“Francisco Cervantes: Y aunque así se cante el fado/ no se traduce a destino” | Miguel Ángel Zapata

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Francisco Cervantes (Querétaro, México -1938 – 2005) es uno de los poetas más representativos de la poesía mexicana del siglo XX. En 1977 vivió en Portugal. Estudió Derecho en la Universidad de Querétaro. Trabajó como periodista (entre otras cosas, editó la revista Ágora) y en publicidad. Recibió una beca de la Fundación Guggenheim. Realizó traducciones, de Fernando Pessoa y de otros poetas de lengua lusitana. En 1982 ganó el Premio Xavier Villaurrutia y en 1986 recibió la Orden Rio Branco de Brasil y el Premio Heriberto Frías de Querétaro. Ha publicado, entre otros: La materia del tributo (1968), Los varones señalados (1972), Cantado para nadie (1982), Heridas que se alternan (1985, recopilación), Los huesos peregrinos (1986), El canto del abismo (1987), El libro de Nicole (1992) y Regimiento de nieblas (1994).

“Francisco Cervantes: Y aunque así se cante el fado/ no se traduce a destino”

(México: 1938-2005)
DE PRONTO
Un árbol delgado
Sale detrás de otro árbol.
Y luego otro.
Y otro,
Hasta que se organiza el bosque.
(F.C)

