Efraín Huerta — Una canción salvaje (Entrevista) | por Víctor Rodríguez Núñez

En dos ocasiones traté a Efraín Huerta (1914-1982). La primera fue en La Habana, hacia 1978, en la casa de Margaret Randall, sobre el espumante Malecón; la segunda en Ciudad de México, hacia 1981, en su apartamento próximo al Bosque de Chapultepec, el reino de los ahuehuetes. En ambas ocasiones sometí al poeta mexicano a un interrogatorio que aquí sumo y resumo.

1

En uno de los momentos más desafortunados de su quehacer poético, Efraín Huerta concibió el siguiente poemínimo: “Primero/ Que nada:/ Me complace/ Enormísimamente/ Ser/ Un buen/ Poeta/ De segunda/ Del/ Tercer/ Mundo”. Desafortunado, porque el mexicano era, es y será un buen poeta de primera —eso sí, del Tercer Mundo. Estas son las respuestas que diera, una fría y húmeda mañana habanera, a ciertas obsesiones camufladas de preguntas:
—Efraín, si para comenzar te dijera que tu obra está muy presente entre nuestros jóvenes poetas, ¿qué me responderías?
—No respondería, de inmediato; pero a los cinco segundos de mucho meditarlo les diría: “Cuidado, mucho cuidado, compañeros. Los viejos poetas son muy tramposos. Somos. De manera que me gustaría que reconsideraran el asunto, y leyeran en rueda los mil y un matices que hay en Circuito interior o analizaran poemínimo por poemínimo. Si en Los eróticos me pongo gongorino, en Circuito estoy hecho un Bécquer de la peor decadencia”. Ya en serio: yo también le entro a la competencia. Antes de que termine 1978, tendré otros dos libros publicados. A ver quién se cansa primero, si ustedes o el viejo saurio mexicano —“cipactli”, en la noble lengua náhuatl.
Se afirma que el experimentalismo y el conversacionalismo se han enfrentado con agudeza en el escenario mexicano…
—De todo corazón, confieso que detesto ciertos términos, determinados vocablos, así como la frase hecha y el slogan literario. Ignoro lo que sea “experimentalismo” y lo que pudiera ser “conversacionalismo”. ¿Es que encasillando el quehacer poético vamos a ser más o menos poetas? Anoche, Juan Gelman, el gran poeta argentino, me obsequió un whitmínimo, o sea, una expresión en apariencia rival del edgarallanpoemínimo. De esta clase de juegos es de donde brota, a veces, una realidad o una aventura poética.
Entonces, ¿no cree que exista una confrontación?
—Prefiero ponerme al lado de un poeta que enfrentarlo. En algún caso, no me gustaría que la sangre llegara al río, si nuestras vidas son los ríos que “van a dar al Amor, que es el vivir…” Pido la paz y la libertad para el poeta, aunque el poeta del otro lado se clasifique gratuitamente como “disidente y solitario”.
Entre grandes poetas muchas veces se plantean antagonismos estériles…
—En la revista mexicana Cuadernos de literatura se me enfrenta a… ¿a quién? Pues a David Huerta. Y los editores le dan la victoria a mi hijo por KO. El que es un buen juez, por su casa poética empieza. Yo no tengo tiempo para comprar pleitos ajenos, y el que quiera ser “pacista” que lo sea. Y si los jóvenes me leen y hallan ciertas cosas buenas en mi pobre poesía, ¿qué más puedo pedirle a la vida?
En fin, no se celebrará el combate entre Paz y Huerta…
—Aunque en un texto muy importante, el llorado maestro Raimundo Lazo, al referirse a mí, establece una inesperada comparación, un ajuste de valores, en el que yo salgo victorioso. No me cabe duda: el maestro Lazo me quería mucho. Bien, el texto se encuentra en la Historia de la literatura mexicana, Ediciones Porrúa, México.
¿Cómo definiría Efraín Huerta su poética?
—Ahora es conmigo la pelea. Yo, enfrente del espejo, de cuerpo entero. Yo también, como Federico García Lorca, le prendería fuego al Partenón esta misma noche, para comenzar a reconstruirlo mañana muy temprano. En suma, como no sé, no sabemos qué demonios o qué ángeles es la poesía, cómo voy a intentar una definición de una poética, la mía, que es dura, suave, agresiva, burlona, erótica, sexual, social, política, huidiza. Me rindo.
