La doctrina estética de Rimbaud, por Enid Starkie

La doctrina estética de Rimbaud queda expuesta en dos cartas escritas en 1871: la primera a Izambard el 13 de mayo y la segunda a Paul Demeny el 15 del mismo mes. En esas cartas Rimbaud se limita a anotar los puntos que se le ocurren, y no constituyen un todo homogéneo. Esas dos cartas son el borrador o las notas, por así decirlo, de su arte poética.

Rimbaud sacó el material para su doctrina de la cábala, de los libros de magia y de las obras de los escritores ocultistas, y en Baudelaire encontró un modelo de lo que debía se un voyant. Concluyó que la libertad frente a inhibiciones morales y prejuicios y la adicción a las drogas y el alcohol habían hecho de Baudelaire lo que era, que todo eso le había ayudado a romper las cadenas que de ordinario esclavizan al espíritu humano. Sabía de los sufrimientos padecidos por Baudelaire, pero estaba dispuesto a aceptar el mismo sufrimiento si con ello se convertía en un gran poeta. Ignoraba -no se habían publicado aún las cartas de Baudelaire a su madre- el horror que a su modelo le inspiraban sus propias debilidades y los esfuerzos que hizo para librarse de sus vicios.
Según Rimbaud, después de los griegos, la poesía se convirtió en una simple diversión y en un pasatiempo. Los poetas no fueron más que escritores, funcionarios… Desde la época de los griegos hasta el movimiento romántico sólo se encontraban hombres de letras y versificadores, pero no verdaderos poetas. La poesía no era otra cosa que prosa rimada, un juego de sociedad, un avachissement de innumerables generaciones de imbécile, ya que la poesía murió con la llegada del cristianismo.
Después Rimbaud llega a Baudelaire. “Pero como inspeccionar lo invisible y oír lo inaudito no es lo mismo que recuperar el espíritu de las cosas muertas, Baudelaire es el primer vidente, rey de los poetas, un auténtico Dios. Sin embargo, vivió en un medio demasiado artístico; y la forma, que tanto le alaban, es mezquina: las invenciones de lo desconocido exigen formas nuevas”.
El único camino, mantiene Rimbaud, para llegar a ser un verdadero poeta es convertirse en un voyant, en raptor del fuego celestial. El poeta ha de ser vidente y penetrar con su mente el infinito, más allá del velo de la realidad que lo oculta a nuestros ojos. Sin embargo, no es posible que el poeta se convierta en vidente a no ser que abandone la antigua concepción de lo que es el individuo. “Si todos los viejos imbéciles, no se hubieran aferrado a la falsa concepción del yo, no tendríamos ahora que barrer los millones de esqueletos que, desde tiempo inmemorial, han acumulado el producto de sus inteligencias tuertas, vanagloriándose al mismo tiempo de ser autores”: En la teoría ocultista el pensamiento primordial es una actividad autónoma, cuyo objeto es el pensador. La anticuada concepción del escritor que produce su propia obra es completamente falsa. El escritor no es más que el vehículo para la voz del Eterno; él mismo tiene muy poca importancia, ya que se limita a ser la expresión inconsciente de alguien que hablar por su boca. “Es falso decir yo pienso; habría que decir alguien me piensa”. El poeta no sabe por qué se le ha elegido precisamente a él; su voluntad no interviene en la elección.
¿Qué importa que esos medios sean venenosos y produzcan inevitablemente la inestabilidad mental? Son los fertilizantes que preparan la tierra, el estiércol, y de esa materia venenosa y en su putrefacción brotarán las flores más hermosas. Por consiguente, dice Rimbaud, el poeta debe depravarse y degradarse con el fin de acabar con todos los obstáculos cotidianos y con todos los diques elevados en torno a la personalidad humana mediante la disciplina y la educación. El poeta debe experimientar todas las formas de amor y de locura de manera que conserve tan sólo su quintaesencia. Rimbaud ha aprendido de Baudelaire el valor de los sueños inducidos por esos métodos, pero aquí se separa de su predecesor. Baudelaire conservó siempre, en medio de las peores aberraciones, el sentido del pecado; Rimbaud, sin embargo, no considerará que el desenfreno sea vicio; estará convencido de hallarse fuera del alcance del pecado. Más tarde, al volver la vista sobre los errores de esta época, exclamará: “¡Ah! Yo que me intitulé ángel o mago, exento de toda moral, me veo devuelto al sueño…”.
El libertinaje fue para él una tortura, y necesitó de gran valor para seguir adelante tal como se había propuesto. Pero durante toda su vida demostró ser capaz de mortificarse corporal e intelectualmente y de llegar a la automutilación cuando lo consideró necesario. Este sufrimiento, por otro lado, era una parte esencial de su doctrina. “El sufrimiento es tremendo”, “la más inefable tortura, y el poeta necesitará toda su fe, toda su fortaleza, porque se convierte en el enfermo grave, el célebre criminal, el gran maldito y el sabio supremo”. Tal es la meta de Rimbaud durante toda su vida artística. Es interesante señalar que Verlaine, cuando escriba sobre ciertos poetas -entre ellos Rimbaud- los llamará “los poetas malditos”.
Esta idea de sufrimiento no procede de la melancolía bien conocida de la “mañana después de la fiesta”; es un concepto que Rimbaud toma de Baudelaire. ¿No había hablado este último del “dolor fecundo” y del “dolor indispensable”? También Lévi había escrito en la misma vena en les Clefs des grands mystéres. ¿Qué hay de malo en que el poeta, en tanto que individuo, sufra y se pierda? ¿Qué hay de malo en que se quede en la cuneta? Rimbaud dice: “Que perezca en el intento a causa de las cosas inauditas e indecibles”.
Pero los poemas del voyant empiezan después, cuando Rimbaud llega a París, y probablemente figura entre ellos La Chasse spirituelle, su obra más hermosa, según Verlaine, y que, desgraciadamente, no ha llegado hasta nosotros, ya que el manuscrito se perdió definitivamente cuando Verlaine dejó a su esposa.
∇ Extraído de Enid STARKIE, Arthur Rimbaud. Una biografía. Traducción del inglés de José Luis López Muñoz, Ediciones Siruela, Madrid, 2007, pp.  154-164