San Juan Bautista en el desierto – de Diego Muzzio

Diego Ignacio Muzzio nació en Buenos Aires en 1969. Cursó estudios de Letras en la Universidad Nacional de Buenos Aires. Ha publicado: Sheol Sheol (Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, 1996), Gabatha (Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, 2000), Hieronymus Bosch (Segundo Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, 2004), y La asombrosa sombra del pez limón (cuentos infantiles).

San Juan Bautista en el desierto

Las casas y edificios se han llenado de palomas:
revolotean, ciegas, a lo largo de los corredores,
se amontonan en los ascensores, chocan contra las ventanas
caen sobre las camas donde los matrimonios descansan
de toda una vida de decepción y oscuridad,
embisten las paredes, los espejos, se devoran unas a otras
en blancas bañaderas salpicadas de pelos, destrozan frascos,
se inmolan sobre las llamas de las hornallas,
rozan con sus alas las mejillas de los niños en sus cunas.
Se anuncia el combate de la noche:
dos espíritus luchan en el interior de un iceberg
y el trofeo es en una olla de carne, el privilegio de ascender
un peldaño en la escalera que guía a la lejana
contemplación del Rostro del Señor.
De todos modos hoy iremos de compras.
El cuerpo vive de pan, y la lista escrita por la mano temblorosa
de una mujer sobre la mesa de la cocina, indica que hace falta
hígado, huevos, legumbres, conservas, pescado,
y, si fuera posible encontrar entre las últimas góndolas
que se pierden en la bruma, la cabeza congelada del Bautista,
aquel que oró entre las hormigas carnívoras de la City,
y que luego fue amado, tentado y encarcelado por el Comisario,
sometido a un baño de electricidad dentro de su celda,
su cabeza cercenada y su cuerpo muerto entregado
a un largo festín de necrofilia en las dependencias policiales.
Miles de fumigadores invaden los edificios.
El gas sube desde las ventanas, asciende al cielo,
se mezcla con las nubes. Las palomas muertas son retiradas,
cargadas a paladas en las cajas de camiones amarillos
que se internan como barcas rebosantes de pesca en los suburbios.
A los lejos arden las hogueras. Y los sacerdotes
organizan nuevos sacrificios para expirar la ira de los dioses,
cortan la cérviz de los bueyes, quiebran patas de cordero,
arrojan muslos y entrañas y huesos a las brasas,
y la ciudad retoma el ritmo habitual de sus negocios.
La gente duerme, come, procrea, muere y son enterrados
en peceras donde bulle una sonora arquitectura de gusanos.