La mariposa de Brodsky | Víctor Toledo

LA MARIPOSA DE BRODSKY (1)

En un rincón del blanco congelado, cruzado por calles sombras en las que sólo aparecían bellas borrascas con forma de mujer, al fondo de una tímida llama de un departamento de Moscú, con quebradizas ventanas que se enredaban al color rojizo de los geranios que las abrasaban, por primera vez hablaba del poeta nacido un 24 de mayo en el Leningrado de 1940, Iosif (Joseph) Brodsky. Con la aún joven pero ya reconocida poeta Olga Siedakova, la conversación giraba con el ritmo de la mano de la tormenta, como si cariñosamente diera vuelta a una página de Noches Blancas de Dostoievsky.

De Brodsky me intrigaba el abismo que encontraba entre sus mejores poemas y algunos otros. Olga, en tono socarrón, me decía que si el ciclo de poemas Divertimento mexicano -que, no obstante, llega a tener imágenes muy bellas- fuera anuncio turístico, no se interesaría por mi país. En uno de los diarios literarios de Moscú, en entrevista reciente -avanzaba el invierno del 89- Brodsky, un Apolo en la nieve, es decir un verdadero poeta (según la descripción de otro poeta leningradense, Aleksander Kushner, amigo y contemporáneo suyo), se refería a los versos del gran poeta ruso Borís Pasternak con el calificativo de “versitos”, este poeta era mi favorito y la musa también lo amaba, así que no coincidíamos con la afirmación crítica de Brodsky en un repaso exageradamente severo -creo yo- por la literatura rusa de este siglo. (2)

Dudaba de mi ruso al inquirir a Olga por mi lectura de aquellos versos -estos sí, “versitos”- de Brodsky que no me gustaban pero la poeta (hija de un oficial de la armada soviética por lo que el departamento -kuartiria- en que nos encontrábamos tenía más de Cuarto y medio, no como el del famoso poema que escribió Iosif a la muerte de sus padres) coincidía conmigo otra vez. ¿Por qué Brodsky no aplicó su siempre implacable y erudita -aunque polémica- crítica a todos sus poemas? La paradoja se resuelve en que quizá no hubiera podido escribir ese enorme copo luminoso de palabras montañas que lo convertiría -coincido con su amigo Paz- en una de las voces esenciales de nuestro siglo. En una de más esenciales y originales, añadiría yo. Asombra su temprana madurez, su capacidad poética innovadora y su profundidad filosófica en poemas escritos alrededor de los veinte años como La elegía mayor a John Donne. Hondura que nunca perdió en sus ensayos, muchas veces reivindicativos de la esencia clásica. Brodsky en sus mejores poemas -como La mariposa- alcanza la genialidad, el poema Nocturno lituano : a Tomás Ventzlov es otro ejemplo.

El penetrante reflejo del Báltico se forjó en los preceptos de la escuela formalista de Leningrado (3), hoy, otra vez Sankt Piterburgo (la más formalista del universo creo yo), que exigía la mayor profundidad filosófica y el más alto rigor conceptual unidos a la forma más transparente.

Fue definitiva la arquitectura de esta ciudad y las circunstancias de su fundación y desarrollo para tan peculiar estilo (por cierto, el hecho de haber dejado de ser la capital, con el ascenso de Lenin en 1918, provocó el torpe y absurdo -pero significativo- enjuiciamiento de Brodsky, que no se hubiera dado en la bullente Moscú; en la congelada Peter se aburrían demasiado los policías del partido, mientras en el nuevo centro no se bastaban para los asuntos principales nacionales e internacionales. Había que buscar una justificación a su comisaría). El poeta concientizó “en el rabo de la memoria”, con detalle, la relación entre arquitectura y poética:

el San Petersburgo del siglo XIX, (…) se volvió lo bastante occidental como para permitirse incluso un cierto grado de menosprecio respecto a Europa (…) sobre todo en la literatura, tenía muy poco que ver con la tradicional xenofobia rusa, a menudo manifestada en forma de un argumento como la superioridad de la ortodoxia sobre el catolicismo. Era más bien una reacción de la ciudad ante sí misma, (…) de ideales profesados ante la realidad mercantil, del esteta ante el burgués (…) en ese menosprecio había un algo de índole religiosa.

