Ezra Pound, escritor del siglo, por M. G. Burello

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Para empezar, una intuición, a la vez provocativa y resignada: la de que entre los adeptos a la poesía el solo nombre de Ezra Pound será progresivamente evocado como sinónimo del poeta de su siglo, así como Emerson pudo hablar en su momento de Goethe como el hombre de letras representativo. Mi profecía es poco audaz, lo sé, porque hoy en día ya es casi constatable en el medio literario local e internacional, y no implica, por cierto, que Pound será cada vez más leído (siempre fue y será fatídicamente un autor para los autodenominados happy few), sino apenas que será considerado el poeta por antonomasia de su época, signada –pace Hobsbawm y Badiou- por la violencia y la vehemencia. Anteponiéndose a Paul Valéry y a T. S. Eliot (con quienes tanto tuvo en común, estética e ideológicamente), anteponiéndose a muchas plumas insignes en lengua italiana, alemana, española y rusa (Pessoa quizás bastaría por sí solo para incluir también el portugués), ese nombre bíblico seguido del breve y eufónico apellido, ese sintagma trisilábico, Ezra Pound, que muy al estilo de los founding fathers conjuga al patriarca semita y al intelectual sajón, viajará por el tiempo hasta adueñarse de la consabida aposición “el (¿gran?, ¿mejor?, ¿máximo?) poeta del siglo XX”. Sin ánimo exhaustivo, arriesgo unos posibles motivos para el paulatino y fatídico reconocimiento no del sujeto de carne y hueso llamado Ezra Pound, sino de su persona (para usar un concepto latino que lo fascinaba), de su imagen pública y de su nombre como abstracción.

Abundancia. Longevo y prolífico, Ezra Pound se erige ante nosotros como la figura de la vitalidad y la subsiguiente creatividad. Autor, traductor, editor y mentor durante décadas, en distintos países y contextos diversos, más que el estanque que designa su apellido, su imagen simbólica sería la de un río o un manantial: inagotable. Sus libros se superponen y subsumen entre sí, hasta decantarse en la serie de Cantos, que se nos antoja infinita. Vivió y escribió tanto como George Bernard Shaw,  regaló tantas ideas como Oscar Wilde (estos parangones con autores irlandeses le habrían gustado): dandi y superhombre, todo en uno.

Eternidad. El abordaje atemporal de la tradición poética lo destemporalizó, por así decirlo. De ahí que ya no importen sus obras individuales: cada verso, cada renglón suyo conforma un corpus sin principio ni fin. Más en su caso que en casi cualquier otro, periodizar la obra literaria es un pobre subterfugio académico. Lo más sensato es enfrentarla cual un compendio, como él mismo hacía cuando la seleccionaba y la recortaba, abusando de su recurso dilecto: el montaje.

Poliglotismo. El culto de la traducción como trasposición o apropiación, propalado como nadie por el poeta doctus Ezra Pound, recupera inequívocamente el sueño de la lengua adánica, pre-babélica: un anhelo subyacente a cualquier proyecto poético de fuste, y acaso también oculto en toda utopía futura. Decir en el propio idioma lo que el hablante de otro idioma hubiera dicho aquí y ahora en un lenguaje ajeno: ideal de la reencarnación, y por qué no, del canibalismo. Todas las lenguas la lengua.

Hermetismo. Lo proverbialmente ubicuo y omnímodo tiene que ser aprehendido y cultivado por seguidores fieles, así como un dios precisa sacerdotes abnegados que difundan su revelación. Las opacidades y sofisticaciones de la verba poundiana piden selectividad; sus lectores –que quizás ni siquiera lo leen con frecuencia- gustan sentir la pertenencia a algo sagrado, exclusivo, mejor. En el ámbito artístico, regido por lo que Bourdieu bautizó “economía a la inversa”, el precio de ser quintaesencial es ser minoritario. “Si es arte, no es para todos, y si es para todos, no es arte”, dijo Arnold Schoenberg.

Locura. Más allá de una cierta paranoia propia de la época, Pound no padecía otra patología que la del desprecio del positivismo en todas sus formas y la veneración de los caudillos y los líderes, que supuestamente se ocuparían de las trivialidades prácticas para que los hombres de espíritu puedan dedicarse a la belleza. (El duce era ante todo un confeso trouble-shooter, que alegaba no descansar jamás para poder ayudar al pueblo italiano.) Pero aunque por escasez de recursos lo tildaron de enfermo mental, el rótulo denigrante no ha hecho sino agigantar su nombre y su destino, encendiendo la curiosidad de potenciales nuevos lectores. Todo poeta faber que se precie ha de tener una cuota de poeta vates. Como Robert Graves nos lo recuerda, la madre del estro lírico, la luna, detenta su autoridad por su condición nocturna, pero atención: además tiene una cara oscura…

Especialización. Que sepamos, Ezra Pound sólo se dedicó a la poesía, es decir, al ejercicio inventivo y desinstrumentalizado del lenguaje. Los demás hechos de su vida son subsidiarios, al punto de que una biografía suya, como una de Borges, a la vez que un libro arduo necesariamente ha de ser una chapuza con fines de lucro. De hecho, la reclusión en el sanatorio propició su máxima concentración en el auténtico objeto de su vida: la lectura y la escritura. ¿Amores, penas, acontecimientos, viajes…? Poesía, sólo poesía. Por lo general, de los escritores se conocen sus amantes; de Pound, en cambio, se conocen… sus amigos escritores.

A estos factores, en parte biográficos, en parte inherentes a su obra, agrego –no sin malicia- el de la prevalencia de la lengua inglesa. Un dominio lingüístico hegemónico, avalado por la política y la economía, y que en la actualidad determina que tanto legos como “entendidos” pongan infantilmente a Shakespeare por sobre Homero y Dante, cual si el canon humanista debiera devenir el top five de alguna emisora radial, y que los mercaderes literarios frunzan el ceño ante la falta de traducciones del o al idioma más comercial. Fascista impenitente y sinólogo en pantuflas, Pound es empero tan impensable sin los Estados Unidos de América como el mismísimo Whitman, que de lejos nos parece su antítesis. Mal que nos pese, el inglés es la lingua franca de la aldea global que habitamos, y su vulgaridad posibilita (¿garantiza?) la circulación privilegiada de sus productos más distinguidos. Sad, but true.

Para concluir, una admonición, ojalá salutífera: nadie puede pronunciarse con fundamentos sobre la poesía del siglo XX si no ha leído extensamente a Ezra Pound. Nombrarlo, puede nombrarlo cualquiera.

∇ M. G. BURELLO, “Ezra Pound, escritor del siglo”, en Especial Buenos Aires Poetry: Ezra Pound. Buenos Aires Poetry, 2015.