De sangre y cemento (Colección Pippa Passes, 2026) | Rubén Téllez Brotóns

Rubén Téllez Brotóns es un poeta español nacido en Madrid en 2002. Trabaja como crítico de cine en diversos medios digitales. De sangre y cemento (Buenos Aires Poetry, 2026) es su primer libro.

  

  

LOS ESCOMBROS

En esta espesa madrugada de agosto
el insomnio se mezcla con un sudor pringoso
que te pega las sábanas a la piel
a medida que das vueltas en la cama,
a medida que trazas ansiosos círculos
en un colchón empapado.

Sucede que cada noche consigues cerrar los ojos
durante unas pocas horas en las que el caparazón
que protege tu conciencia deja de verse acosado
por las imágenes brillantes de esta pequeña ciudad,
de este pueblo grande en el que, desde hace unos meses, vives.
Imágenes que te resultan ajenas, piezas de un decorado inerte
por el que caminas temporalmente.

Pero sucede también que esta noche te has despertado de golpe,
no has conseguido volver a dormir y, al levantarte para ir al baño,
te has enfrentado al espejo:
ojeras marcadas, la piel brillando por el sudor,
la mirada desgarbada, de una juventud agonizante,
cristalizada y, pese a todo, violentamente insolente
en su negativa a escuchar el llanto desconocido,
a problematizar una realidad que no se haga carne
sobre tu propia carne; el cuerpo doblado,
molido por las agujetas, tensado por incontables tirones
y espasmos musculares debido a la sobreactividad,
a ese constante ir y venir de una zona de la terraza a la otra,
del interior del bar al exterior, de una mesa a la siguiente,
masticando como puedes los gestos de desprecio de los clientes,
el movimiento de los brazos que se levantan con impaciencia y
                                                                                                        altivez,
la displicencia con la que dicen “quédate con el cambio”,
los gestos de desprecio que no dejan de recordarte
que nunca has querido estar ahí,
que tú querías sentarte en los bares, no trabajar en ellos,
que las promesas que te hicieron tus padres
cuando eras pequeño y las imágenes lúdicas
que le dieron forma a las fantasías de tu infancia,
en nada se parecían a esta frustración del contrato basura,
al “ya te llamaremos”, a los salarios intermitentes
que no permiten un respiro y a los horarios
que subordinan tus ratos de descanso al cansancio
que la jornada te provoca.
“La vida no era esto”, no dejas de repetírtelo:
has estudiado, te has sacado una carrera, un máster,
en tu currículum presumes de una facilidad para hablar inglés
que fuiste perfeccionando verano tras verano en Irlanda,
y luego durante un año entero en Estados Unidos,
en la capital del mundo y de las luces.
Volviste al instituto y presumías de haberlo visto todo,
de haber mordido el hueso del mundo.
No sólo habías aprendido inglés,
habías vivido la experiencia estadounidense:
habías visto los rascacielos desde abajo,
Times Square, la estatua de la Libertad
—porque Nueva York se reducía a eso,
Times Square y la estatua de la libertad—:
habías grabado las postales turísticas
en la piel de tu memoria. Eso era la vida:
volver de Estados Unidos sabiendo que
en España había un pupitre vacío con tu nombre,
un pupitre que tus amigos no habían dejado de mirar
con envidia a lo largo de tu ausencia.
Los esfuerzos de tus padres, que habían tenido suerte
y no habían perdido sus trabajos durante la crisis,
—les habían bajado el sueldo, habían tenido que ajustar gastos,
echar horas extra y fingir que nada pasaba para que tú,
adolescente ingenuo, obsesionado con tu rostro
y desinteresado por el mundo, no tuvieses que preguntar
si todo iba bien—
valieron la pena, porque a cambio habías aprendido inglés,
habías vivido toda una experiencia,
la experiencia del capitalismo envasada al vacío.
Eso era entonces, para ti, el capitalismo. La vida.
No habías conocido otra cosa más que la experiencia
de la clase obrera (con mentalidad pequeño burguesa)
que sobrevive, que aguanta lo suficiente como para poder
mirar con superioridad a los que son devorados por las ruinas.

