Entrevista a Enrique Lihn (Diario de Poesía | Junio de 1988)

Tal y como es presentado Enrique Lihn en la entrevista indirecta del número 10 de Diario de Poesía (Primavera de 1988) realizada por Hernán Miranda: “Diario de Poesía conversó con el poeta en su departamento decorado con telas obsequiadas seguramente por sus amigos pintores (Lihn estudió y trabajó en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile durante muchos años). Por todos lados se amontonan los libros, las revistas, las cartas y en el balcón se pasean algunas palomas en busca de las migas de pan que Lihn acostumbraba a darles cotidianamente, según lo ha contado en uno de sus artículos habituales publicados en el nuevo diario La Epoca de Santiago. Del primero de sus dos matrimonios (ambos clausurados), tiene una hija, Andrea, que por estos tiempos estudia teatro como becaria en París. Ahora el poeta vive solo, salvo -dice- la cercanía irregular de compañeras. Quejándose de haber dormido poco, comentó su situación en la vida literaria chilena, con un estilo de hablar que es muy característico: denota un esfuerzo constante por precisar las ideas, dentro de una facilidad de expresión que se relaciona con su labor docente como profesor de Literatura en un departamento de la Universidad de Chile.”

Siempre -empieza diciendo- me he sentido y he sido un escritor marginal. Esa situación la he buscado en momentos en que podría integrarme con facilidad, o con mayor facilidad que en el actual período. Esta integración significaba someterse a cierta disciplina que ahora considero incompatible con la literatura. Incluso la militancia política, porque creo, al igual que Orwell, que cualquier alineamiento de este tipo está contra la independencia que debe tener un escritor para pronunciarse, y no me refiero sólo a pronunciamientos políticos.

En este período, el de Pinochet, mi independencia ha atravesado por una fase en cierto modo crítica, porque uno pertenece, claro, a la Oposición, en un frente heterogéneo. Pero dentro de la amplia gama que significa la Oposición, este período ha sido productivo para mí desde el punto de vista intelectual.

Muy tempranamente empecé a pensar en las relaciones que podría haber entre mi escritura y la dictadura y si yo podría resolver ese conflicto. Es decir, postular una determinada oposición a la realidad reinante de Chile. Y considerar para ello la censura, puesto que he sido un escritor que ha trabajado en Chile todos estos años… Se trataba para mí de considerar las maneras de burlar la censura o de incorporarla al propio texto. Porque no te puedes oponer a ella resueltamente, como lo haría un escritor político, o como lo han hecho los escritores que han trabajado desde fuera. Me parece que en eso han perdido pie literario, en su afán de politizar la literatura, de panfletizar o de atacar desde situaciones que, sólo en ese sentido, son privilegiadas…

Los mecanismos de permisibilidad, que de alguna manera se inventan para dar cuenta de la realidad dictatorial son los que he tratado de realizar en el texto, especialmente en la narrativa, y todavía más en el teatro.

En todo este tiempo he acusado en el cuerpo de mi escritura el fenómeno de la dictadura, no hablando directamente de ella, sino produciendo ciertos textos que podrían tener una relación de homología con la sociedad chilena de estos años: textos asfixiantes, textos que se refieren al poder y a la locura del poder. Es decir, la novela de la dictadura, con la que me alinée también al escribir El arte de la palabra y La orquesta de cristal. Son textos que se refieren a la dictadura imaginaria, puro reflejo de la dictadura real. O el humor que asume las palabras del poder y las revienta al exagerarlas, las exorciza bufonescamente. Y, por ejemplo, se imita al rey y se pone en evidencia al exagerar o acentuar ciertos rasgos delirantes del discurso dictatorial.

A esto último lo llamé El arte de la palabra, que publiqué en el año 81 en Barcelona, sobre un congreso de escritores de la República Independiente de Miranda. Ahí aparecía como protagonista un personaje psicológico, una entelequia: Gérard de Pompier, un personaje que situé en los años 78-79 y que es un sujeto que imita untuosamente la palabra del poder, que intenta absurdamente conciliar todo con todo…

Creo que en Chile estamos en un período de tipificación de un pasado que es presente todavía. En estos momentos se están haciendo balances, acerca de quiénes han representado mejor a la literatura del exilio interior, quiénes la del exilio exterior… Me parece que por este camino se puede llegar a exageraciones y mitificaciones.

