Movimiento de la tierra – de Santiago Espinosa


Santiago Espinosa (Bogotá, 1985). Poeta y ensayista. Profesor del Gimnasio Moderno, donde coordina la Escuela de Maestros. Poemas y ensayos suyos han aparecido en diferentes selecciones de su país y del exterior. Escribe habitualmente para varios medios, y ha sido traducido al italiano, al árabe, al griego y al inglés. Es autor de los siguientes libros: Los ecos, (2010) Lo lejano (2015). En 2015 se publicó en España Escribir en la niebla, compilación de ensayos sobre 14 poetas colombianos. Este año apareció en México la antología Luz distinta, y la colección de la Universidad El Externado ha publicado su antología Para llegar a este silencio. Su libro El movimiento de la tierra, publicado en España recientemente por la editorial Valparaíso, ganó el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2016.

Desde una montaña

Miramos la ciudad. Vemos desde la altura
tu casa o la mía, donde antes estuvo el mar.

Las voces se sumergen
al fondo del espacio
dejando en su lugar
un rumor desconocido.

Tuvimos que escribir para encontrarle
a los fantasmas su lugar bajo la lluvia.
Tantear su marca en la memoria.

Los amigos se marcharon
a otro punto del horizonte,
buscaban la semilla dispersa.
Aviones y promesas
dividían los años.

Nosotros aprendimos
a esperar lo que regresa.
Viendo bajo a las huellas
el movimiento de la Tierra.

Diario imposible

Mendigos miran
la estancia iluminada:
una familia.

Familias miran
en el televisor
dos extranjeros
que conducen
hacia el mar.

El cielo se inclina
en los retrovisores
donde una muchacha
es feliz y se desnuda,
cierra los ojos
hacia otras estrellas.

Cada uno
con su paraíso
en el infierno
de los otros.

***

Hay quien se marcha
para no escribir más,

otros que escriben
para no marcharse.

Arthur Rimbaud nos recordó
que no hay distancias,
sólo la herida que se arquea.  

***

Rimbaud regresando
a este poema
igual que un gato envejecido.
El alma divorciada
de su cráneo,
el cansancio
de su aventura
quemándole
los labios,
frente al estrago
de ciudades
y escopetas.

***

La tarde cae lentamente
sobre montañas y locales.
Cosas ocupan su álgebra
precisa diciéndonos
“esto es la vida”,
“estas las mujeres que pasan
por la calle, hermosas”…
Rimbaud, pequeño tirano
del instante, qué esperas
ahí sentado sin salir
o devolverte, qué voz te llama
de ese lado del aire, quién.

El Señor de la Máquina

Para arreglar la calle mandaron la excavadora,
después a un empleado que cuidara de la máquina
durante todo el feriado. Y ahí sigue.
Lejano embajador de una misión superior.

Lo vemos cuando él no nos observa.
Cuando nosotros nos marchamos
son sus ojos los que esperan,
atentos bajo el sol o el frío,
el pantalón azul y la cachucha
sentado en el puesto del conductor
a falta de un refugio más estable.

“El Señor de la Máquina”, dicen los niños
de la cuadra. El hombre espera
al interior, insomne.
Tamborilea un ritmo pasado de moda
en el timón. Consciente de que sus hijos
y su esposa lo saben vigilando
los peligros, orgullosos.

Los hijos y la esposa del Señor de la Máquina.
Al otro lado de los radios, el sueño.

Él en su trono descapotado
entre el asfalto y las estrellas
y una canción en voz baja
para no despertar a los niños.

Hay una alianza antigua entre el hombre
y su herramienta. La máquina se inclina
largamente con su juego de dientes,
como un dragón cansado.

Para Ramón Cote.

Tormenta lejana

Un edificio. La habitación a oscuras
se alumbra con la secuencia del televisor,
como a través de una tormenta lejana.

Nada sabemos de ellos pero ahí están.
Todas las noches
comienza un mundo por sus manos.

El barco se hunde ante las costas
y no podemos hacer nada.
Miramos los vidrios
que se encienden o se apagan.

De pronto sean estas ráfagas de luz
la habitación donde termina un amor
y apenas escuchamos la última sílaba del ruido. 

Pensarán ellos que somos nosotros
los fantasmas,
prendiendo las luces en los cuartos
o amándonos los sábados.