En esta misma ciudad pequeña, en este pueblo grande
en el que ahora trabajas, cerraron muchas fábricas de muebles;
carpinteros, repartidores, contables; todos despedidos.
También pequeñas panaderías, ferreterías, fruterías;
negocios que no cotizaban en bolsa
pero que recibieron el golpe de sus especuladores y banqueros.
Lo mismo pasó con las constructoras, que desaparecieron
dejando algunos esqueletos arquitectónicos a medio
levantar en las afueras del pueblo, junto con decenas de edificios
de pisos de diseño con el cartel de “se vende” colgando en el
                                                                                                        balcón.
La música desveló el ruido de la realidad
que escondía bajo sus quiebros melódicos;
las luces se apagaron; la pompa brillante dejó de deslumbrar
y el sueño se terminó, reventó, quedó reducido
a un puñado de ladrillos sin colocar,
al olor estancado de unos ríos contaminados
que durante años no le habían interesado a nadie,
a la imagen de unas playas desnudas, deshechas,
devenidas basureros privados para turistas
y jubilados de la burguesía europea.
Eso era el sueño y a eso quedó reducido.

Pero eso a ti no te interesaba,
eso a ti no te interesa.
No, esta noche lo único que te importa
es volver a dormirte, abrazar el lado frío de la almohada
y cerrar los ojos hasta que el ruido de la calle
que entra por la ventana desaparezca.
Lo intentas, te giras, das una vuelta completa, otra,
te enredas entre unas sábanas cada vez más arrugadas
y, finalmente, te das por vencido.
Entonces te pones una camiseta y unas chanclas y bajas a la calle:
el paseo, el movimiento lento pero desgastante como forma de
                                                                                          analgésico.

Atrás quedaron las caminatas con tiempo y sin prisa,
las conversaciones lánguidas, de una elasticidad leve,
en las que las afectadas impresiones adolescentes,
sostenidas sobre una despreocupación que entonces
aseguraba tranquilidad y que ahora comienzas a ver como
un claro signo de narcisismo, se solapaban.

Tu movimiento ahora es frenético,
estéril en su grisácea mecanicidad:
gestos rápidos, miradas que se deslizan
por las calles y los edificios, que no se detienen
en las grietas de la geografía
en ruinas que tantos veranos de diversión
te procuraron años atrás y que tanta crispación
te genera en una actualidad de la que no te haces responsable.

Tu mirada no se detiene sobre ella,
de la misma forma que tampoco lo haces tú:
tu vida convertida en una serie de
desplazamientos resbaladizos —como el hielo—
por calles y noticias de televisión,
por oficinas de recursos humanos haciendo entrevistas de trabajo
que consideras humillantes:
lo repites una y otra vez,
“yo tengo una carrera, un máster, hablo inglés
con fluidez y apenas gano mil euros,
apenas tengo estabilidad: contrato temporal,
vacaciones cuando el jefe dice que las puedo coger,
horas extra sin pagar y jornadas cuya duración se estira
siempre un poco por los márgenes”.

Piensas que eso no es para ti,
que debe de haber algo en el mecanismo,
alguna pieza del gran engranaje
que no funciona como debería:
un tornillo, una rueda sin engrasar,
una bandeja de emails que, por estar llena,
no puede recibir tu engrosado currículum.

