Una serie de sonetos por la muerte de Robert Browning | Algernon Charles Swinburne

 

ALGERNON CHARLES SWINBURNE (1837-1909), POETA INGLÉS CÉLEBRE POR SUS ASUNTOS LIBERTARIOS Y SU VIRTUOSISMO ESTILÍSTICO. SWINBURNE NACIÓ EN LONDRES Y ESTUDIÓ EN LA UNIVERSIDAD DE OXFORD. EN 1860 PUBLICÓ LOS DRAMAS EN VERSO LA REINA MADRE Y ROSAMUNDA. SE ESTABLECIÓ EN LONDRES E INICIÓ UNA LARGA RELACIÓN CON EL POETA Y PINTOR DANTE GABRIEL ROSSETTI Y LOS ESCRITORES WILLIAM MORRIS Y GEORGE MEREDITH.

LA VIDA HEDONISTA Y SU ADICCIÓN AL ALCOHOL HICIERON QUE EN 1879 SU SALUD SE RESINTIERA DELICADAMENTE. SE TRASLADÓ AL HOGAR DE UN AMIGO, EL CRÍTICO Y POETA WALTER THEODORE WATTS-DUNTON EN PUTNEY, DONDE SE RECUPERÓ Y ALLÍ SE QUEDÓ EL RESTO DE SU VIDA. EN LA ÚLTIMA PARTE DE SU CARRERA DEDICÓ SUS ENERGÍAS A LA CRÍTICA (EN THE SPECTATOR, DESTACÁNDOSE SU TRABAJO SOBRE BAUDELAIRE Y GAUTIER) Y A LA POESÍA. 


 

 

Una serie de sonetos por la muerte de Robert Browning

I

Los ojos más lúcidos del mundo leyeron
con sentido agudo y espíritu de observación más real
que el ardor y la emoción del amanecer, cuando el rocío
brilla y absorbe la gloria derramada a su alrededor,
mientras la luz de los años fugaces y muertos,
terminados ahora, nos abandonan: sin embargo, ese eje que rodó
no puede matar ninguna de las obras que conocimos,
ni puede la muerte quitar a algunos su corona de laureles.

Las obras de palabras cuya vida parece un relámpago forjado
y moldeado por un pensamiento invencible,
y avivado por una llama imperecedera,
permanecen firmes y brillan y sonríen, seguras de que nada
de toda esa fama infinita creada se desvanecerá,
ni la memoria inglesa olvidará el nombre de Browning.

II

Muerte, ¿qué tienes que ver con alguien para quien
el tiempo no es amo, sino siervo? ¿Qué mínima parte
de todo el fuego que alimentó su corazón viviente,
de toda esa luz más apasionada que el atardecer floreciente
que encendió y condujo su espíritu, fuerte como la fatalidad
y radiante como la esperanza, podría en algo sofocar su
aliento? No, tú sabes que él sabía quien eres,
una sombra nacida del vientre estéril del terror,
que solo trae sombras. ¿Quién eres tú,
para soñar, si bien respiras en su frente,
que el poder sobre él te es dado, para que tu aliento
pueda disminuirlo a menos del amor que ahora lo glorifica,
y escucha todo el tiempo resonar la palabra que dice?
¿Qué tienes que ver entonces, Muerte, con su gloria?

III

Pareciera una muerte sin gracia que nos obliga a penar:
Venecia e invierno, mano de la mano con la muerte,
haber asesinado al amante de un luminoso rayo de sol
y al cantante de una luminosa noche de tormenta en nochebuena.
Los que amamos recibimos una revancha sin gracia
por todo nuestro amor, de la tierra más amada
amor adorado para siempre. Despreocupada y suave e insulsa,
demasiado justa para que la tormenta golpee o el fuego prenda,
brillando en nuestros sueños y recuerdos para siempre
las cúpulas, las torres, las montañas y la orilla
que te rodea o te protege, Venecia: fría y negra.
parece ahora la cara que amamos como él, antaño.
Te hemos dado amor, sin restricción, sin cesar, sin falla:
¿Qué regalo, qué regalo es este que nos has dado a cambio?

