El sarcasmo de Álvaro de Campos sobre la muerte

El siguiente fragmento pertenece a la reciente biografía de Richard Zenith, Pessoa. Una biografía. Traducción de Ignacio Vidal-Folch, Acantilado, 2025.

 

Los textos de Pessoa mencionan repetidamente el dolor único de una madre que pierde a su hijo. También mencionan cuán rápidamente ese sufrimiento se desvanece y el recuerdo del hijo se difumina en el fondo borroso del pensamiento consciente. Un poema tragicómico, sin fecha, firmado por el heterónimo Álvaro de Campos, habla de una familia que, gracias a la razonable suma de dinero de un seguro, sigue riendo y celebrando después de que uno de los hijos haya fallecido atropellado por un coche.

 

Com isso se forrou a papel uma casa.
Com isso se pagou a última prestação da mobília.
Coitadito do bebé.
Mas, se não tivesse sido morto por atropelamento, que seria das contas?

«Con aquello se puso papel pintado en toda la casa.
Con aquello se pagó el último plazo del mobiliario.
Pobrecito bebé.
Pero si no hubiera muerto atropellado, ¿quién habría pagado las facturas?».

 

Incluso sin el dinero del seguro, la humanidad, según el Libro del desasosiego, «continúa digiriendo y amando», «llorando sólo lo justo y el menor tiempo posiblecuando se le muere un hijo al que acabará olvidando, excepto en los aniversarios». Otro fragmento del mismo libro señala cuán fácil es para una mujer que ha perdido a un hijo «meses después ya [reír] y [ser] la misma». Y un poema de Campos fechado en 1929 transforma a esa madre teórica en otra muy específica:

 

A vizinha do número catorze ria hoje da porta
De onde há um mês saiu o enterro do filho pequeno.
Ria naturalmente com a alma na cara.
Está certo: é a vida.
A dor não dura porque a dor não dura.

«La vecina del número catorce hoy reía en la puerta
de donde hace un mes salió el funeral de su hijo pequeño.
Reía naturalmente, de todo corazón,
y tiene razón: es la vida.
El dolor no dura porque el dolor no dura».

 

El número de la casa, el 14, es sospechosamente parecido al 104 de la calle donde vivía Fernando con su madre viuda. Ella era la señora que reía estando aún de luto. Al cabo de un mes de la muerte del pequeño Jorge, Maria estaba demasiado llena de felicidad por el amor al comandante para ser capaz de mantener el dolor de aquella pérdida.
A pesar del sarcasmo del poema de Campos sobre los beneficios obtenidos con la muerte del bebé, Pessoa nunca censuró a su madre por no haber seguido siendo una viuda y madre amargada, melancólicamente «fiel» a los recuerdos del marido y el hijo muertos. A los seis o siete años no se le habría ocurrido que su madre tuviese fallas, y cuando ya era adulto consideró que su comportamiento era típicamente humano, y saludable: «Tiene razón: la vida continúa». Y su propio comportamiento tampoco fue esencialmente diferente. Él no era una plañidera. Siguió adelante con su vida, aunque más lentamente, a regañadientes. Le incomodaba moverse, que todos se moviesen y nada permaneciese en un mismo lugar o un mismo estado durante mucho tiempo.

 

 

 


Extraído de Richard Zenith, Pessoa. Una biografía. Traducción de Ignacio Vidal-Folch, Acantilado, 2025, pp. 86-87 | Buenos Aires Poetry 2026