Hay algunos que se han denominado poetas del período, que han buscado dar una respuesta a la dictadura. Esto se exagera, pero lo cierto es que en todos ha habido un cambio de estrategia frente a la realidad. Y así se ha agudizado una tendencia de la negatividad de la literatura respecto de la realidad.

Existe una producción deliberada en algunos casos, como asumir al martirologio chileno, lo que ha hecho en la poesía joven Raúl Zurita. O como Diego Maquieira, otro joven, con una respuesta desde otro ángulo que me resulta más interesante, y que pertenece también al carácter bufonesco, a una desarticulación del discurso, a generar un discurso descontructor respecto a la realidad. Pero hay muchos otros nombres y faltaría hacer un estudio totalizador para ver cuál ha sido la influencia de la dictadura sobre la escritura.

Yo he tratado de hacer explícitamente política cuando organicé hace unos años la Exposición del Arte y la Industria de la Subsistencia (en que se invitó a participar a una gama de vendedores callejeros de baratijas, artistas mendigos y otros personajes). Se trataba de una alusión directa a la situación general en Chile, y en que participó gente muy variada. Ello significó que en Viña del Mar cerraran la sala donde se estaba presentando, y se hicieron declaraciones diciendo que eso era pura política. En cierto modo, así desenmascaramos el verdadero sentido acerca del arte, un sentido anticultural o por lo menos absoleto, que tiene la dictadura. Es una cultura kitsch la que tiene la dictadura, cultura acrítica y decorativa. Es decir, que en el plano cultural los marginales son ellos, los del gobierno.

En este momento estoy escribiendo otra vez textos de viajes (como en París, situación irregular, A partir de Manhattan y el reciente Pena de Extrañamiento). Mi poesía tiene también elementos de respuesta a la realidad, de compensación. Por ejemplo, de dos recientes viajes a España tengo algunos divertimentos, textos humorísticos sobre aspectos de la modernidad española…

Escribo todos los días. O, por lo menos, hago anotaciones en una relación entre lectura y escritura. Trabajo con la lectura, puesto que tengo tiempo disponible y mi trabajo es hacer unas clases de literatura… Estoy obligado a la lectura y obligado a la escritura. También hago periodismo de vez en cuando. Antes en la revista Cauce y ahora en La Epoca. Y escribo en diferentes géneros, según el ánimo y la “demanda”…

No entiendo el problema de poetas como Parra, que se queja de no poder escribir en prosa. Para mí la escritura es el género. Lo demás son subgéneros. No jerarquizo ni tampoco siento que haya una dificultad. Son momentos distintos: no es lo mismo escribir un soneto que un artículo. Pero de repente ciertas cosas que uno escribe en la forma de artículo podría pasar a formar parte de un poema, aunque a veces se producen mestizajes desafortunados…

A muchos les extraña mi incursión en el teatro. En parte se debe a que en el trasfondo tengo una vocación política. Empecé a estudiar Bellas Artes cuando tenía trece años. Y durante muchos años me dediqué a la pintura y el dibujo. En ese tiempo hicimos teatro con Alejandro Jodorowsky, que era escritor y teatrista, y después se convirtió en cineasta y otras cosas. Además, desde niño tenía una proclividad por la cosa espectacular y por la presencia corporal del artista. En lo que hace al teatro, lo he hecho para actuar yo mismo como actor. Durante muchos años intenté escribir teatro al margen del teatro, de escribir teatro para nadie. Y, por supuesto, fue un fracaso. Pero cuando un director, Gustavo Meza, me pidió que escribiera algo para su compañía, que íbamos leyendo y rectificando después de escrito, ahí empecé a escribir teatro para el teatro. Y a partir de ese momento he escrito por lo menos cuatro obras, todas las cuales di yo mismo, después de la experiencia de Meza que no fue muy feliz para ellos como compañía… Me gusta el teatro porque es la forma de comunicación más directa. ¿No te parece?


Extraído de Diario de Poesía, 10 (Periódico Trimestral), Primavera de 1988, p. 28.