Prólogo a Miradas y juegos en el espacio seguido de Diario [extractos] de Hector de Saint-Denys Garneau – por Adalber Salas Hernández

 

La cabaña de Saint-Denys Garneau

el objeto más bello es

el que no existe

[…]

ni

la ceguera

ni

la muerte

desgastarán el objeto

que no existe

Zbigniew Herbert

En una pequeña isla en medio del río Jacques-Cartier, Hector de Saint-Denys Garneau y su hermano Jean construyeron una cabaña. Se trataba de una estructura modesta, poco apta para sufrir los rigores el invierno canadiense. A menudo, cuando había buen clima, Hector se acercaba a pasar tiempo en ella, valiéndose para ello de la canoa que le prestaban unos vecinos y la tienda de acampado que había recibido de un tío –solía hacerlo con frecuencia, refiriéndose al islote como la “île d’Ithaque”. Regresaba de visitarla una noche de octubre de 1943, un tanto fría, cuando empezó a notar en su cuerpo signos de una fatiga peculiar. Desde hacía algún tiempo se le había diagnosticado una afección cardíaca, condición que había contribuido considerablemente a su –ya entonces célebre– tendencia a la reclusión.

Detuvo la canoa en la orilla del río, cerca de una casa habitada por Joseph-Louis Boucher. Tocó la puerta y pidió prestado el teléfono, pero las líneas telefónicas aún no habían llegado a esa zona. Fue andando de vuelta a la canoa cuando, a punto de alcanzarla, se desplomó junto a la orilla del río, boca abajo, de cara al agua. Su cuerpo fue hallado tres días después.

El médico forense anotó que Saint-Denys Garneau “est mort naturellement d’une syncope cardiaque à la suite d’un effort intense”, según acota Michel Biron en De Saint-Denys Garneau. Biographie.1 No puede sino sentirse singularmente coherente que su muerte haya ocurrido de tal modo, bajo el signo de un mal cardíaco acechante, apenas visible, que lo atacó al hallarse en el trayecto de retorno desde esa cabaña cuya materia había conocido sus manos cuando era árbol seccionado en trozos: vigas, troncos, tablas, leña. En especial cuando nos detenemos en un poema como Le jeu, incluido en Regards et jeux dans l’espace, único libro publicado por Saint-Denys Garneau en vida:

Un enfant est en train de bâtir un village


C’est une ville, un comté 


Et qui sait


           Tantôt l’univers.

Il joue

Ces cubes de bois sont des maisons qu’il déplace


           et des châteaux


Cette planche fait signe d’un toit qui penche


           ça n’est pas mal à voir


Ce n’est pas peu de savoir où va tourner la route


           de cartes


Ce pourrait changer complètement


           le cours de la rivière


À cause du pont qui fait un si beau mirage


           dans l’eau du tapis2

Los cubos de madera del niño que juega, lisos y simples, ensimismados, ordenan con modestia la totalidad de un discreto universo. Su localización funda casas y castillos, fija la ubicación del río en el que se ha transformado la alfombra, determina cómo será el futuro mapa de este mínimo mundo pasajero. En esos gestos en los que nadie pareciera fijarse, todo fait signe, todo hace signo, remitiendo a una totalidad invisible.

La poética de Saint-Denys Garneau vuelve una y otra vez a los niños, a la pasión imperceptible de sus juegos, fascinada por el modo en que nace en su interior, gracias a unos pocos ademanes, todo un cosmos. Y es que justamente esa noción, la de nacimiento, ejerce una atracción intensa sobre ella. Pudiera haber hecho suyas las palabras que anotaba José Lezama Lima en su diario el 25 de octubre de 1939, apenas un par de años después de que Saint-Denys Garneau publicara Regards et jeux dans l’espace: “La poesía sólo es el testigo del acto inocente –único que se conoce– de nacer.”3

La voz que habla en los poemas de Saint-Denys Garneau consigue colocarse siempre en ese lugar de testigo. Su función no es hacer nacer –tal hazaña estaría más allá de sus posibilidades e, incluso, podría ser indeseable– sino dar cuenta del nacimiento. En la mudez de aquellos bloques de madera que abren Le jeu, esta poética discierne una suerte de excedente de significado, un más allá para cuya levedad y transparencia aún no se han inventado unidades de medida. Busca hacerse testimonio de esa demasía.

