Amor en el zoológico (Bronx) | Tom Pow


Tom Pow (Edimburgo, 1950) estudió Historia Medieval en la Universidad de St Andrews, luego enseñó durante varios años en Edimburgo, Londres y Madrid antes de establecerse en Dumfries, donde se convirtió en un profesor de Inglés en Dumfries Academia. Fue Jefe de Estudios Creativos y Culturales de la Universidad de Glasgow Campus Critchon, Dumfries.

BARGES

I
The riverside air bears the sweetness of the first fallen blossoms;
magnolias bloom like supplicant hands.

II
Two thoughts take wing across the Hudson –
wings like a swan’s that could break you.

III
We count 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 barges
And to each barge, another is lashed.

IV
My arm around you on the rusted railing,
We let them go like ten deep, black breaths.

BARCAZAS

I
El aire ribereño carga la dulzura de los primeros capullos caídos;
las magnolias florecen como manos suplicantes.

II
Dos pensamientos levantan vuelo por el Hudson –
alas como las de un cisne que puede partirte.

III
Contamos 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 barges
y por cada barcaza, otra es amarrada.

IV
Mi brazo que te rodea sobre la barandilla oxidada,
Dejamos que se fueran como diez respiraciones profundas, negras.

LOVE AT THE (BRONX) ZOO

We walk the icy paths
past frozen ponds, snowed-in enclosures,
where reeds like drifting porcupines
are black huts are all that show.

In the dim warmth of an animal house,
we linger by a tank
with a sandy-coloured,
soft-shelled turtle, the size
of my spread hand. From the long spoon
of its head, nostrils stick out
like tiny binoculars. Eyes,
two silvery stains. When it rises
from the dark green weed, its fins,
like sycamore seeds, brush the window
we peer through. So close is it
and so angled, we see

the thin loop of its down-turned mouth;
almost fancy it would speak…

Back in the Bronx, we don’t know
which blind-eyed alley to turn down;
eventually are wrong anyway. We ride around –
a fly caught in deadly nightshade – trying
to reclaim the rim of the highway

past burned-out buildings, waste-ground;
a brazier licking the chill
off some winos.

A battered blue Cadillac jerks
to a stop in front of us. Rusted panels
shake; red tail lights glare
from corroded fins. We sit tight
as the black man’s black curses plume
into the winter air. We turn to each other:
sudden neophytes, who might – sleepless, speechless,
in the dark cage of night – hold their soft bodies
close; fear
for love’s survival.

AMOR EN EL ZOOLÓGICO (BRONX)

Recorremos los senderos cubiertos de hielo
pasando los estanques helados, los recintos con nieve,
donde los juncos como puercoespines amontonados
son chozas negras y todo lo que se ve.

En el tenue calor de un reptilario,
nos detenemos ante una pecera
con una tortuga color arena
de caparazón blando, grande
como mi mano abierta. De la larga cuchara
de su cabeza, sobresalen los agujeros de la nariz
como minúsculos binoculares. Ojos,
dos manchas plateadas. Cuando se yergue
sobre la hierba verde y oscura, sus patas,
como semillas de sicomoro, rozan la ventana
por la que miramos. Tan cerca está
y tan doblada, que vemos

el delgado círculo de su boca invertida;
casi imaginamos que va a hablar…

De vuelta en el Bronx, no sabemos
en qué callejón sin salida dar la vuelta;
nos equivocamos siempre finalmente. Damos vueltas –
–moscas atrapadas en una mortal belladona– tratando
de encontrar la entrada a la autopista

más allá de los edificios quemados, basureros;
un brasero que les saca el frío
a unos borrachos.

Un Cadillac azul y maltrecho se sacude
hasta detenerse frente a nosotros. Los paneles oxidados
tiemblan; las luces traseras rojas brillan
en los alerones corroídos. Nos sentamos tensos
cuando las negras maldiciones flotan
en el aire invernal. Nos miramos unos a otros:
súbitos neófitos, que podrían –sin sueño, sin palabras,
en la oscura jaula de la noche– mantener sus cuerpos blandos
cerca; miedo
por la supervivencia del amor.

AT LA POIVIÈRE

At La Poivière, the old words come to me –
the soft plosives of bower and bough –
as I stand below a fiery vault
of cherries. In the filtered sunshine,
first I hold the ladder for my son
as he reaches up to another bright cluster
and drops them in the bowl. And as he does,
so I reach out from the heart of the tree
and feed on those perfect little planets,
coldly burning, which orbit his ankles.

But you’re clamouring for your chance too
to harvest plenty, to pluck a treasure
so willing it makes us needlessly laugh.
Soon, your industry’s sending our son
running for “Something! Anything!” Nothing
will stop you now, as you toss down
handfuls for me to hold for the coming bowl.
Only I don’t. Part-hidden from you
by one of those leafy boughs, I slip
the cherries, one by one, into my mouth.

With tongue and teeth, I ease out the stone
and the sweet flesh is gone by the time
I spit the pit into the dry earth
or at the crumpled green handkerchiefs
of lettuce. You will, after all, pick more
than my hand or a bowl will bear.
And when you do, I’ll reach out again
around your skirts to harvest whatever
falls within my reach; thinking, somewhere here
is a parable concerned with love or beauty.

EN LA POIVIÈRE

En La Poivière, las antiguas palabras vuelven a mí
–las suaves oclusivas de parra y tronco–
y estoy debajo de una ardiente bóveda
de cerezas. Bajo la luz del sol que se filtra,
primero sostengo la escalera para que mi hijo
alcance otro racimo brillante
que deja caer en el bol. Mientras lo hace,
localizo el corazón del árbol
y me alimento de esos pequeños planetas perfectos,
que arden fríamente, orbitando sus tobillos.

Pero tú también clamas por tu oportunidad
de cosechar mucho, de arrancar un tesoro
con tanta voluntad que nos haces reír innecesariamente.
Pronto, tu diligencia envía a nuestro hijo a buscar
corriendo “¡Algo! ¡Lo que sea!” Nada
ahora te detendrá, cuando me lanzas
puñados para que recoja en el bol siguiente.
Sólo que no. A medias Escondido de ti
por una de esas ramas frondosas, deslizo
las cerezas, una por una, en mi boca.

Con la lengua y los dientes, separo el carozo
y la dulce pulpa se ha ido para cuando
escupo la semilla a la tierra seca
o a los arrugados pañuelos verdes y arrugados
de lechuga. Al fin y al cabo, recogerás más
de las que mi mano o el bol podrán cargar.
Y cuando lo hagas, volveré a estirar la mano
alrededor de tu falda para cosechar lo que esté
a mi alcance; pensando que en eso, en algún lado,
hay una parábola que concierne al amor o la belleza.


Traducción de Jorge Fondebrider. COLABORACIÓN ENVIADA POR Jorge Fondebrider | BUENOS AIRES POETRY, 2018.