Poesía post-golpe y neo-liberalismo en Chile | Rodrigo Arriagada-Zubieta

POESÍA POST-GOLPE Y NEO-LIBERALISMO EN CHILE
Rodrigo Arriagada-Zubieta

En el contexto de la literatura chilena, la poesía de fines de los setenta y de la década de los ochenta muestra una novedosa articulación determinada por los procesos histórico-sociales suscitados desde 1973 en adelante con la irrupción del gobierno militar y la adopción de la economía de libre mercado como sistema. Resulta interesante indagar en la naturaleza de la transformación llevada a cabo por la denominada “poesía del post-golpe” porque tal tarea contribuye a ampliar la imagen que se tiene del gobierno dictatorial y del fenómeno neo-liberal, más allá del mero acontecer político, a estas alturas ampliamente conocido. En particular, hay dos aspectos que resultan de vital interés en este proceso, como son la representación poética del golpe militar sentido como un deshumanizante ingreso en la modernidad y el confinamiento que sufre la misma actividad poética en relación a su incapacidad de encontrar lugar en esa misma modernidad consumista, como hecho histórico singular.

Los 60’: El estado benefactor

Una comprensión general de la generación de poetas inmediatamente anterior, como la de los años 60 y principios de los 70, permite verificar la realidad de este fenómeno. En efecto, dado el escaso impacto de la modernidad como realidad en los sectores urbanizados del Chile de la época, la joven poesía de dichos años no acusa preocupación alguna por el consumismo y por la transculturización. Más aún, es totalmente ajena al proyecto de construcción socialista llevado a cabo por Salvador Allende y no connota en su discurso rasgo alguno de combatividad, a pesar de situarse en un momento de gran efervescencia política, no sólo nacional sino que también mundial. Tal es así- como bien señala Sergio Mansilla Torres- que la antología “poesía combatiente” de Guillermo Quiñones, editada en 1973, incluye sólo a cuatro poetas chilenos, como son Huidobro, Mistral, Neruda y Parra, todos formados con anterioridad a la década de los 60. Tamaña indiferencia es susceptible de ser entendida si consideramos que la mayoría de los poetas de los 60’s se formaron al amparo de universidades públicas protegidas y financiadas por un estado desarrollista y benefactor que los resguardaba mediante una ley de autonomía universitaria, que les permitía gozar de la tranquilidad necesaria para realizar conferencias, talleres y encuentros literarios. De este modo su práctica poética estuvo más orientada a hacerse un lugar en el escenario literario de la época que a afianzar alguna de las opciones políticas o ideológicas del momento.

La adopción del lenguaje dictatorial

Como consecuencia del golpe de estado, los poetas fueron violentamente desalojados de las universidades, y se acabó con ello la existencia de lugares intocables donde realizar una práctica literaria segura, ajena a los graves conflictos sociales. De este modo se produjo una fisura entre aquellos poetas que permanecieron en Chile y aquellos otros que fueron exiliados, y fue en este contexto donde los primeros tuvieron que batallar contra la censura y la represión, imaginando nuevos modos de expresión que modificaron profundamente la poesía chilena, entre los cuales se exhiben ciertas características fundamentales que acusan el momento político como son : la tendencia al lenguaje coloquial como un modo de potenciar lo indecible, la reflexividad del texto sobre sí mismo que cuestiona el hecho de escribir poesía en tales circunstancias, y principalmente el enmascaramiento del hablante en la figura de un otro. Es esto último lo que realiza Nicanor Parra en Sérmones y prédicas del Cristo de Elqui de 1976, donde a través de un Cristo popular y vagabundo, profeta alucinado, el poeta puede imaginar los nuevos evangelios de una edad oscura que simboliza el fin de los tiempos, sugeridos por la violenta y represiva situación nacional, en la cual se problematizan los primeros años de gestión de la junta militar:

Cuando los españoles llegaron a Chile
se encontraron con la sorpresa
de que aquí no había oro ni plata
nieve y trumao sí: trumao y nieve
nada que valiera la pena
los alimentos eran escasos
y continuarán siéndolo dirán ustedes
es lo que yo quería subrayar
el pueblo chileno tiene hambre
sé que por pronunciar esta frase
puedo ir a parar a Pisagua
pero el incorruptible Cristo de Elqui
no puede tener otra razón de ser que la verdad
el general Ibáñez me perdone
en Chile no se respetan los derechos humanos.

Esta tendencia al enmascaramiento del hablante mediante la adopción de un personaje fue acompasada por otra tendencia de orden general que consistió en buscar modos de escritura que alentaran el compromiso con la historia y con el lenguaje, para lo cual fue necesario, con frecuencia, mimetizarse con el discurso hegemónico del poder, cercenar ciertos fragmentos del lenguaje dictatorial y restablecerlo en un sentido novedoso que produjera una situación de alerta crítica en el receptor. Todo esto en el contexto de una dictadura ya institucionalizada, reforzada por el plebiscito de 1980, pero amenazada por la crisis económica de principios de la década, y su consiguiente implementación de un sistema neoliberal con la privatización de los servicios sociales, la flexibilidad laboral y la apertura de los mercados internacionales como aspectos novedosos. Por supuesto que los discursos sociales hegemónicos (orden social, orden político, orden moral, etc.) que genera la junta militar son esencialmente antagónicos a los intereses de estos poetas, pero el hecho de mimetizarse con estas formas discursivas les permite simular la aceptación del orden oficial, el cual es continuamente deconstruido y resemantizado a través la parodia, la ironía y el sarcasmo que permiten vislumbrar las deficiencias del sistema imperante.