En otro de sus poemas, Spectacle de la danse, es el baile la ocasión privilegiada que revela el brotar del sentido:

La danse est seconde mesure et second départ


Elle prend possession du monde
Après la première victoire


Du regard

Qui lui ne laisse pas de trace en l’espace


Moins que l’oiseau même et son sillage


Que même la chanson et son invisible passage


Remuement imperceptible de l’air—

Accolade, lui, par l’immatériel


Au plus près de l’immuable transparence


Comme un reflet dans l’onde au paysage


Qu’on n’a pas vu tomber dans la rivière

Or la danse est paraphrase de la vision


Le chemin retrouvé qu’ont perdu les yeux dans le but


Un attardement arabesque à reconstruire


Depuis sa source l’enveloppement de la séduction.

Es el baile –segunda medida y segunda partida– el que, tras la mirada, conquista el espacio. Aquella se lanza y cubre con terquedad todos los objetos con los que se topa, sin dejar por ello rastro alguno en el viento que atraviesa –menos incluso que el aleteo de las alas de un pájaro o la canción que se desmigaja en el viento–, seguida por el cuerpo danzante, los miembros transidos por el movimiento pleno de sentido, castigados por el ritmo.

La mirada caza lo invisible, la inmutable transparencia, rastreando las evoluciones del significado. Pero cuando el baile acontece, siguiendo en un primer momento el camino dictado por los ojos, no tarda en recuperar el camino que la visión, proyectada apresuradamente, ha extraviado: se torna su paráfrasis y su complemento. El transcurrir cadencioso de la danza seduce porque sugiere más de lo que muestra, porque apunta a un sentido que la supera. Saint-Denys Garneau comprende esto muy bien; es por ello que acude al baile a la hora de escudriñar un instante en que el nacimiento cuaje.

En Monologue fantaisiste sur le mot, una breve pieza de prosa publicada por Saint-Denys Garneau, hay un pasaje que condensa una reflexión que se halla en consonancia con esta mirada y, en cierta medida, enuncia los principios de su poética:

“Le poète reconnaît le mot comme sien. Il est libre du mot pour en jouer. Il joue de tout par le mot. Le mot est l’instrument dont il joue pour rendre sensible le jeu qu’il fait de toutes choses. […] Le mot pour lui s’élève à la dignité de parole. Mot est sans résonance. Parole est rond et plein et semble ne devoir jamais épuiser la grâce de son déroulement sonore. C’est un chant à soi seul et le signe d’un chant, quelque chose qui se livre et se déroule. Il n’arrive pas souvent qu’on entende une parole mais quand cela vient on dirait que le monde s’ouvre. La Parole brise la solitude de toutes choses en les rapportant à un lieu qui est le prisme présent.”

Lo primero que es preciso recordar es que, en francés, el verbo jouer significa tanto jugar como tocar un instrumento. Así pues, cuando Saint-Denys Garneau se vale de este verbo, lo hace aprovechando esa ambigüedad que duplica el sentido: el poeta juega con la palabra, pero también es su instrumento. De hecho, lleva este significado bifronte hasta sus últimas consecuencias: dice de la labor del poeta que “le mot est l’instrument dont il joue pour rendre sensible le jeu qu’il fait de toutes choses” –es decir, la palabra es el instrumento que él toca para hacer sensible el juego que elabora con todas las cosas. La palabra es un instrumento que hace sensible, mas no visible, las relaciones transparentes que, a guisa de juego, el poeta traza entre las cosas. Lo cual lleva irremisiblemente a la pregunta: ¿no es el juego el modo más básico de establecer relaciones entre las cosas? ¿Algo así como el grado cero del vínculo?

A estas preguntas volveremos un poco más adelante. Este pasaje de Monologue fantaisiste sur le mot tiene más que brindar. En este caso, el juego de los sentidos múltiples se invierte: en francés, tanto mot como parole pueden ser traducidos como palabra. Sin embargo, cuando Saint-Denys Garneau escribe parole, lo hace invistiendo al vocablo de una dignidad que, para ser justo, sólo puedo traducir como Palabra, con mayúscula. Para nuestro poeta, lo que marca la transformación de palabra en Palabra es una ganancia, un despliegue, una cierta liberación semántica. La palabra pareciera estar demasiado atada a lo que designa, mientras que la Palabra participa de una gracia sonora inacabable: puede derrochar significado. De tal forma que, exenta del deber de señalar rigurosamente, puede ejercer una suerte de nomadismo semántico, yendo de una cosa a otra, instaurando vínculos, fracturando la terca soledad de los cuerpos en el espacio.

