Aurelio Arturo ― Este verde poema

AURELIO ARTURO

AQBRIL-18

(1906-1974)

Si pudiéramos decir que hay un poeta entrañable en Colombia, solitario, artista delsilencio, encantador de la soledad, sería sin lugar a dudas Aurelio Arturo. Nació en La Unión, Nariño, al sur del país, a comienzos del siglo xx. Vive una infancia y una juventud lejos de la guerra y del ruido de las grandes ciudades, y son los árboles, el verde del campo, su familia en los valles y montes de aquellos tiempos, algunos de los elementos más importantes que, pasados por una nostalgia dolorosa y musicalmente expresada, iban a darle luz a su único libro, Morada al Sur, que publicaría a la edad de 57 años y que iba a quedarse en la memoria de los lectores de poesía de su momento, y del nuestro, como una obra compleja y al mismo tiempo sencilla, evocadora, auténtica y única, sin parangón alguno.

A la edad de 20 años empezó a estudiar Derecho en Bogotá, ciudad donde viviría de ahí en adelante. Trabajó como abogado, se casó con María Esther Lucio, fue padre de cuatro hijos y de una hija. Fue amigo de poetas del grupo conocido como Piedra y Cielo, que se da alrededor de los años 30, conformado por Jorge Rojas y Eduardo Carranza, por ejemplo, y que marcaría una ruptura con el grupo inmediatamente anterior: Los Nuevos, encabezado por Luis Tejada Cano y Luis Vidales, quienes ya habían hecho vislumbrar una luz de originalidad en la noche de la poesía colombiana que los piedracielistas apagarían.

Aurelio Arturo no escribió con la estética de ninguno de estos grupos ni con la de ninguno de sus contemporáneos. Acorde con su vocación de orfebre, se dedicó a depurar su obra sagrada. Rechazó los doctorados Honoris Causa que le otorgaron las universidades de Cauca y de Nariño. Murió el 23 de noviembre de 1974.

A. M. G.

*

Clima

Este verde poema, hoja por hoja,
lo mece un viento fértil, suroeste;
este poema es un país que sueña,
nube de luz y brisa de hojas verdes.

Tumbos del agua, piedras, nubes, hojas
y un soplo ágil en todo, son el canto.
Palmas había, palmas y las brisas
y una luz como espadas por el ámbito.

El viento fiel que mece mi poema,
el viento fiel que la canción impele,
hojas meció, nubes meció, contento
de mecer nubes blancas y hojas verdes.

Yo soy la voz que al viento dio canciones
puras en el oeste de mis nubes;
mi corazón en toda palma, roto
dátil, unió los horizontes múltiples.

Y en mi país apacentando nubes,
puse en el sur mi corazón, y al norte,
cual dos aves rapaces, persiguieron
mis ojos, el rebaño de horizontes.

La vida es bella, dura mano, dedos
tímidos al formar el frágil vaso
de tu canción, lo colmes de tu gozo
o de escondidas mieles de tu llanto.

Este verde poema, hoja por hoja
lo mece un viento fértil, un esbelto
viento que amó del sur hierbas y cielos,
este poema es el país del viento.

Bajo un cielo de espadas, tierra oscura,
árboles verdes, verde algarabía
de las hojas menudas y el moroso
viento mueve las hojas y los días.

Dance el viento y las verdes lontananzas
me llamen con recónditos rumores:
dócil mujer, de miel henchido el seno,
amó bajo las palmas mis canciones.

*

Canción de la noche callada

En la noche balsámica, en la noche,
cuando suben las hojas hasta ser las estrellas,
oigo crecer las mujeres en la penumbra malva
y caer de sus párpados la sombra gota a gota.

Oigo engrosar sus brazos en las hondas penumbras
y podría oír el quebrarse de una espiga en el campo.

Una palabra canta en mi corazón, susurrante
hoja verde sin fin cayendo. En la noche balsámica,
cuando la sombra es el crecer desmesurado de los árboles,
me besa un largo sueño de viajes prodigiosos
y hay en mi corazón una gran luz de sol y maravilla.

En medio de una noche con rumor de floresta
como el ruido levísimo del caer de una estrella,
yo desperté en un sueño de espigas de oro trémulo
junto del cuerpo núbil de una mujer morena
y dulce, como a la orilla de un valle dormido.

Y en la noche de hojas y estrellas murmurantes
yo amé un país y es de su limo oscuro
parva porción el corazón acerbo;
yo amé un país que me es una doncella,
un rumor hondo, un fluir sin fin, un árbol suave.

Yo amé un país y de él traje una estrella
que me es herida en el costado, y traje
un grito de mujer entre mi carne.

En la noche balsámica, noche joven y suave,
cuando las altas hojas ya son de luz, eternas…

Mas si tu cuerpo es tierra donde la sombra crece,
si ya en tus ojos caen sin fin estrellas grandes,
¿qué encontraré en los valles que rizan alas breves?,
¿qué lumbre buscaré sin días y sin noches?

 


Este verde poema – Columna de Poesía de Colombia a por Albeiro Montoya Guiral – 2019 Buenos Aires Poetry.