Exequias de Baudelaire – de Paul Verlaine

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Exequias de Baudelaire – de Paul Verlaine

Lunes, 2 de Septiembre de 1867

Acabamos de salir del cementerio de Montparnasse, adonde algunos amigos y admiradores hemos acompañado a su última morada a Charles Baudelaire, sucumbido anteayer a la horrible parálisis que le atenazaba desde hace cerca de dos años. Esta muerte, que no ha sorprendido a nadie, ha impresionado dolorosamente a todos aquellos que conservan todavía el amor por la alta Literatura y la gran Poesía. Porque era al mismo tiempo un escritor eminente y un gran poeta.
La maravillosa pureza de su estilo; su verso brillante, sólido y alado; su potente y sutil imaginación, y, por encima de todo, la sensibilidad siempre exquisia, profunda a veces y a veces cruel que revelan sus menores obras, aseguran a Baudelaire un lugar entre las más puras glorias literarias de este tiempo, junto con Balzac y Hugo, desde luego. Esta opinión, que será pronto la de todo el mundo, a fuerza de ser sincera, ha sido admirablemente expuestas en un discurso de Banville, el maestro exquisito, tan digno de elogiar a Baudelaire. Monsieur Asselineau, amigo del ilustre muerto, en algunas palabras elocuentes, cortadas por sollozos, ha recordado las cualidades del hombre, los valores, las devociones y las delicadezas de este “gran corazón, que fué también un buen corazón”; después, evocando brevemente sus últimos momentos, ha defendido su querida memoria de las calumnias con que no dejarán de asaetearle la estupidez y la vulgaridad, mantenidas a distancia y fustigadas por los desdenes irónicos y la desconcertante sangre fría del poeta.
Un grupo bastante pequeño se apretaba alrededor del féretro, hecho que reseñamos sin ninguna amargura, porque cada uno de los asistentes -sin contar a los jóvenes Ernest d´Hervilly, Armand Gouzien, Eugenne Vermesch, entre otros-, componían una ilustración literaria y artística, y ¿y qué multitud valdría por esta élite ¡Banville, Asselineau, Champfleury, Houssaye, Bracquemond y otros tantos!-, sobre todo en las exiquias de un hombre que en vida tuvo tanto horror a las manifestaciones tumultuosas y a la gloria popular? Es sensible que haya sido notada la ausencia de un personaje célebre, calificándose de incorrecta. Y es más sensible todavía que esta apreciación sea justa.
Se notó mucho que faltase a estas tristes exiquias Gautier, a quien el maestro había querido tanto, y Leconte de Lisle, que se jactaba de ser su amigo, a despecho de las relaciones un poco irónicas por parte de Baudelaire que habían existido entre ellos.