Entretantos (Breves ensayos sobre la poesía), de Daniel FREIDEMBERG

♦ ¿Podría decir en serio que tengo algo así como “una poética”? Más bien, lo que habría es una cierta cantidad de pautas mínimas y no bien definidas. Pero no es cierto, tengo una poética, es imposible no tenerla, aunque no pueda describirla ni sepa bien cómo es. Siempre alguna legalidad decide la organización de un poema y algo de esa legalidad puedo advertir en los poemas que escribo, de lo contrario no los consideraría poemas ni, menos aun, los daría a leer. Lo que sí es cierto es que, con los años, uno empieza a darse cuenta de que no elige su poética, en el sentido de que no puede calcularla, preverla, programarla, o, más exactamente, la elige pero sólo en parte. Cada vez más, cuando lo que a uno le importa no es añadir al mundo reiteraciones clonadas o malas copias de lo que ya existe sino hacer poesía, la propia poética es algo que uno descubre más o menos extrañado en los textos que escribe (“así que yo dije esto”, “así que yo encontré este modo de decirlo”) o en lo que otros, lectores o críticos, encontraron en ellos.

♦ Algo a descubrir: la propia poética de uno. Algo a ir descubriendo. Claro que sin ponerle nombre ni ubicarla en ningún estante de la historia de la literatura. No para quedarse en eso, no para sacar algún partido: por curiosidad apenas, o porque es imposible no advertir que “algo se produce” en lo que uno escribe. Y después pasar a otra cosa, o seguir más o menos en lo mismo. No es la fidelidad a una “imagen de autor” lo que importa.

♦ Claro que tomar nota de que no elegimos nuestras poéticas, o sólo muy parcialmente las elegimos, no nos quita responsabilidad. Por el contrario, nos reclama hacernos cargo, con el mayor grado de conciencia posible, de aquello que, nos guste o no, somos. Aunque nunca podamos decir bien qué o cómo somos, asumirlo, y hacerlo de la mejor manera que encontremos. Estoy tentado a suponer que tal vez esa sea, después de todo, mi poética, pero no, porque una poética no es una actitud general sino un sistema de elecciones y procedimientos bien precisables, tiene que ver con el reconocimiento de insistencias, obsesiones, recurrencias, más o menos voluntarias, más o menos inevitables, más o menos inflexibles, más o menos conscientemente elaboradas: cierto instrumental y cierta retórica reconocibles, ciertos rechazos y ciertas prescindencias verificables también, cierto humor, cierta visión de las cosas.

♦ Sea cual sea, la mía es una poética posterior a los textos, a veces ínfimamente posterior, casi simultánea. Pero, en todo caso, ya no me interesa escribir si no es para dejar que algo ocurra bastante imprevistamente y gane espacio en mi escritura por derecho propio o por capacidad de imponerse, y a veces no sin muchas y muy laboriosas, y a veces dolorosas, correcciones. Lo que corrijo es mucho menos alguna desobediencia a alguna pauta preexistente que la evidencia de que en la elaboración del texto intervino la tentación de ceder a facilidades o resolver los problemas desoyendo las necesidades de la propia escritura.

♦ Se trata, entonces, de cuidar que eso que resulta en el texto sea bello y verdadero, porque se impone como tal, no porque se amolde o no a alguna clase de verdad o de belleza que yo conozca. Muy poco hay de espontáneo en este proceso; lo que más bien creo que hay es una búsqueda interior, una autoindagación, no en mis necesidades psicológicas, sino en aquello que en mí reclama volverse palabra escrita, música del sonido y del sentido, irrupción que convierte un papel y algunas manchas de tinta en algo que acaso merezca existir porque tiene algo que dar.

♦ Si me pongo a leer Cantos en la mañana vil, sin embargo, veo ahí una poética que en su momento me costó aceptar. Por las preferencias a las que me pidió que renunciara y por lo que me llevó a hacer después de años de evitarlo empecinadamente: no quería hacer una poesía en que hubiera tantos conceptos, tantas declaraciones, tantas abstracciones y generalidades como encuentro en estos poemas, y más aun en el libro siguiente, En la resaca. Hasta que en un momento me di cuenta de que no podía más que hacerme cargo de ese sujeto que realmente soy: si él necesita incluir conceptos, declaraciones, abstracciones y generalidades, habrá que ver cómo hacerlo de modo de que el juego del que entren a formar parte sea un juego poético.