La decadencia moderna: Enrique Lihn y el Paseo Ahumada

Acaso la obra donde la crítica a la decadencia moderna adquiera su punto más álgido sea El Paseo Ahumada de Enrique Lihn de 1983. Este lugar, que fue transmutado en un paseo peatonal a imagen y semejanza de las grandes urbes occidentales, y que en el ideario militar estaba destinado a constituirse como el centro desde donde se propulsaría el desarrollo económico, aparece aquí como un escenario residual, donde se desplaza todo aquel que no tiene posibilidad de participar en la encrucijada histórica, más que como parte de una horda animalesca y moribunda que deja constancia, a grito limpio, de su desencanto y oposición a la dictadura. “El libre tránsito” de los individuos es presentado por el poeta como un simulacro que se realiza a expensas del real y limitado movimiento que impone el nuevo orden. El paseo funciona como un espacio de tránsito de almas estancadas, de excedentes del sistema, que no encuentran puntos de referencia en un centro que estaba destinado a convertirse en espejo del desarrollo pero que, a poco a andar, se llenó de baratijas de plástico, productos de baja calidad y un conjunto de pedigüeños, artistas de la calle y bufones.
En este escenario el poeta encuentra ocasión de identificarse con “El pingüino”, un mendicante deficiente mental que se dedicaba a tocar música con tarros mientras pedía su limosna, y que oficia de figura emblemática del pueblo chileno bajo la tiranía. Es en este sujeto protagonista e interlocutor del hablante lírico donde el poeta se enmascara y se reconoce, pues ambos realizan por igual un oficio desconocido que, dentro del nuevo sistema imperante, es reconocido como una actividad marginal:

Mi canto particular (que te interprete pingüino)
Producto de la recesión y de otras restricciones
Soy un cantante limitado, un minusválido de la canción.
Canto general al Paseo Ahumada
Vuestro monumento viviente
( habrá otros, habrá otros: la inmortalidad no es impaciente)
Canto general de esta toma parcial de la naturaleza muriente de Santiago
y de los productos que producen a los hombres made in Taiwan
ellos se desviven enfervorizados por venderlos
a cien pesos la unidad que viven de los artificios naturalizados en Taiwán,
la Gran Madre Plástico.

La exclusión del poeta dentro del nuevo orden que recalca el poemario fue potenciada por el acto de presentación del libro mediante un espectáculo declamatorio. En plena dictadura militar Lihn se situó frente al banco de Chile y, arrimado a un pupitre, declamó sus poemas como un suplementero. Acto seguido fue detenido y llevado a la primera comisaría de carabineros para averiguar si subvertía o no el orden público.

Jorge Teillier y la opción por la nostalgia

Las tensiones entre la poesía y el nuevo régimen se fueron incrementando en la medida en que la transformación global de la sociedad chilena se manifestaba. Con frecuencia los poetas fueron demasiado reaccionarios ante la revolución económica que estimuló el consumismo y la apertura a los mercados internacionales. A esta modernización opusieron imágenes del pasado rural, pre-moderno, presentadas como momentos sobre-idealizados de rescate de las raíces de una identidad amenaza por invasores, para lo cual se utilizaron continuamente figuras alegóricas de la irrupción del conquistador europeo en América. En muchos casos, el golpe fue visto como un retroceso hacia el instinto y la barbarie que atentaba contra el humanismo instalado en la linealidad histórica que se venía trazando desde el proyecto portaliano. Tomando en cuenta esto se produjo una poesía que tuvo como centro la nostalgia de pensar que la dictadura había cancelado la posibilidad de ser en conformidad con la naturaleza misma. Este modo de pensar fue sintetizado en la modalidad de la poesía lárica, principalmente elaborada por poetas del sur, quienes reemplazaron el deseo del retorno a un orden social por el deseo de vivir cósmicamente, en una imposibilidad de comprender el presente, recurriendo a imágenes pretéritas fantasiosamente compensadoras. Jorge Teillier fue el máximo exponente de esta concepción escapista hacia un mundo de silencio, de susurro, donde el poeta contempla su propia desaparición en un mundo derruido por la modernidad:

No soy un general activo ni en retiro
Y sólo he sentido silbar balas en mis oídos
en las matinees de los miércoles y domingos
en el teatro real del pueblo.
Allí aprendí que la justicia se hacía al margen de la ley,
que estaba a cargo de Tom Mix, o Shane el Desconocido.
Al final los pillos, los malos, y los delatores serían castigados
y el jovencito se casaría con la niña.
Añoro los grandes espacios-trigales de las llanuras
en estos valles estrechos y áridos
donde el silencio se amortaja como si estuviera muerto.

