América, de Horacio Zabaljáuregui

AMÉRICA

Pero no, yo me echo vorazmente sobre el pasado pensando en el futuro, en cómo será la forma de estos recuerdos. Por eso los veo todos los días tan distintos. Y eso será lo único distinto o diferente que me quede del sentimiento de todos los días. El esfuerzo que haga por tomar los recuerdos y lanzarlos al futuro, será como algo que me mantenga en el aire mientras la muerte pase por la tierra. Al revolver todas las mañanas en los recuerdos, yo no sé si precisamente manoteo entre ellos y por qué. O cómo es que revuelvo o manoteo en mi propia vida, aunque hable de otros. Y si eso hago en las mañanas,no sé qué ha pasado por la noche, qué secretos se han juntado,  sin que yo sepa, un poco antes del sueño, o debajo de él.

FELISBERTO HERNÁNDEZ

FORASTERO

Yo era el forastero cada verano.
Llegaba en el tren del sábado por la madrugada.
Me sabía el hijo pródigo.
Había nacido en una casa con palmeras en el fondo, yuyales.
Ahí perdí un anillo, algunos lo buscaron…
Alguien dijo “ojalá”
El episodio se estampó en la cera fresca, tersa.
El primer anillo del tronco,
el corazón de la memoria.
Allá esplende todavía como un ave insomne;
yo era el forastero, de otro pozo.
Llegaba con el verano por delante
como un cuaderno de cien hojas sin usar.

Había atravesado la noche, alguna vez en pullman;
las ventanillas herméticas no dejaban entrar la tierra ni los
……….panaderos como en primera:
se podía ir al vagón comedor.
Entre chirridos el tren paraba en cada estación como si lo tiraran
……….caballos.
Buscaba el cartel indicador apenas iluminado por un foco
……….bamboleante:
Suipacha, Chivilcoy, Bragado, la mitad de la noche, lo que falta,
ciudades con antenas de televisión todavía.
Mitad del camino, cambio de locomotora,
cabeceo, abro los ojos
el mismo cartel,
lo que falta.
El guarda anuncia cada estación, a la llanura oscura
como un vendedor ambulante,
a unos guitarreros en el corredor donde suena un acordeón.
“¿A qué hora llega a América”?
Lo que falta, forastero para volver…
Un mapa de la noche llanura oscura.
En algún punto escucho el conjuro:
“Próxima Tejedor”.
Clarea entonces,
atrás Timote, Olascoaga, Mechita.
Entumecido y mal dormido.
Rompe la luz;
girasol y playones de verde con vacas pastando.
Me alisto para el tramo final:
Colonia Seré Cerrito América.
Un mantra, la delantera de un equipo de fútbol.
Al alba con la fresca.
el pródigo busca en la distancia
el campanario de la iglesia.
Me apeo con la valija.
Por fin,
veo el cartel de madera en el vagón:
destino final Arizona, San Luis,
Toay, La Pampa:
imaginarios fascinantes
donde encandila exótica
la lejanía,
los pagos del desierto.
Non plus ultra de las vías y del mundo:
así comienza el verano,
mi western.

HE AHÍ AMÉRICA:

un territorio inmaterial, un glaciar de alvéolos azules:
vestigios de un sueño
y sus desprendimientos,
hielo a la deriva, restos de luz en la pampa argentina.
Una maqueta de múltiples veranos,
una reproducción en escala de Sarmiento 236:
la casa de la abuela.
La casa.
Allí la parra emparcha de luz y sombras el patio de ladrillos;
el duraznero abichado de gelatinas gomosas alberga pájaros
taciturnos,
el aljibe umbrío, tan hondo que da al otro lado del mundo
y su laberinto de ahogados,
una mariposa limonera inmensa y deslumbrante que dejé en
libertad,
el cuarto de la fresca e íntima penumbra:
allí El Tesoro de la Juventud,
el galpón taller y el gallinero.
La memoria está en los detalles sobrevivientes,
en sus destellos.
He ahí América;
no está adentro de nada.
Cambia imperceptible
Como una falla o una galaxia lejana;
así en la memoria.
Y yo,
nominalista de la primera hora,
fuera de mí,
nombrando el fin del mundo y la magia
y el pavor de descubrir
en la marquilla de jabón La familia
la misma imagen:
un vértigo de cajas chinas al infinito,
la semilla perversa de la repetición,
la eternidad claustrofóbica.
Ahí la memoria:
como el mundo
no está adentro de nada:
un aleph de cachivaches preciosos,
una bola de cristal que agita una mano gigante
y en lugar de copos de nieve,
desparrama un ventarrón
que mete tierra en los ojos
y levanta un perfume de tormenta inminente:
esa luz a la deriva no se parece a nada
y esos restos van a dar al otro lado.
Siempre al oeste, donde la necrosis del sol
baldea de púrpura la distancia…

∇ Extraído de América, de © Horacio Zabaljáuregui. © BAJOLALUNA, 2014