Diez poemas | Joan de la Vega

Joan de la Vega (Santa Coloma de Gramenet, Cataluña, 1975) es poeta, editor e impresor. En español, es autor de Intihuatana (2002), Ladino (2006), Trilces Trópicos: Poesía emergente en Nicaragua y El Salvador (2006), La montaña efímera (2011), Una luz que viene de fuera (2012), 365 haikus y un jisey (2012), Y tú, Pirene (X Premio César Simón, 2013) y En manos del aire (2017). En lengua catalana, ha publicado El verd, el roig, el negre (2014), Bare nostrum (2015) y Manat de dol (2016). Dirige la editorial La Garúa. Los poemas seleccionados provienen de Medio mundo en luz (Sevilla: Ediciones de la Isla de Siltolá, 2017).

Potro dislocado, ya no luce tu roja cabellera en las hondonadas del valle, ni entonas canciones de cuna al amanecer. No avivas las brasas del invierno inmemorial, ni adoras los cantos rodados de vírgenes solares.

¿En qué fase lunar se le antojó cambiar de abismo a tu madriguera? ¿Qué dejaste atrás, más atrás de tu quijada oclusiva y terrenal? ¿Qué fuerza poderosa atrapó tu visión rupestre, tu destreza disléxica?

Aquí tu amor fósil, tu brava inmoralidad al desnudo, tras la vitrina.

[homo antecessor]

Sin cadáver no hay literatura
Juan de Dios G

Exhalo del cigarrillo hasta el último gramo de muerte. Del poema, la belleza infalible que se revela sin (necesidad de) nosotros. Del paisaje, el punto de fuga donde emplazarse y borrarnos. De la vida, el surco amargo que deja el menosprecio. De este cadáver lúdico que os habla, el jugo constante del silencio: la tersa grafía que aúlla desde qué feliz destierro.

[homo gaudens]

Vine para estar cerca de la piedra
Jordi Doce

Levanta la piedra del camino sin pestañear. Bajo su sombra anida una sombra mayor. Álzala. Sostenla con la maleza de tus labios o bien lánzala para siempre sobre la piel de las aguas dormidas. Tarde o temprano te dirá un nombre. Arrástrala entonces hasta la última cumbre, déjate empapar con su canción. En las noches cerradas enciende uno de sus párpados. Si se deja querer, llámala luz o calor.

[homo faber]

¿Qué dioses reverdecen sobre tanta hoja seca?
Laura Giordani

Para ahuyentar la muesca de la muerte te he llamado desnuda —nudo del poema— bajo este puñado de tierra que calla la lengua. Juntos cruzamos el yermo de la alteridad, palpando la ofrenda, escuchando las coplas del alcantarillado. Ningún dios vino a posarse al filo de tanta belleza, fuera, entre los racimos de la embriaguez. ¿Qué voces silvestres reverdecen en el vuelo de esta alta oscuridad que ha borrado ya todos los bosques? Nuestro el reino vegetal, los afluentes cardi(n)ales de la luz. Nuestros los cantos rodados de la extinción, la danza de las estaciones, el esqueleto de las flores. Nuestros los señuelos de la noche, las inocencias arborescentes que calcina el fuego. Y, también nuestra, la barbarie: el silbo del pájaro cenital derribado en tu corazón.

[homo vegetus]

Un verso célebre al azar es desahuciado por una red de estorninos. Otro festeja el conjuro de los mudos el día internacional de los necios. La riqueza de imágenes ha incrementado un 8% en los últimos sujetos. Todo lo que brilla es coro más allá de la seducción. Por trece razones decidí nacer el día de mi muerte. Sólo el léxico del silencio nos auxiliará de la exclusión del espectáculo. Si derribas un poema con una lectura en alto, ¿es homicidio involuntario? Tarde o temprano saldrá a luz el buen lector. Y ni los libros ni los trinos se acordarán de nosotros.

[homo ludens]

Déjalo estar. Cero súplicas, cero púlpitos, cero halagos. Si algo has de ganar, que sea su silencio.

