Anotación de un poema | Mite Stefoski

Mite Stefoski nació en 1975 en Struga, República de Macedonia. Es el director del “Struga Poetry Evenings”, el festival de poesía más antiguo que anualmente se celebra en Struga desde 1962. Es poeta, escritor de relatos, crítico y editor.
Se graduó de la Facultad de Filología “Blaze Konesi” de la Universidad “Ss. Cyril and Methodius” en Skopje (Departamento de Literatura Comparada y Teoría de la Literatura).
Publicó ensayos sobre la genealogía (novela lírica), poesía contemporánea y teoría de la ficción (adaptación de la novela al cine).
Es miembro de la Asociación Internacional de Literatura Comparada, de la Red Europea de Estudios Literarios Comparados y de la Comisión Nacional para la UNESCO de la República de Macedonia.

ANOTACIÓN DE UN POEMA

Aquí está ese poema:

El poema desaparecido

Una casa de piedra y ladrillos rojos mano que alcanza
había en esta calle, una región llena de risa
ventanas con arcos quebradiza e inconstante como reflejo
y pino que crece sobre ellos. dibujo en el agua
Avenida con acacias que florecían pared que escucha conversaciones ajenas
lagartos, horizontes, dibujos y nombres
como si cayera nieve oscuridad que se derrite en el cuenco oval
cuyas aromas tintineo de la moneda metal
se mezclaron con las aromas de las lilas bolsillos llenos de pequeñeces
había en la calle. gatos que pasan desinteresados
Un adoquín desgastado y liso neumáticos que ruedan
que revelaba aquellos compresas de codos y rodillas heridos
que pasaban por aquí en la noche cicadas
cubría esta calle lluvias de verano, aleros que golpetean
Niños que jugaban a escondite hasta tarde calcetines rotos
estaban en esta calle ojos llenos de polvo
Dos gran cerezos en el patio desde los que
caían las cerezas pachuchas e inalcanzables
en la calle que una vez existía. silencio
Tal vez hubo alguien que caminó por esa calle.

25 agosto, 2002 completado en 30 agosto, 2004

Este poema no es un gran logro, seguramente no encontrará su lugar en las antologías, no es poema de programa, no es auto poético, ni siquiera está publicado. Todavía está escondido dentro de mis anotaciones, no leído por ningún otro; a veces lo encuentro por allí y sin falta lo leo. Lo veo especial, aunque no lo es. Sin embargo, digo sin embargo, porque tengo la intención de continuar como si algo me hace regresar a este poema. Entonces ¿qué hay en este poema?

Hay una calle, y esa no es una calle infinita, interminable, sino tiene exactamente 373 pasos – medidos con los pasos de un niño de 10 años, con una mochila escolar en la espalda, bastante pesada, ya que el niño la lleva encorvado, encontrando el justo punto de gravedad – desde el principio, donde termina el asfalto y empieza el adoquín viejo, desgastado y en algunas partes desnivelado, donde las lluvias hacen charcos, 373 pasos desde el callejón inclinado que cubre el adoquín viejo hasta la otra calle, hasta el asfalto nuevo. Esa calle no es espaciosa, ancha y llana con aceras bonitas, con filas de árboles ordenadas y candeleros, sino es un callejón desnivelado, curvado, y se parece más a una callejuela, con casas viejas, con ventanas mirador que resaltan sobre ella; con tejas que se pusieron verdes y oscuras de musgo y liquen; con aleros sin desagüe, que gotean en la calle cuando llueve, y se hacen filas de largos carámbanos en invierno, y cuando hace más calor, de improviso se caen en la tierra como si se rompiera un florero de vidrio, ventanas que miran una hacia la otra, patios con vallas y cercas de todo tipo, árboles viejos con copas irregulares, y una cosa más. Ni siquiera es especial por el hecho de que una persona conocida e importante vive allí; no hay monumento de mármol o bronce que indica que en tal y tal casa pasó eso y eso, y por esta razón se levanta ese monumento en memoria de ese evento.

En la calle del poema hay una casa hecha de piedra hasta cierta altura, y arriba está construida de ladrillos, que se asoman detrás de algunos lugares donde el revoque se cayó de las paredes; tiene ventanas con arcos, rajadas, divididas en varias pequeñas partes de vidrio, bordeadas de marrón, que daban la ilusión que eran más grandes, una puerta de madera con candado viejo, valla de ladrillo cubierta de tejas semicirculares, sobre las que se asoma un pino alto que esconde la casa un poquito, cuyas ramas se tocan con las ramas de uno de los dos cerezos del patio vecino. Por la otra parte una fila de acacias que emblanquecen en la primavera y que recogen las abejas venidas de quién sabe dónde, invitan a las manos infantiles estiradas arriba hacia las flores para que las prueben. Aromas que sólo pueden prevalecer sobre las lilas enflorecidas en los rincones de los patios y el alboroto de los niños que hasta tarde juegan al escondite durante la noche de verano en esa pequeña calle con sólo 4 postes de luz, de los que sólo dos tienen bombillas. Entonces ¿qué es tan importante en esa calle para que se escriba un poema?

