Ultimo canto di Saffo – de Giacomo Leopardi

Nacido en Ricanti el 29 de junio de 1798, Giacomo Leopardi estudió con su hermano Carlo y con su hermana Paolina bajo la guía de un sacerdote; y luego con su padre, que a su modo, cultivaba las letras.
De los 13 a los 17 años, como poseído, anduvo tras la huella de la investigación peregrina, de tal modo que hacia 1813 ya había escrito la Storia della Astronomia, y hacia 1814 ya había compuesto largos trabajos de filología clásica.
Sus experiencias con la vida se mezclaron con el estudio de los clásicos griegos, latinos e italianos; por eso cuando las puso por escrito asumieron un espontáneo parentesco con aquel pulido lenguaje de la tradición: la antigüedad con los grandes pasajes míticos y los afectos heroicos fue una edad divina de oro en que él vivió con alada fantasía.
Con el paso de los años, la doliente figura del poeta adquirió signos inmutables que le negaron las deseadas alegrías del vivir. Su persona se deformó: débiles los ojos y todo el movimiento interno de los órganos; su sensibilidad se hizo frágil y enfermiza; era como “un tronco que siente y sufre”.
La debilidad del cuerpo la sintió en un sentido antiguo y pagano; y se quejó del destino con ese candor conmovedor e inefable que le dictó después, entre otras cosas, el Ultimo canto di Saffo.

 Último canto de Safo

Plácida noche, y verecundo rayo
de la poniente luna; y tú que sales
sobre la peña entre la selva tácita,
nuncio del día; oh gratos y queridos,
mientras erinias y hado ignotos me eran,
aspectos a mis ojos; no sonríe
ya escena dulce a afectos desahuciados.
El gozo inusitado nos revive
cuando da vueltas por el éter líquido
y por los campos trepidantes la onda
polvorienta del Noto, y cuando el carro,
grave carro de Jove, testa arriba
tronando, el tenebroso aire divide.
Nos place por barrancos y hondos valles
nadar entre los nimbos, y el huir vasto
de greyes aterradas, o en el borde
incierto del río alto
el son de la ola y su triunfal asalto.

Bello tu manto, o divo cielo, y bella
eres tú, tierra con rocío. En esta
infinita beldad a Safo, ay, mísera,
no dieron parte dioses y la impía
suerte. Oh natura, en tus soberbios reinos,
yo, vil y grave huésped destinada,
y despreciada amante, a tus garbosas
formas dirijo suplicante en vano
corazón y pupilas. No me ríe
la clara orilla, ni en la etérea puerta
el matutino albor; no me saluda
el canto de aves pintas, ni el susurro
de las hayas: y donde el puro seno
a la sombra de sauces inclinados
despliega cándido el arroyo, a mi
lúbrico pie las ondulantes linfas
con desdén le soslaya
y apremia en fuga la fragante playa.

¿Qué falta pues, qué tan nefando exceso
me manchó antes que nazca, que tan torvo
me fue el cielo y el rostro de la suerte?
¿En qué niña pequé, cuando la vida
ignara es de actuar mal, que desflorado,
y escaso en juventud, luego en el huso
de la indómita Parca se dio vuelta
mi férreo estambre? Esparce incautas voces
tu labio: mueve lo que trae el destino
un arcano consejo. Arcano es todo,
salvo nuestro dolor. Dejada prole
nacimos para el llanto, y la razón
anida en los celestes. ¡Oh esperanzas
de la edad verde! El Padre a los aspectos,
os amenos aspectos reino eterno
dio en las gentes; por más viriles gestas,
por docta lira o canto,
virtud no luce en no adornado manto.

Moriremos. Disperso el velo indigno,
huirá el alma desnuda hacia Plutón,
y el crudo error enmendará del ciego
dispensador de casos. Tú a quien largo
amor inútil, y fe larga, y vano
furor me ató de insatisfecho anhelo,
vive feliz, si es que feliz en tierra
vivió un mortal nacido. No me ungió
del licor suave de la avara ánfora
Jove, una vez extintos los engaños
y el sueño de mi infancia. Los días más
alegres de la vida antes se esfuman.
Métense el morbo, la vejez, la sombra
de la gélida muerte. Así de tantos
gratos errores y esperadas palmas,
me queda el Tártaro; y el bravo ingenio
va a la tenaria Diosa,
la noche atroz, la orilla silenciosa.

Ultimo canto di Saffo

Placida notte, e verecondo raggio
della cadente luna; e tu che spunti
tra la tacita selva in su la rupe,
nunzio del giorno; oh dilettose e care
mentre ignote mi fur l’erinni e il fato,
sembianze agli occhi miei; già non arride
spettacol molle ai disperati affetti.
Noi l’insueto allor gaudio ravviva
quando per l’etra liquido si volve
e per li campi trepidanti il flutto
polveroso de’ Noti, e quando il carro,
grave carro di Giove, a noi sul capo
tonando, il tenebroso aere divide.
Noi per le balze e le profonde valli
natar giova tra’ nembi, e noi la vasta
fuga de’ greggi sbigottiti, o d’alto
fiume alla dubbia sponda
il suono e la vittrice ira dell’onda.

Bello il tuo manto, o divo cielo, e bella
sei tu, rorida terra. Ahi di cotesta
infinita beltà parte nessuna
alla misera Saffo i numi e l’empia
sorte non fenno. A’ tuoi superbi regni
vile, o natura, e grave ospite addetta,
e dispregiata amante, alle vezzose
tue forme il core e le pupille invano
supplichevole intendo. A me non ride
l’aprico margo, e dall’eterea porta
il mattutino albor; me non il canto
de’ colorati augelli, e non de’ faggi
il murmure saluta: e dove all’ombra
degl’inclinati salici dispiega
candido rivo il puro seno, al mio
lubrico piè le flessuose linfe
disdegnando sottragge,
e preme in fuga l’odorate spiagge.

Qual fallo mai, qual sì nefando eccesso
macchiommi anzi il natale, onde sì torvo
il ciel mi fosse e di fortuna il volto?
In che peccai bambina, allor che ignara
di misfatto è la vita, onde poi scemo
di giovinezza, e disfiorato, al fuso
dell’indomita Parca si volvesse
il ferrigno mio stame? Incaute voci
spande il tuo labbro: i destinati eventi
move arcano consiglio. Arcano è tutto,
fuor che il nostro dolor. Negletta prole
nascemmo al pianto, e la ragione in grembo
de’ celesti si posa. Oh cure, oh speme
de’ più verd’anni! Alle sembianze il Padre,
alle amene sembianze eterno regno
diè nelle genti; e per virili imprese,
per dotta lira o canto,
virtù non luce in disadorno ammanto.

Morremo. Il velo indegno a terra sparto,
rifuggirà l’ignudo animo a Dite,
e il crudo fallo emenderà del cieco
dispensator de’ casi. E tu cui lungo
amore indarno, e lunga fede, e vano
d’implacato desio furor mi strinse,
vivi felice, se felice in terra
visse nato mortal. Me non asperse
del soave licor del doglio avaro
Giove, poi che perìr gl’inganni e il sogno
della mia fanciullezza. Ogni più lieto
giorno di nostra età primo s’invola.
Sottentra il morbo, e la vecchiezza, e l’ombra
della gelida morte. Ecco di tante
sperate palme e dilettosi errori,
il Tartaro m’avanza; e il prode ingegno
han la tenaria Diva,
e l’atra notte, e la silente riva.

Giacomo LEOPARDI, Ultimo canto di Saffo. Traducción de Pablo Ingberg.