literatura, la poesía debe estar cargada de sentido, como sugería Pound, pero también de una compleja claridad. El gran poema guarda un equilibrio en todo su contexto. Lo claro no es fácil, lo transparente engaña como la luz de un árbol bajo la nieve.

2)

El poeta escribe en contra de los tiempos oscuros. La poesía no sana, pero abre puertas, ventanas, y sobre todo deja entrar la belleza de las palabras al corazón. La poesía también es dolor y alegría, amor o desengaño, pero más allá de todo, es música y espíritu. César Vallejo escribió desde el corazón con un lenguaje del tamaño de una montaña. Pocos poetas nos conmueven. Vallejo es oscuro y conmueve. A veces es un río cristalino o un pozo oscuro como el de Goya. ¿Se puede escribir desde el corazón siendo oscuro? Ahí Quevedo, Fray Luis, Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Vallejo nos asombra. El poema XXIII de Trilce dice: “Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos/pura yema infantil innumerable, madre”. La ternura y la complejidad de su lenguaje marca una forma distinta de escribir en el Perú, y en toda la poesia en lengua española. Tahona, en femenino, se refiere a un molino de harina, y estuosa (sofocante, caliente, enardecida) se une con la pura yema infantil innumerable, recreando la imagen de la madre a través de la harina o la vida misma. La palabra “madre” dota al poema de una ternura inusual. Vallejo, en su trayectoria verbal, a veces compleja, llega a un territorio de transparencia.

Los poetas peruanos actuales, sin imitarlo (y aunque algunos lo nieguen) se apegan con distancia a su árbol riguroso.

Vallejo es una presencia insoslayable en la poesia peruana de todos los tiempos. La poesía de Vallejo no es solo la exploración de la conciencia del lenguaje, tampoco la práctica de un objetive correlative como proponía Eliot: su poesía se acerca más a las experimentaciones de Joyce en el sentido de que contiene una letanía de voces, una corrupción expresiva reticente a elegir una forma fija de expresión. El sonido de su voz no imita el objeto que representa, lo transfigura oponiéndose a la filosofía de Leibniz. El mundo que mira y siente no es el mejor, en cambio, es un mundo que busca su centro en el espíritu de los seres que pululan su memoria. Vallejo prueba la filosofía de Pitágoras, en el sentido de que el número es el principio de todas las cosas. Toda gira en torno a una respiración numérica, desde el arquetipo de sus poemas hasta los descontentos con el Uno y Trino, y su predilección por la cópula del nueve. El efecto Vallejo en la poesía peruana actual crea un modelo de rigurosidad en el lenguaje poético. Vallejo no creó una poesía del “lenguaje” sino más bien, una poesía de la vida y por la vida.

Vallejo escribe sobre el dolor y lo oscuro de su tiempo. Va contra la corriente. Giorgio Agamben afirma que: “El poeta —el contemporáneo— debe tener fija la mirada en su tiempo- y agrega que-todos los tiempos son, para quien experimenta la contemporaneidad, oscuros. Contemporáneo es, justamente, aquel que sabe ver esta oscuridad, y que es capaz de escribir mojando la pluma en las tinieblas del presente. Para Agamben definitivamente es contemporáneo aquel que recibe en pleno rostro el haz de tinieblas que proviene de su tiempo. Vallejo, como un poeta contemporáneo, vio la oscuridad de su tiempo, pero siempre alentando a la esperanza a través de una ironía y crítica agudas. Muchos poetas han saboreado en vida la tiniebla, forman parte del arquetipo del dolor y el olvido. Sin embargo, no siempre centrándose en lo oscuro, la poesía avanza por su lado de sombra, pero también de luz.

La poesia peruana de todos los tiempos es bastante rica. Los poetas aquí reunidos no se parecen, solo guardan un rigor en el lenguaje a través de una llaneza inusual.

3)

La piedra resuena como un tambor

Vallejo tiró la primera piedra.