♦ ¿“Entrar a formar parte de un juego poético”? Quiero decir, cuando digo eso, que el sentido no quede fijo, que la inteligencia y la imaginación se muevan durante el trabajo de lectura, que nada sea del todo lo que parece ser, que nada concluya, que todo esté a punto de contradecirse o se contradiga, que las palabras no se agoten en sus significados conocidos y pesen también por su sonido y por su ubicación en una rítmica, aunque sean conceptos, abstracciones y generalidades. Volver en cierto modo concretas, particulares, las abstracciones, las declaraciones, las generalidades, los conceptos: llevarlos, hasta donde pueda, a su máximo grado de materialidad.

♦ Materialidad de las palabras: aquello que nunca dejan de tener de indiscernible.

♦ Alma: la palabra “alma” se entromete en la escritura del poema, aunque no quiera, aunque sienta con desagrado que me involucra en una actitud sentenciosa o trascendente que no me gusta encontrar en mí poesía. No importa: insiste, aparece en medio de la frase, completa mejor que cualquier otra el sonido que necesito para ese verso. “Por algo será”, termino por decirme, y la dejo. Pienso, entonces, que es una palabra (dos sílabas, tres consonantes y dos vocales: “alma”), y que como tal puedo usarla, someterla a pruebas y malos tratos en el poema. Pero también sospecho que si tanto insiste es porque hay en el acto de escribir ese poema algo que parece llamarla, como si ese sonido o esa conjunción de letras cifraran algo que al poema le resulta necesario para su conformación o su despliegue. Entro entonces al juego de ir reconociendo ese “algo” y mostrándolo, refutándolo incluso y destruyéndolo.

♦ ¿Cuántos van a leer el poema que uno está escribiendo? ¿Qué alcance podrá tener en la sociedad, en la cultura o la historia? ¿Va a modificar algo? ¿Algo va a instalar? Quién sabe, y en todo caso no es de eso de lo que se trata. Siempre se trató de otra cosa: de que alguien, alguna vez, va a leerlo; de que eso que escribiste, el poema, va a estar ahí, para que alguien lo lea, y que alguien lo lea ya es mucho, si son más de uno, o si son muchos más de uno, mejor. Aunque quién sabe qué va a ser lo que esos muchos leerán, quién sabe si lo que van a leer tendrá algo que ver con lo que creíste escribir o van más bien a leer lo que en esos momentos surge de sus cabezas en el encuentro con la letra, por algún motivo que bien puede ser casual, ocasional, muy vinculado a lo que le está pasando en ese momento a la persona que lee o a su historia. Lo concreto es: el poema va a estar, va a estar. Lo hiciste.

♦ A alguien, alguna vez, va a pasarle algo porque eso que pudiste conformar está ahí, a su alcance. Pero antes aun que eso importa otra cosa, y tal vez sea la que más importa: hiciste un poema, algo que merece llamarse “poema”, pudiste hacerlo, y saber que pudiste nunca será poco, si de verdad sentís que lo hiciste. Algo, un conjunto de palabras puesto de cierto modo, que no tenía por qué existir, ni su razón de estar en el mundo era previsible antes de que lo hicieras, fue hecho, por tu mano, está ahí.

♦ Pero, ¿para qué va a escribir uno poesía si no creyera que la experiencia que propone su poema va a alterar en algún punto el orden del mundo, va a hacer ver de otro modo, aunque sea un poco, las cosas, incluido lo que pueda cada uno ver de sí? ¿Para qué lo va a hacer uno si no espera que de algún modo vaya a agrietar o descolocar o poner en crisis el relato que establece qué sentidos tienen las cosas en el universo, o el sentido que tiene el hecho de estar uno mismo en el universo, o ante sí?

