El enemigo de los Thirties de Juan Arabia, por M.G. Burello

Me toca presentar el último retoño de esta colección, que lleva el título de El enemigo de los Thirties. Raro título, debo decir, proviniendo de alguien tan cordial como Juan, que nació con el regreso de la democracia argentina, en 1983, y que disfruta de soleadas caminatas por Bragado o largas ingestas de cognac con amigos. Esta imagen bonancible, sin embargo, es más bien una fachada: cuando poetiza, que es una forma de ficcionalización (bueno sería que lo recuerden los críticos), Juan escribe a menudo sobre el sufrimiento, la derrota, y en su militancia poética, la caza de enemigos no es infrecuente. Esa cacería es anacrónica, o mejor dicho, intemporal, y trasluce un rasgo de su lírica: estar fatídicamente fuera de la época, en una irresponsable asincronía, algo que confirman algunas de sus piezas compuestas con métrica y rima clásicas del idioma castellano.

La escritura de Juan, así, se regodea en la hostilidad y juguetea con la angustia, pero con la serenidad más propia del poeta-ya-no-tan-joven, que sabe que ha venido a librar batallas que no va a ganar (lo que lo diferencia del querible poeta definitivamente juvenil, tumultuoso y soñador). ¿Cuál es la batalla en este caso? La clave está en el poema que tan significativamente se llama “Final”, que alude a la agonía de Dylan Thomas, uno de los “poetas malditos” favoritos del autor (no casualmente responsable del epígrafe de su primer poemario, Canciones del Gólgota) y de hecho, más precisamente en una nota al poema, donde Juan señala, con cierto falso ánimo enciclopédico: “Los llamados Thirties’ Poets –Auden, Spender, MacNeice-, una corriente poética con fuerte contenido social y político, que a su vez proponía devolverle a la poesía el contacto con públicos masivos”. Independientemente de si esta definición de diccionario es cierta o no (intuyo que ni él mismo la cree tan a rajatabla), lo relevante es que no constaba en la primera versión impresa del poema, por lo que ha sido añadida más a modo de declaración que de mera aclaración; la identificación con Dylan Thomas, el enemigo de los poetas británicos de los años treinta en tanto autores que llamaríamos, de acuerdo con esta nota, “comprometidos” y “masivos”, de nuevo se hace aquí explícita, pero con discreción. El contenido social con orientación ideológico explícita y la pretensión de consagración pública, las dos máximas formas de funcionalización de la lírica, en suma, la socio-política y la puramente económica, que hacen de los poetas o críticos sociales o mercaderes, es la némesis poética de Juan Arabia, que quiere filiarse con los crípticos y los autodestructivos, con Ezra Pound y con el inefable Rimbaud, cuyos pasos siguió.

Para comprenderla cabalmente, a esta posición beligerante hay que sumarle el trabajo de Juan como editor y traductor. Benjamin señaló de la sátira, un modo textual que se apropia de lo ajeno para regurgitarlo como propio, que es un ejercicio de canibalismo: los caníbales, como es sabido, devoran a sus enemigos para absorber sus cualidades, su energía, su poder, y el satirista reescribe textos para deformarlos y reorientarlos a su gusto. En mi opinión, traducir poesía ajena para que adquiera un valor casi autónomo es el ritual de canibalismo literario por antonomasia, un gesto sacrificial por el que uno se inscribe en una tradición a la que querría pertenecer, eligiendo a sus referentes, o sea, a sus ancestros (esa elección que -¡ay!- no podemos hacer en nuestra vida real). La aspiración “didáctica” de hacer escuela de la poesía –de la poesía en tanto vocación “pura”-  despunta en El enemigo de los Thirties mediante las notas al pie con que el autor de alguna manera explica y a la vez resignifica los poemas, y convive con esa pulsión caníbal de reescribir a los viejos grandes maestros, de dialogar con ellos versionándolos, tergiversándolos, invocándolos (más predeciblemente, en los epígrafes). De todo esto surge una tendencia a la autorreferencialidad en esta lírica, una tendencia que, como todos sabemos, ha definido desde su origen mismo a la poiesis en tanto forma autoconsciente: la poesía habla de la poesía para suprimir el entorno y poder concentrarse en la forma, el poeta habla de sí mismo a falta de algo mejor o más conocido.

Para concluir, yo diría que el libro El enemigo de los Thirties, pequeño como es, contiene varias capas textuales. En principio es un programa, un proyecto, algo que se hace obvio en el primer poema, sin título, donde el yo lírico enuncia sus propósitos (ya no hablo aquí de Juan en tanto autor de carne y hueso, al que el lector quizás nunca tendrá el gusto de conocer en persona), y en otras piezas como “Arte poética”. En segundo término, es un compendio, un catálogo de predilecciones y abominaciones, donde aparecen aquí y allá las preferencias y también los rechazos estéticos, y este nivel condice lógicamente con el primero. Luego, tenemos una capa “enciclopédica”, que se asoma en algunos versos y sobre todo en las notas, donde el poeta disemina datos y hace gala de saberes que más que nada aportan color y sorpresa (como por ejemplo cuando se nos explica que una planta de la que se está hablando tiene “fuertes propiedades alucinógenas”). Por último, el poemario es una crónica de viajes, lo que también va de la mano con el programa poético: el poeta pasa por Charleville, la patria chica de Rimbaud, pasa por Londres, pasa por New York, y va dejando testimonios –reales o ficticios, qué importa- de sus respectivas estadías, para terminar, no casualmente, con el hermoso poema del final, “Distrito de los Lagos”, que alude –y una nota explicativa lo ratifica- a la región donde los románticos ingleses supieron habitar y crear. El fin del itinerario es acaso el destino anhelado por quien enuncia estos poemas.

Distrito de los Lagos

Yo, que negué a Cristo en el primer barco,
finalmente entendí el significado de la palabra adiós.
No se trata de una simple despedida:
es el momento en el que todo se hunde
en los blancos y transparentes mares de números,
y se pierde la flor¹, única prueba de
de la existencia de un paraíso.
Es el momento donde se pierde el inmediato calor
de aire que encierra y separa a cada una
de las cosas que existen en el mundo.

¹ El Distrito de los Lagos (The Lakes) o Tierra de los lagos (Lakeland), es una zona rural del noroeste de Inglaterra, conocida por sus lagos y montañas, y por su asociación con los poetas lakistas (lake poets) como
Wordsworth y Coleridge.
“Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado ahí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿Entonces, qué?”. En Anima Poetæ: From the Unpublished
Note-books of Samuel Taylor Coleridge (1895).