Clasificar a la poesía peruana por generaciones es siempre un riesgo. Y se ha caído en este error ya en demasía. Hay poetas que defienden tanto su generación que hasta lanzan manifiestos solemnes para crear un espacio vital dentro de la poesia peruana, pero no lo consiguen. Es como pertenecer a un grupo de élite, a un cenáculo, de esos que ya no existen. Lo que al final importa son los poemas y los libros de los poetas que van quedando. Lo que recordamos de César Vallejo son sus grandes poemas. De la primera cosecha está Los heraldos negros (1918) y de la segunda también radical, Trilce (1922). Después vienen los poemas de Europa, y España aparta de mí este cáliz (1937). Vallejo, si se quiere, pertenece a la generación Vallejo. Es curioso que en el Perú se hable de la Generación del 50 debido a que un grupo de poetas comenzó a publicar durante esa década. Supondríamos que una generación tiene algo en común, un aliento compartido, un estilo reconocible, una postura frente al mundo y a la poesia. Por ejemplo, Carlos Germán Belli, Blanca Varela, Pablo Guevara, y Jorge Eduardo Eielson, no se parecen en nada estilísticamente, en cambio sobreviven por el rigor. Cuando se usa el término anacrónico de “generación del cincuenta” es para dar noticia de las fechas de sus primeras publicaciones. Tampoco son afines en sus poéticas Antonio Cisneros, Luis Hernández, Marco Martos o Rodolfo Hinostroza, poetas que publican en los albores de 1960. En este caso se ha hablado de una influencia de la poesía anglosajona en algunos poetas de esta generación. No todos los poetas de esta generación están influenciados por la poesia “Beat” o en lengua inglesa. Algunos vienen de la herencia clásica española, con sus aportes personales, como es el caso de Marco Martos. Además, ésa no sería la única característica de estos poetas. Para encontrar algunos rastros habría que recorrer la poesía latina (Propercio, Catulo), la poesía francesa (Rimbaud, Baudelaire), y la poesía peruana, incluyendo a Vallejo, Carlos Oquendo de Amat, y José María Eguren. No todos los poetas que practican una poesía narrativa o coloquial vienen de Eliot o de Pound. Los poetas que menos se parecen son los que van quedando en la tribu.

La piedra resuena como un tambor:

La piedra es una metáfora de la precisión y el mito, es una señal en el camino. La piedra es Machu Picchu y el Cusco. La piedra es el cielo de los andes, la energía de la altura, los riscos de la costa. El tambor es la música de la piedra. Los países tienen sus piedras y sus esferas, pero también tienen un tambor que es la música de los ojos. La piedra y el tambor son otra manera de comunicarnos, el nuevo baile, se sabe, no está en las palabras mismas sino en la emoción que nos producen. Borges lo dijo primero. Es emocionante. El inmenso y hermoso mar peruano también es un tambor azul.

Notas:

Estos poetas peruanos aquí seleccionados no tienen temor de usar tanto formas antiguas o como el verso libre, o el poema en prosa moderno, dotándolas con un nuevo acento y un registro radical. Son textos que tal vez contengan algún referente de la mejor poesía peruana de la generación de Carlos Germán Belli o Blanca Varela, de Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza, Jorge Pimentel o Carmen Ollé, pero sus poemas expresan una perspectiva individual e independiente. Son, en suma, poemas que redefinen la tradición poética peruana a través de refundiciones apropiadas buscando un diálogo y una energía regeneradora.

