Después del temblor | Jean Portante


Jean Portante (Luxemburgo, 1950). Poeta, periodista, novelista y dramaturgo. En poesía ha publicado Feu et boue, Editions Caractères, Paris 1983; L’instant des nœuds, Editions Saint-Germain-des-Prés, Paris 1984; Méandres, Editions du Guichet, Paris 1985; Horizon, vertige & italie intercalaire, Editions Arcam, Paris 1986 (Prix Rutebeuf); Ex-odes, Editions PHI, Luxembourg 1991; Ouvert fermé, Editions PHI/L’Orange Bleue 1994; Effaçonner, poèmes, Editions PHI/Ecrits des Forges. Luxembourg/Québec 1996; Point. Poèmes. Editions PHI/L’Orange Bleue 1999; La morte del padre, En plein edizioni. Milan 1999; La pluie comme un œil, Poèmes, Editions Empreintes, Lausanne 2001; L’étrange langue, Poèmes. Editions Le Taillis Pré, Namur 2002 (Prix Mallarmé); L’arbre de la disparition, poèmes, Editions PHI/Ecrits des Forges, Luxembourg/Québec 2004; La cendre des mots, Anthologie personnelle, Editions Le Castor Astral, Paris. Juin 2005; Le travail du poumon, Editions Le Castor Astral, Paris, mars 2007; Je veux dire, poème, Editions Estuaires, Luxembourg, novembre 2007; En réalité, poème, Editions PHI, Luxembourg, juin 2008; La réinvention de l’oubli, Editions Le Castor Astral, Paris, juin 2010; Conceptions, Editions PHI, Luxembourg, juin 2012 y Après le tremblement, Editions Le Castor Astral, Paris, mai 2013. En castellano publicó: Abierto Cerrado, Colección de poesía PROMETEO, Colombia, 1996; Elaborrar, Editorial bajo la luna nueva, Argentina, 2000; La reinvención del olvido, La Otra, México, 2013; La ceniza de las palabras, Floricanto, México, 2015 y El fabricante de Sur, Lustra, Perú, 2015.

A VECES CUANDO EL HORIZONTE PARECE ACERCARSE
sin que la línea que le da vida se retracte
mi ojo que abarca todo
línea de vida horizonte ausencia de retractación
da un salto hacia lo interior y el sueño
así libre
toma la forma de un pájaro
posándose sobre la soga de tender la ropa de nuestro jardín.

Es ahí siempre que el viento no fuera demasiado fuerte
que las sabanas colgaban antes como trozos de albas
a veces eran enteras albas que allí colgaban
y soga era el horizonte
sin que la línea que le daba vida se retractara.

A VECES CUANDO CIERTAS SOMBRAS SE ACERCAN DEMASIADO
a la tierra en donde nadie pudo quedarse
y que otras como si dudaran
se acercan también a esta tierra
vuelvo a pensar en el jardín que tomaba la forma
de un árbol donde debajo de cada pájaro la sombra
más espesa de lo que la nube escondía de ella
era aún inocente.

La velaba detrás de la ventana
y detrás de mí velaba el otro vigilante
y el otro vigilante a veces cuando sus párpados caían
como su tuvieran miedo de la sombra
o que él también tuviera miedo de la sombra
en tanto que la sombra era más espesa
que los párpados que la escondían
se alejaba a veces de la ventana.

Qué sabe yo me decía de lo espeso de la sombra
o qué sabe de lo que más allá de ella huye
y a veces toma la forma de un tiempo donde la inocencia
es un árbol y el árbol una duda y la duda
el alimento de la sombra.

A VECES PERO NO ESTOY SEGURO
el jardín del que hablo tomaba el camino más corto
para llegar a los secretos que no sabía callar.

Ostentaba entonces una sumisión particular
antes de agarrar una pala
y clavarla en el suelo.

Y cuando se ponía a revolver tierra y cielo
y las nubes como terrones desarmados
quedaban sepultadas por tanto ardor
o sobrevolaba todo esto un cuervo
que sabía mucho más que yo
yo me decía a veces pero no estoy seguro
que todo lo que podría recordar está regido
por el misterio del sepulcro.

