La niebla – de John KINSELLA

Nació en Perth, Australia, en 1963. Hizo estudios en la Universidad de Australia Occidental y viajó durante varios años por Europa, el Medio Oriente y Asia.
Su poesía ha tenido una vasta difusión no solo en su país sino además en todo el mundo anglosajón, así como en India y Japón. Comprende más de veinte libros, desde el promisorio Night Parrots (Fremantle Arts Centre Press, 1989), pasando por el monumental Divine Comedy: Journeys Through Regional Geography (Norton, 2008), hasta el logradísimo Armour (Picador, 2011). Una buena muestra de su poesía temprana es Peripheral Light (Norton, 2004), seleccionada y prologada por Harold Bloom. Un hito en esta deslumbrante trayectoria es The Silo: A Pastoral Symphony (Fremantle Arts Centre Press, 1995), que ha sido objeto de numerosas reediciones y de una consagratoria acogida crítica.
Es fundador y editor de la revista literaria Salt, así como editor internacional de la prestigiosa The Kenyon Review. Ha ejercido la docencia en Kenyon College, Estados Unidos, y en Cambridge University, Gran Bretaña.

La niebla

A pesar de su linfática naturaleza
la niebla aparece de súbito y extiende
su mortaja recia sobre la granja.

Y aunque ciega, las ovejas y personas
tropiezan sin incidentes a lo largo
de su cuerpo mixto. El humo de leña falla

en coaccionar su opacidad y cae húmedo.
En apariencia fácil de cortar, se enconge
pero se cura al instante.

Bebes su carne con cada respiro.
Se establece en las tierras bajas, sube
a la cresta de las colinas y se derrama,

usando los árboles y elevaciones de granito
como tablones hambrientos. Tripulante
de un submarino, deambulo por el fondo del mar.

La niebla se espesa sobre las tumbas
de la familia, desluce placas
y congela los iconos hasta el hueso.

Los pinzones pasan silbando como apariciones,
el sol, faro, débil, vaga
hacia el borde del sistema.

Identifico el plateado borroso
de un tanque galvanizado
como un punto de navegación

y me embarco a través de la carne rojiza,
de los arbustos malogrados, sobre una alfombra
de aguas de roble color mostaza.

El suelo se hunde y se espesa.
En este cuasi mundo vacilo
─mientras la niebla me quema la piel veo

una sombra de fuego y escucho el agua
chispear mientras aviva la masa
de llamas anticuadas. Una entidad viva,

la niebla acepta ─sigo
firme, seguro que saldré
sin ninguna marca en el cuerpo.

Fog

For all its lymphatic nature
fog appears rapidly and spreads
its shroud tightly about the farm.

And thought blinding, sheep and people
stumble smoothly through its unguent
body. Wood smoke fails to coerce

its opacity and drops moistly.
Apparently sectile it flinches
though heals instantly.

You dirnk its flesh with every breath.
Settling on low ground it climbs
to the peaks hills and spills,

using tress and granite outcrops
as hungry boards. A submariner,
I walk the ocean´s floor.

The fog thickens about the family
graves, tarnisihing plaques
and chilling icons to the bone.

Finches zip like apparitions,
the sun, a limp beacon, drifts
to the rim of the system.

I mark the blurred silver
of a galvanised tank
as a point for navigation

and set off through the red flesh
of failing saltbush, over a carpet
of mustard she-oak needles.

The ground sinks and thickens.
In this quasi-world I hesitate ─
as the fog burns my skin I sense

a fire´s shadow and hear water
crackling as it fuels the mass
of liquid flame. A living entiry

the fog, accepts me ─ I move steadily
on, confident that I will emerge
without a mark on my body.

Extraído de John KINSELLA. Traducción de Víctor Rodríguez Núñez y Katherine M. Hedeen.