Cuando Darío hablaba de raros, no se refería solo al reto que produce el desconocimiento de un nombre, de una figura, sino a la presentación de un decir distinto y ajeno. Francisco Cervantes es un raro en México y la poesía hispanoamericana. Primero, porque no es un poeta “popular” ni lo suficientemente comentado. Los críticos le huyen porque su cólera es el silencio, y su personalidad no tan compatible. Su poesía se aleja de las vertientes del coloquialismo y lo conversacional, no sigue a Pound ni a Eliot, como muchos poetas de su generación; en cambio prefiere confundirse entre las sombras de un pasado luminoso para mezclarse entre canciones más antiguas que las de Pound o Eliot. Francisco aprende de lo añejo y lo revalora en una nueva lengua. No se le puede seguir tan fácilmente, es un río incontenible: su fraseo es de Portugal, de Fernando Pessoa, de Camilo Pessanha, de Alvaro de Campos, viene de la Edad Media. Su canto no es del vencido ni su grito del ahogado, su poesía es un canto para nadie, un sobrio vino para el espíritu del tiempo que vendrá. Y esta noche su figura vuelve desde la memoria de las calles de la ciudad de México para conversar entre una floresta de emociones, y rememorar los árboles que no vimos, los bares que encontramos y las mujeres que deseamos y que tuvimos. También están los sueños de Francisco, las pesadillas que lo persiguieron cada noche como a Borges y a Pessoa.
Lo veo en Reforma conversando y conversando, mirando el cielo y el piso mientras camina, sonreía, recordaba Portugal. No es gratuito entonces que sus sueños vengan de Pessanha y de Álvaro de Campos. Camilo Pessanha dice “Tengo sueños crueles” en el alma doliente / Siento un vago recelo prematuro. / Voy con miedo a orillas del futuro / Embebido en saudades del presente…” Y entre el sueño cruel y la pesadilla del amor, Cervantes dice: “Es el agua amiga, / El agua del insomnio/ Que larga, cansadamente se derrama. / Óyela como se levanta sobre tu alma”. El poeta mexicano recrea un discurso que se prolonga y no termina sino con el agua de la noche. En la misma veta Álvaro de Campos canta: “Duerno inquieto y vivo soñando inquieto/ De quien duerme inquieto, soñando a medias. / Me cerraron las puertas todas, abstractas y necesarias”. Los tres poetas deambulan entre el delirio de los sueños, la vigilia y la noche. Los tres en tiempos distintos y en formas disímiles vivieron, pero los une el deseo profundo de dar a conocer al mundo la bruma de la noche y la desesperación solo reconciliable con el lenguaje. Cervantes, como Pessoa despertó en la misma vida en que se había dormido, sus ejércitos soñados fueron derrotados y salieron por momentos triunfantes, y sus sueños se sintieron falsos al ser soñados, y las pesadillas fueron una tormenta en el papel y en la fatiga. Poeta preciso era Cervantes, sus poemas quedarán para siempre entre los escogidos en lengua española y en otras lenguas. Su poesía suena nítida en portugués, su acento no tiene nacionalidad. Era lusitano de corazón, amigo del mundo y de las sirenas que llevaban dentro los marineros en alta mar. Aquella noche siempre se recuerda. Así como lo recuerdo esta noche con alegría porque aquí ha dejado el caballero su poesía, sin espadas, y que su obra nos responda.
Lo veo caminar nuevamente por Reforma. A su lado Pessoa y Mutis mirándolo de reojo. Era el año de 1986 cuando fui por primera vez a Ciudad de México. En la Universidad de San Marcos de Lima, en los años ochenta, ya se sabía de Cervantes, pero éramos sólo algunos pocos curiosos los que leíamos poesía mexicana. Además, Poesía en movimiento ya se leía en fotocopias que nos traían los amigos. Así, como decía, sin pensarlo demasiado llegué a México, y me hospedé en un hotelito de la calle Madero que ya no existe. Al segundo día llamé a Álvaro Mutis por teléfono, y fui a visitarlo en su casa de San Jerónimo. Después visité las antiguas oficinas del Fondo de Cultura Económica y conocí a Adolfo Castañón, quien ha escrito con inteligencia sobre Cervantes, y por ahí también a Rafael Vargas y a José Luis Rivas. Esa tarde entré a la librería del Fondo de Cultura Económica y mientras leía algunas curiosidades se acercó un personaje vestido de negro, y me dijo, eres el peruano, el joven poeta peruano que anda merodeando por aquí ¿no? De inmediato me agregó: “Yo soy Francisco Cervantes”. Mira qué curioso, le dije, acabo de comprar tu antología de poesía. Bueno. En ese mismo instante me dedicó su libro, y me recomendó varios poetas jóvenes de la época que -según él- tenía que leer. Compré más libros, y nos fuimos a caminar. Dentro de una aparente soberbia podía sentir un espíritu sencillo, y una mente brillante. Me dijo que caminar y conversar era uno de sus hábitos favoritos. Francisco, me pareció una persona cordial, a diferencia de opiniones extrañas que había escuchado sobre él, nosotros en cambio nos caímos bien de inmediato, y no paramos de conversar y de reírnos durante horas. Mientras caminábamos por Reforma me iba contando sus pesadillas. Decía que había soñado que lo estaban matando una noche en Bogotá. Y que ya estaba muerto. La otra fue en Portugal, pero era un viaje infinito, una cábala del mar. Hablamos de los sueños y de Borges. Recordamos que Borges había dicho que cada noche tenía una pesadilla, y no paraba de escribir ni de pensar. Después de varias décadas no he podido olvidar ese día y esa larga noche caminando por los bares de la ciudad, y algunos otros sitios escondidos que conocía Francisco. Siempre seguí su poesía. Al volver a California, donde vivía en esa época, escribí una notita sobre el libro de Francisco. Después le envié mi libro Imágenes los juegos que salió en Lima en 1987, donde publiqué un poema que le dediqué: “México 1986”. Ahora releo sus poemas, cuando parece que se ha ido a ver otros espejos embistientes, y lo escucho repetir con Pessoa, ni en la muerte espero dormir. Así es, Francisco Cervantes nunca dormirá. Aquí nos despiertan estas páginas entre el borroso reino del ser y la obra soñada:

UN LABERINTO de papeles.
Algunos hoscos garabatos,
Y el sueño en que me pierdo a ratos
Son, acaso, los retratos
Que de mí hubiera, los más fieles.
Pienso mientras estos signos trazo,
En si quedará de mí memoria alguna.
Y mientras varias obsesiones, una a una,
Me definen, un recuerdo me importuna.
Es todo lo que dejo acaso.

“Autorretrato tomado en Febrero”

Poemas de Francisco Cervantes

Selección de MAZ

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Ni orgulloso ni humilde

Dame, Señor, piedad para mí mismo
Y que mi obra te responda.
No espero comprensión de nadie
Pues la máquina humana es limitada
Y no hay otra cosa
Que ajena consistencia de aquello que desprecio
Y de igual manera me desprecia.
Al nombrarte, Señor, me nombro a mí.
No creas que no me entiendo,
Pero antes de regresar a las tinieblas
Es posible que tú quieras que te exprese al expresarme.
Si así fuera, Señor, lo estoy haciendo.

