Confesiones (La buena Canción-1870), de Paul VERLAINE

El sol de la mañana dulcemente caldea y dora los centenos y trigos,
húmedos todavía-Y el azul aun retiene el frescor de la noche.

Asi empezaba aquel exiguo volumen que había de publicarse un año después, precisamente en el momento de la guerra y leí que Víctor Hugo me decía a su vuelta a Francia: “Es una flor en una granada de fuego”. No sé si será  verdad, pero lo cierto es que desde su origen he sentido predilección por esa pobre colección de versos donde se revela todo un corazón purificado.
Cumplió Sivry su promesa, y yo tuve el placer de recibirlo en la estación distante un kilómetro apenas de Fampoux. Traíame buenas noticias ¡ay! por el anuncio de un viaje inminiente para pasar una temporada de unos dos meses aún en Normandía con toda su familia, los señores de M… , su hija mayor, aquella de que hablamos aquí, y otra hija, que tenía diez años. Pero insistía en que madre e hija habían dispensado muy buena acogida a mi demanda. Pasamos Sivry y yo una agradable semana bajo el modesto techo. El domingo primero siguiente, tocó Sivry el armonio en la misa mayor y asombró mucho y hasta escandalizó un poquito los rústicos oídos de los fieles con unos ofertorios y unas marchas de salida, sacadas de las óperas de Wagner. Mas nada hay que dure en este mundo. Sivry tenía que volverse a París y a mi me llamaba mi oficiña; así que nos fuimos mi madre y yo a ese eterno París. Mi madre, que había dado su consentimíento a mi proyecto, aunque haciendo alguna reserva sobre lo súbito de una resolución, tan importante, alegrábase en el fondo de ver que, como ella decía, iba por fin a sentar la cabeza. Porque ya no bebía yo, por lo menos hasta emborracharme. Y hasta solía ocurrirme cada vez con más frecuencia, quedarme en casa jugando a las cartas, que yo sabia la distraían; otras veces acompañábala a visitas burguesas, donde yo no brillaba lo más mínimo por el lustre de una conversación que, aparte todo, me temo hubiera gustado muy poco en aquellas reuniones lindamente anticuadas, aunque no demasiado arcaicas, para hacer buen papel. Una taza de té y unas pastas completaban aquellas fiestas, y a eso de las doce, lo más tarde, ya estábamos de vuelta en aquella calle de Lecluce, en aquel Batignolles donde vivíamos, nada menos que. desde nuestra llegada a París, desde 1851. Resultaba aquello encantador, y el tiempo transcurría muy lento, sin embargo. Cierto que yo trabajaba diariamente en mi libro, haciendo poemas que Sivry hacía llegar a manos de su hermana… ¡Aquello era la ausencia!