Hafiz de reojo (y otros poemas) – de Román Antopolsky

Buenos Aires, 1976. Estudió filosofía en la Universidad de Buenos Aires y bellas artes en el Instituto Universitario Nacional del Arte. En 2006 fue becado del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa, Estados Unidos. Ha publicado seis libros de poemas, entre ellos, ádelon (Buenos Aires: Tsé-Tsé, 2003), Cythna en red (Santiago de Chile: Intemperie, 2008), Amor Islam (São Paulo: Lumme, 2011), El ruido elegido/O ruído elegido (São Paulo, Lumme, edición en español y portugués, 2015) y CaNCaN (São Paulo: Lumme, 2017). Sus poemas han sido traducidos al francés, inglés, neerlandés y portugués. Es autor de numerosas traducciones desde varios idiomas de poesía, ensayo y filosofía que han aparecido a lo largo de las Américas. En 2009 fue escritor en residencia del Centro Literario Passa Porta de Bruselas, Bélgica. Desde ese mismo año colabora con el compositor argentino Jorge Sad Levi. Vive en la ciudad de Pittsburgh, Estados Unidos.

*

El ánimo que la vileza hizo un bigotito
en la batalla: cicatriz, un ave de beso
como arma y que selló en la cara amor-
dazando al sol de su juventud, puso

preso ese rostro del valor de cien hombres muertos
en el campo y la quilla del día que a él lastimó
tan sólo poco. Y por cierto,
no habita

en sus ojos la batalla, ni la pira
que consume aún hoy aquellos cuerpos.
Ni la culpa como fruto o fusta

de la mente le trae ligereza. Cuando sienta
su enorme cuerpo el espíritu le huye
y él queda grande con su piedad intacta.

*

Si la claridad escurriese su rostro
Otoño vendría a primar la flor.

Una enorme mecha en mi cabeza
Con un ídolo me distancia de la hora.

El polvo, los caballos, los pasos para
Que me ponga en las rodillas una vez.

Doy mi alma. No me da su pestaña.
Dios no ha ayudado. Miro.

No sólo yo hablé de este tema,
Cada amargura se canta sola.

Acá esparzo la harina de un “буду”
Y la aspiro cuando levito, como una nube.

Y entonces tomo las sortijas que el corazón
siente al caer de lo muy alto, y antes de

Dormirse, viendo los caminos todos torcidos
Me viene al recuerdo el sabor de la manzana.

Que me envidien quienes quieran. Soy un
montón ante los restos de la puerta.

Y me paré. Hice de perro, de gema, de bala.
Me puse a cantar y el camino se hizo.

Tal cual le pasó a Lutfi, gloria a él. Y a
Ella, la que da el oído, la gloria.

 

Hafiz de reojo

El ceño consiste en el trébol en la cara,
la cara es este género de seres sin árbol,
el trébol la voluminosa rama única que cada cara
dibuja.

Quien trepa el árbol es otra cara,
cuyo trébol vos no ves porque no es cara;
¿y qué? la única rama es el dibujo que tu trébol
genera.

Salta el ceño y sube a la rama única,
trepa desde el trébol al dibujo del volumen de su cara,
deja de lado el género y el árbol y sé lo que el ceño
consiste.

*

Vaya que manan los virus, es que me mantienen
sub-Sahara, ¡ay!: activándome la frialdad.

Y es que a los que se identifican con lunas, el mar,
una tuba las musas se hacen arena y se van.

Mirando los deseos del pez me casi que enamoro,
me sale lo que era de…., a ver, de Bahía: febril homicidio

cuando tocamos rayando la tribuna, la baranda, ¡casi nos matan!
La cancha. Huimos. En avión. Ahora nevaba

¿y cómo salíamos? ¿A la Houdini?
Porque le dieron vida, es que la vida cobraba sentido:

un padishá salió por entre la nieve, senil,
y preguntó que qué mal estaba todo.

“No está tan mal (es fácil decirlo, cierto),
pero la nieve termina, se licúa, y uno al fin saluda.”