La exasperación: El caso Rodrigo Lira

La desaparición del poeta en su fantasía escapista no fue la única forma de problematizar la nueva posición de estos artistas durante el gobierno militar. Hubo casos en que la marginación de la actividad adquirió tintes funestos para la vida misma de los escritores. Rodrigo Lira no publicó libro alguno durante su vida. Con plena consciencia de lo que hacía dejo un texto anillado, aparentemente inconcluso, denominado irónicamente Proyecto de obras completas, escrito en 1983. En él hay un poema que realiza la parodización de un texto huidobriano y que representa el fin del quehacer literario en Chile, dadas las imposibilidades para realizar tal actividad:

La poesía me abandona a medio día
Cuando escriba, no conduzca no corra:
Poesía hay en todas partes
Sólo para nosotros mueren todas las cosas bajo el sol
bajo nada
Nuevo: decadentismo de tercera
mano a mano hemos quedado
a o a a o o a o
los poetas son unos pequeñísimos reptiles ni alquimistas ni albañiles
andinistas: bajaron del monte Olimpo
cayeron de la montaña rusa
se sacaron la cresta (Lira: 2003).

La escritura de Lira es una exasperación continua producto de una realidad que se le hace intolerable, lo cual denota una tensión suma entre arte y vida. Su autoflagelación mediante diversos medios como el alcohol, la soledad y la inmolación a través de apariciones fantochescas en público, dan cuenta de la imposibilidad de publicar en Chile, o más bien, de lo impensable de vivir poéticamente en un régimen militar en el que la cultura ha sido relegada lo cual, junto con otros dramas de índole personal, lo condujo inevitablemente al suicidio.
El caso de Lira nos permite comprender que la relación entre poesía chilena y la modernidad neo-liberal no es un asunto propicio de ser estudiado meramente en aquellos poetas que se refieren explícitamente al tema de la transculturización o la sociedad de consumo sino que, más bien, habría que pensar en las tensiones ideológicas y existenciales que derivan de este proceso desde una perspectiva histórica. Desde este punto de vista, cabe destacar que si bien el período de la dictadura militar fue visto como uno donde se produjo un apagón cultural y donde los poetas se vieron a sí mismos como marginados del sistema social, fueron unos años propicios para que la subjetividad repensara la realidad más allá del totalizador pero a la vez estrecho discurso marxista, y en donde la poesía logró hacerse de nuevos lenguajes, liberándose de los límites impuestos por la situación política y económica.

La llegada de la democracia

Los poetas en los 80 denostaron con frecuencia la dictadura militar por haberlos hecho un excedente cultural e imaginaron el mundo que debieron haber vivido de no mediar ella. Sin embargo, resulta interesante constatar que con la llegada de la democracia tal problemática, lejos de desaparecer, se ha agudizado. Los poetas siguen extrañando un estado de compromiso que garantice la práctica literaria y, peor aún, durante los años de concertación se han visto compelidos a volverse empresarios de su propio espectáculo, en el sentido de que deben buscar recursos, postular a fondos públicos y difundir precariamente sus propias obras. Mientras que escribir durante la época de la dictadura era un acto de subversión histórica y reafirmación del lenguaje, con la llegada de la democracia y la profundización en el sistema neoliberal, se han visto obligados a convencerse de que para que la literatura tenga sentido ésta debe obedecer a las leyes de la oferta y la demanda. En este escenario, sólo cabe a la poesía una residencia en los confines del aparato cultural o el imperativo de articularse en servicio de algún partidarismo político, como ocurrió con el proyecto poético de Raúl Zurita que en su libro La vida Nueva planteó una épica que entonaba un canto al amor en el sentido cristiano, discurso que puede ser subsumido al esquema de la concertación y más precisamente al de la democracia cristiana de los años 90, (resultó un acto digno de 2 Corintios 7:9-10, de limpieza de pecados e inmundicia, en 2018, el trasnochado fichaje de Zurita en el Partido Comunista, cuando durante más de treinta años ha demostrado ser El Lobo de Wall Street de la poesía chilena).

El caso Zurita y la participación de los poetas en el sistema da cuenta de una nueva forma de dictadura que puede ser denominada como dictadura del mercado, en el sentido de que para que escribir no parezca un acto desacomodado dentro de la globalidad de la cultura, hay que volverse un producto del mismo, aspecto que ha sido fuertemente criticado por el gran Armando Uribe, quien se ha preocupado de alertar sobre este nuevo tipo de violencia del sistema económico, que se ha venido incrustando en Chile desde 1973 y que se ha agudizado en el período democrático liderado por la concertación:

Estamos no pertenecemos
al país donde estamos, ¡ésta no es Norteamérica!
y sin embargo hay edificio de Wall Street
(se pronuncia güolstrit), éste es el caso:
se produjo la quiebra de todo, el golpe universal
de estado, estamos entre los escombros que quedaron.