Cuando la Palabra suena, insólita y contundente, “on dirait que le monde s’ouvre”, se diría que el mundo se abre: un tajo de vigilia inaugura el horizonte. La Palabra eleva el juego de las palabras, le otorga una trascendencia de la que, en un primer momento, carecía. Un poco más adelante en Le jeu, Saint-Denys Garneau piensa en verso este paso de la soledad de las palabras al lazo que las une en un conjunto cuya significación las supera, derramándose:

Voilà ma boîte à jouets


Pleine de mots pour faire de merveilleux
enlacements


Les allier séparer marier


Déroulements tantôt de danse


Et tout à l’heure le clair éclat du rire


Qu’on croyait perdu

De hallarse en la posición de observador que sigue atento las invenciones de un niño que se distrae, el yo del poema se torna reflexivo: muestra al lector su propia caja de juguetes, donde cada palabra es un cubo de madera capaz de enlazarse con los otros, de crear asociaciones insólitas, de dar pie al baile del sentido.

Hay una necesidad notable por abandonar las reglas conocidas para, en un movimiento que tiene mucho de tabula rasa, empezar nuevamente desde el inicio. De algún modo, lo que persigue la poética de Saint-Denys Garneau, lo que la obsesiona, es la posibilidad de alcanzar el origen del sentido. Es por ello que sus textos poseen esa sencillez, esa especie de candor liso y riguroso: en ellos intenta dar con un decir que se acerque a la Palabra inaugural. Las reglas que ha recibido le resultan un estorbo, como hace constar en una nota que se encuentra en sus cuadernos privados: “Ainsi, je crois mieux comprendre le vers classique depuis que je ne l’emploie plus. Je saisis mieux le rythme depuis qu’il n’a plus de règles fixes qui me le cachaient.” Las reglas fijas esconden, mientras que la dicción libre, cazadora de ritmos inéditos, de relaciones sorprendentes, revela.

Lo que el juego puede ofrecer es la posibilidad de volver al inicio cuantas veces se desee. Esa cualidad arbitraria del juego que siempre recomienza, que genera un ámbito cerrado sobre sí mismo, con sus propias normas, sirve de modelo a Saint-Denys Garneau para pensar la escritura. Enemiga de todo lo opaco, estos poemas se enuncian lo más cerca posible del “sueño virginal de la existencia” –para decirlo con las palabras que María Zambrano dedica a los empeños de esta naturaleza en su ensayo Poesía y metafísica: “Para precisar el sueño virginal de la existencia, el sueño de la inocencia en que el espíritu todavía no sabe de sí, ni de su poder, la poesía necesita toda la lucidez de que es capaz un ser humano; necesita toda la luz del mundo.”4

Precisar es el verbo que rige este pasaje de Zambrano: ante esta transparencia sin reverso, lúdica, sin genealogías, libre de legados, Saint-Denys Garneau hace acopio de toda su lucidez para dar una forma precisa, un contorno nítido a lo que no puede ser visto. Sus poemas miran cara a cara esa transpiración significante que exuda cada cuerpo, la belleza inexpugnable de los objetos que no existen:

La voix des feuilles


Une chanson


Plus claire un froissement


De robes plus claires aux plus


           transparentes couleurs.

Precisar este excedente de sentido, transparente mas no inhallable, es la tarea de esta poética. Pero no para hacer visible lo invisible, sino para conservar su invisibilidad, para dibujar sus bordes, para prestar oído a su canción tenue. La voz de las hojas es apenas un estremecimiento, un roce lejano de telas, una voz que pareciera querer volverse puro rastro, huella perecedera. La mirada, la danza, el canto, el juego: he aquí los actos que, en la poética de Saint-Denys Garneau, permiten trazar el contorno de la transparencia. Conviene ahora volver una última vez a Le jeu, a sus versos finales:

Il vous arrange les mots comme si c’étaient de


           simples chansons


Et dans ses yeux on peut lire son espiègle plaisir


À voir que sous les mots il déplace toutes choses


Et qu’il en agit avec les montagnes


Comme s’il les possédait en propre.

