Hotel Sitges | Rodrigo Arriagada-Zubieta

Rodrigo Arriagada-Zubieta (Viña del Mar, Chile, 1982) es un poeta, crítico literario y académico chileno. Su actividad artística se centra en temáticas propias de la modernidad estética: la ciudad, el paseante, la mirada, la memoria, el extrañamiento y la crisis de la experiencia. Es miembro del Comité Editorial de la revista y editorial Buenos Aires Poetry y realiza crítica de poesía en Latin American Literature Today de la Universidad de Oklahoma (USA). Como poeta ha publicado Extrañeza (2017) y Hotel Sitges (2018). Sus poemas han sido traducidos al italiano y al inglés.

 

 

EPÍLOGO AL SIGLO XX

Estuvimos a punto de ganarnos el espacio, poetas,
no era asunto de la letra
sí de geometría.
Había que medir la tierra,
ocupar uno a uno, a presión, su lugar
como cuerpos arrinconados en fosas comunes
y no dar nunca nombre
a lápidas distintas,
existir como los muertos riéndose del polvo
y conservar el paso ganado para oír
la voz del futuro.
Por erigirse estaba una ciudad entera,
acaso no mañana, más tarde,
cuando se encendiera una voz sobre la vida,
apiadándose de la espesura.
La luz vendría de otro poco de silencio
de un temblor que lucharía por trizarse;
no era necesario gritar al viento
que nos borraría inexorablemente
tras una niebla espesa.
Había que dejar en blanco el destino,
sentir estupor por la belleza de lo construido,
abandonarse a los ojos sin involucrar
el cuerpo, el gesto y la voz,
alejándose del ruido
y del fervor de las ciudades.
No había que cambiar el mundo,
había que anotar en los márgenes
capítulos para los hijos venideros,
ocultarnos en el anonimato
y simplemente describir
el vuelo de una mariposa
enceguecida por la estrella
a sabiendas que la luz
la convertiría en cenizas.

HOPPER, MORNING SUN, 1952.

Soledad que emerge en la frialdad
de la luz congelada por Hopper:
el invierno es lo único que asoma
más acá de la ventana,
bajo un cielo de mentira
a la vista de un mundo
del que somos otra mancha.
Como la mujer en el cuadro reproduce el intervalo
que de todo nos aleja,
ojos cual escombros de algo
en el paisaje habitual del horizonte inmenso
junto al que ya no proyectamos nada.
Sólo nos pertenece la mañana que robarle al tiempo,
unas pocas horas de la naturaleza misma
embellecida por la inmovilidad,
eso que ya no avanza y se beneficia
en lo separado de sí mismo
sin volver a atravesar una línea demarcatoria
entre los vivos y la presencia del silencio.

Se existe como una habitación de hotel,
como un leve estremecimiento en una cama blanca
iluminada por colores extraños
concentrados sobre las sombras de aquello de paso.

Se existe inexpresivo como la luz del sol
en la pared de una casa.

HOTEL SITGES

Para dormir de una vez
tendría que separarme oníricamente
de mis sueños.

Cada noche ensayo la retractación de mí mismo
y en la mañana me ausento a primera hora
frente al espejo.

Puntual: el mezquino vacío de siempre
se enmascara a fuerza de evitar otros desencuentros
como si alguien me hubiese quitado el buenas noches
cansado del luto riguroso de pensar
en una enfermedad presunta.

Cuántos baños de anestesia
toma el cuerpo aromatizado en su propia morfina
cuando desaparece el tiempo
y comparece horas más tarde
un solo de color durante el eclipse.

Me habitan mis soledades
como agujeros en las cuerdas del patíbulo,
enfermeras sin urgencia
cenicientas a media sombra
de un baile interminable
sobre el salón blanco,
mi propia cama un merodeo rutinario
en el patio de los locos
lo suficientemente a oscuras
y, sin embargo, luminoso tragaluz
bajo la tediosa cúpula del cielo.

Espérenme en pie los muertos
como a la buena nueva
que provoca en todos un pavor inexplicable.

Aguarden en vela
mientras se aprueba sin dolores la eutanasia
y yo sea la vida, la insoportable vida…

Un imbroglio de cables sin oxígeno.

La respiración artificial
ante la ausencia de suicidio.

CARNAVAL DE SITGES

En Sitges hay calles tranquilas
de gentes de buen hábito
por las que a ratos circulan tacones más altos
de lo acostumbrado
en situación de carnaval,
cenicientas sin destreza que trastabillan
en honor a la falta de oficio,
exhibiendo senos y nalgas por razones
que nada tienen que ver con la profesión,
travestis de todas las ciudades de Europa
que descargan su armamento y el alcohol,
arrojándolos al mar
como si se fuera a malograr el oro
en el último viaje de la Antigua Civilización.

Y es como si la igualdad de género
fuera la lucha de todas contra todos
anunciada siglos antes por Hobbes.
Un combate librado sin sexo fijo y sin sangre
por un ejército de Ziggy Stardust en los pasajes,
sosteniendo tetas por espadas
tetas como gritos de guerra
tetas que apretarse como arengas
de una mutua exhibición que antecede
el cuerpo a cuerpo entre rivales
sin signos de triunfo que arrancar al adversario.

Y si bien todas ellas se chocan
por ocupar con naturalidad
el lugar que la naturaleza no les concede,
el código exime del derecho a la muerte en duelo.
Respetuosas de la conservación de la no-especie
la violencia acaba en el instante en que la más débil
grita “Maricón” en la vía pública
como ante su espejo matutino
en que se reproduce su monstruosa imperfección
belleza por la que Dante, si pudiera verlo,
se inventaría para sí
el décimo círculo del infierno

Yo, que no soy Dante,
pero puede que algún día no escriba más
me esfuerzo en retener la nada
de estas imágenes que me parecen irreales,
porque existo al mismo tiempo como en dos lugares
y ya no sé si estamos atrasados en Santiago de Chile
o es ella la ciudad que va delante de mi falsa claridad memoriosa
desde donde irrumpen, con meridiana nitidez,
extrañamente sin pecado y con ternura
…………..ahora o antes
desdichadas prostitutas de mi barrio.


 

EXTRAÍDO DE HOTEL SITGES, RODRIGO ARRIAGADA-ZUBIETA – NOVIEMBRE 2018, BUENOS AIRES POETRY, 2018, 64 p.