¿Quiénes han influido más sobre su vida y su obra?
—Nombres: Alberti, Neruda, Eluard, Raúl González Tuñón, Maiakovski, Aleixandre, Juan Larrea… Conocí a los dos primeros. Mucho más a Neruda, más tarde, y su postura política me marcó una línea. En cuanto a Eluard, es el gran maestro. Ahora, una revelación: un poema del argentino González Tuñón, “La paloma y el jabalí”, me dio una decisiva orientación. Lo demás lo leerán ustedes en mis memorias, que empezaré a escribir cuando ya no se me presenten tan escabrosos cuestionarios. Es decir, cuando tenga tiempo.
¿Cómo valoras el quehacer poético de tu generación, cómo ubicas tu obra es ese contexto?
—Literariamente, poéticamente, de mi generación ya quedamos muy pocos. Dos, tres si acaso —fue la generación que se agrupó en torno a la revista Taller, entre 1938 y 1941. Yo siempre me identifiqué con un poeta mayor, “el más mayor de los poetas mexicanos de las últimas décadas”: Carlos Pellicer, antiimperialista en su juventud, en su madurez y en su edad cumbre. En alguna ocasión, José Emilio Pacheco preguntó a los críticos si habían advertido que en 1956 se habían escrito tres poemas fundamentales: “Discurso por Cananea” (Cananea es una región minera del norte de México, donde una huelga fue aplastada y señaló, como la huelga textil de Río Blanco, en Veracruz, el amanecer de la Revolución Mexicana), de Pellicer; “El cántaro roto”, de Paz, y “Avenida Juárez”.
Un extraordinario discurso antiimperialista…
—Fíjate cómo son las cosas que, en su primera edición, apareció sin firma y unos lo atribuyeron a León Felipe y otros ¡a Hart Crane! Lo consideraron un admirable poema. Después, cuando se supo que era mío, ya no fue tan admirable. No tiene remedio: el subdesarrollo nos golpea. Pero bueno, creo que lo poco que he hecho no se ubica en ninguna parte. Es una poesía salvaje, que lastima los castos oídos de los elitistas. Y así me siento bien, cambiando impresiones con los poetas jóvenes de México, que me visitan no tanto para expresarme su cariño cuanto para beberse mi vodka, de la misma manera que hoy creo platicar con mis amigos de Cuba. Abiertamente, como debe hablar la gente.
¿Qué significa para el poeta Efraín Huerta el ejercicio del periodismo?
—Vivo, agonizo del periodismo, al que he entregado mi capacidad de cronista, editorialista, columnista, desde 1936. Esta es una confesión: me siento un prosista, un ensayista frustrado. Tengo muchos cuentos, muchos ensayos, algunas crestomatías —¡corran al diccionario!—, y millón y medio de columnas valederas para una compilación de cierto interés. Pero no me toman en serio.
Y sobre la juventud de hoy, ¿qué opina el joven saurio mexicano?
—Felizmente, los jóvenes de ahora están mucho más allá del “hippiesmo” o jipismo. Esta es otra etapa, más recia y positiva, para la juventud. Esto lo creo, lo advierto al través de hechos difundidos, de publicaciones llegadas del extranjero. Se siente algo así como un asentamiento moral, que es fruto directo de la reflexión. El llamado joven Efraín Huerta opina que se debería organizar también, paralelo a los festivales mundiales de la juventud y los estudiantes, un festivalazo donde los mayores de 50 años podríamos exhibirnos en la Danza de los Viejitos, baile originado en la isla de Jarácuaro, en el Lago de Pátzcuaro, Michoacán, México.
Efraín, ¿algo que quisieras agregar?
—Saludos a Alma Mater, una revista con tradición, fundada ni más ni menos que por Julio Antonio Mella, y hecha siempre por jóvenes. Antes, no me costaba trabajo subir la escalinata de la Universidad de La Habana, y mirar de cerca la estatua de la Sabiduría y de la Serenidad. Ahora sí. La veo de lejos y le envío un beso. Luego, de reojo, miro la tarja que recuerda a José Antonio Echeverría. Y todo es triste, pero debe ser alegre y triunfal.

