Un día común, en comunión con el viento | Carta de Dylan Thomas a Pamela Hansford Johnson (1933)

 

Carta de Dylan Thomas a Pamela Hansford Johnson | 1933

A PAMELA HANSFORD JOHNSON
Swansea

Noche y día: Un ritmo provincial (*)

A las nueve y media se produce una leve agitación en el cuerpo de Thomas, un párpado palpita, una pierna tiembla. A las diez menos cuarto por ahí, el desayuno, consistente en una manzana, una naranja y una banana se le trae al lado de la cama y se le deja junto con el Daily Telegraph. Unos cinco minutos más tarde el cuerpo se alza, mira ciegamente a su alrededor y estirando un débil brazo lleva la manzana a la boca. El despertar se logra entre mordiscos y sobre el ahora más o menos claro el escrutinio de la fruta se recuerdan y desentrañan las redes de los sueños de la noche pasada. Luego, aún débilmente pero con creciente certeza de tacto se pela la banana y el diario es abierto. Con el último bocado he tomado posesión completa del cuerpo Thomas y leo los juicios criminales de la página tres con gran concentración. La naranja, incidentalmente, nunca es tocada hasta que bajo las escaleras, el proceso de pelar y sacar las semillas es demasiado frío y largo para esa hora de la mañana. Cuando la crónica de raptos, fraudes y asesinatos ha sido digerida a fondo, enciendo un cigarrillo, muy lentamente descanso la cabeza en la almohada y entonces, sin aviso, salto súbitamente de la cama, me arranco el piyama, arrebato un saco y un pantalón, me los pongo, y corro como si mis enemigos del invierno estuvieran a mis talones, hasta el baño. Allí, sosteniendo el cigarrillo, me raspo la barba de la cara y me picoteo con una fútil esponja. Y entonces abajo, donde después de otro cigarrillo, me siento frente al fuego y comienzo a leer, a leer cualquier cosa que esté cerca, poesía o prosa, traducciones de los griegos o el Cine Gráfico, una nueva novela de Smith, un nuevo libro de crítica, o un viejo favorito como Grimm o George Herbert, cualquier cosa en el mundo con tal de que esté impresa. Leo hasta alrededor de las doce en que he leído quizás la cuarta parte de una novela, un par de poemas, un cuento, un artículo sobre la cría de abejas en Silesia septentrional y un comentario escrito por alguien de quien nunca he oído hablar sobre una obra de teatro que nunca querré ver. Entonces bajar la colina hacia Uplands –una colección de encrucijadas y tiendas en el bajo, para tomar un medio litro (o quizás dos) de cerveza en el Uplands Hotel. Luego a casa para el almuerzo. Después del almuerzo me retiro otra vez junto al fuego donde quizás leeré toda la tarde –y leeré un montón de todo, o continuaré con un poema o un cuento que he dejado sin terminar, o comenzaré otro o comenzaré a borronear otro nuevo o a agregar una nota en una carta para vos o a pasar a máquina algo ya completado, o meramente escribir- a escribir cualquier cosa, nada más que para dejar que las palabras y las ideas, las imágenes medio recordadas medio olvidadas, caigan en la hoja de papel. O quizás salga, pase la tarde caminando solo sobre las muy desoladas rocas de Gower, en comunión con el frío y la calma. Llamo a esto sacar a ventilar los demonios. Así llego a la hora del té. Después del té, leo o vuelvo a escribir, tan azarosamente como antes, hasta las seis de la tarde. Entonces me voy a Mumbles, (recordá la mujer de Mumbles Head), un pueblito bastante lindo a pesar de su nombre, junto al borde del mar. Primero visito el Marino, luego el Antílope y luego la Sirena. Si hay ensayo salgo a las ocho y me voy al Little Theatre, convenientemente situado entre la Sirena y el Antílope. Si no hay ensayo sigo en comunión con estas dos legendarias criaturas y, lo más a menudo, para seguir la discusión metafísica con un borrachín chestertorniano (anoche fue “Existencia o Ser”), que aparentemente gana un buen pasar dibujando cochinos y escasos vestidos para revistas provinciales. Después una caminata de tres millas a casa para cenar y quizás más lectura, a la cama y por cierto más escritura. Esto apunta un día común. No un día muy británico. Demasiado pensamiento, demasiada charla, demasiado alcohol.
Los dos somos esclavos de las costumbres. No creo que ninguno de nosotros sea amplio y no podemos esperar nunca ser amplios poetas (aunque sin duda sos un poco más amplia, físicamente, que yo). Los dos debemos concentrarnos en lo profundo. Otro día común, registrado más arriba, ha pasado. Estoy sentado en la cama, no demasiado sobrio, con una hoja de papel en blanco sobre el edredón. Pero no vendrán palabras. El papel está cubierto de una divinidad de pensamientos, pero tan desnudo como la mano que lo sostiene. El humo de mi cigarrillo me recuerda un montón de cosas.
Voy a apagar la luz y pensar en cosas vanas, absurdas que nunca vendrán, hasta quedarme dormido.

(*) Noche y día es una referencia a la canción de Cole Porter que fue el éxito del año, lo que me permite datar la carta en Octubre de 1933.

Extraído de Dylan Thomas Cartas, segunda edición | Título original en inglés: Selected letters of Dylan Thomas | Selección y prólogo de Constantine Fitzgibbons | Traducción de Pirí Lugones | Ediciones de La Flor, diciembre de 1981.