Esa es mi calle, yo le doy nombre y la dejo sin nombre, yo pongo números en las casas, yo la pueblo y la despueblo, yo construyo y derrumbo las casas, yo hago madurar las cerezas, yo rompo los calcetines, me daño mucho las rodillas y los codos, yo empujo llantas en el adoquín, invito a los amantes que susurren dulcemente apoyados en un muro escondido, yo dirijo al cartero en rumbo correcto para que distribuya las cartas.

Esa calle no existe fuera de mí. Ahora mi memoria se esfuerza mucho para llenarla de objetos. A pesar de mí, hay una prueba más de la existencia de esa calle – mi poema. Todavía no está publicado, sin embargo existe. Si desaparece, desaparecerá la calle. Cada regreso la extiende, la hace más real, más pintoresca a pesar de las cosas comunes que pueblan esa calle. Ésa es mi fabricación, sólo mía. Nadie la puede encontrar en los planes de ninguna ciudad y nadie puede caminar por esa calle.

Esa casa en la calle es mía. Yo no vivo en ella, pero ella vive en mí. Con cada regreso es más acogedora, más clara, más cercana. Unos detalles más, unas pequeñeces más aparecen en esa calle, una novedad que desde siempre ha sido presente allí, emerge y se asoma, como si fuera la primera vez, a veces tan maravillosa y detalladamente hecha, como si hubiera necesitado meses y días para hacerla, y ahora, aquí aparece toda y brillantemente hecha; de repente, la encuentro en ese lugar enrejado con mi fabricación.

Un día probablemente sabrán que yo inventé ese poema, pero nadie sabrá con certeza que también inventé la calle, con todo lo que hay allí. Supondrán, sin embargo, convencidos que esta es una calle de mi infancia, una calle real, una calle diferente, que por alguna razón merece que se escriba un poema sobre ella. Algunos a lo mejor la buscarán. Algunos no leerán ese poema, sobre la calle estrecha y adoquinada. Algunos intentarán caminar por allí. ¿Será mi calle en su imaginación la misma que yo inventé? ¿Caminaré yo por mi calle o caminaré por sus calles desconocidas? Construirán una ciudad con calles parecidas, así, y sin embargo, diferentes, ajenas, sombrías, siniestras. Sin embargo, mi calle remanecerá una y única en esa ciudad única. O tal vez, ¿desaparecerá el poema?

Es de noche y yo estoy soñando a un Borges que sueña con tigres. Ese tigre ardiente de Blake, ese tigre de Hugo, el malo Shere Khan del Libro de la selva, finalmente se mueven sus tigres también, de color azul oscuro, diversos. Ya no existe ese Borges que de vez en cuando sueña con algún tigre, pero en el futuro también, aparte de todos los remanentes tigres en las selvas, sus tigres soñados, tigres de sueños no terminados, caminan por las bibliotecas, desde allí en los libros, los versos, las palabras. Todos los tigres pasan por los jardines de Borges. Sólo a veces, muy tarde en la noche los dejo pasar por mi calle. ¿Sigue allí Borges, ese otro Borges, que sueña con Borges que no está y envía a los tigres en mi calle?

A veces pienso que yo soy más irreal que esa calle, casa, árboles, objetos. Como si hubiera escapado o como si fuera expulsado de allí. Como Chuang Tze yo vacilo entre cuál de las dos cosas es más real. Vacilo si mi calle es como el tigre de Borges, una forma de sueño o eso soy yo? Cuyos pasos escucho ahora en mi calle…

18 diciembre, 2010

Traducción de Marija Petrovska

A NOTE OF A POEM

Here is the poem:

The missing poem

A house of stone and red bricks a hand reaching out to
there was on this street,
an area filled with laughter
windows with arches
brittle and transient like a reflection
and a pine tree overtop.
drawing in the water
An avenue of blooming acacias
a wall listening to someone else’s conversations
lizards, ivies, drawings and names
as if snow had fallen
darkness melting in the oval dish
whose scents
rattling of the metallic coin
were mixing with those of the lilacs
pockets full of trifles
there was on the street.
cats passing by uninterested
Worn out and smooth cobblestone
rolling iron hoops
revealing those
patches over injured elbows and knees
that passed here at night
cicadas
covered this street
summer downpours, murmuring eaves
Children playing hide-and-seek till late hours
socks with holes
there were on this street
eyes filled with dust
Two large cherry trees in the yard from which
the overripe and unreachable cherries fell
on the street that once existed.
silence
Maybe there had been someone who had walked along that street.