♦ Algo uno espera que ocurra con lo que escribe, cuando escribe, aunque sepa que eso no va a ocurrir. Aunque sepa que no tiene chance, algo lo lleva a apostar. Se apuesta a que ocurra, aunque haya enormes posibilidades de perder. Lo que importa es la apuesta misma, si uno supone que valió la pena hacer que exista eso que escribió, si no lo hizo simplemente para cumplir el rol que, en tanto “poeta” o “escritor” le asignan, confortablemente, los acuerdos que ordenan la vida en sociedad.

♦ Escribir poesía: una apuesta en la nada.

♦ Escribo: palabras llaman la atención, aunque las conozca, poco o mucho, como si no las conociera, o las conociera sólo un poco o en parte y hay algo en eso desconocido que me incita a usarlas. Palabras, conocidas, demasiado conocidas, se interponen y no hay más remedio que asumirlas y ver si se las puede apartar de los circuitos donde uno las conoce demasiado. Las somete uno a pruebas, entonces, y a veces hasta se sorprende con lo que en esa experiencia se convoca.

♦ No es cierto que uno sea el dueño de sus palabras. Nunca lo es, pero menos aun cuando escribe un poema. Si se siente dueño uno de ese material con el que trabaja, si se cree capaz de hacer lo que quiera con él, se está engañando: no es, al menos, poesía lo que escribe, o difícilmente sea mucho lo que pueda haber de poético allí. Escribo: las palabras se resisten, no se dejan atrapar, imponen su presencia o tratan de imponer su propia ley, hacer su propio juego, siempre extrañas.

♦ Siempre insuficientes o excesivas las palabras. Hago con ellas lo que puedo, hasta donde puedo, sin estar completamente seguro de qué es eso que estoy haciendo, y a veces me sorprendo al descubrir todo lo que en ese trabajo consigo, inesperadamente, hacer. Como si el trabajo mismo supiera más que yo.

♦ De eso se trata, seguramente, la poesía: ahí, donde entra a pesar la soberanía de las palabras, donde preserva la palabra alguna capacidad de determinarse o de proponer, o de desafiarnos.

♦ Poesía: cuando las palabras no necesitan autorización.

♦ No se ama a una mujer si no puede uno sorprenderse ante lo que tiene ella de extraño e inconquistable, inaccesible. Lo imposible de dominar. Así las palabras, o lo que le pasa a uno con las palabras al escribir poesía (¿o leerla?). No hay dominio posible, aunque nunca cesará la necesidad de algo así como un dominio, o un acceso al menos, en el que algo de esa materia ajena se alcance a tocar: una batalla interminable hay, algo así como una batalla, sin vencedores ni vencidos, y nunca sabrá realmente uno qué es lo que en esa batalla ocurrió o pudo haber ocurrido. Importa, sí, la batalla misma.

♦ De lo que sí uno es dueño es de las decisiones que va a tomar con las palabras cuando escriba el poema. Y de lo que decida es, además de dueño, responsable. ¿Ignoró uno o no ignoró el desafío planteado por ese “concretarse de algo” que tuvo ante sí cuando, vaya a saber de qué modo, se le presentaron una frase, un verso, unas palabras? ¿Cómo actuó ante esa extrañeza?

♦ Poesía: cuando las palabras no se resignan.

♦ No debe haber peor silencio que el silencio de lo que suena demasiado

♦ Siguiendo el ejemplo de Auden: trabajo del intelecto. No a la expresión de lo emocional. De escribir poesía se trata, no de expresar emociones ni de lograr efectos emotivos. Tampoco, menos aun, de lucrar con la singularidad personal. La singularidad personal es un lastre, no una virtud. Un sustituto. ¿Ser freak? Dios me libre de ser freak, o de tratar de producir ese efecto en mis poemas. Dios me libre de ser tan poco respetuoso del lector y de mí mismo. Dios me perdone si llego a ser tan poco respetuoso con la poesía, tan capaz de bastardearla, de utilizarla para mi propio mezquino interés personal. No Dios, en realidad: que me perdone, si puede perdonar, la poesía.

∇ Daniel FREIDEMBERG, Entretantos (Breves ensayos sobre la poesía) – Colección completa en Buenos Aires Poetry n°5, Buenos Aires, 2016.