La poesía última escrita en el Perú y fuera de sus fronteras presenta una serie de innovaciones que ameritan una relectura detallada de sus aportes. Su inteligencia radica en no negar la tradición, sino viajar con ella y mantener el mismo trote, codo a codo, subiéndose y cayéndose por la escalera versal de la poesía. Los poemas son artefactos abiertos y reversibles, y tienen como centro una pirámide experimental que arrebata toda hegemonía. El tratamiento lingüístico de estas poéticas determina que la poesía es un producto de cambios e intercambios, un asir la forma que se va para impregnarla en una nueva superficie, que después de todo, es consecuencia de una fructífera y arriesgada contaminación. Garcilaso lo hizo con certeza en su diálogo con la poesía italiana, y los modernistas, con los parnasianos franceses. En el Perú, Carlos Germán Belli (Lima, 1927) hace lo mismo con Garcilaso, Petrarca, Góngora, y también en sus sextinas o villanelas. El modernismo, como ha señalado Ivan A. Shulman, se apropia del almacén cultural del occidente y del oriente con el fin de afirmar su identidad en términos de una otredad. Esa otredad se presenta en los poetas fundamentales que comienzan a publicar en la década de 1970 (Ollé, Pimentel, Verástegui, Mora, Watanabe, Montalbetti), u ochenta (Di Paolo, Dreyfus, Santiváñez, Chirinos), y posteriormente en la de 1990 y 2000. Su continuidad pervive debido a una cuidadosa relectura de la poesía peruana, y la inmediata absorción de una cultura globalizante pero dispareja.

Estos poetas peruanos seleccionados establecen un diálogo no sólo con poetas como César Vallejo, José María Eguren, sino con los artificios de la poesía brasileña del siglo veinte, el Cancionero español, las canciones de Petrarca, la poesía de Garcilaso, López Velarde, o la mejor poesía norteamericana. Su modernismo y vanguardia radica en ese gesto de aventurarse por las raíces de varios espacios geográficos e idiomas. Es decir, su faro no solamente podría ser Inglaterra o los Estados Unidos, sino la vertiente más cristalina de la poesía peruana, o la continua práctica y reinvención de otras formas populares como el verso libre.

La clave está en que sus poemas emocionan, no son meros juegos verbales.

Como puede observar el lector, el material es variadísimo: poema en prosa, verso libre, y con una temática que no los une absolutamente: su mérito radica justamente en su independencia y dispersión. De ahí que suene extraño hablar de una generación de los noventa o del siglo veintiuno, ya que cada autor crea su propia razón de ser, y recrea una poética particular. Hay un afán de movimiento (interior y geográfico) de exploración, no solamente del idioma sino de otras tierras y otras literaturas. Su signo es la búsqueda de una otredad permanente, y de un paraíso perdido (el Perú imaginario), o de la nueva lengua que se adquiere en otra latitud desconocida. La mayoría de estos poetas escriben sus textos en el Perú, o fuera de la patria de Vallejo, González Prada, y José María Arguedas. Y aunque hay que reconocer que la poesía peruana se ha caracterizado por ser nómada, la mayoría de estos poetas seleccionados viven o vivieron en el Perú. Estos poetas entendieron el vacío y el estruendo: la poesía hay que vivirla, pero mejor hay que saber escribirla.

Mi único reino es mi corazón cantando comprueba que aparte de la complejidad de la poesía, el corazón con razón, le sale al encuentro a la sangre.

Los poetas peruanos aquí incluidos han nacido en distintas regiones del Perú, entre 1932 y 1997. Estos 16 son (en orden alfabético): Cecilia Bustamante, Eduardo Chirinos, Gian Pierre Codarlupo, Maria Emilia Cornejo, Lizardo Cruzado, Rossella Di Paolo, Javier Heraud, Miguel Ildefonso, Carlos Lopez Degregori, Vanessa Martínez, Marco Martos, Katherine Medina, Jorge Pimentel, Martín Rodríguez Gaona, Tulio Mora, y José Watanabe.