 

Cantado para nadie

La cólera, el silencio,
Su alta arboladura
Te dieron este invierno.
Mas óyete en tu lengua:
Acaso el castellano,
No es seguro.
Canciones de otros siglos si canciones
Dolores los que tienen todos, aun aquellos
—Los más— mejores que tú mismo.
Y es bueno todo: el vino, la comida,
En la calle los insultos
Y en la noche tales sueños.
¿A dónde regresar si sólo evocas?
¿Amor? Digamos que entendiste y aun digamos
que tal cariño te fue dado.
Pero ni entonces ni aun menos ahora
Te importó la comprensión que no buscaste
Y es claro que no tienes,
Bien es verdad que no sólo a ti te falta.
La ira, el improperio,
Los bajos sentimientos
Te dieron este canto.

Espejos embistientes

Ni en la muerte espero dormir
Álvaro de Campos

Es el agua, amiga,
El agua del insomnio
Que larga, cansadamente se derrama.
Óyela cómo se levanta
Sobre tu alma.
Tú, que aún sollozas entre lienzos,
Que repasas viejos rencores
Con un cuchillo roído por gangrena,
Como el niño que las rejas
De la ventana hace cantar
Con una regla de la escuela.
Pero si tratas de sestear,
Oyes el agua,
El agua, amiga mía,
El agua en que has de ahogar
Tus amores, los desalentados,
Los vestidos y los amantes que tienen otras que tú envidias,
La joya que robaste
Y descubrieron en tu bolsa,
Destinada a ti como regalo ya desde antes,
Pero cuyo presente así evitaste.
Mira los cuadros sombríos que vigilan tus sueños para siempre,
En galerías de espejos embistientes
Que nacen de un agua pesada y ronca,
De un agua persistente que se mueve a grandes torbellinos,
Que cuando ya va a ahogarte se retira
Sólo para que le des espacio que invadir
En la esperanza,
¡El agua del insomnio, amiga mía!

Heridas que se alternan

Te preparas a salir,
Te habrás marchado
Antes de lo que tú quisieras
Pero después de lo que otros han deseado.
Tus pensamientos son amargos
Porque nacen, son
Heridas que se internan, heridas que se alternan
Y te amagan,
Te devuelven a ti mismo.
Pero se internan tanto
Que pronto han de cesar
Y cuando acaben
A ti será a quien habrán llevado
Más allá de todo, sin aceptación alguna o sin rechazo.

Oído entre dos tumbas

 Para Adolfo Castañón 

                                     Leer en el silencio y las cenizas:
                                     el esplendor entero se nos revelará;
                                     como abrir grandes ventanas a un astro
                                     que no sabíamos que allí estaba.

Enrik Traden
(versión de José Régio)

Es causa de infortunio grande
Desear o no desear;
Retener, dejar pasar.
Es causa de infortunio grande
No tener infortunio
O pequeñas tragedias;
Padecer gran infortunio.
Es causa de infortunio grande
Contemplar, participar,
Saberlo o ignorarlo.
Es causa de infortunio grande.

Pero no basta la correspondencia
Ni clámides son pliegues que nos ornan,
La piel que las recibe tal caricia
Aprende y se acomoda:
Así de suave será sabiduría.

Farol de la calle

(En la voz de Amalia)
No me enciendo ni me apago,
Que estando en penumbra sigo
Más que con otros, conmigo,
Sin grande gloria ni amago.

Esta absurda consistencia
No duro me hace ni blando.
E inmóvil voy, que volando
No se ahueca mi existencia.

A ti, minuto pasado,
Puedo confiarte el secreto
Que guardo tras de mi peto,
A todas vistas, velado.

No es nada nada mi nado,
En este cruel desatino.
Y aunque así se cante en fado,
No se traduce a destino.

La obra soñada

Recuerdas la mañana en que te despertaste
buscando ansiosamente el libro aquel, que
habías escrito para documentar tu grandeza?
Tus ojos bordearon lomos y portadas, tus
ánimos se despeñaron entre pilas de lecturas.
¿Quién eras tú, que despertabas a la constante
de una obra?
La presencia del sol te devolvió la cerrazón
que creíste espacio expresivo. No estaba allí,
ni en parte alguna. Si lugar tenía era en tus sueños
y la memoria de ellos.


COLABORACIÓN ENVIADA POR MIGUEL-ANGEL ZAPATA (PERÚ) | MFA DIRECTOR – DEPARTMENT OF ROMANCE LANGUAGES AND LITERATURES | BUENOS AIRES POETRY, 2019.