Toda crítica de la condición humana sugiere el conocimiento, por parte del crítico, de un plano más alto de apreciación, de un orden mejor. Tal era la historia de la estética rusa que los conjuntos arquitectónicos de de San Petersburgo, iglesias incluidas, eran -y siguen siendo todavía- percibidos como la encarnación más cercana de semejante orden. En cualquier caso, el hombre que ha vivido el tiempo suficiente en esta ciudad tiende a asociar virtud con proporción. Esta es una antigua idea griega, pero, plasmada bajo el cielo septentrional, adquiere la autoridad peculiar de un espíritu bien fortificado y como mínimo, hace que un artista sea muy consciente de la forma. Esta clase de influencia es especialmente clara en el caso de la poesía rusa o, para nombrarla de acuerdo con su lugar natal, la poesía petersburguesa. Durante dos siglos y medio esta escuela, desde Lomonosov y Deryavin hasta Pushkin y su pléyade (Baratinski, Vyazemski, Delvig), hasta los acmeístas -Ajmátova y Mandelstam en este siglo-, ha existido bajo el mismo signo bajo el cual fue concebida: el signo del clasicismo. (4)

Dostoievsky creía que este era “el lugar más abstracto y premeditado del mundo”, el ballet aquí -con Ana Pavlovna- evolucionó como estructura sinfónica, y el tiempo se volvió mítico porque el mito le pertenecía a la creación de esta ciudad que, reflejándose en los múltiples espejos de las ramas plateadas del Neva, recreó también su particular vislumbre narcisista.

Los edificios apuntalados con pilares de bosques y almas muertas, dieron lugar a “una búsqueda de un sostén metafísico de la palabra” según Tatiana Bubnova que profundizó en esta poética como en una complejidad de ritmos y ecos de voces de los siglos XVIII y XIX, y una entonación que traza un puente con la Generación de Plata rusa vinculada con las poéticas del siglo XX, y entre ellas, destacadamente el simbolismo y -desde luego- el akmeísmo:

No obstante el intenso trabajo rítmico-semántico al que Brodsky somete el lenguaje poético no permite reconocer en el resultado sino un guiño hacia el rigor y el purismo tradicionalistas. Dentro de esta tradición el orden formal se basa en la versatilidad del sistema acentual y la variedad morfológica de la lengua rusa. El ruso, a despecho del peligro de repetir infinitamente un corpus limitado de rimas, hace posible -debido, por ejemplo, a los complejos sistemas de declinación nominal y de conjugación verbal- que una misma palabra se presente bajo distintas variantes formales. Es por eso que a menudo el pensamiento poético ruso busca caber en un sistema más cerrado y ordenado de la armonía versal que, por ejemplo, cualquier lengua romance permita. (5)

Sujeta a múltiples inflexiones, para el poeta, su lengua madre, por su sistema declinativo, se convierte en un estereoscopio donde se atrapa mejor el tiempo, ya que agudiza la percepción, pues el nombre, el adjetivo o el verbo pueden finalizar la frase o variar su forma según el género, el numero o el caso. La versatilidad morfológica significa una gran riqueza de ritmos y rimas y en una tradición fundada en la consonancia, el sistema se vuelve más flexible e infinito al dar cabida a la asonancia. El complejo orden rítmico de Brodsky, no obstante, nunca lo remite, si obviamos la generalidad, a un esquema ulterior y sólo como un lejano eco se capta la relación con un modelo previo. La labor del profundo y ramificado discurrir del Neva entre sus puentes, como lenguas blancas y heladas, realizó una drástica transformación en la materia fónica. La lectura en voz alta -típica de la poesía rusa- resulta difícil de reproducir por vez primera por su nuevo ritmo y no por su falla: sí por su originalidad, la imaginación de un sonido jamás oído pero que ya existía .