2

Hasta una de las mesitas del café del Centro Cultural Gandhi me llegó —¿rota, turbia, perdida?— la voz de Efraín Huerta: “creo que cada poema es un mundo. Un mundo y aparte. Un territorio cercado, al que no deben penetrar los totalmente indocumentados, los huecos, los desapasionados, los censores, los líricamente desmadrados”.
Sólo yo la oía, confundida en su Estampida de poemínimos y entre la algarabía de los presentes. Tal vez porque ando con un pasaporte rojo y me apasionan la desnudez y la sinceridad.
Nítida y desaforada, volvió la voz del poeta: “Fernando Ferreira de Loanda… intentó convencerme de que escribiera mis memorias. Sí, claro, se llamarían ‘Memorias de un desmemoriado’. Yo le dije que no, que ni Memorias ni Confesiones. Confusiones, si acaso”.
Todo esto y mucho más revuelto en la tinta, aún fresca, de la penúltima página de El Gallo Ilustrado. Allí, cada domingo de quién sabe cuántas semanas, meses, años, vio la luz su columna “Libros y Antilibros”. Y pasé en limpio las respuestas que dio al cuestionario con que lo agredí, meses atrás, en La Habana.

Yo/ No/ Pienso/ Luego/ Existo

¿Qué es, a tu modo de ver —y de escuchar, oler, tocar y degustar—, la poesía?
—Todo es vitalidad, originada en una angustia mezclada con una incontenible alegría. Una de mis ambiciones ha sido dominar la esencia de la poesía, para de verdad olerla, palparla, degustarla. Creo haberlo logrado a medias, o sea, en muy pocos poemas. Mi mayor placer es hallar la misma complacencia en la relectura de un poema de Vicente Aleixandre, y nada me estimula tanto como los mensajes que me envía, de cuando en cuando, Rafael Alberti, cuya poesía huele a sal marina, a oleaje, a pueblo.
¿Qué ventajas reporta para un poeta —y en general, para todo escritor “con pretensiones artísticas”—, el ejercicio del periodismo? Y por supuesto, ¿qué desventajas?
—De 100 poetas reconocidos como tales, no menos de 90 han ejercido el periodismo, soberbio ejercicio para desentrañar algunos secretos de la escritura. Pensemos solamente en dos poetas: Manuel Gutiérrez Nájera y José Martí. En esta época, en todos los países, los poetas saben que el periodismo es todo un aprendizaje. Si hay desventajas para un joven ambicioso, es que no será periodista ni poeta.
La primera respuesta robada —a Manuel González Bello—: “¿Yo, humorista? Dios me libre, soy el hombre más serio de mi generación. En el prólogo a mi libro de 1944 Los hombres del alba, su autor, mi fraternal amigo Rafael Solana, dice textualmente: ‘Efraín Huerta carece por completo del sentido del humor, es el más duro, el más inflexible, el más sin sonrisa de todos nuestros poetas’. Estas palabras tuvieron validez en aquel momento, porque después aprendí a reírme de la muerte durante el año que pasé en tres hospitales del Centro Médico Nacional; como que sigo riéndome. Pero yo me río en serio, porque el humor, el buen humor, tiene una fuerza superior, como el buen amor”.

Estoy/ Exactamente/ A/ Un metro/ Con 74 centímetros/ Sobre/ El/ Nivel/ Del mal

De su natal Silao, Guanajuato, Efraín Huerta sólo guardaba “vagos recuerdos”. Cuando tenía seis años, su familia se trasladó a la capital de ese Estado, donde pasó “una breve temporada, acosada por una epidemia de tifus” y por la miseria. Fue en Irapuato donde comenzó la enseñanza primaria, que concluiría en León —donde vivió, por vez primera, con “un poco de normalidad”. En 1924, después de intentar radicarse en Guadalajara —lo frustró el estallido de “la revolución huertista”—, su familia se estableció durante más de un lustro en Querétaro.
Ya para entonces, “era corredor de mil 500 metros y malicioso jugador de fútbol. Entre los entrenamientos y el dibujo, más leves y frustrados amoríos de adolescente, me di maña para aprender tipografía y no saber nada de matemáticas”. Y agrega, siempre nostálgico: “En Irapuato vendía pan en el mercadito de mi barrio, en León periódicos, en Querétaro fui gritón de premios de lotería y cartelista del cine Goya”.

