Genio y Figura – de Pablo de Rokha

Pablo de Rokha: Literatura que se paga con la muerte

Pablo de Rokha fue el “padre violento” de la poesía chilena, como solía decir Humberto Díaz Casanueva. Poeta desmesurado, blasfemo y testigo doloroso de su época, logró desarrollar una obra en base a múltiples sacrificios personales; ya sea por la subsistencia de su familia, sea por la incomprensión de su obra y, sobre todo, por la hostilidad del ambiente literario de su época. De sus 38 libros, autopublicados en su mayoría, y desaparecidos en bibliotecas y librerías, permanece un testimonio que se instala en las antípodas de su época y frente a un crítica literaria de reducidos horizontes, acostumbrada a los elementos románticos y costumbristas. Frente a dicha tendencia, de Rokha asumió los desafíos de las contradicciones de la modernidad implantados desde Europa a las élites culturales latinoamericanas y lo plasmó en un tipo de lenguaje caótico, desmesurado e irracional, profundamente influido por la filosofía de Nietzsche y Schopenhauer y la escritura de los poetas malditos, en especial la del Conde de Latreaumont. Su obra se puede dividir en dos etapas: una que va entre 1916- 1930 y otra entre 1930-1950. La primera se encuentra marcada por los signos del simbolismo francés, en tanto asume una visión degradada del momento histórico para el cual es menester la ruptura discursiva propia de la vanguardia, a través de la actitud suprahumana del poeta aún romántico y maldito. En cambio, en el segundo periodo, de Rokha adopta un tono épico circunscrito a su intención de volverse “el gran poeta del pueblo”, capaz de adherir- al mismo tiempo- a la causa de la Unión Soviética y a la de los republicanos españoles. Pero, ¿por qué, a la postre, el poeta no logró identificación popular como sí lo hizo su máximo rival, Neruda? ¿Por qué, no logró su palabra poética una debida residencia en la tierra?
La pregunta se hace inevitable si consideramos que en el contexto de la poesía chilena, Pablo de Rokha, a pesar de las indudables honduras que alcanza el idioma Castellano en su obra, no tiene la virtud de ser conocida en el modo masivo en que se conoce a Mistral, Huidobro y Neruda, todos vates coetáneos. La respuesta pudiese encontrarse en el barroquismo de su obra: tributario de los poetas españoles del Siglo de Oro, de los poetas malditos, de la conciencia profética y apocalíptica derivada de sus lecturas bíblicas, sus poemas se amalgaman en un lenguaje rotundo, sentencioso y simbólico, al mismo tiempo que acechan- como en Rimbaud- los misterios del inconsciente, rozando el poeta el oficio de médium u oráculo. Dicha multiplicidad estilística explicaría la incapacidad de la crítica de raigambre impresionista de aprehender una poesía que no cabe en las estanterías del arte convencional. Aquella arbitrariedad infalible como decía Enrique Lihn para referirse al oficio de Alone, el gran crítico literario de la época, sería, en parte, una de las causas de la expatriación del poeta de la República Olímpica de las Letras Chilenas. Pero también cabe preguntarse- más allá de los fenómenos de recepción cultural-, cuántos hombres fueron y podrán ser dignos lectores de Los Gemidos, a casi cien años de su publicación; hombres capaces de comprender el dolor, de mirar de frente el espanto, de cuestionar al mundo desde una perspectiva individual y no colectiva como nos acostumbró la modernidad con sus grandes relatos de masas, sentimiento gregario contra el cual se rebelaron Nietzsche, Baudelaire, Ginsberg y, por cierto, de Rokha. “Cruzo las épocas cantando como en un gran sueño deforme, mi verdad es la verdadera verdad”, nos dice el poeta, exasperado por haber asistido a una visión solitaria que no se puede cantar, más bien se gime a modo de incontinencia verbal o de diatriba finísima, en un arte que teatraliza la destrucción misma de la lengua y cuyo telón cae al tiempo que el poeta escenifica su propia muerte el 10 de septiembre de 1968, usando un revolver Smith y Wenson: Literatura que no derrama tinta, ni vino, Literatura que se paga derramando sangre y que acaba con la muerte.

Rodrigo Arriagada Zubieta

Genio y Figura
de Selva Lírica, 1916

Yo soy como el fracaso total del mundo, ¡oh, Pueblos!
El canto frente a frente al mismo Satanás,
dialoga con la ciencia tremenda de los pueblos,
y mi dolor chorrea de sangre la ciudad.

Aun mis días son restos de enormes muebles viejos,
anoche “Dios” lloraba entre mundos que van
así, mi niña, solos, y tú dices: “te quiero”
cuando hablas con “tu” Pablo, sin oírme jamás.
El hombre y la mujer tienen olor a tumba,
el cuerpo se me cae sobre la tierra bruta
lo mismo que el ataúd rojo del infeliz.

Enemigo total, aúllo por los barrios,
un espanto más bárbaro, más bárbaro, más bárbaro
que el hipo de cien perros botados a morir.

Pablo de Rokha, por Pablo de Rokha.


Yo tengo la palabra agusanada y el corazón lleno de cipreses metafísicos, ciudades, polillas, lamentos y ruidos enormes, cuando la personalidad, colmada de eclipses, aulla: ¡Mujer, sacúdeme las hojas marchitas del pantalón!, ..
Andando, platicando, llorando con la tierra por los caminos varios,
se me caen los gestos de los bolsillos, —atardeciendo olvidé la lengua en
la plaza pública….—, no los recojo y ahí quedan, ahí, ahi, como pájaros
muertos en la soledad de los mundos, corrompiéndose; el hombre corriente
dice: “son colillas tristes”; y pasa como un bruto por una gran catedral
gótica, lloroso y baboso.
Como el pelo me crecen y me duelen las ideas; dolorosa cabellera polvorosa. al contacto triste de lo exterior cruje, orgánica, vibra, tiembla,
dramática de verdades y parece un manojo de acciones irremediables; radiogramas y telegramas cruzan los hemisferios de mi fisiología aullando sucesos, lugares, palabras.
Ayer me creía muerto; hoy no afirmo nada, nada, absolutamente nada,
y, con el plumero cosmopolita de la angustia, sacudo las telarañas a mi
esqueleto sonriéndome en gris de las calaveras, las paradojas, las apariencias y los pensamientos: cual una culebra de fuego la verdad de la verdad
le muerde las costillas al lúgubre Pablo.
Aráñanme los cantos, la congoja y el vientre, con las peludas garras
siniestras de lo infinito; voy a inventar dos mundos ¡carajo!… {¡mis águilas
se ríen a carcajadas de mis águilas irreparables…!).
Un ataúd azul y unas canciones sin sentido, intermitentes, guian mis
trancos mundiales.
Y la manta piojenta de la vida me envuelve grotescamente como la
claridad a los ciegos. . . (Ruido de multitudes y automóviles y muchedumbres van conmigo, pues como pájaro solo y loco revienta lo absoluto en
los álamos negros de tu cabeza, ¡Pablo de Rokha!…) — ¡Universo, Universo, ¡cómo nos vamos borrando, Universo, tú y yo, simultáneamente!. . .

Extraído de Pablo DE ROKHA, Mis Grandes Poemas, EDITORIAL NASCIMENTO – SANTIAGO 1969 CHILE. Introducción de Rodrigo Arriagada Zubieta para Buenos Aires Poetry, 2017.