Así el sentido. Brodsky no omite o castra las secuencias sintácticas, su fraseo transcurre pleno y sus analogías, antítesis y correlaciones, como sistema, son más que paralelos de giros y cláusulas: la función o el sentido del régimen sintáctico se ha desplazado y, eterna y etéreamente, surgen -desplegándose y autorreproduciéndose- complejas imágenes y saltan violentas analogías. El impulso poético del río tiene un claro reflejo en la maraña sintáctico-semántica.

“Si sumamos a esta difícil claridez clasicizante -dice Bubnova- la ambición metafísica (…) obtendremos una figura patética y controvertida de un poeta que pone a prueba , dentro de una escala universal de los valores, todo su ser en las palabras, apuesta existencial en la que sabemos se le ha ido, y tal vez se le siga yendo, la mitad o, quizá, una porción más grande de la vida”. (6)

La manera visual, imaginativa, en que la arquitectura de la fabulosa ciudad influyó en Brodsky es múltiple (con dos fuertes características: en la exterior, ya dijimos, el rigor de la arquitectura -racional, clásica, barroca y del siglo de las Luces- conjuntamente con el espacio absoluto que los arquitectos franceses, italianos y alemanes que proyectaron, jamás -por dimensión y economía- hubieran podido encontrar en una capital de Europa central u occidental; en lo interior, el minucioso detalle, obligado por el sistema comunal de vivienda soviético, de diminutos departamentos, subdivididos, por regla, abstractamente: combinado con el fino trabajo de decoración de su edificio, admirado desde niña por Ajmátova; y del mobiliario de su familia.

Además de que el invierno afina las lentes al pulir los cristales del aire; la luz septentrional es “pálida y difusa, una luz en la que tanto la memoria como el ojo actúan con inusual nitidez. Bajo esta luz, y gracias a la rectitud y longitud de las calles, los pensamientos del caminante viajan más allá de su destino, y un hombre con visión normal puede distinguir a más de un kilómetro de distancia el numeró del autobús que se acerca o la edad del individuo que le viene siguiendo los pasos” (7). En la poética de los grandes poemas de Brodsky (la “ Elegía mayor a John Donne”, “El grito del azor en el otoño”,” La estrella de navidad” -donde la estrella es el niño dios, dios, y la nube el pesebre-, “La mariposa”, etc.) se pasa del ínfimo e íntimo detalle a una visón -por medio de una especie de vuelo mefistofélico de Walpurgis- periscópica, aérea, ubicua, omnisciente, infinita, cósmica.

El detalle realista se exacerba a tal magnitud que la mirada penetrante del azor (poeta) logra otra dimensión poética: una introyección en la realidad a través del microscopio telescópico de la lengua que crea una técnica (recuerda a la de Derek Walcott) que comunica -uniendo como los puentes de San Peterburgo- la realidad (real) con la poética. Fundiéndolas sólidamente, de tal manera que las imágenes son más potentes y verosímiles y las visiones del mundo (tanto hiperrealista como sensible) se amplían mutuamente, se potencian. Resulta un poderoso universo poético que a través del mínimo detalle observa al infinito, e inversamente, la inmensidad da cuenta de la verdadera grandeza de lo minúsculo: humano o cosa (e aquí una connotación política -indirecta, pero más poderosa, como debe de ser en la gran poesía-: Stalin y la dictadura militar no entendían lo sagrado de una vida humana, por su misma individualidad irrepetible). Todo esto va aunado, además, con metáforas sencillas, comparaciones de tipo clásico y con el hecho de que el detalle realista pasa a ser un concepto metafórico y viceversa, para reforzar el tejido de una trama mayor: una gran metáfora conceptual, globalizadora, moderna y clásica, del poeta y su geografía, el poeta y su tiempo, el poeta y la historia, el poeta y el tiempo, el poeta y la lengua que también transforma al tiempo, el poeta y su tradición, el poeta y el sentido verdadero de la poesía.