Bajo la tierra revuelta los terrones de nubes
reanudan una antigua costumbre que remonta
a tiempos en que era necesario llorar
las lágrimas tomaban el camino más corto
cuando una pala les daba vuelta
y se mesclaban con la tierra nublada.

A VECES DE LO POCO QUE QUEDA
el único contable es el sueño.

Cuenta los alientos que van de un silencio a otro
los vuelve a contar
los suma o las resta
los multiplica o divide
y los soplos así pasados por el tamiz de las operaciones
son menos erráticos que antes
y lloran lágrimas puras
y cuentan la distancia que se adueña
del silencio que pisotean.

Son ellos a partir de ahora los contables me digo
suman o restan
multiplican o dividen
pero el silencio
así pasado por el tamiz de las operaciones
menos errático que antes no llora.

Es el contable de la distancia
y a veces de lo poco que queda.

A VECES HAY HUMO QUE ESCAPA Y QUEDA
suspendido por sobre el jardín.

Fuego caería si supiera imitar a las nubes
gotas de fuego en verano justo antes de la tormenta
nieve de fuego en invierno
granizo ardiente a veces
en otoño o primavera.

Pero cuando es una nube que se escapa
el viento va a buscarla
y las sabanas más inmóviles que una estatua de sal
que un ojo distraído habría al volverse plantado ahí
absorben toda la luz del día
como lo hace el papel de fotografía.

Un revelador surgido de un pensamiento
vertería todo esto en un baño alquímico.

El viento sale en busca de la nube
el humo queda suspendido encima del jardín
y las sabanas como fotógrafos universales
imitan lo que caería si
en el lugar del jardín se encontrara este otro jardín
que cuando las sabanas retomaban su camino
devolvía a la luz sus cristales y su sal.

A VECES EN EL HEMISFERIO SUR DEL JARDÍN
ahí donde envejece el almendro
se posa un polvo tan fino
que se diría azúcar o harina
de los días que pasan.

Tiene el gusto del norte el polvo
pero eso sucede en el hemisferio
sur del jardín.

Se ve por el almendro que envejece
como se envejece en el sur.

A veces se aleja el almendro y el polvo
sin saber dónde posarse vuelve a ser este metal
que siempre ha sido o más bien la sombra
de metal o su nieve
que las altas chimeneas
ya no fabrican más a lo largo de los días.

Así trabajan los padres de este lado
del jardín envejeciendo como manzanos.

A VECES COMO UN CENTINELA DELANTE
de la última puerta cuido la entrada al jardín
y los que salen olvidan saludarme
tanto llevan sobre sus ropas
la marca de la muerte.

Se diría un sistema solar mudo donde todo
es movimiento salvo el centinela que
si osara desplazarse un poco o
desplazara levemente la vista
vería que la marca
cuando está grabada sobre la ropa
no pide prestado al morir
sino aquello de lo que no sabe deshacerse.

Acreciendo su curiosidad
podría sentir que no lejos de allí
en el interior del jardín manos hábiles
trabajan noche y día.

La última puerta lo sé hoy
da siempre a los vestuarios de la vida.

Se cambian ahí las ropas y los que salen
y llegan de este lado ignoran como yo
o el centinela que yo podría ser
que el sol desde que no se mueve
ha puesto ciencia en la muerte
y movimiento alrededor grabado
sobre la ropa de la que no saben deshacerse.

A VECES CUANDO EL ESPEJO SE TORNA DEMASIADO SECRETO
al pie del manzano y que más arriba
el cuervo es un trapo negro
y cabalgan aun más alto
no lejos del espacio de la noche
uno que otro jinete que la oscuridad
no supo borrar
una mano alumbra contrafuegos en el jardín.

Las sombras que bailan sobre la superficie helada
toman la forma de cultivadores de rosas negras
o de uvas secas mientras que de la aldea
remontando la dulce pendiente un soldado
busca con sus ojos lo que la batalla le ha ahorrado.

Hay en sus ojos un porvenir a traicionar o
simplemente un tiempo a remontar
que de una guerra a otra
escondió en su pañuelo
los puntos cardinales de su derrota.

