Anamnesis Infra | Virgilio Torres Hernández

TOLSÁ Y LOS POETAS DE BUENAVISTA

Mi amigo poeta, Víctor Toledo, me sugiere escribir sobre la arqueología del ‘saber infra’.

En una suerte de anamnesis donde todo vestigio es relevante, traigo a la escena del 2019, hechos que viví con toda la certeza que da mi fenomenología personalísima.

1974. Museo de San Carlos en la ciudad de México. Asisto por la tarde a una lectura de poesía donde los protagonistas son los que serán, poco tiempo después, adalides del infrarrealismo.

En ese edificio neoclásico diseñado por Manuel Tolsá, en el auditorio sobrio, 4 muchachos muy flacos se disponen a leer sus poemas. Uno de ellos, Julián Gómez, distribuye copias de poemas que leerá en breve.

Los otros aguardan en el presidium con cierto azoro ante un público que hace más denso el silencio de la sala. Los oficiantes de la poesía en esa ciudad de México donde todavía hay barrios reconocibles y donde caminar no es un asunto menor para la cultura flaneur, inician con la lectura de sus textos con un aire ceremonioso que contrasta con su juventud.

Mario Santiago, Roberto Bolaño, Julián Gómez y Bruno Montané dan énfasis a sus versos donde se les va la vida, esa vida que querrán comerse a puños en unos años más.

Hasta donde sé, esa lectura fue el inicio de una ‘carrera’ literaria que cada uno asumiría desde su circunstancia histórica inmediata. Más allá de visiones macro, los jóvenes que leían en esa tarde de otoño eran seres o mónadas parlantes que, a pesar del instinto grupal que animaba a los infras, no renunciaban a su carácter intransferible, único.

El poema de Mario Santiago “Consejos de un discípulo de Marx a un fanático de Heidegger” resonaba en ese auditorio haciendo de la prosodia un metrónomo incendiario.

La alfombra roja y el pódium fueron, por dos horas, espacio privilegiado de 4 poetas que, poco tiempo después, propondrían ‘dejarlo todo’ para ir en busca de la dimensión ética-éstética que guió a Dante, a Lautréamont, a Rimbaud, a las Cesáreas Tinajero que oficiarían años después en el desierto de Sonora.

Al término de la lectura, Mario Santiago me acompañó a mi casa de la calle de Mina, a tres cuadras del museo de San Carlos. Al despedirse me dijo, con su mirada de ternura patibularia, que su noción de lo ‘sagrado’ empezaba a caminar como él, a pura ‘pata de perro’.

BOLAÑO, VIS NOMINAL

Parafraseando a Carlos Pellicer: “Todo será posible, menos llamarse ‘Galvarino’”.

1975. Cerca de la Ciudad Universitaria de la UNAM, un grupo de amigos, entre ellos Carlos Oliva Lozano, Mario Santiago y Roberto Bolaño, conversábamos sobre los resultados del reciente concurso de poesía de la revista Punto de Partida de la UNAM, publicación que acogía a los jóvenes escritores.

Al hacer un recuento de los premiados en poesía, Roberto Bolaño, flaquísimo poeta hippie, se arrancaba los cabellos y señalaba: “cómo fui a usar ‘Galvarino’ como seudónimo. Todo podía ser, pero ponerme ‘Galvarino’; ¡no,no,no¡. Es como si ustedes se hubieran puesto ‘Cuauhtémoc’”.

Fueron 15 minutos de auto-reproche Bolañesco. Yo me di cuenta que estábamos ante un Bolaño nominalista medieval y ante un sacerdote de la ‘persona’, en sentido griego, por supuesto.

Esa vez celebramos su tercer lugar obtenido en el premio de poesía convocado por Punto de Partida.


Virgilio Torres Hernández. Nació en México en 1956. Estudió la licenciatura y la maestría en filosofía en la UNAM. Obtuvo la beca INBA-Fonapas de poesía en 1979. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Canción Armenia Ditirambo; Contraseña de la esperanza; Pago por ver y Danza como alfiler. Se ha desempeñado como periodista y articulista en diversos medios informativos. Trabaja en una investigación sobre la aplicación del sermo humilis en la poesía contemporánea.


Colaboración enviada por Víctor Toledo (MX) | Buenos Aires Poetry, 2019.