De las maravillosas figurillas de porcelana que traía su padre -el capitán de la marina rusa, Alexander Brodsky- de la mítica China, y que coleccionaba con sus paisajes y escenas diminutas, pero vivas, dentro del pequeño “cuarto y medio”; heredó el gusto por el detalle, la lejanía y la libertad: un arraigado vicio por el azul del horizonte. También los uniformes-brisa, altamente varoniles y elegantes, con dos hileras de botones dorados como iluminadas avenidas interiores “tenían todo el aire de ser los instrumentos de un ideal perfecto y abstracto, en nada menos precisos que los astrolabios montados en bronce, las brújulas , los catalejos y los sextantes que relucían a su alrededor. [En el museo de fotografía de la marina que dirigía su padre, además excelente fotógrafo] ¡Sabían calcular la situación de una persona bajo los astros con un margen de error más pequeño que sus amos! Y uno no podía por menos que desear que gobernasen también las aguas humanas: ponerse a merced de los rigores de su trigonometría antes que de la burda planimetría de los ideólogos, ser una ficción de la visión, tal vez de un espejismo, en lugar de ser parte de la realidad”. (8)

Si esa era la ciudad, sin embargo, “donde resulta algo más difícil soportar la soledad en comparación con cualquier otro lugar, porque la misma ciudad está solitaria”, por lo mismo, como equilibrio y armonía, el espacio “tiene mente propia y genera su distribución, existe la posibilidad de que esos metros cuadrados también me recuerden con cariño”.

El espacio piensa para hacer más trascendente, superando la lógica matemática, una ya mítica ecuación: Menos que uno = a Uno y medio. La misma operación de Nostalgia de Tarkovsky: 1+ 1 = a tres, trinidad poético-divina.

No volvió a ver a sus padres después del exilio, pero les hablaba semanariamente esperanzado -como ellos- cruel y eternamente en el reencuentro.

Al morir estos, se transformaron en las negras cornejas que posadas en el hilo del teléfono, su cordón de plata umbilical, del bosquecillo del patio de su casa americana, lo acompañaban en su doble soledad de exiliado.

El poema “La mariposa”, (sus catorce estrofas conforman la figura del vuelo de la sombra del coleóptero -las palabras- sobre la página en blanco), una de las más grandes reflexiones existenciales de la literatura, surge del detalle diminuto observado por la lupa cósmica de la muerte -comparable filosófica, simbólica y estéticamente con la altura alcanzada, la mayor del género, por los poemas nahuas-, donde a lo efímero de la vida-materia, escritura-vuelo, le asigna el valor de reflejo espejeante de la trágica eternidad. Está escrito intencionalmente con un ritmo seco, solemne, filosófico, casi antipoético.

No así la elegía a John Donne, que parece reflejar el ritmo más hondo del alma de las cosas, los más de 160 movimientos secretos del planeta, que conmovidos, son tocados por la inercia de la muerte del poeta.

Sus maestros -vimos- fueron sobre todo los poetas de Leningrado, los akmeístas o adamistas (puristas), la escuela contraria a los futuristas-vanguardistas moscovitas, que, unidas alzaron el mayor destello poético ruso después de Pushkin: la Generación de Plata (aunque la contienda poética y la historia final no fue tan cerrada, como la de los contemporáneos y los estridentistas, grosso modo si podríamos hacer un parangón). El poeta Pasternak al que se refería Joseph Brodsky despectivamente -no sin reconocer su gran importancia- pertenecía a la escuela moscovita (con éste coincidía en la tradición rusa de escribir cada año un poema la víspera de Navidad).

