El país de Cheever | Dana Gioia

Dana Gioia, de ascendencia ítalo-mexicana, nació en California en 1950. Fue vicepresidente de General Food, cargo al que renunció para dedicarse solamente a escribir, luego de obtener amplio reconocimiento gracias a su ensayo “Can Poetry Matter?” (1991). Fue presidente de la National Endowment for the Arts (NEA, 2003-2009). Entre otros premios y merecimientos, ha recibido el American Book Award (2001), el John Ciardi Award for Lifetime Achievement in Poetry (2005) y el Aiken Taylor Award for Modern American Poetry (2014). Ha publicado cinco poemarios, el más reciente fue su antología personal 99 Poems: New & Selected (2016), que le valió el Poets’ Prize (2018). Asimismo, ha publicado volúmenes de ensayos, libretos para ópera, traducciones y ha colaborado como editor en más de 15 antologías. Actualmente, es el poeta laureado de California y se desempeña como Judge Widney Professor de Poesía y Cultura Pública en la University of Southern California. Reside y divide su tiempo entre Los Angeles y Sonoma.

Gioia ha sido considerada la principal figura del new formalism, que aboga por las formas clásicas y los poemas narrativos; sin embargo, su obra excede tal categoría, pues además de trabajar con el verso blanco o con el verso rimado ha experimentado con estos y ha creado sus propias formas. De igual forma, al menos un tercio de sus poemas están escritos en verso libre. Su poesía no es conservadora o reaccionaria, objeción usual hacia el nuevo formalismo, y él mismo ha sido crítico de los formalistas que se convierten en meros imitadores.

La poesía de Gioia es clara y directa; sutil en ocasiones, elegíaca en otras; sugestiva y sensorial. No es extraño tampoco cierto tono bucólico (o ecológico, si se quiere), como el de los poetas menores y olvidados a los cuales ha dedicado estudios, pero tampoco es raro encontrar ejercicios más vanguardistas en conjunto con poemas de corte clásico. Suele visitar el mundo exterior, la naturaleza, igual que se detiene en las minucias de la vida cotidiana, del hogar. Abunda en imágenes sobre el mundo estadounidense y dota sus textos de profundas meditaciones filosóficas.

El país de Cheever

Una media hora al norte de Grand Central
el país se amplía. Por las ventanas
del vagón aparecen las quebradas
llenas de hojas y los bosques de pinos
lucen como encantadoras pinturas.

La carretera fluye entre los ríos,
entre árboles y el aeropuerto,
pero para conocer este país
hay que verlo en tren, incluido el gentío
que trota a casa antes de que oscurezca,

con ese olor a humo y a zapatos húmedos
de una tarde de esquivar sol y lluvia.
Un viaje sin libros o sin periódicos
será suficiente para entender
un paisaje que nadie toma en serio.

La arquitectura de cada estación aún conserva
su ilusión junto a las sucias vías:
pérgolas desafiantes, cabañas de verano clausuradas,
un sombrío pabellón coronado por ventanas arqueadas
en esta tierra de sol del norte e invierno prolongado.

Los nombres de los pueblos estampados en las señales
—Clear Heaven, Bullet Park y Shady Hill—
muestran que los urbanizadores al menos creen en la poesía,
aunque solo como un talismán contra lo ordinario.
Parece que siempre hay mucho de qué protegerse.

El atardecer se expande por un instante y los pasajeros
en el andén adquieren un brillo extraño
por la luz que llega desde el acantilado al otro lado del río.
Algunos se suben al tren. Otros saludan a los que llegan;
de espaldas al ocaso se dan la mano y se abrazan.

Si existe un cielo, que sea un poblado
apacible como ahora este lugar.
Las puertas de los vagones se cierran,
el gentío corre hacia sus pequeños
placeres. El andén se queda atrás.

El tren toma velocidad. Los andenes son distantes.
Escaleras de mármol suben las colinas donde resplandecen
casas en ruinas, en el río iluminado por la tarde.
Algunas son conventos, otras, orfanatos;
lugares que los capitalistas entregaron a Dios.

Algunas se pudren abandonadas,
con leones de piedra que vigilan
glorietas derruidas con llantas viejas,
que nos advierten que es igual de fácil
hacer una fortuna que perderla.

Pero el esplendor en ruinas sigue siendo esplendor,
incluso entrevisto desde un tren en marcha,
y es maravilloso imaginarse ahí en medio
de jardines con barandales, cerca del río
donde las barcazas aún ejercen su antiguo comercio.

Las grandes fábricas funden metal,
las maquilas trenzan lienzos enormes,
en los campos crece el dinero verde.
Las fortunas ya están establecidas.
Suceden tan pocas cosas que es obvio.

Aquí, en la luz de una tarde lluviosa,
se hacen las cuentas, luego a descansar.
Un huésped se acomoda la corbata
y un zorzal trina en un lote cercano
a las vías por las que llega el tren.