[homo plaudens]

El piano ahogado

Plora el desig d’un crepuscle: és ja tard per a tardors.
Vicenç Llorca

Bajo esta lápida deicida
sólo reconozco el duelo
del compás las notas
de un piano ahogado
que teclea ciegas sinfonías
de tragedia y aniquilación

a este otro lado del sol
—a medio mundo en luz—
el planeta estalla en mi cabeza
estallan con medias lunas las aceras
las banderas las estrellas hacen añicos
la creencia de un mundo
más humanum et melior

ya todo ha muerto
ya todos han muerto

pero tú sigues estando aquí
bajo tierra y solo

tú y tu generoso esqueleto
alumbrando todos mis días
todas mis ausencias
y la única canción

A los pies del cortijo familiar
……….derruido en Los Nudos

Arrasados, también mis ojos buscan
la estrella moribunda.
Raúl Quinto

A pie de asfalto,
un zorro disecado
burla la muerte
de camino a Huétor.

Con piel de tigre
se desviste el mármol.
Los apoderados,
los pudientes
y los sedientos del lugar
confabulan bajo el sol
el p(r)ecio del paisaje.

Arrasados,
también mis ojos buscan
esa flor invencible:
la herencia de la nada
suspendida en el aire.

Canción al volante.

Y dios oculto
por ninguna parte.

Playa Es CODOLS (Ibiza, 1979)

Una estrella fugaz
deja de ser extinta
una vez cae al mar

y tú
corazón de niño
remolino de tres pies
sales a buscarla
con tus ojos de buzo
y tus aletas de sal

emprendes un viaje de retorno
hacia el origen que habla
sin haber atracado nunca en él

los tentáculos del tiempo son
precisamente meras tentativas de ayer
abrojos de un coloso de hoy

la calma muda
la cala infinita
y el sueño irascible del erizo
que creyó nacer
entre cuatro estrellas de mar

Edchera

Sé los colores del desierto
pero no sé nada del desierto
Alfonso Sastre

Existe una soledad concurrida por el polvo, a plena luz. Millares de acres calcinados como raíz de cielo. Sujetos a la irrespirable gravedad del desamparo. Carne de inocentes hecha sedimento, añicos, desolación que lo engulle todo hasta extirpar la perfecta geometría imantada de las estrellas. No es una ilusión este horizonte rasurado, no es un espejismo su hambre nómada. Aquí las sombras de los astros son de adobe y aguardan agazapadas el cántico del chacal con sus hocicos de barro fosforescentes.

Existe una flor que crece en la garganta de los hombres. O entre dunas, que no dejan huella. Flores de un dialecto hermano con rostro de niño, con acento de melfa, bajo las soterradas madres que huyen de una tormenta blanca de napalm. Flores sin color, porque el desierto no sabe de sus colores. Ellas, mujeres-flor, patria de la hena.

Existe un jardín de medias lunas que extravió la sed y su esperanza. Arrojada como un caramelo al dique seco de la extinción, al exilio, por manos blancas. Manos que tiñeron la hammada de sangre blanca, de pozos blancos sin agua blanca. Manos que oscurecieron todas las noches y almidonaron todo el firmamento, dando el nombre de refugio a la piedra.

De incienso sus recuerdos, las palabras. De promesas hirientes el destierro, la oración interminable del harmmattan azotando la aciaga piel de las haimas. Y un mar de nada, con matas blancas, el atardecer sobre la daira.

Los más pequeños, insignificantes como dátiles, se entretienen con el juego del hambre. Las tablas del silencio se multiplican a viva voz en la lengua de los ausentes, el castellano. La ley del Creador presidiendo los diques de la vacuidad, con el fuego del odio como último barrote, la lenta quimera en donde naufragar. El mismo fuego que forjó los corrales de sepulcros blancos para los corderos de la enajenación.

Maima y Maluma existen. Son nombres de sol, de arena, de juventud. Y el amor no fue concebido por la tierra, a cara descubierta, para sacrificar toda esta luz sin mar.


Extraído de Medio mundo en luz (Sevilla: Ediciones de la Isla de Siltolá, 2017) | Buenos Aires Poetry, 2019.