Long Island, Nueva York, marzo 15, 2021

Día del nacimiento de César Vallejo

Marco Martos

Marco Martos Carrera (Piura, 1942) estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Se graduó como bachiller en Letras en 1972 con la tesis “Darío y Machado: del modernismo a la literatura comprometida” y como doctor en Letras en 1974 con la tesis: “la poesía amorosa de César Vallejo en Los heraldos negros y Trilce”. Obtuvo en 1960 el Premio Nacional de Poesía del Perú y fue ganador de los Juegos Florales de San Marcos, Jurado de la Casa de las Américas (1984). Fue profesor en el Instituto Nacional de Arte Dramático de Lima (/1965-1967), en la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga de Ayacucho (1968-1969); Universidad Nacional de Ingeniería de Lima (1970); Universidad Nacional Mayor de San Marcos (1970-2001) y Profesor visitante en la Universidad de Stendhal de Grenoble (1987-1989). En la Universidad de San Marcos ocupó distintos cargos Director de los programas académicos de Literatura, Lingüística, Comunicación Social y Bibliotecología (1980-1984), Director del Instituto de Investigaciones Humanísticas (1995-2000), Miembro del Consejo Superior de Investigaciones (1998-1999), Miembro de la Oficina General de Admisión (1998-2000), Decano de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas (2000). Actualmente ocupa el cargo de presidente de la Academia Peruana de la Lengua. Sus poemas han sido publicados en alemán, francés, húngaro, italiano e inglés.

Última hora de Abderramán III

(Córdoba, año 961)

Muere el sol en la mezquita de Córdoba

y nace la noche en mi corazón. Y nunca más.

Mañana el astro volverá a su rito

y no habrá corazón en la oscuridad definitiva.

Astrolabios, relojes de arena, arrugas de mi rostro,

calendarios del Nilo, memoria de los creyentes,

soldados de mi espada, todos saben

y comentan cómo han goteado

cincuenta años de emirato y califato.

Tesoros, honores, placeres,

todo lo he tenido, todo

lo he desperdigado.

Mis rivales, los más grandes,

me estiman, me temen, me envidian,

besan protocolariamente el suelo sagrado

y suben arrastrándose hasta mi trono.

Todo aquello que los hombres desean

me ha sido donado por el cielo.

La noche viene. Cantan los pájaros.

En este tiempo largo de aparente

contentamiento he guerreado en Toledo,

en Mérida, en Zaragoza, he vencido

en todas las batallas, todas

las perfidias del reino las he dominado.

Las más hermosas mujeres de al-Andalus

me han sonreído en mi lecho, cada alborada.

La noche viene. Ya callan los pájaros.

Antes de irme quiero contar

los días en que fui feliz. Mi memoria

escudriña el pasado: sólo son catorce.

Creyentes, mortales, aprecien conmigo

la grandeza del mundo y de la vida.

La noche llega. Me llamaba Abderramán III.

Ésta es mi última palabra.

El mar escribe

Yasunari Kawabata se despide
de la danzarina de Izu. (1972)

Toda poesía es una despedida,

una línea blanca de espuma

en el ancho mar que se lo lleva todo.

¡Con qué indiferencia se mueve el mundo

a todo lo que planeamos y queremos!

¡No hay olvido!

¡Grito que no hay olvido en la memoria!

En la cresta de la ola

o en la sima más oscura

con todo lo vivido o flotamos

o nos sumergimos.

Así, braceo un rato y luego me hundo

balbuceando tu nombre sagrado

en la noche de agua eterna.

Nadie sabe si soy un fantasma

o un buen nadador

que será niebla mañana,

que ya es cielo encapotado,

o una línea de espuma blanquísima,

vena del mismo mar que acaso escribe.

San Miguel de Piura

Encendí el corazón sobre los médanos,

en los soledosos algarrobos que continúan

la ciudad más allá de la postrera bandera blanca,

bordeando el camino de Los Ejidos, regado

por las cagarrutas de las cabras. El cielo era azul

con sus nubes pintadas y había un viejo caballo

y un burro blanco entre los grises.

He olvidado a qué íbamos a Los Ejidos

pero puedo adivinarlo mientras aspiro todavía

el aire luminoso de la infancia.

Los Ejidos: el olor de las cabras, la leche

de cabra, el queso de cabra que jamás

he encontrado después en la tierra.