Afuera, por fin está oscuro. A través de los almacenes
y los depósitos el tren se acerca
y empieza a detenerse. Anuncios de viajes
y bancas vacías esperan en el andén.
Unos cuantos carros quietos en una lluvia repentina.

Y este al fin es nuestro hogar, esta ciudad ordinaria
donde las luces de la colina que resplandecen en la lluvia
son las luces en las que se bañan los niños, y ya es hora
de volver a casa: a tomar, a amar, a cenar,
a los modestos lugares que contienen nuestras vidas.

In Cheever Country

Half an hour north of Grand Central
the country opens up. Through the rattling
grime-streaked windows of the coach, streams appear,
pine trees gather into woods, and the leaf-swept yards
grow large enough to seem picturesque.

Farther off smooth parkways curve along the rivers,
trimmed by well-kept trees, and the County Airport
Now boasts seven lines, but to know this country
see it from a train—even this crowded local
jogging home half an hour before dark

Smelling of smoke and rain-damp shoes
on an afternoon of dodging sun and showers.
One trip without a book or paper
will show enough to understand
this landscape no ones takes seriously.

The architecture of each station still preserves
its fantasy beside the sordid tracks—
defiant pergolas, a shuttered summer lodge,
a shadowy pavilion framed by high-arched windows
in this land of northern sun and lingering winter.

The town names stenciled on the platform signs—
Clear Haven, Bullet Park, and Shady Hill—
show that developers at least believe in poetry
if only as a talisman against the commonplace.
There always seems so much to guard against.

The sunset broadens for a moment, and the passangers
standing on the platform turn strangley luminous
in the light streaming from the Palisades across the river.
Some board the train. Others greet their arrivals
shaking hands and embracing in the dusk.

If there is an afterlife, let it be a small town
gentle as this spot at just this instant.
But the car doors close, and the bright crowd,
unaware of its election, disperses the small
pleasures of the evening. The platform falls behind.

The train gathers speed. Stations are farther apart.
Marble staircases climb the hills where derelict estates
glimmer in the river-brightened dusk.
Some are convents now, some orphanages,
these palaces the Robber Barons gave to God.

And some are merely left to rot where now
broken stone lions guard a roofless colonnade,
a half-collpased gazebo bursts with tires,
and each detail warns it is not difficult
to make a fortune as to pass it on.

But splendor in ruins is splendor still,
even glimpsed from a passing train,
and it is wonderful to imagine standing
in the balaustraded gardens above the river
where barges still ply their distant commerce.

Somewhere upstate huge factories melt ore,
mills weave fabric on enormous looms,
and sweeping combines glean the chash-green fields.
Fortunes are made. Careers advance like armies.
But here so little happens that is obvious.

Here in the odd light of a rainy afternoon
a ledger is balanced and put away,
a houseguest knots his tie beside a bed,
and a hermit thrush sings in the unsold lot
next to the tracks the train comes hurtling down.

Finally it’s dark outside. Through the freight houses
and oil tanks the trains begins to slow
approaching the station where rows of travel posters
and empty benches wait along the platform.
Outside a few cars idle in a sudden shower.

And this at last is home, this ordinary town
where the lights on the hill gleaming in the rain
are the lights that children bathe by, and it is time
to go home—to drinks, to love, to supper,
to the modest places which contains our lives.

Las ánimas

Imaginemos que no hay ni cielo ni infierno,
que los muertos no pueden abandonar la tierra,
mientras se pudre el cuerpo el alma se libera,
débil e inválida en su segundo nacimiento.

Y entonces invisibles, aspirando a la luz,
llegan a un mundo que no pueden ver ni tocar,
en el que no hay colores, y si el alma llora,
permanece el silencio en el aire intacto.

Cuán simple el oceáno sin su fuerte bramido,
sin su pizca de sal, sin su fuerte soplido.
El ocaso se borra en una bruma gris.
La nieve matutina: una nube de polvo.

Vuelven a unos cipreses que no tienen aroma.
Tampoco pueden sentir el espinoso suelo.
Al cruzar el arroyo observan el caudal
que continúa mientras abandonan la orilla.

Quieren que sus voces se conviertan en el viento,
inmateriales, como su llanto, igual que ellas,
encubriendo la luna, aullando entre los árboles,
tumbando nubes en un cielo tormentoso.

Pero como el rocío ellas son silenciosas,
una mancha de humo que se disuelve en el aire.
Observan las sombras que se alargan en la hierba.
La palidez de la rosa es su desesperanza.

All Souls’

Suppose there is no heaven and no hell,
And that the dead can never leave the earth,
That, as the body rots, the soul breaks free,
Weak and disabled in its second birth.

And then invisible, rising to the light,
Each finds a world it cannot touch or hear,
Where colors fade and, if the soul cries out,
The silence stays unbroken in the air.