Por eso, porque ahora el viento va en tu contra,
miras hacia fuera para intentar salvar lo de dentro,
te interesa lo que sucede en el mundo porque
el mundo ha terminado rompiendo unas expectativas
que siempre creíste abstraídas de la realidad y de la Historia:
¿yo para qué quiero eso, de qué me sirve?
Se lo preguntabas a tu madre cuando te tomaba la lección de
                                                                                                  Historia:
el pasado, un desperdicio en el que no valía la pena perder el
                                                                                                  tiempo;
el presente, un escenario privado sobre el que proyectar posibles
.                                                                                                   futuros,
mágenes idealizadas, fantasías infantiles en las que tu mundo
permanecía inmutable mientras crecías, mientras entrabas en la
                                                                                        edad adulta
y podías empezar a disponer de todos esos lujos de los que,
hasta el momento, te estaban proveyendo tus padres:
pagar en los bares, tener tu propia tarjeta de crédito,
tu propia casa en la que imponer tus propias normas,
tus códigos particulares, tus manías y caprichos.
Eso era el futuro: un salón con televisor de pantalla plana,
un buen colchón sobre el que follar con tu pareja,
el coche pagado a plazos y unas semanas en la costa mediterránea
durante el verano.
Ahora piensas que no era tanto, que no pedías mucho,
que los caprichosos eran los niños que iban al colegio privado,
no al concertado en el que estudiaste tú.
Un salón, una pantalla en la que ver el fútbol,
follar sin compañeros de piso que escuchen tus gemidos
desde la habitación de al lado. No es tanto.
Pero falla, algo sucede fuera del salón,
en el palco del campo de fútbol,
dentro del comité directivo de la empresa de colchones,
o de la fábrica de coches, algo en las inmobiliarias
que impide que puedas tener una casa propia.
Por eso ahora te interesa el exterior, por eso miras hacia fuera
con los ojos llenos de rabia, de esa frustración violenta
que te provoca no la contemplación o el sufrimiento
de una injusticia, sino la interrupción del flujo estático
que te hubiese gustado que fuese tu vida.

De ahí la repetición mecánica, abstracta y retórica de una consigna
que pervierte el concepto de revolución.
En la decorada superficialidad de unas frases
esterilizadas cuyo peso de sangre, silencio y olvido
has decidido obviar para no poner en peligro
el cristal precioso de tu pasado, se halla
la expresión egoísta de un niño que, arropado sobre escombros,
lleva toda la vida ignorando el sonido que las puertas
de sus vecinos hacían al cerrarse forzosa e indefinidamente.

Tus palabras, como tú, como tu mirada,
también se deslizan por la realidad:
clamas contra un capitalismo abstracto
de cuyas ventajas has estado disfrutando
durante años y una grave oquedad de niño bonito,
educado en un colegio concertado,
convierte tu voz en un timbre ridículo.
Ahora hablas de la Historia, pero tu lenguaje
no se diferencia del ruido del fusil
que tiñó esta tierra de negro.

Palabras aprendidas en un colegio
al que se las impuso el golpe originario:
palabras de polvo y colonia para maquillar
con el brillo del desarrollo el carácter ignominioso
de un pasado de violaciones y asesinatos.
Palabras que señalan el sol y ocultan la fortuna
acumulada sobre el cuerpo de esos vencidos
de cuyos nombres te aprovechas para limpiar
tu conciencia, para limar el reflejo deformado
de tu autopercepción satisfecha,
esa habitual imagen del impoluto aspirante a pequeño burgués
que desconoce el sentimiento de culpa.

El dinero como única brújula
y el mundo como valor de cambio;
lemas ocultos de un joven enfadado
por la imposibilidad de heredar el gesto soberbio
sin eludir los ladrillos de la mala conciencia,
el olor a agua estancada, el aire envenenado,
el mar lleno de plástico y peces muertos;
eslóganes vaciados de significado que sostienen
una publicación en redes sociales o que coronan
un anuncio de pantalones vaqueros talla Slim.

Ese es el mundo por el que te mueves,
el espacio que te moldea, los escombros que te definen.
A su lado, los cadáveres, los cuerpos ahogados en el mar,
los colegios bombardeados y los genocidios.

(…)

  

  

  


Rubén Téllez Brotóns
DE SANGRE Y CEMENTO
Buenos Aires Poetry, 2026
66 pp.; 13,34 cm x 20,32 cm.
ISBN 978-631-6688-53-8
Poesía España