IV

¿Pero él, a él, que sabe cuál es tu regalo
Muerte? Apenas podemos pensar o esperar, cuando
pasamos de igual modo por allí donde esta noche es él,
más allá de los irremisibles mares lejanos que brillan
y oscurecen los sueños así, semi divino
algún puerto iluminado por el sol en ese mar sin estrellas
donde no brilla ningún barco a barlovento ni a sotavento,
para leer junto a él el secreto de tu santuario.

Allí también, como aquí, pueden canto, goce y amor,
el ruiseñor, el ave marina y la paloma,
llenar de alegría el esplendor del cielo
hasta que todo abajo crezca brillando como todo lo de arriba:
pero ninguno de esos que escrutan los cielos, y anhelan
el sol, puede armonizar con el ojo del águila soberana.

V

Por los caminos asombrosos de los hombres y el tiempo
él fue el que sin duda encontró y buscó
y llevó en la mano el espíritu del pensamiento como una lámpara
para iluminar a instancias de su fuego sublime
el ocaso de muchas épocas y climas sombríos.
Ningún espíritu en forma de luz y oscuridad forjado,
ni fe, ni miedo, ni sueño, ni arrebato, nada
de lo que florece en sabiduría, nada que arda en crimen,
ninguna virtud vestida y armada y encasquetada con luz,
ni amor más hermoso que las nieves blancas,
ni serpiente durmiendo en la tumba de un alma muerta,
ni canto de pájaros que cantan desde lo alto de algún alma viva,
sino él podría escuchar, interpretar o ilustrar
con sentido turbulento como el alba de la fatalidad.

VI

¿Qué cosa secreta de esplendor o de sombra
fue concebida de todas esas formas errantes en las que
hombre, guiado por amor y vida y muerte y pecado,
desvíos, subidas o cobardías, seducido, absorbido, asustado,
podría no invadir el sentido fuerte como el sol
de toda esa alma que tenía por objetivo ganar
liviana, silenciosa en el oscuro y ensordecedor trabajo del tiempo,
vida, a cuyo roce se desvanece la muerte como se desvanecen las cosas muertas?
Oh espíritu del hombre, ¿qué misterio se mueve en ti
que no sepa de espíritu, y vea
el corazón dentro del corazón que parece esforzarse,
la vida dentro de la vida que parece ser,
y oír, a través de todas tus tormentas que bullen y guían,
el sonido viviente de las almas de todos los hombres vivos?

VII

No tuvo ningún sueño que valiera la pena despertar: entonces dijo,
El que está ahora en la pendiente triunfal de la muerte,
despierto de la vida en que dormimos
y sueña con lo que sabe y ve, estando muerto
pero nunca la muerte fue para él oscura o aterradora:
“Mira hacia adelante”, le ordenó al alma, y no temas. Lloren,
 todos ustedes que no confían en su verdad, y guardan
una visión vacía de la memoria de una cabeza que desapareció
como todo lo que vive de aquello que él fue una vez
guardan lo que ilumina de su palabra, pero nosotros,
los que, viendo rodar las aguas coloreadas del atardecer,
aun sabemos que el sol no se sometió al mar,
ni lloramos ni dudamos de que aún el espíritu está entero,
 y la vida y la muerte son solo sombras del alma.

 

 

A Sequence of Sonnets on the Death of Robert Browning

I

The clearest eyes in all the world they read
       With sense more keen and spirit of sight more true
       Than burns and thrills in sunrise, when the dew
Flames, and absorbs the glory round it shed,
As they the light of ages quick and dead,
       Closed now, forsake us: yet the shaft that slew
       Can slay not one of all the works we knew,
Nor death discrown that many-laurelled head. 

The works of words whose life seems lightning wrought,
And moulded of unconquerable thought,
       And quickened with imperishable flame,
Stand fast and shine and smile, assured that nought
       May fade of all their myriad-moulded fame,
       Nor England’s memory clasp not Browning’s name. 

