Pobreza | Cecília Meireles

Cecília Meireles (Río de Janeiro, Brasil, 1901—1964). Poeta, profesora, traductora, conferencista, escritora y periodista. Comenzó a escribir poesía desde de la infancia. Estudió lenguas, literatura, música, folklore y teoría educacional. Publicó su primer libro de poesía a los 18 años, el cual es considerado atemporal por estar inscrito en diferentes corrientes literarias. En vida, publicó más de una docena de libros, que comprenden no solo libros de poesía sino también literatura infantil. Parte de su obra poética se enmarca en la vanguardia del Modernismo brasileño, junto con Manuel Bandeira y Carlos Drummond de Andrade, destacándose por su destreza técnica, y la riqueza humana de su lirismo. Sobre la poesía y el tiempo, es celebre una aseveración de Meireles: «No sé si las actuales condiciones del mundo permiten el equilibrio de forma y expresión, porque serían raros los poetas en tal estado de vivencia puramente poética, libres del aturdimiento del tiempo, que logren hacer del grito música, esto es, que creen poesía como se forman los cristales. Pero creo que todos padecen, si son poetas. Porque al final se siente que el grito es grito y la poesía ya es el grito (con toda su fuerza), pero transfigurado.» Fue galardonada con múltiples premios  doctorados honoris causa, órdenes y distinciones, como el Premio Jabuti de poesía por su libro Solombra.

Sonido de la India

¡Tal vez sea el encantador de serpientes!
Pero nuestros ojos no alcanzan los lugares
de donde viene su música.
(Son lugares de luz lunar, de río, de piedra nocturna,
donde el sueño del mundo apaciguado reposa)
Pero tal vez sea él.
Las serpientes, alrededor, aplazarán su vida,
arrebatadas.
(¡Oh, elévanos del suelo por donde arrastramos!)
Es muy lejano nuestro pensamiento, serpientes encumbra
en la aérea música azul que la flauta ondula.
Por un momento, el universo, la vida
pueden ser apenas este pequeño sonido
enigmático
entre la noche inmóvil
y nuestro oído.

Multitud

Más que las ondas del largo océano
y que las nubes en los grandes vientos,
corre la multitud.
Más que el fuego en la floresta seca,
lumínicos, fluctuantes, deshilachados vestidos
resbalan sucesivamente
entre los pliegues, los lazos, las puntas sueltas
de los turbantes desordenados.
¿Adónde van presurosos los pasos, Bhai?
¿Hacia qué encuentro? ¿Hacia qué llamado?
¿En qué lugar, por qué motivo?
Bhai, nosotros, que parecemos inmóviles,
acaso estaremos también sin sentirlo
corriendo, corriendo así, Bhai, tan lejos,
sin querernos, sin sabernos dónde,
como agua, nube y fuego.
Bhai, ¿quién nos espera, quién nos recibirá,
quién tiene pena de nosotros,
erráticos, absurdos, ciegos,
derribados por las murallas del tiempo?

Pobreza

No descendía de columna o pórtico,
a pesar de tan viejo,
ni era de piedra,
áspero de arrugas;
ni de hierro,
aunque tan negro.
No era una escultura,
todavía que tan nítido,
seco,
moldeado en arrugas fundidas de polvo.
No era inventado, soñado,
acaso vivo, existente,
inmóvil testigo.
Casi imperceptible su voz
parecía cantar – parecía rezar
y suplicaba apenas.
El mundo tenía en sus ojos de ópalo.
Nadie le daba nada.
¿No veían? ¿No podían?
Pasaban. Pasábamos.
Las manos tenía unidas y al pedir,
bendecía.
Era un hombre tan antiguo
que parecía inmortal.
Tan pobre
que parecía divino.

Tarde amarilla y azul

Entre pozos cavados en la tierra seca viajo.
En la amarilla tierra seca.
De un lado a otro, pozos y pozos.
Amarillos y azules saris,
hombres cubiertos de viejos mantos áureos,
dóciles niños morenos,
todo conexo a las vacas veneradas
que suben y bajan alrededor de los pozos.