25.08.2002 revised 30.08.2004

It is not much of an achievement, you will surely not find it in anthologies, it is not even programmatic, auto poetic, it is not even published. Still hidden in some of my notes, unread by anyone else, sometimes I will notice it there somewhere and unavoidably read it. Considering it as special, which is not. But all the same, I say, all the same, because I have an intention to continue as if there is something drawing me back to this poem. So what is inside of it?

There is a street, and it is not an endless, impassable street, it has exactly 373 steps – measured by the walk of a ten-year old child, with a school backpack on his back, quite heavy, since the child is carrying it hunched down, finding the most suitable center of gravity – from the beginning, where the asphalt ends and the old cobblestone begins, worn-out and somewhat uneven, where the rain makes puddles, 373 to the next street, to the new asphalt of the slanting street which covers the old cobblestone. It is not spacious, broad and straight street with nice sidewalks, even avenues, candelabras, but uneven, winding street, more of a dead-end alley, with old houses with bay windows overhanging, with roof tiles green and darkened by moss and lichen, with eaves without gutters, which drip over it when it is raining, and at winter rows of long icicles form, and when it gets warmer, suddenly come crashing down as if a glass vase has been broken, windows facing each other, courtyards and various fences, old trees with irregular crowns and what not. It is not even special because someone famous lives there, someone important, there is no marble or bronze plaque telling us that in such and such house this or that happened and therefore that plaque is put for commemoration.

In the street from the poem there is a house made of stone to a certain height, and upwards built with bricks, peering from the fallen plaster at some places, with arched windows, peeled off, divided to several small glass parts, bordered with brown color thus creating the illusion that they are larger, a wooden gate with an old latch, a courtyard covered with semicircular tiles, over which dominates the old pine tree hiding the house, touching with its branches one of the two old cherry trees of the neighboring yard. On the other side an avenue of acacias, which get white in the spring and attract the bees which come from god knows where, which attract children’s hands reaching upward towards the blooms to taste them. Scents which can only be overpowered by the blooming lilacs in courtyard corners, and the noise of the children that play hide-and-seek late at summer nightfall in that small street with only four street posts, out of which only two with lamps. Then what is so important about that street so that a poem is written about it?

It is my street, I name it or leave it nameless, I put numbers on the houses, I populate and depopulate it, I build and demolish houses, I bloom the cherries, I put holes in the socks, injure and pain the knees and elbows, I push the iron hoops on the cobblestone, I break the enormous icicles on the eaves, I throw handfuls of dust over the flowers, I invite the bees, I give sign to the cicadas to announce dusk, I invite the lovers for sweet whisperings leaning over some hidden wall, I send the mailman to the correct address to deliver the letters.

That street does not exist outside me. Now my memory fervently tries to objectify it. Beside myself, there is only one more evidence of the existence of the street – my poem. Unpublished still, but existent. Should it disappear, the street will disappear as well. Every recollection expands it, makes it more real, more vivid, despite the ordinary things which inhabit that street. It is my invention, mine only. Nobody can find it on the plans of any city and nobody can walk on that street.

That house on the street is mine. I do not live in it, but it lives in me. With every recollection warmer, clearer, closer. Another detail, some tiny trifle appears on that street, some news which was ever-present now surfacing and displaying itself to me, like for the first time, sometimes so marvelously created in details, as if it took months and days to be created, and now, look, suddenly completed, whole and shiny I discover it in that space bordered with my creation.

It will be known one day, probably, that the poem is my invention, but nobody will know for sure that the street is my invention too, with everything in it. They will sense, however, assured that it is a street from my childhood, some real, different street, worthy of something so that a poem should be written about it. Some might even search for it. Some will pass-by that poem, about the narrow cobblestone street. Some will try to walk there. Will their design of my street be the same as the one I created? Will I be the one who walks on my street or over their unknown streets? They will create a city with such similar streets, and yet, different, foreign, dark, evil. However, my street shall remain to be one and only in that unique town. Or, will the poem disappear?

It is night and I dream of a Borges who dreams of tigers. Blake’s fiery one, Hugo’s, the evil Shere Khan from the Jungle Book, at last his tigers whirl around, dark blue, various. Gone is that Borges who from time to time dreams of some tiger, but even further, along those remaining tigers in the jungles, his dreamed ones, undreamed tigers wandering around libraries, away from the books, verses, words. All of the tigers cross over the gardens of Borges. From time to time, late at night I let them cross my street. Does Borges still, that other Borges, dreams of the Borges who is gone and sends the tigers to my street?

Sometimes I think as if I am more unreal than that street, house, trees, objects. As if I had escaped, or have been banished from there. Like Zhuangzi, I too doubt which is more real. Is my street like Borges’s tiger, a shape of a dream or am I that? Whose steps I hear now in my street…

18.12.2010

Translated by Gorjan Kostovski