En este poema se lleva a cabo un trayecto circular: el niño al yo, para luego ir de vuelta al niño. El sujeto que se enuncia en estos versos no puede sino retornar, fascinado, a la manera en que el niño se divierte con las palabras como lo hacía con los cubos de madera, organizando con ellos un espacio que hace apenas segundos no existía, redimiendo a los vocablos del peso de significar para que bailen esas canciones simples, placenteras, que mudan incansablemente todas las cosas, apropiándose de ellas y liberándolas a la vez.

Ahora conviene volver a los interrogantes que quedaron en suspenso poco antes. El juego ofrece la posibilidad de establecer vínculos inexistentes hasta entonces, relaciones entre los elementos del mundo que pueden resignificarlos arbitrariamente: convocarlos, combinarlos, dictarles parentescos inesperados. Para ponerlo en términos distintos, el juego funciona como un dispositivo capaz de constituir una nueva inteligibilidad. En otra nota perteneciente a sus cuadernos, Saint-Denys Garneau apunta: “Le poète est un homme qui appelle les choses par leur nom. […] / Il sonne l’appel des choses à l’esprit / Et les choses viennent se ranger d’elle-mêmes / À l’ordre de l’esprit / Intelligibles” El poeta llama a las cosas para que estas, congregadas, adopten un orden que previamente no poseían. Así articuladas, adquieren la capacidad de sugerir sentidos que las superan. De golpe, se hacen legibles de una manera inesperada.

Pero, ¿qué lugar ocupa en todo esto el sujeto? Quien dice yo en esta poética, ¿participa de esa legibilidad que persigue con tanto ahínco? Imposible dejar de recordar una pregunta que se formula –y previsiblemente no responde– Maurice Blanchot en L’Écriture du désastre: “Écrire, serait-ce, dans le livre, devenir lisible pour chacun, et, pour soi-même, indéchiffrable?”5 Mucho de lo que contiene un libro hace legible de modo imprevisto al sujeto que allí se enuncia –mucho de lo dicho allí es indescifrable para ese yo. No obstante, en el caso de Saint-Denys Garneau este interrogante adquiere una potencia excepcional: ensaya una y otra vez nuevas formas de hacer inteligible ese excedente de sentido al cual apuntan las cosas de este mundo, sin dirigir este empeño al sujeto. Quien detenta la mirada, el baile, el canto, el juego, permanece sumido en la opacidad.

Se trata de un gesto consciente. En un largo poema sin título de Regards et jeux dans l’espace reflexiona al respecto:

Autrefois j’ai fait des poèmes


Qui contenaient tout le rayon


Du centre à la périphérie et au-delà


Comme s’il n’y avait pas de périphérie mais le centre seul


Et comme si j’étais le soleil: à l’entour l’espace illimité


C’est qu’on prend de l’élan à jaillir tout au long du rayon


C’est qu’on acquiert une prodigieuse vitesse de bolide


Quelle attraction centrale peut alors empêcher qu’on s’échappe


Quel dôme de firmament concave qu’on le perce


Quand on a cet élan pour éclater dans l’Au-delà.

Mais on apprend que la terre n’est pas plate


Mais une sphère et que le centre n’est pas au milieu


Mais au centre


La comparación del yo con el sol no podría ser más acertada: sus rayos se esparcen por doquier, iluminando la sintaxis que forman los cuerpos en el espacio, pero se encuentra en una situación que le impide observarse a sí mismo. Lo que es más: dirigir la mirada directamente hacia él sólo garantiza la ceguera. Aún así, el sol disemina su fulgor con una vehemencia que se sobrepone a cualquier obstáculo –con un recóndito impulso que lo arrastra siempre hacia un más allá.

Nuevamente en Monologue fantaisiste sur le mot, Saint-Denys Garneau retorna a esta imagen solar: “Le mot qui enveloppait tout se voit alors haussé à être enveloppé tout par le poème, c’est-à-dire un réseau de fils invisibles, de rayons dont le poète est le lieu.” La palabra –envoltorio de la realidad material– se ve forzada por el poema a establecer una suerte de red, un entramado significante cuyo epicentro es el poeta. Éste es el emisor del canto, el participante en el juego, el bailarín, quien proyecta la visión. Es el lugar: no el objeto del canto, ni la materia del juego, ni lo mirado, ni la danza misma. Para esta poética, sin embargo, esto no representa un problema. Diría, incluso, que se trata de uno de sus presupuestos: necesita ese lugar de opacidad para sostener esa transparencia luminosa, siempre renovada, que descubre. De tal manera alcanza su fin este poema que hemos venido leyendo:

Il me faut devenir subtil


Afin de, divisant à l’infini l’infime distance


De la corde à l’arc,


Créer par ingéniosité un espace analogue à l’ Au-delà


Et trouver dans ce réduit matière


Pour vivre et l’art.