Dorados campos solitarios,
largas y largas extensiones color mostaza.
¿Son flores?
Luna del crepúsculo abriendo en el cielo jardines aéreos,
delicadas nubes de ópalo.
Pozos y pozos, mujeres cargando ramos todavía con hojas,
árboles caminantes a lo largo de la tarde silenciosa.
Pasean los pavorreales luminosos y felices.
Caminan mansos los búfalos de cuernos encaracolados.
Caminan los búfalos junto a los hombres: una sola familia.
Y los camellos rojizos aparecen como colinas alzándose,
y atraviesan la última claridad del crepúsculo.
Todas las cosas del mundo:
hombres, flores, animales, agua, cielo…
¿Quién está cantando a lo lejos una pequeña tonada?
De la maleza exigua,
sale de repente una bandada de pájaros:
como fuego artificial de estrellas azules.
(Y el desierto se acerca)

Ciudad seca

La carretera – polvo azafrán que el viento desfigura.
¿Y quién pasa?
El esqueleto visible del pozo con sus antiguos escalones.
¿Y quién llega?
Por los palacios vacíos, paredes nácar, espejos nublados.
¿Y quién entra?
Lluvia ninguna, lluvia nunca. Los viejos ríos – valles de polvo.
¿Y quién observa?
Aún rosa, retorcida de inscripciones, de arcos, portones y barandas,
la espléndida ciudad es un clavo seco en la mano del sol reclinado.
Del sol que aún la besa, antes de morir también.

Mahatma Gandhi

En las inmensas, solemnes paredes observando,
el Mahatma.
Extendido en el bosque, adorado entre inciensos,
el Mahatma.
En las escuelas, entre los niños que juegan,
el Mahatma.
En frente del cielo, cubierto de flores,
el Mahatma.
En la vaca, en la playa, en la sal, en la oración,
el Mahatma.
De mar a mar, en mil idiomas, alto y bajo,
el Mahatma.
Constructor de esperanza, maestro de la libertad,
el Mahatma.
Noche y día, en pozos, en campos, entre el sol y la luna,
el Mahatma.
En el trabajo, en el sueño, lúcidamente hablando,
el Mahatma.
Vivo hablando dentro de la muerte,
el Mahatma.
En la bandera abierta al viento musical,
el Mahatma.
Ciudades y aldeas escuchan atentas:
es el Mahatma.

Música

Tan lejos iba aquella música, Bhai,
y por más que la luz lunar brillase
no se sabía quién la tocaba ni en qué lugar.
Por los peldaños de aquella música, Bhai,
podía irse más allá del mundo, más allá de las formas,
del arabesco de estrellas por el cielo.
Quién tocaría entre la soledad, Bhai,
en la clara noche – toda azul como el dios Krishna
ajeno a todo, reclinado contra el mar.
Tan lejos iba la tenue música, Bhai,
una pequeña melodía era
tímida, triste, de dos o tres nítidos sonidos.
Tan frágil soplo en flauta rústica, Bhai,
– como la vida en nuestros labios provisorios…
– ¿amor? ¿Quejido, pensamiento? – nombres en el aire.
Él tocaba sin saber qué oído, Bhai,
podía haber acompañado ese instante
de presencia fugaz con delicada voz.
Tan lejos iba aquella música, Bhai,
¿con quién hablaba, entre el agua y la noche? ¿Y qué decía?
(De la vida a la muerte, ¿qué decimos, Bhai, y a quién?)

Diseño colorido

Blancas eran tus sandalias, Bhai,
blancos tus vestidos,
tu vasto chal de casimir.
Negros tus ojos, Bhai,
absoluta noche sin estrellas,
nocturnísima oscuridad
fuera del mundo.
Roja la rosa que traías,
que ofrecías con la aurora
como recién cortada del cielo.
En blanco, negro y rojo queda tu imagen,
Bhai.
Queda pintada tu cortesía,
sentimiento de un mundo antiguo
que sobrevive todos los desastres:

la rosa, como tú,
viña de ojos entrecerrados.


Extraído de Cecília Meireles, Del libro Poemas escritos na Índia (1953). Traducción de Jesús Montoya¹ | Buenos Aires Poetry, 2019 | Colaboración enviada por Víctor Manuel Pinto (Venezuela).

¹ Jesús Montoya. Mérida, Venezuela, 1993. Licenciado en Letras mención Lengua y Literatura Hispanoamericana y Venezolana por la Universidad de los Andes. Ha publicado Las noches de mis años (Monte Ávila Editores, 2016, Premio de Obras para Autores Inéditos), y hay un sitio detrás de los incendios (Valparaíso Ediciones, 2017, I Premio Hispanoamericano de Poesía “Francisco Ruiz Udiel”). Forma parte del equipo de redacción de la revista POESIA de la Universidad de Carabobo y es editor de la revista Insilio. Actualmente cursa una maestría en Estudios Literarios en la Universidad Federal de São Caros (UFSCar) en Brasil. En 2018 obtuvo el II Premio franco venezolano a la Joven Vocación Literaria con el libro Rua São Paulo.