Y creerán que no están solos.
Y al otro lado de las ventanas
verán el resplandor,
parecido al encuentro de una música amiga.

Para Federico D-G.

Interior au violon

Matisse le ha dado luces a un encierro
que no era la alegría de la vida.
El negro abisal de una ventana entreabierta,
el violín en su estuche de oscuridad
incapaz de traducir las gradaciones del océano.

Similar a un sueño, cuesta entender
qué es el arriba o el abajo.
El esplendor de lo sencillo
sobre una superficie en reposo
donde no llega el invierno ni la muerte.

Por un momento podemos sentir
la vecindad de la palmera y las olas
imaginar que el violinista
se ha ido a la playa o a morir
y en el estudio ha quedado
toda la música del mundo.

Se necesita olvidar mucho para pintar de esta manera.
Aprender a mirar los objetos como umbrales
entre el fuego y la semilla
hasta hacer de la luz un niño que se asoma.

Mi padre heredó esta réplica. La imagen lo acompañó
en los mejores años de la vida.
Allí supe que él también quiso huir, antes de nosotros,
perderse en su mar, también que quiso hacer del interior
un espacio propicio para la música.

Miro este cuadro donde un sonido deslumbrante
está a punto de abrirse. Y es otra vez el mar
el que espera por nosotros, mi padre y yo,
es otra vez la música. Como un vacío
que aún en la huida de los cuerpos
hace que triunfe el color sobre la gravedad y los días.

Mariposa nocturna

…espera que cada uno se realice y consume
con su poder de silencio y de palabra…
Drumond de Andrade

Es inútil que escribamos sobre todo.
Hay que saber esperar.
El poema nace en el vacío
que desplaza otro poema.
Pienso en las mariposas nocturnas
persiguiendo su sombra sobre el techo.
Se alejan y la sombra se perfila,
cuando se acercan demasiado
pierden la imagen en el vuelo.
Es mas o menos así.
Sombras que buscan la luz
para permanecer como sombras.
A veces el silencio es el último
cumplido sobre las cosas que amamos.
Su manera de estar a nuestro lado.

Para Tania G.

Fosa común

Te abres el pecho
largamente
y allí encuentras

…………dos libros

casas que no alcanzaron
…………su estatuto
…………de moradas

el ojo de los dormidos
como un carbón
…………bajo la niebla

sigue cavando

los rostros de tus abuelos
…………amarillos
…………por el cáncer

el uno era político
y soñaba con los trenes

el otro un músico
que le cantaba
a las luciérnagas

Montañas arrastradas
por un río
…………de voces
…………pedregosas

y más abajo
…………el mar.

Ha sido inútil el arte
de cavar huellas.

Abrir un agujero
entre la hierba
y los
papeles
…………dispersos

para mirar de nuevo
…………las estrellas.

Deriva planetaria

Es como si los rostros durmieran
en la quietud de los autos
obstinados en las prisas del café
o junto a una mosca que rodea
torpemente la última luz del arroz.

Todo se obstina y pesa,
es el calentamiento global.
La habitación ha quedado vacía.
Por las ventanas
entra el viento quemado
de las naves del mundo.

y sin embargo, se mueve.

ODA A CELAN

                  “Sous le pont Mirabeau coule la Seine
                  Apollinaire 

Fuimos al puente Mirabeau
para pagarte una promesa.
Las horas pasaban
sobre el Sena, las vidas
cada vez más diminutas
y más rápidas. Confiados,
pensando que un suicida
escogió el lado de la Torre,
que nada termina de caer,
arrojamos al agua
una moneda. 

Para Carolina Londoño

JOHN FABRICANTE DE HELADOS

Lo aceptemos o no, el reto estaría en permitir
el contacto. Entrar en lo que ha estado disperso.
Pienso en esa persona con la que coincidimos
una mañana, extraños el uno para el otro
como ocurre en los sistemas de transporte.
Se presentó como John, de Staten Island,
yo como alguien que viaja desde otro país.
Hubiéramos podido callar pero la escena
seguiría intacta: dos hombres que miran la marea.