II

Death, what hast thou to do with one for whom
       Time is not lord, but servant? What least part
       Of all the fire that fed his living heart,
Of all the light more keen that sundown’s bloom
That lit and led his spirit, strong as doom
       And bright as hope, can aught thy breath may dart
       Quench? Nay, thou knowest he knew thee what thou art,
A shadow born of terror’s barren womb,
That brings not forth save shadows. What art thou,
To dream, albeit thou breathe upon his brow,
       That power on him is given thee,—that thy breath
Can make him less than love acclaims him now,
       And hears all time sound back the word it saith?
       What part hast thou then in his glory, Death? 

III

A graceless doom it seems that bids us grieve:
       Venice and winter, hand in deadly hand,
       Have slain the lover of her sunbright strand
And singer of a stormbright Christmas Eve.
A graceless guerdon we that loved receive
       For all our love, from that the dearest land
       Love worshipped ever. Blithe and soft and bland,
Too fair for storm to scathe or fire to cleave,
Shone on our dreams and memories evermore
The domes, the towers, the mountains and the shore
       That gird or guard thee, Venice: cold and black
Seems now the face we loved as he of yore.
       We have given thee love—no stint, no stay, no lack:
       What gift, what gift is this thou hast given us back? 

IV

But he—to him, who knows what gift is thine,
       Death? Hardly may we think or hope, when we
       Pass likewise thither where to-night is he,
Beyond the irremeable outer seas that shine
And darken round such dreams as half divine
       Some sunlit harbour in that starless sea
       Where gleams no ship to windward or to lee,
To read with him the secret of thy shrine. 

There too, as here, may song, delight, and love,
The nightingale, the sea-bird, and the dove,
       Fulfil with joy the splendour of the sky
Till all beneath wax bright as all above:
       But none of all that search the heavens, and try
       The sun, may match the sovereign eagle’s eye. 

V

Among the wondrous ways of men and time
       He went as one that ever found and sought
       And bore in hand the lamp-like spirit of thought
To illume with instance of its fire sublime
The dusk of many a cloudlike age and clime.
       No spirit in shape of light and darkness wrought,
       No faith, no fear, no dream, no rapture, nought
That blooms in wisdom, nought that burns in crime,
No virtue girt and armed and helmed with light,
No love more lovely than the snows are white,
       No serpent sleeping in some dead soul’s tomb,
No song-bird singing from some live soul’s height,
       But he might hear, interpret, or illume
       With sense invasive as the dawn of doom. 

VI

What secret thing of splendour or of shade
       Surmised in all those wandering ways wherein
       Man, led of love and life and death and sin,
Strays, climbs, or cowers, allured, absorbed, afraid,
Might not the strong and sunlike sense invade
       Of that full soul that had for aim to win
       Light, silent over time’s dark toil and din,
Life, at whose touch death fades as dead things fade?
O spirit of man, what mystery moves in thee
That he might know not of in spirit, and see
       The heart within the heart that seems to strive,
The life within the life that seems to be,
       And hear, through all thy storms that whirl and drive,
       The living sound of all men’s souls alive? 

VII

He held no dream worth waking: so he said,
       He who stands now on death’s triumphal steep,
       Awakened out of life wherein we sleep
And dream of what he knows and sees, being dead.
But never death for him was dark or dread:
       “Look forth” he bade the soul, and fear not. Weep,
       All ye that trust not in his truth, and keep
Vain memory’s vision of a vanished head
As all that lives of all that once was he
Save that which lightens from his word: but we,
       Who, seeing the sunset-coloured waters roll,
Yet know the sun subdued not of the sea,
       Nor weep nor doubt that still the spirit is whole,
       And life and death but shadows of the soul.


Algernon Charles Swinburne. De Fortnightly Review, Londres, enero 1890. En Robert Browning, Bloom’s Classical and Critical Reviews, editado y prologado por Harold Bloom, Infobase Publishing, 2009. Traducción de Silvia Camerotto, Buenos Aires Poetry, 2019.