En esta poética, el sujeto es un punto ciego: tal es su función. Su artesanía sutil, su oficio imprescindible consiste en saber practicar esa forma peculiar de ceguera a la perfección, sin permitirse olvidar que su mirada se debe al afuera. Su deber es hallar en la materia mínima, en la distancia ínfima, las permutaciones infinitas del sentido.

De cierto modo, la visión se vuelve una especie de estado de gracia –y el más allá hacia el cual se proyecta, una fuente de salvación. En enero de 1935, Saint-Denys Garneau escribe en su diario: “Cause de cet état réceptif de grâce: probablement le fait que j’étais abattu et écrasé très bas, dépouillé, déchiré de moi-même.” El vocabulario no debería sorprendernos; la manera más apropiada que he encontrado para describir estos diarios ha sido la de calificarlos de cuadernos de aspirante a santo. En ellos, Saint-Denys Garneau se nos descubre fascinado por las nociones de pecado y salvación, de gracia y padecimiento. Así pues, como establece en su poética una relación de contraste y codependencia entre la oscuridad del yo ante sí mismo y la claridad inagotable de su mirada, también traza una línea que une el estado de desgarramiento interno con la apertura de cara a la gracia.

Una gracia que sólo es posible en la medida en que permite ver la transparencia. Una gracia que existe sólo cuando permite al sujeto hablante precisar lo invisible. Acercarse al origen como lo hace el niño que describe en el texto titulado Portrait:

Il ne regarde que pour vous embrasser


Autrement il ne sait pas quoi faire


           avec ses yeux

Así como el niño sólo puede mirar para abrazar, para envolver, para ceñir lo observado con una intimidad del todo nueva, creando con ella lazos asombrosos, inasibles, que hacía apenas segundos no estaban allí –así el yo de estos poemas encuentra la gracia en el momento de cercanía con el nacimiento, con el principio absoluto que precede a todo vínculo significante que, de pronto, se transforma en sentido abierto, polivalente, nómada. Saint-Denys Garneau acecha, siempre sediento, el Edén de lo posible.

Pudiera haber escrito esta frase que Simone Weil consigna en La pesanteur et la grâce: “La violence du temps déchire l’âme: par la déchirure entre l’éternité.”6 La vuelta al comienzo ataja el tiempo, instaura un suspenso que lo contiene brevemente. La desgarradura del tiempo abre paso a la eternidad, del mismo modo que los padecimientos internos del sujeto llevan a la gracia. La poética de Saint-Denys Garneau se funda en esa tensión entre tiempo del origen y tiempo cronológico, sufrimiento y gracia, opacidad del sujeto para sí mismo y trasluz del mundo transfigurado por el canto. Tarea que nunca termina, como declara en otro de sus poemas sin título:

Et mon regard par en chasse effrénément

De cette splendeur qui s’en va

De la clarté qui s’échappe

Par les fissures du temps

Saint-Denys Garneau sabía que Ítaca puede encontrarse en cualquier lugar. O, mejor dicho, que es creada de nuevo constantemente, en los juegos de los niños, en cada poema halado por el deseo de descubrir los mundos posibles que lo rodean. Puede que por eso haya muerto, no navegando hacia Ítaca, sino regresando de ella.

NOTAS

1 Michel Biron. De Saint-Denys Garneau. Biographie. Montréal, Les Éditions du Boréal, 2015.

2 Todas las obras del autor citadas provienen de Hector de Saint-Denys Garneau. Œuvres. Montreal, Les Presses de l’Université de Montréal, 1971.

3 José Lezama Lima. Diarios. [1939-49 / 1956-58]. México D. F., Ediciones Era, 1994.

4 María Zambrano. Filosofía y poesía. México, Fondo de Cultura Económica, 2006.

5 Maurice Blanchot. L’Écriture du désastre. París, Éditions Gallimard, 1980.

6 Simone Weil. La pesanteur et la grâce. París, Pocket / Agora, 1993.