Jean Arthur Rimbaud o La Suite Negra | Carlos de Rokha

Descendiente de poetas, Carlos de Rokha (Valparaíso, 1920 – Santiago, 1962)  renovó la lírica chilena pese a publicar apenas cuatro libros. Su temprana desaparición apagó una producción colmada de imágenes surrealistas y evocadoras.
Hijo de los poetas Pablo y Winett de Rokha, Carlos vivió la poesía a la manera de Jean Arthur Rimbaud, de quien era un entusiasta seguidor, y ha sido situado por más de un crítico en la llamada Generación Literaria de 1938, a pesar de su juventud y de las distancias estilísticas y de contenido que con ella mantiene.
De muerte imprevista, sólo alcanzó a llegar a los 42 años de vida, pero aún así sus versos recorrieron algunos de los caminos más profundos y promisorios de la poesía chilena.
El poeta Enrique Lihn lo despidió en “Elegía a Carlos de Rokha”, poema publicado en La Pieza Oscura (1963): “Oveja negra como todas las noches / de una misma soledad de cuarenta y un años. / No es verdad que extraviaras el camino, sólo cabía girar / sobre tus propios pasos en un desierto espeso. / Ella —la poesía— al menos fue tu sombra. / No iba a encender en el hueco de la mano / temblorosa, a la siga de un ciego blasfemante / ninguna luz que no fuera tempestad.”

En el prólogo a la edición Memorial y llaves : poemas (1949-1961), fueron incluidas las palabras que el mismo Lihn dio en la Sociedad de Escritores de Chile con motivo del segundo aniversario de la muerte de Carlos: “Personalmente vi a Carlos caer en estados alucinatorios, aunque, es claro, víctima de ellos, que no lúcido y demoníaco agente provocador de los mismos. Pero, en cualquier caso, conocía experimentalmente estados de surrealidad, y no es raro que “la invenciones de lo desconocido” de Rimbaud, y el carácter psicopatalógico de la genialidad rimbaudiana, le atrajeran e influyeran sobre él poderosamente”.

Jean Arthur Rimbaud o La Suite Negra

El, que jamás ha osado poner precio a sus sueños,
Vió a los centinelas escupir los más espléndidos tapices
A ellos, los mismos que un día negaron las uvas del delirio.
El Festín de las Gracias lo había maldecido.

Bebía un licor extraído de todos los pantanos.
Donde la más bella aventura se perdía en sus propios misterios.
Mientras los aldeanos le veían salir de Les Ardens.

¿A dónde iba cuando en los graneros ardían los mitos del silencio?
¿Hacia qué radas de desventura en qué oscuros caballos de espuma lloraba a orillas del mar?

Ángel por demonio su ensueño se ha saciado.
Con los heliotropos mea las estrellas
Cuando las Furias le soplaban las orejas
Y su cabeza de fauno ardía por las hidras
Por el ángel que afeitan vive siempre sentado
Prófugo de sí mismo quienes le adoraban eran los malditos
Los que pedían sus visiones a un Leviathán de los paraísos infernales.

Ellos han besado sus manos igualmente lamidas por larvas en desorden.

Ellos amaban al infante prodigioso.

Alquimista de vocales hechicero castigado despierta.
Rompe las llaves mágicas que guardaban su clave
Y contra toda piedad arroja el mismo hastío.


Extraído de Carlos de Rokha, El Orden Visible, Editorial Multitud, Santiago de Chile, 1956, p. 25. Edición de Juan Arabia para Buenos Aires Poetry, 2018.