John me habla de su familia que está a algunas bancas
de distancia. Su esposa, sus nietos. Se sorprende del
dominio de estos chicos con las nuevas tecnologías,
para él incomprensibles. Me habla de su madre
que está entera a los 90 y vive en las playas
de Long Island. El mundo se ha vuelto numeroso
pero el frío conserva sus historias,
la de John, nos mienta o no desde su voz carrasposa,
quien asegura haber tenido una fábrica de helados
no muy lejos de allí, “el mejor trabajo del mundo”
sostiene, mientras sus ojos se abstraen hacia otro horizonte.
Piensa, sin decirlo, que un joven cualquiera
podría entenderlo mejor que su madre,
de pronto ser la muerte con su abrigo de extranjero,
justo en el más caluroso de los inviernos.

Cuántas cosas ha visto John, cuántas verdades
que quedaron en suspenso. Los recuerdos lo persiguen
como un furgón de cola que no termina de encajar.
Y él allí, siempre adelante de ellos.
Pero ahora hablemos de su voz, algo apagada por los años.
Como si las palabras nos espiaran del otro lado del hielo,
como si no hubiera garganta sino una guitarra de despojos,
abandonada por los suyos entre las piedras y la nieve.

Sus frases tenían la luz de lo que ya está a punto
de desvanecerse. John, pensamos, no le hablaría
a otra persona con la misma confianza, sólo a un extraño.
De pronto la muerte fuera él y esta la última estación,
un símbolo, John de Nueva York y de ninguna parte,
el mar se desplaza bajo el Ferri como dos sedas divididas.

Nos despedimos algo antes de tiempo,
hubo amistad entre los dos. Lo felicito por su familia
mientras él, cálido sin embargo,
me habla desde la escarcha y me desea un feliz viaje.

CENTRAL PARK WEST

“…mucho después de que los dinosaurios se extinguieran, llegaba a este lugar…”
José Hierro

Debieron terminar muchos paisajes
para llegar a este silencio, muchas mañanas.

La tierra negra del invierno.
Las piedras que ya estaban en el parque
antes de que los dinosaurios
se extinguieran.

Tenía que abrirse entre los ojos
y el instante una canción conocida,
como si el tiempo ordenara
los seres siempre que la escuchamos.

Saber que estos caminos seguirán
cuando nosotros nos vayamos.
Los maples helados y los subterráneos.
Los deportistas que cruzan
empujados
por una ambición
mucho más líquida que la vida.

Los rostros del invierno
no volverán a encontrarse.
Otros levantarán esta ciudad
desde sus ojos en un millón
de barcos de cristal
y de hormigón.

Agua que cae desde ninguna parte
y atraviesa las superficies,
las piedras que ya estaban.

Debieron terminar muchos paisajes
para llegar a este silencio,
muchas mañanas
para volver a este lugar.

Ha comenzado a llover.

ESFERAS

Nunca temimos a los sismos,
nos habituamos a hablar sobre los sismos.

Mi padre señalaba los mapas con el nombre sonoro
de Kobe o San Francisco, Popayán o Tauramena.
Eran viajeros que llegaban desde el fondo de la tierra
con un código de Richter,
o un niño que nacía desde el calor hacia las rocas.

“Las placas se mueven bajo nosotros”,
decía mi padre, “el tiempo es una caricia silenciosa”.

E imaginábamos la lava desplazarse bajo los pies, roja y naranja.
El desplome de los campanarios en el Tiempo del ruido.
Y un espasmo, un remezón de las cortezas más profundas
que hacía bailar todas las cosas, como si despertaran.

Guardábamos el mapa entre los anaqueles. Las fotos se hacían
turbias y nosotros caminábamos sobre el planeta.
El mundo era una esfera llena de voces
y murmullos, una canica redonda y traslúcida.

“Las placas se movían bajo nosotros.
El tiempo, una caricia silenciosa.”

Cuando despertamos por el terremoto de Armenia
vimos las ruinas de la infancia en el televisor.
Vimos las madres y sus hijos llorar a la intemperie.
Los sismos se hicieron viejos
y perversos, y comenzamos a temerles.

Frente a la luz de las pantallas,
viendo el avance de las formas contra el tiempo,
el rostro de los padres comenzó a cuartearse
y fue grabado en sus semblantes
un mapa imperfecto y movedizo.

Imagen original de ©Robert Max