Un poco más allá sentados en la escalerita
de una casa todavía no repintada por la oscuridad
otros ojos apenas nacidos
desde hace mucho posados sobre su divisa
están listos para la concepción.

Es acaso un amor que comienza
o una guerra que termina.

A VECES CIERTOS GRITOS DE PAJAROS
posados en las frutas maduras
como tantos signos que hablan
de estaciones a recorrer o de nudos
a deshacer en la cabellera de los años
ciertos gritos de pájaro a veces
como si gritara lo que en ellos no sabe morir
se prolongan en la noche.

No que busquen un volumen esférico
en el que deslizar sus duelos.

No que busquen en lo redondo
lo que de la fruta madura se parece a la muerte.

No que al oído prudente del que vigila todo esto
escape el orden que rige el sistema
ni que delante de tanto universo
cada grito aislado pudiera ser
confundido con el ruido que hizo la eternidad
cuando un sábado a la noche del mes de marzo
se fue de una habitación blanca
una madre de ojos negros.

Los frutos estaban maduros ese sábado.
Y maduro estaba también lo que no sabía quedarse
y se prolongaba en la noche.

A VECES ENTRE LO QUE QUEDA DE FRIJOLES Y TOMATES
un grano de uva una aceituna impaciente o es
un higo se detienen y antes de seguir
se duermen como vagabundos
ahogados por la errancia.

A la mañana despues de haber robado sus ropas a los huéspedes
y comido en su mesa retoman el camino.

Nadie sabe que con sus vestidos de frijoles
o de tomates el grano de uva y la oliva impaciente
o quizá un higo no son sino el reflejo
de una historia más antigua que las
que se acostumbra relatar hoy.

Creció hierba sobre todo esto
porque las nubes no supieron contener sus lágrimas
y los tomates desde entonces o los frijoles
se convirtieron a su vez en ladrones de ropas.

En el camino cuando encuentran frutos disfrazados
desvían la vista
miran a las montañas que se alejan
se dan vuelta por última vez
y de las nubes húmedas que sobrevuelan
se aprende que lo que llora no es el cielo
sino la tierra.

Así lo quiere la ciencia.

Cada nube antes de ubicarse
por encima de los que parten se inclina ávida
sobre el pozo cavado en medio del jardín
y diseca con un solo trago las capas de eternidad
que la última lluvia amasó ahí.

A VECES ES A UN CEMENTERIO SIN CONCESIÓN
que se parece el jardín y los frutos están en
movimiento como si antes de la distribución
de las almas pedazos de impaciencia
ahí habían crecido y antes aún
árboles viajeros llegados de muy lejos.

No son las cruces que señalan las tumbas
sino el movimiento de los frutos que en sus
ropas transparentes –son acaso la sabanas
que mi madre extendía sobre la hierba o los rayos
del sol dispuesto a blanquearlas– se ofrecen al jardín
y le cuentan los días.

En un extremo de la cuenta aferrándose como a una soga
mi madre contaba también y en el otro extremo
era mi padre que contaba
y ambos lograban cuentas transparentes.

Era a ver quién contaba mejor pues la transparencia
del invierno no tenía nada que envidiar a la del verano.

Después los frutos caían.

Después mi madre levantaba la vista
porque mi padre ya era transparente
y cuando el invierno levantaba la vista el verano estaba muy cerca
y mi madre no tenía nada que envidiar al verano
y mi padre no tenía nada que envidiar al invierno.

A VECES CERRANDO LOS POSTIGOS O CORRIENDO
el cerrojo no puedo impedirme echar
una última mirada a los terrones volcados
durante la noche.

Algo termina en esta tierra al revés.

Lo que mucho tiempo miró las estrellas se orienta
a las raíces para observar los secretos
enterrados en el jardín.

Hormiguean las miradas como una jauría de lombrices
y excavan galerías
y el aire inmóvil dudando entre
subir muy alto o flotar al ras del suelo
se lanza a las arterias subterráneas
que abren las miradas.

Así trabaja la sombra.

Toca los secretos.

Y cuando a veces cierro los postigos o
corro el cerrojo y arrojo una última mirada
al jardín es como si el tiempo hubiera él también
sido volcado durante la noche
y que algo de infinito
terminara en ese tiempo al revés.