A la hora del regreso el sol reverberaba

sobre los médanos y en llegando al recodo

del camino que divisa a la cruz del Norte,

bajo la sombra benéfica de los sauces,

los pequeños pudimos sumergirnos

en el río suavísimo y verdoso.

¡Han pasado años de años!, ¡me he mezclado

en tantas cosas!, y ahora que el sol

reverbera sobre el asfalto, no extraño

a esa patria, distante y diminuta.

O tal vez la extraño y por eso escribo.

Telésforo León bajo la luz de una vela

En lo más alto del acantilado,

en medio de la noche tan serena,

bajo la luz de una vela jugué

ajedrez con Telésforo León,

en Yasila. Hasta el tablero llegaban

rumorosos mensajes del mar con su garra.

A veces era una lámpara

como una estrella marina

la que ardía sobre nuestras cabezas

y el zumbido del moscardón que apenas

escuchábamos y el acompasado respirar

del mar lamiendo las rocas, abajo.

Pero eso era el mundo de afuera,

adentro las fichas cobraban vida propia

y libraban ancestrales batallas,

indiferentes a la luz de la luna,

a la suave quietud del aire marino,

al propio corazón con sus reclamos.

Ese combate no termina, ni acabará

nunca, cristalizado como está

en la memoria. Lo que ha crecido

con el paso del tiempo es mi afecto

por Telésforo León Vilela,

el notario de Piura, con su estudio

repleto de trofeos, de tableros de madera

y de fichas de toda laya.

Todavía estoy yendo a buscarlo,

todavía partimos para Yasila

en una noche encantada,

encendemos las lámparas, todavía

acomodamos las fichas

y todavía siento, en la habitación de al lado,

el respirar del mar como un murmullo

que me ilumina

toda la vida.

Leve reino

En una burbuja permanece

la infancia con su luz enceguecedora.

Ahí donde pulula la vida, en el centro del patio

con su óvalo de geranios púrpuras, blancos,

ausculto el cielo azul añil

apenas con una nube fija, inmaculada,

y la fila de hormigas rojas,

y la fila de hormigas negras,

con migajas de pan,

con terrones de azúcar,

con ramitas claras y oscuras

y con ópalos de fuego.

Respiro a mis anchas

en el centro de ese leve reino.

Escucho un rumor a lo lejos:

en el laberinto de su habitación,

barajando naipes, estampas religiosas

y cartas de amor en paquetitos

amarrados por cintas de colores,

los ojos brillantes de la abuela,

noche negra, ávidas pupilas,

luciérnagas en la oscuridad de los siglos,

acarician lo prohibido, el zumo de lo ignoto,

la inminencia del placer,

el filo hirsuto de los machos,

lo raro de cada mediodía,

la vileza de los encuentros

y el susurro de la soledad

como un dondoneo inacabable

que zumba en la espalda del tiempo.

No del hastío de estos días,

de esa piel enjuta viene la escritura,

de esos ojos de ébano,

de esa gana de poner orden en el laberinto

del mundo sabiendo que es tarea inútil,

de esa voluntad férrea, de otra galaxia,

de hacer muchísimo en el laberinto de las horas,

para después salir al fresco,

mirar el cielo azul añil,

dar un suspiro, ofrecer una sonrisa.

Ahí permanece la abuela

en la nube inmaculada

del cielo despejado de San Miguel de Piura,

intocada por los calendarios, mujer,

eterno desafío de la carne

contra la muerte y sus fúnebres ramos.

El sol negro de la melancolía

Miro el mundo

con el vidrio opaco

que me ha dado

la muerte.

La rosa es bella,

pero ¡tan extraña!

¡tan efímera!

No sé qué hacer con ella.

Y tú ¿qué haces con nosotros?

oh Dios,

¿con qué vidrio nos miras?

¿cómo nos juzgas?

Tú eres mi Dios,

tú que todo lo aniquilas.

 

Mi único reino es mi corazón cantando | 16 poetas peruanos contemporáneos | Prólogo y selección de Miguel-Ángel Zapata | Buenos Aires Poetry, 2021.