La otra escuela, vimos, más apegada a la tradición clásica (tanto griega como rusa), más suya, tenía como cabezas a Osip Mandelshtam y a Ana Ajmatova. Quizá esto explica su actitud, porque el poeta criticado por él severamente nunca tuvo tan abisales altibajos ni la cantidad de versos simplistas que, en ocasiones, tuvo el hijo predilecto de los akmeístas. No voy a caer, entre otras cosas, por el poco espacio no del departamento de Olga sino de estas páginas, en el casi amarillismo político de muchas de las notas sobre Brodsky aparecidas después de su muerte: todo gran poeta -sobre todo ruso- tiene su leyenda (aún poetas como Wallace Stevens: su antileyenda de vida y poesía diltheyana es su leyenda). No abundaré en su encarcelamiento (de 1963 al 65) y su posterior exilio en los Estados Unidos (1972, antes recibió el valeroso apoyo de Marshak, Shostakovich y Ajmátova, entre otros) por juzgarlo la corte soviética un parásito social: -“Qué hizo usted de tal año a tal año” interrogó el fiscal. -“Escribí libros de poemas” contestó el poeta. -“No se burle de la corte eso no es trabajo” gritó indignado el juez.

No insistiré en que después del exilio su mayor castigo fue no ver jamás a sus padres, ni hablaré de su niñez judía-rusa marcada con el cerco nazi a Leningrado, de su juventud a veces desordenada como cuando no lo recibió, por llegar borracho, “la reina”, su querida maestra, Ana Ajmátova: fue la última vez que pudieron verse. Ni volveré a criticar su afición estadounidense por el filósofo ortodoxo ruso Shestov (9). Que además se contradice o vuelve compleja porque Brodsky (como verdadero poeta) sentía atracción por las culturas idólatras, por las diosas y dioses, el monoteísmo le parecía peligroso en su forma pura, el estado democrático -era para él- “el triunfo histórico de la idolatría sobre el cristianismo” Diré que como Mayakovski y Pasternak, en su tiempo -de la contraria escuela, renovó el metro ruso de manera notoria: para liberarse un poco de la obligada rima en esta lengua, enriquecer su cadencia, variar radicalmente su ritmo y musicalidad (así contribuyó de manera universal a una nueva forma métrica entre el verso blanco y el clásico, soporte de un audaz sistema de imágenes y compleja gramaticalidad poética -como la entendería Roman Jakobson), alargó los versos hasta donde su aliento de ígneo iceberg resistió -según el mismo describiera en su discurso de recepción del premio Nobel en 1987 (10) como si intentara extender puentes desde la orilla de su asediada, incendiada y reprimida Leningrado-Sankt Piterburgo hasta los brillos visibles de las libres costas de Finlandia y de Suecia.

Diré que aconsejaba a los poetas poseer por lo menos dos lenguas madre, como él el ruso y el inglés (escribió sus memorias-ensayo, verdadero arte de la fuga, autobiografía moderna innovadora, en la fluida y pragmática lengua de Albión para alejarse aún más del blindaje de la profusa pro rusa prosa soviética, de una mínima relación posible entre el rigor sintáctico y semántico de su bella lengua madre original con el régimen dictatorial sórdido que testificó. Así superó el dolor y pudo escribir.

Diré que con él muere toda una época, todo un siglo, el último gran poeta soviético y más: mueren casi todas las utopías que construyó nuestra historia. “No quiero escoger país ni camposanto, iré a morir a la isla Vasilievski” escribió en su juventud.

Al detenerse su ritmo, no sólo se estremecieron los abedules de su tierra, también se apagó el corazón de los sueños de su era. Su voz trágica -plena de vitalidad- y la fecha reciente de su muerte, alumbrada con un diluvio de estrellas -28 de enero-, herida de fuego, alas desplegadas de mariposa parto y límite seglar, marcan aún más la imposible pero imperiosa necesidad de terminar con la historia -tal como la conocemos- y fundar otro día sostenido en la brillante conciencia poética.