Sólo/ A fuerza/ De Poesía/ Deja uno/ De ser/ Un poeta/ A fuerza

La segunda respuesta prestada: “Desde los siglos clásicos, el poeta es el mismo… Villón, Rimbaud, Vallejo, ¿cuál es la diferencia? Yo soy nerudiano, aleixandrino, albertiano y ‘gongoriano manso’, como diría Lezama Lima; soy guilleniano, por Nicolás y por Jorge, y me siento el más humilde discípulo de González Tuñón. Amo a Regino Pedroso, a José Z. Tallet, a Roberto Fernández Retamar, a Sabines, a Fayad Jamís, a mi hijo David. Pero te juro que no tengo tiempo de escribir un ensayo sobre ‘la concepción de un poeta de estos tiempos’”.
¿Qué opina el joven Efraín del poeta Huerta?
—Que fuera un distinguido poeta si solamente hubiera sabido escribir.
Quisiera que te refirieras, aunque sólo sea someramente, al actual panorama poético de México.
—El panorama es abrumador. Las revista poéticas proliferan tanto como abundan los talleres literarios. El mercado se saturó cuando todos los premios provincianos se convirtieron en premios nacionales, lo cual provocó una peligrosa inflación. En otro aspecto, creo que hay poetas maduros y jóvenes muy notables, pero los prosistas son muy superiores. No doy nombres, porque no tengo el directorio telefónico a mano.

Todo/ Se ha/ Jodido/ Menos/ El amor

Efraín Huerta es un poeta de primera línea, por su originalidad y por su fuerza, por su sabiduría y por su frescura, no sólo del México contemporáneo, sino de nuestra lengua. De ello dan fe sus libros Absoluto amor (1935), Los hombres del alba (1944), La rosa primitiva (1950), Los eróticos y otros poemas (1974), Circuito interior (1977), Transa poética (1980) y Estampida de poemínimos (1981).
El entiende por poemínimo “un mundo, sí, pero a veces advierto que he descubierto una galaxia y que los años luz no cuentan sino como referencia, porque el poemínimo está a la vuelta de la esquina o en la siguiente parada del Metro. Un poemínimo es una mariposa loca, capturada a tiempo y a tiempo sometida al rigor de la camisa de fuerza. Y no la toques ya más, que así es la cosa”.
El único defecto del poeta es la puntualidad. Lo supe al visitar su casa. Sí, le había anunciado mi llegada para la una de la tarde, y no me aparecí hasta las tres. La única atenuante en la comisión de aquel delito era mi desconocimiento de ese monstruo de innumerables cabezas que es el Distrito Federal.
Las paredes estaban cubiertas casi en su totalidad por cuadros y libros. Entre los primeros recuerdo una tinta maravillosa de Jamís. Entre los segundos, el Pequeño Larousse Ilustrado que me cayó en la cabeza. Había cocodrilos por todas partes, y el desorden de papeles que luego serían recogidos, con amor, por Mónica Mansour.

Lo único/ Que ambiciono/ Con mis versos/ Es darle/ Al mundo/ Protección/ Con/ Sentido/ Humano

Sé que no tienes vocación de maestro, pero no puedes obviar el hecho de que en verdad lo eres. Y bien, ¿qué mensaje tiene para los jóvenes poetas?
—Yo soy quien espero el mensaje de los jóvenes poetas. Muchos han estado cerca de mí, y en casa tengo sus hermosos poemarios. Eso sí, a todos advierto que la antología de mi obrita que apareció en Cuba hacia 1975, padece alrededor de 75 erratas, algunas de ellas de suma gravedad. En cuanto a lo de la maestría, te diré que aquí en México se acostumbra, no sé si por cariño o en forma despectiva, no decir maestro sino maestrín. No pretendo ser más que eso. Ah, y me alegra mucho ver a los jóvenes intelectuales de la tierra de Martí más impulsivos, profundos y creativos.
La última respuesta prestada: “Hay dos cosas que nunca me cuestan nada: soñar y consultar el Larousse. Sigo, con más trabajo, escribiendo. Tengo poemas que son proyectiles (misiles) ideales para ser disparados. Sólo pienso en un blanco: el Pentágono”.

A/ Lo hecho/ Pechos

Primera versión: El Caimán Barbudo, 173 (mayo de 1982): 12-13.
Segunda versión: Magazín Dominical de El Espectador, 469 (19 de abril de 1992): 3-7.