How flat the ocean seems without its roar,
Without the sting of salt, the bracing gust.
The sunset blurs into a grayish haze.
The morning snowfall is a cloud of dust.

The pines that they revisit have no scent.
They cannot feel the needled forest floor.
Crossing the stream, they watch the current flow
Unbroken as they step down from the shore.

They want their voices to become the wind
—Intangible like them—to match its cry,
Howling in treetops, covering the moon,
Tumbling the storm clouds in a rain-swept sky.

But they are silent as a rising mist,
A smudge of smoke dissolving in the air.
They watch the shadows lengthen on the grass.
The pallor of the rose is their despair.

 

Un réquiem por California

Caminé entre las tumbas, distantes entre sí,
cavadas hace poco en el pasto mojado.
Las recortadas lápidas declararon calladas
la impotencia del dolor contra un cielo incendiado.

Ningún ángel de piedra lloraba en el sendero,
no había un signo visible de pérdidas humanas,
ningún sauce inclinado rompía el suelo antes áspero,
cepillado en pequeñas terrazas aplanadas.

California bendita, mi sabia California.
Permites que el dolor sea abstracto y eficiente.
Tu vida en el más allá son bienes raíces,
y la Muerte en su Reino permanence ausente.

Debí haberme ido entonces. Había rendido
mi visita obligada a los santos difuntos.
Pero cuando ya me iba escuché sus lamentos,
débiles e insistentes. Me expusieron su asunto:

“Quédate un rato más, callado forastero.
Tus pasos nos despiertan de esta celda tapada.
Oye nuestro susurro en el tórrido viento,
nuestra voz singular del infierno sacada.

Vivimos en lugares que jamás conocimos,
no podemos nombrar a las aves que vemos
ni tampoco los árboles que impedían la vista.
Escogemos matar todo lo que tenemos.

Reclamamos la tierra, negamos su alegato,
fallecemos y nos recuestan en su pecho,
pero ella se nos niega, hasta que nos ganemos
el perdón por las vidas y lo que hemos hecho.

Somos tan diminutos, ligeros como esporas,
secos como una vaina abierta por el sol,
como podridos tréboles arrojados al aire,
estériles semillas, sin raíz, sin razón.

Deja tus elegantes poemas, poetita,
tan tristemente hermosos pero domesticados.
Somos tu gente, aunque lo vayas a negar.
Conviértete en la voz de sitios olvidados.

Acepta la justicia del reclamo ancestral.
Enséñanos el nombre de lo que hemos destruido.
Somos como las sombras que borra el mediodía,
que se encogen ligeras y caen al vacío.

Te damos el paisaje en el que tú naciste,
exquisito y expoliado. Y nos puedes culpar.
No es posible obtener el perdón de la tierra
por matar lo que no podemos ni nombrar”.

A California Requiem

I walked among the equidistant graves
New planted in the irrigated lawn.
The square, trim headstones quietly declared
The impotence of grief against the sun.

There were no outward signs of human loss.
No granite angel wept beside the lane.
No bending willow broke the once-rough ground
Now graded to a geometric plane.

My blessed California, you are so wise.
You render death abstract, efficient, clean.
Your afterlife is only real estate,
And in his kingdom Death must stay unseen.

I would have left then. I had made my one
Obligatory visit to the dead.
But as I turned to go, I heard the voices,
Faint but insistent. This is what they said.

“Stay a moment longer, quiet stranger.
Your footsteps woke us from our lidded cells.
Now hear us whisper in the scorching wind,
Our single voice drawn from a thousand hells.

“We lived in places that we never knew.
We could not name the birds perched on our sill,
Or see the trees we cut down for our view.
What we possessed we always chose to kill.

“We claimed the earth but did not hear her claim,
And when we died, they laid us on her breast,
But she refuses us—until we earn
Forgiveness from the lives we dispossessed.

“We are so tiny now—light as the spores
That rotting clover sheds into the air,
Dry as old pods burnt open by the sun,
Barren as seeds unrooted anywhere.

“Forget your stylish verses, little poet—
So sadly beautiful, precise, and tame.
We are your people, though you would deny it.
Admit the justice of our primal claim.

“Become the voice of our forgotten places.
Teach us the names of what we have destroyed.
We are like shadows the bright noon erases,
Weightlessly shrinking, bleached into the void.

We offer you the landscape of your birth—
Exquisite and despoiled. We all share blame.
We cannot ask forgiveness of the earth
For killing what we cannot even name.”


Traducción Gustavo Solórzano-Alfaro¹, 2019.

¹ Gustavo Solórzano-Alfaro (Costa Rica, 1975) es autor de Nadie que esté feliz escribe (Santiago de Chile: Nadar Ediciones, 2017). Actualmente prepara su edición y traducción de La oscuridad intacta. Poemas escogidos, de Dana Gioia. Vive en Alajuela, su ciudad natal.