Los tres primeros, junto a Marina Tsvietáieva, Vladímir Mayakovsky, Sergueí Yesenin, Borís Pasternak y Velimir Xlébnikov, entre los más destacados -éstos últimos a excepción de Yesenin, eran moscovitas-, formaron, por su brillo, la llamada Generación de Plata, pues la de Oro es la de los clásicos: Pushkin, Lermontov, Gógol, etc.

Mayakovsky y Pasternak (en un principio seguidor del primero) junto con Xlébnikov (el más experimental en cuanto a la lengua) fueron los futuristas: los más revolucionarios, la vanguardia rusa. El puente entre los simbolistas y esta Generación de Plata, sería Alexander Blok, maestro reconocido por todos.

La inclinación, por otra parte, a la filosofía religiosa ortodoxa de Brodsky, Alexander Solyenitsin y otros miembros de la intelillentzia, por Shestov, es muy rusa; sobre todo como una reacción al largo periodo de prohibición religiosa sufrida, a un intento de reencuentro con las auténticas raíces culturales, espirituales y místicas, a una búsqueda desesperada de la identidad, muy actual, de este eslavismo, cortado por el periodo soviético de “identidad” forzada y artificial. También se puede explicar por la profunda conciencia expresada en Nueva edad media. Reflexiones sobre el destino de Rusia y Europa (Berlín, 1924) por el mencionado filósofo religioso Nicolai Berdiaev (que pensaba que la revolución rusa tenía una misión negativa porque su pueblo había traicionado, por carecer de suficiente fortaleza, su verdadera misión “mística”, que, sin embargo, había quedado plasmada en el “pensamiento cósmico”, para cumplirse, cuando Rusia -una Rusia ortodoxa, desde luego- superara su propia traición, encabezando mundialmente esta fe), verdadera o falsa, sobre que el pueblo ruso -trágica, inevitablemente- para poder ser gobernado necesita de una mano fuerte y extranjera. Contradictoriamente, como todo pensador político religioso, se asumía como antitotalitarista.

En el caso del poeta de San Piterburgo, quizá, esto se concretaba en la siguiente utopía: “¿No debería ser más fácil ejercer y distribuir la cultura en un estado centralizado? Teóricamente, un gobernante tiene más acceso a la perfección (que en cualquier caso reclama) que un representante (…) Ese país, con su lengua magníficamente declinada, capaz de expresar los matices más sutiles de la psique humana, con una increíble sensibilidad ética (fruto positivo de su historia, por otra parte trágica), tenía todos los ingredientes de un paraíso cultural y espiritual, un auténtico receptáculo de civilización. En lugar de ello se ha convertido en un infierno de monotonía, con un dogma materialista ruin y de patéticos aspirantes a consumidores”. (Menos que uno. p. 34).

LA MARIPOSA
Joseph Brodsky. Traducción Víctor Toledo

I

¿Decir que tú estás muerta?
Tan sólo viviste una jornada.
Cuánta tristeza hay en la broma del Creador
Apenas puedo articular “vivió”:
Unidad de la fecha del nacimiento
Y de cuando en mi mano te deshiciste.
A mí me desconcierta restar
Una de las dos cantidades
A los confines del día.

II

Después que los días para nosotros
No son nada -sólo nada-
No los atrapas
Y de pitanza para los ojos no los tendrás:
Ellos
En el fondo blanco
No tienen cuerpo, son invisibles
Los días son como tú
Exactamente ¿qué puede pesar
Disminuido diez veces
Uno de estos días?

III

¿Afirmar de lleno que no existes?
¿Pero qué es en mi mano
Algo tan similar a ti?
¿Y el color?
Que no es fruto del no ser
¿De quién es este soplo
Que así se unta en la pintura?
Dudo que yo
Balbuceando un nudo de palabras
Ajenas al color
Pudiera delinear esta palestra.