A VECES AUN CUANDO EL JARDIN NO COMIENZA
ni las colinas que bien en el fondo
hacen nacer y morir a sus devoradores
las almas parecidas a las nubes
acarician las cabezas de las plantas.

Tal vez para decirles que nacer y morir significa
hacer nudos en el espacio que el viento
cuando sopla más fuerte de lo habitual
empuja fuera del jardín.

Tal vez era así que partían de nuevo los devoradores de colinas
dando la espalda al jardín que en el fondo
daba nacimiento y muerte.

Y que decir de las colinas que uno comía
con sus intestinos profanados y librados a las llamas.

Los devoradores al alba acariciaban las cabezas
de las plantas antes de destripar las colinas
y las acariciaban también en el crepúsculo
y cuando en los altos hornos se quemaban los intestinos
de la tierra el viento soplaba más fuerte que lo habitual.

Había nudos en el espacio
era porque la colina daba vida y muerte
que las nubes se parecían a almas
que enrojecían y tanta sangre de sangre corría.

A VECES CUANDO SE LE DA LA ESPALDA AL JARDIN
otro aparece más nórdico luego otro
aún hasta que todos los frutos que al inicio
eran jóvenes envejezcan.

Se da la espalda al jardín y los frutos se envejecen.

A los que prestan oído se les dice no oyes
cómo de un jardín al otro el tiempo se consume.

Escucha se les dice no oyes que el olivo
no tiembla más y que nadie azufra las viñas.

Las lombrices se les dice dejaron de cavar
túneles en la tierra
dónde irá el aire ahora se les dice.

Escucha el silencio de las lombrices ociosas
escucha su lamento inaudible que envejece los frutos.

A VECES SI SE DESVIABA LEVEMENTE LA MIRADA
se veían niños que bajaban la cuesta
las rodillas arañadas a fuerza de caer.

Yo también los veo hoy
y entre ellos hay uno que se me parece
con almendras cubiertas de azúcar blanca en las manos.

Sube de en dos los escalones
y no ve la sombra que lo persigue
a veces larga a veces corta
arrastrándose por detrás como un perro apaleado
que eligió seguir al amo que lo maltrata.

A VECES UN ARBOL SE DESPIERTA EN EL NORTE DEL JARDIN
y como la noche hizo nudos sus ramas
no se despliegan.

Alrededor los otros deshacen uno a uno sus nudos
y miran a lo lejos porque también sus
ojos se desatan.

No puede decirse que la oscuridad que ha visto
cosas peores se sorprenda porque el árbol
que no despliega más sus ramas le es propicio.

En pleno día ella puede montar guardia
y cuando un cuervo tan negro como ella
venga a posarse sobre un tronco nadie lo verá.

Así trabaja la muerte en pleno día y nadie
la ve porque los ojos desatados
miran a lo lejos y la muerte viene a esconderse
en los nudos
y las ramas plegadas le son propicias.

A VECES TODO SE CUBRE COMO SI UN ESCUDO
de soledad se posara por sobre las cosas
y es la hora de la metamorfosis.

El olivo como si toda su vida no habría hecho sino esto
se transforma en defensor del jardín mientras que desde lo alto
colgados de sus jabalinas soldados insolados
pasan al ataque.

Cuando son las gotas de lluvia que dan el asalto
el olivo se hace fuente y va hacia hacia el mar.

Después se transforma en barco y cuando vuelve
solo leer lo que hay en sus ojos
pone a la soledad en fuga.

Estalla la tormenta pero ya no puede hacer mucho.

Alguien enciende un fuego pero dónde jamás se ha visto
que una fuente pueda ser incendiada.

No es sino cuando el olivo retome su forma inicial
que en lo alto uno se atreverá a gritar
pero dónde jamás se vio que los gritos fuesen solares
o cargados de lluvia pudieran impedir a un árbol soñar.

Porque soñaba el olivo después de volver del mar
y en su sueño no era la guerra que estallaba
sino la soledad.

Extraído de Jean PORTANTE, Después del temblor (inédito). Traducción de Susana Cella.