La canción de Eva, de Charles Van Lerberghe

Charles Van Lerberghe (1861-1907) fue un poeta y escritor simbolista belga, oriundo de Gante (Flandes). Huérfano a muy temprana edad, estudió con Maurice Maeterlinck y Grégoire Le Roy, quienes serían luego también dos importantes referentes del movimiento. Comenzó a colaborar en 1886 con las revistas literarias La Jeune Belgique, La Pléiade (París)  y La Wallonie, y publicó a lo largo de su vida varios poemarios y obras de teatro.

Dedicado a Émile Verhaeren, otra figura del simbolismo belga, La Chanson d’Ève (La canción de Eva), su obra más reconocida, ofrece una visión del mundo según la mirada de la primera mujer, convertida en una poeta. El compositor francés Gabriel Flauré (1845-1924) creó un ciclo de diez canciones inspiradas en este poemario.

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De mi misterioso viaje

De mi misterioso viaje
te guardé sólo una imagen,
y solo una canción, están aquí:
no te ofrezco rosas,
porque no toqué las cosas,
ellas también aman vivir.

Pero para ti, con mis ardientes ojos,
hurgué en las aguas y en el cielo,
en el fuego claro y en el viento,
en todos los esplendores del cosmos,
para aprender a verte mejor
en todas las sombras al caer el sol.

Para aprender a escucharte mejor
presté mi oído a todos los sonidos,
de todas las canciones fui testigo,
de todos los susurros, y de la danza
de la claridad en la calma.

Para aprender como se toca
tu pecho que tiembla o tu boca,
como en un sueño, coloqué
sobre el agua que brilla, y el destello,
mi mano ligera, y un beso.

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A veces, hacia mí vienen

A veces, hacia mí vienen,
del fondo de las noches y los bosques,
sombríos, terribles y dulces,
y sobre mis rodillas suben,
y acaricio sus cabezas fieras.
Vienen del fondo de las bestias,
y de las plantas,
del fondo de las flores:
sobre ellos alzo mi canto.
Nada saben decir, tampoco aún reír,
pero a veces vierten su llanto.
Para ellos soy todas las cosas,
el primer sol y las primeras rosas.
Están infinitamente cansados
mucho tiempo hacia mí marcharon.

Y los llamo con un nombre
misterioso, y tan lejano: los hombres.

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Lo he matado

¡Lo he matado, lo he matado!
Cae.
Escucha. Una voz en la noche ha gritado
sobre el sombrío mar: ¡lo has matado!

¿Cómo lo he matado, mi dios, con estas manos blancas
que no habrían herido una paloma
ni matado una flor!

¡Ah! nada sabía que él vivía,
y todo ignora que él ya no está
y la aurora se eleva aún.

Nada lo llora.
Ni una sonrisa de la tierra
se ha borrado.
Ni una flor, ni un rayo,
ni una estrella de mi canto.

Sin que yo en él piense,
en el silencio se hizo muerte.

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Eva lloraba

Eva lloraba. Sus manos ocultaban su pálido rostro.
Era su primera noche mortal.
Del cielo, seres luminosos descendieron,
y el aire se llenó del canto de su voz amistosa.

Mira, decían, si, en esta noche de verano,
todo ante nosotros palidece y tiembla,
es porque el coro entero de ángeles se te parece,
es porque Dios sólo nos creó según tu belleza.

Pero ella, tristemente, elevando hacia esos rostros
sus ojos dulces y pálidos:
“Quizás fui bella, un día, al igual que ustedes,
esta noche, ya no me parezco a mi imagen”.

 


La Chanson d’Ève (extraits)_

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De mon mystérieux voyage

De mon mystérieux voyage
Je ne t’ai gardé qu’une image,
Et qu’une chanson, les voici :
Je ne t’apporte pas de roses,
Car je n’ai pas touché aux choses,
Elles aiment à vivre aussi.

Mais pour toi, de mes yeux ardents,
J’ai regardé dans l’air et l’onde,
Dans le feu clair et dans le vent,
Dans toutes les splendeurs du monde,
Afin d’apprendre à mieux te voir
Dans toutes les ombres du soir.

Afin d’apprendre à mieux t’entendre
J’ai mis l’oreille à tous les sons,
Ecouté toutes les chansons,
Tous les murmures, et la danse
De la clarté dans le silence.

Afin d’apprendre comme on touche
Ton sein qui frissonne ou ta bouche,
Comme en un rêve, j’ai posé
Sur l’eau qui brille, et la lumière,
Ma main légère, et mon baiser.

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Parfois, ils viennent près de moi

Parfois, ils viennent près de moi,
Du fond des nuits et des grands bois,
Sombres, terribles et doux,
Et se mettent à mes genoux ;
Et je caresse leurs fauves têtes.
Ils viennent du fond des bêtes,
Et des plantes,
Du fond des fleurs ;
Sur eux je chante.
Ils ne savent rien dire, ni rire encore,
Mais parfois ils pleurent.
Pour eux je suis toutes choses,
Les premières roses et le premier soleil.
Ils sont lassés infiniment
Vers moi ils ont marché longtemps.

Et je les nomme
D’un nom mystérieux, et si lointain : les hommes

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Je l’ai tué

Je l’ai tué, je l’ai tué !
Il tombe.
Ecoute. Une voix dans le soir a crié
Sur la mer sombre : Tu l’as tué !

Comment l’ai-je tué, mon dieu, de ces mains blanches
Qui n’auraient pas blessé une colombe
Ni tué une fleur ?

Ah ! rien ne savait qu’il vivait,
Et tout ignore qu’il n’est plus
Et l’aurore se lève encore.

Rien ne le pleure.
Pas un sourire de la terre
Ne s’est effacé ;
Pas une fleur, pas un rayon,
Pas une étoile de ma chanson.

Sans que j’y pense,
Il s’est éteint dans le silence.

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Ève pleurait

Ève pleurait. Ses mains cachaient sa tête pâle.
C’était le premier soir mortel.
Des êtres lumineux descendirent du ciel,
Et l’air s’emplit du chant de leur voix amicale.

Regarde, disaient-ils, si, dans ce soir d’été,
Tout devant nous pâlit et tremble,
C’est que le choeur entier des anges te ressemble,
C’est que Dieu ne nous fit que selon ta beauté.

Mais elle, tristement, levant vers leurs visages,
Ses yeux pâles et doux :
“Peut-être ai-je été belle, un jour, ainsi que vous,
Ce soir, je ne suis plus semblable à mon image. “

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Extraído de Charles VAN LERBERGHE, La Chanson d’Ève, Societé du Mercure de France, París, 1904.
Traducción y presentación Mariano Rolando Andrade