IV

En tus alitas hay
Pupilas, pestañas, ninfas o aves.
¿Fragmentos de qué rostros es este retrato volador?
Dime de qué partes y pizcas tu casualidad
Aparece una naturaleza muerta:
De cosas, quizá frutos,
Incluso el trofeo
Extendido de la pesca.

V

Es probable que seas un paisaje,
Si tomo la lupa
Encuentro al grupo de ninfas,
al embrujo, la playa
¿Es tan claro allá como en el día
o tan abatido como la noche?
¿Qué estrella se encendió en la bóveda celeste?
¿De quiénes son estas figuras?
¿Dime
De qué naturaleza
Todo el paraje se hizo?

VI

Pienso: tú eres
Esto y lo otro
Tienes rasgos de astro, rostro, objeto
¿Quién fue el orfebre
Que sin arrugar el ceño
Engarzó en miniatura
Los rasgos de este mundo?
Que enloquece.
¿Quién nos tomó entre sus pinzas:
Donde tú eres el pensamiento sobre la cosa
Y nosotros la cosa misma?

VII

Dime
Para qué este arabesco
Te fue dado sólo un día.
En el confín de los lagos
¿ A quién esta amalgama
Reservará espacio de antemano?
Quitándote la posibilidad
El corto tiempo
De caer en la red
Estremecerte en la palma de la mano
Y en el instante de la persecución
Deslumbrar a la pupila.

VIII

Tú no me respondes
Y no es por timidez
Y no por algún mal
Y no por estar muerta.
Pues a cada criatura
Viva o muerta-
En señal de parentesco
Se donó una voz:
Para el entendimiento, el canto,
La prolongación de un instante
De un día.

IX

Estás privada del empeño
Pero hablando con rigor: mejor así.
Para qué tener deudas con el cielo.
En el recuento no te aflige
Si tu siglo y tu peso son dignos del silencio
El sonido también pesa
Pero tú eres más incorpórea
Y más insonora
Que el tiempo.

X

No alcanzaste a vivir
Hasta sentir el miedo.
Más fácil que el polvo te ensortijas
Sobre el tiesto
Estás fuera de lo transcurrido
Del pasado del porvenir con sus ahogos
Parecidos a la cárcel.
Por eso cuando vuelas hacia el prado
Soñando libar
El mismo aire -de pronto-
Toma forma.

XI

Así la pluma se desliza
En la suave blancura el abismo del cuaderno
Sin conocer el destino de su línea
(Donde el saber y la herejía se enredaron).
Más confiándose a los empeños de la mano
En sus dedos
Se bate el habla
Muda por completo:
No quita el polvo acumulado de la flor
Mas sí el peso de los hombros.

XII

Esta belleza
Y su fecha tan pequeña
Uniéndose a esta conjetura
Tuerce la boca
Sin decir -claro-
Que en realidad
El mundo fue fundado sin objeto
Y si lo tiene
No somos nosotros.
Amigo entomólogo:
Para la luz no hay agujas
Y no las hay para las sombras.

XIII

¿El “Adiós”
Es la forma de los días?
Hay quien con sus razones
Quiere cortar el limo del olvido
Pero mira
La culpa de esto es que a su espalda
No carga días de mutuas sábanas
Ni espesos sueños
Ni pasado.
¡Pero mira el nubarrón de tus hermanas!

XIV

Tú eres mejor que la Nada
Más verdadera, más cercana
Más visible.
En el fondo eres su familia:
En tu vuelo alcanzó la encarnación
Y por ello
En el tumulto cotidiano
Eres digna de la mirada
Como ligera barrera
Entre Ella y yo.

.

.

.

