Pequeños castillos de Bohemia – Gérard de Nerval

La vida de Nerval (París, 1808) parece un extraño mosaico de realidad e imaginación; se llama Labrunie, pero elegirá un seudónimo que debe a unas tierras de su familia materna, en el Valois, donde estuvo un antiguo campamento romano que lleva aún el nombre del décimo de los césares, Nerva.
El Nerval joven, descrito por Raymond Jean, es el perfil de los Pequeños castillos de Bohemia, lugar donde vivió Nerval en medio del viejo París: “Veintitrés años, delgado, nervioso, cuello esbelto, frente abombada, cabellos rubios, un joven dios romántico”.
En los años cincuenta, cuando Nadar le saca la famosa fotografía por la que el mundo entero lo conoce, da la sensación de estar ante otra persona, y él mismo escribe al pie de un grabado hecho a partir de la fotografía: “Yo soy el otro”. Y a un amigo le encarga: “Di a todo el mundo que es un retrato parecido, pero póstumo”. Se reconoce en él, pero como visto más allá de la muerte.
Para entonces era ya el Nerval de las deudas y el de la servidumbre del periodismo; y también el de las crisis de demencia que le hacen ir de hospital en hospital, hasta la última de Passy.
Sin domicilio fijo, sin recursos económicos y hasta sin abrigo, “No me esperes esta noche, que será negra y blanca”, escribió en lo que sería su último mensaje.
En la madrugada del 26 de enero de 1855 le encontraron ahorcado en una verja de la calle Basse de la Vieille-Lanterne.
Estos poemas corresponden a su primer libro: Pequeños castillos de Bohemia, publicado por vez primera en Annales romantiques, hacia 1832.

Fantasía

Una música existe por la cual yo daría
Mozart, Weber, Rossini, la obra entera de todos,
una música antigua de aire fúnebre y lánguido,
con secretos encantos que yo solo conozco.

Cada vez que la escucho mi alma rejuvenece
más de doscientos años… Y revivo los tiempos
de Luis XIII, diríase que se extiende ante mí
una verde colina que el ocaso hace de oro.

Y un castillo que tiene las esquinas de piedra
con vidrieras teñidas de colores rojizos,
y un gran parque cruzado por un río que baña
sus cimientos y fluye entre lechos de flores.

Hay también una dama en un alto balcón,
con sus ropas antiguas, rubia y de ojos muy negros,
a la cual es posible que ya en otra existencia
haya visto… ¡y que guarde de ella un vivo recuerdo!

La Prima

Hay placeres de invierno, y a menudo el domingo,
cuando un poco de sol dora la tierra blanca,
con la prima salimos para dar un paseo…
-Pero no vuelvas tarde, que la cena no espera.

Cuando en las Tullerías ya hemos visto cien veces
entre troncos negruzcos muchas ropas floridas,
tiene frío la joven… Y nos dice que empieza
a notarse la niebla que acompaña al crepúsculo.

Y volvemos hablando de este día feliz
que pasó tan aprisa… y de amor insinuado.
Y se huele al entrar, con enorme apetito,
desde el mismo portal, nuestro pavo en el horno.

El Punto Negro

Se trata en realidad de la adaptación de un soneto alemán de Gottfried August Bürguer (1747-1794), que Nerval ya había publicado traducido al francés en 1830.

Quien al sol cara a cara ha llegado a mirar
cree ver ante sus ojos como el vuelo obstinado
de una mancha plomiza que descubre en el aire.

Y cuando era aún joven, y a la vez más audaz,
en la gloria un instante fijé osado la vista:
en mis ávidos ojos se imprimió un punto negro.

Desde entonces, en todo, como un signo de luto,
allí donde se posa mi mirada, compruebo
que se posa también esa mancha negruzca.

¿Siempre va a interponerse entre la dicha y yo?
Oh, es que sólo las águilas -¡ay de mí, ay de nosotros!-
pueden mirar impunes a la Gloria y al Sol.

Traducción del francés de los poemas de NERVAL – de Carlos Pujol.