NOTAS

1 Sigo con el juego serio al que se presta el apellido ruso: El que se fermenta cuando vaga. El apellido tiene la raíz brod, que significa vado, esguazo, picada, pero también es la raíz de brodit (vagar, errar, deambular, fermentar), brodiaga (vagabundo, andariego, nómada, parásito). Brodsky fue un gran poeta exiliado, expulsado, naturalizado norteamericano, su segunda lengua fue el inglés. Juzgado por “parasitismo social” (sólo escribía poesía), cuando le dieron el Nobel la prensa rusa anunció alegremente: “Al parásito le dan su merecido”.
2 Brodsky en su libro Menos que uno (p.82), también se refiere a la poesía de Neruda (tan admirado por Octavio Paz) como “insípida”. Creo que el error consiste en lo que él le reprochaba a los traductores ingleses de Mandelshtam: su falta de probidad, de comprensión profunda de la lengua vertida, de sus imágenes y de su ritmo. También al inglés, lengua en que seguramente leyó al bardo andino (de los traductores oficiales al ruso lo puedo afirmar), los traductores del español, sin duda, fallaban.
3 Los akmeístas o acmeístas, del griego akmé : punta. En medicina es el periodo de mayor intensidad de una enfermedad; los acmeístas ( Nicolai Gumiliov, su esposa: Ana Ajmátova, Osip Mandelshtam, etc.), reaccionaron contra el simbolismo “decadente” de Vladímir Soloviov, Innokenti Annesky, Viacheslav Ivanov, Valeri Briusov, Fiódor Sologub, Andréi Bieli y Konstantín Balmont, entre otros. Buscaban un mayor compromiso con la historia y la sociedad, y pusieron más atención al estilo y a la claridad de la expresión; como Mandelshtam era el poeta de la civilización, definió a este movimiento fundamental como “la nostalgia de una cultura mundial” y Brodsky como “una versión rusa del helenismo”, “en cierto sentido”.
4 Joseph Brodsky, Menos que uno, Biblioteca de Premios Nobel 1987, Altaya 1995. p.p. 53-54.
5 Tatiana Bubnova, Joseph Brodsky poemas, Alción editora, Argentina, 1996. p.9.
6 Idem, p. p. 10-11.
7 Menos que uno, p. 58.
8 Idem, p. 187.
9 Octavio Paz en El ogro filantrópico, relata que cuando conoció a Brodsky no lo quiso decepcionar ante su entusiasmo por recordar a Shestov, maestro de Berdiaev y de Brodsky . “ (…) haber reconocido -dice Paz- un eco de Chestov en sus palabras no significaba que yo estuviese de acuerdo con todo lo que el había dicho. Brodsky el perseguido por una ortodoxia estatal, no se daba cuenta de lo que nos proponía, en el fondo, era cambiar el Estado-Partido por la Iglesia-Estado. Disiento de los disidentes: el regreso a la antigua sociedad, en el caso de que fuese posible, significaría la sustitución de una ortodoxia por otra”. Renglones arriba escribió: “ Mi admiración por los disidentes del este no implica (…) coincidencia con sus ideas. Me refiero a Solyenitzin más que a Sajarov o a Kolakowsky. Las críticas de Solyenitzin a Occidente son, en general, justas; su nostalgia por una nueva Edad Media, eco de Chestov y Berdiaev, revela entre otras cosas una singular ignorancia de la Historia. El triunfo del monoteísmo cristiano inició una larga serie de persecuciones que opacaron a las de los emperadores romanos. ¿Ha olvidado Solyenitzin a los gnósticos y a los albigenses? La intolerancia contemporánea no es, en su esencia, distinta a la de la antigua Iglesia: consiste en la fusión de ideología y poder político. Entre el comisario y el jesuita hay más de una semejanza. EL Estado-Iglesia estaba servido por teólogos; la ideocracia comunista por ideólogos”. (p.p. 290-291, Joaquín Mortiz, Méx., 1981).
10 Un periódico ruso encabezó alegremente la noticia: “Al holgazán se le dio su merecido”.